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¿Por qué Brasil ya fabrica su primer caza supersónico?

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F-39E Gripen
Un F-39E Gripen en vuelo

Brasil estrena su primer caza supersónico fabricado en casa y convierte el Gripen en símbolo de industria, defensa y soberanía regional clave.

Brasil ha convertido una presentación industrial en un mensaje político, militar y económico de primer orden. El Gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva presentó este 25 de marzo en Gavião Peixoto, en el estado de São Paulo, el primer F-39E Gripen producido en el país, un aparato desarrollado por la sueca Saab y ensamblado en el complejo industrial de Embraer. En la ceremonia estuvieron Lula, el ministro de Defensa José Múcio Monteiro Filho, el comandante de la Fuerza Aérea Brasileña Marcelo Kanitz Damasceno, la embajadora de Suecia Karin Wallensten, el consejero delegado de Saab Micael Johansson, el presidente de Embraer Francisco Gomes Neto y el responsable de Embraer Defense & Security Bosco da Costa Junior. No fue una foto menor ni una maniobra de propaganda vacía: fue la puesta en escena de un salto industrial que Brasil llevaba años preparando.

La clave está ahí, en el verbo. Brasil no ha diseñado desde cero un caza nacional, pero sí ha llegado a un punto que muy pocos países pisan: producir en su territorio un avión de combate supersónico avanzado. Eso le permite entrar en un club reducido y, de paso, convertirse en el primer país latinoamericano que ensambla un caza supersónico. La operación nace del programa FX-2, la larga licitación con la que Brasil decidió renovar una flota envejecida y en la que el Gripen derrotó al F/A-18 Super Hornet de Boeing y al Rafale de Dassault. La elección se tomó en diciembre de 2013 y el contrato se firmó en octubre de 2014. Desde entonces, lo que parecía un acuerdo de compra ha ido mutando, pieza a pieza, en una alianza industrial bastante más ambiciosa.

El día en que el Gripen dejó de ser solo sueco

La escena en Gavião Peixoto tuvo bastante de bautizo de Estado. Lula roció con champán el aparato, lo exhibió como un símbolo de soberanía y dejó claro que el Ejecutivo quiere vincular este programa a una idea de país menos dependiente en defensa, mantenimiento y tecnología. Saab subrayó otro dato revelador: es la primera vez desde 1937, año de fundación de la compañía, que un caza de la firma se fabrica fuera de Suecia. Eso convierte la línea brasileña en algo más que un apéndice industrial. La convierte en una excepción histórica dentro del propio fabricante.

El matiz importa porque “fabricado en Brasil” no significa un avión aislado del mundo, levantado con autarquía tropical y tornillos patrióticos. Significa otra cosa, más seria y más realista: una cadena de producción localizada en Brasil, sostenida por una red brasileña e internacional de suministros, con estructuras aerodinámicas fabricadas también en la planta que Saab tiene en São Bernardo do Campo y con Embraer como socio industrial central del programa. El resultado no es un artefacto puramente nacional, pero sí una capacidad nacional muy superior a la de una simple compra llave en mano. Y eso, en la industria militar, cambia el mapa.

Brasil ha repetido durante años que el punto decisivo de esta operación era la transferencia tecnológica, no el brillo del aparato en la pista. La presentación de este miércoles confirma justamente eso. El Gripen ya no es solo un producto importado por la Fuerza Aérea Brasileña; es un sistema cuya producción, pruebas, integración y sostenimiento empiezan a arraigar en suelo brasileño. Es ahí donde el discurso de Lula sobre soberanía deja de sonar grandilocuente y encuentra, por fin, una base material. No todo será brasileño, desde luego, pero Brasil pasa a controlar bastante más que la entrega final de un avión comprado fuera.

Qué compró Brasil en 2014 y qué está construyendo en 2026

El contrato firmado entre Saab y el Comando da Aeronáutica en 2014 cubre el desarrollo y la producción de 36 cazas Gripen para la Fuerza Aérea Brasileña, con una composición muy clara: 28 Gripen E monoplaza y 8 Gripen F biplaza. El acuerdo incorporó desde el principio un paquete de cooperación industrial y de transferencia de tecnología a la industria brasileña previsto para unos diez años. Embraer fue definida ya entonces como socio estratégico, con un papel importante tanto en la industrialización del programa como en la futura variante biplaza. No era una cláusula decorativa. Era el corazón político del negocio.

En esa estructura encaja el dato que mejor resume la noticia de hoy. Quince de los 36 cazas contratados serán producidos en Brasil bajo ese esquema industrial compartido. El aparato presentado este 25 de marzo es el primero de esa serie local y, según Saab, otros catorce aviones seguirán este mismo modelo de producción en Gavião Peixoto. Dicho de otro modo: la ceremonia no marca el final del viaje, sino el arranque visible de una etapa nueva. La primera unidad producida en Brasil no es un trofeo de exposición; es la apertura formal de una secuencia industrial que debe repetirse.

También conviene ordenar las cifras, porque ahí suele aparecer más confusión que en una rueda de prensa con traductor simultáneo. Las entregas del Gripen a Brasil comenzaron en 2020. Embraer indicó este miércoles que diez aeronaves ya habían sido entregadas y que el nuevo avión, una vez complete sus pruebas funcionales y de vuelo, se unirá al grupo desplegado en Anápolis. Saab, por su parte, describe el aparato presentado como la unidad que, tras esas pruebas previas, se sumará a las otras diez ya entregadas, es decir, la undécima una vez formalmente incorporada. No hay contradicción sustancial: la diferencia está en si se cuenta o no esta aeronave antes de su aceptación final por la FAB.

Ese detalle no es menor porque muestra en qué punto real se encuentra el programa. Brasil no está estrenando un juguete de salón ni una maqueta glorificada, sino una línea que desemboca en aviones operativos. De hecho, Saab y Embraer recuerdan que desde febrero el Gripen ya participa en misiones de Quick Reaction Alert desde la base aérea de Anápolis, protegiendo el espacio aéreo de la zona del distrito federal. El aparato presentado en São Paulo no inaugura la presencia del modelo en la defensa brasileña; inaugura la fase en la que esa defensa empieza a apoyarse también en producción propia.

El papel de Embraer en el programa cambia el alcance de la noticia

Sin Embraer, esta historia sería solo una gran importación militar con discursos solemnes alrededor. Con Embraer dentro, la dimensión es otra. La empresa brasileña no pone simplemente hangares o mano de obra. Aporta músculo aeronáutico, capacidad de integración y una base industrial que le permite a Brasil absorber parte del conocimiento del programa y convertirlo en estructura productiva real. En un país donde la industria aeroespacial sí existe, sí exporta y sí compite, la alianza con Saab tiene una profundidad que sería imposible en mercados con menos tejido tecnológico.

Ese factor explica por qué el Gripen importa incluso más allá del ala de combate. Brasil viene reforzando su perfil como actor de defensa con productos como el transporte militar C-390 Millennium, que en los últimos meses ha seguido ganando espacio internacional. El nuevo paso del Gripen se entiende mejor dentro de esas ambiciones más amplias de Brasil en aviación militar. La lógica es evidente: mientras el país incorpora un caza avanzado con producción local, Embraer consolida su presencia en otros segmentos, y esa combinación da a Brasil una densidad industrial que no abunda en la región.

Qué puede hacer el F-39E Gripen y por qué la FAB lo quería

La presentación oficial no habría tenido tanto peso si el avión fuera una simple actualización cosmética. El Gripen E, designado en Brasil como F-39E, es un caza polivalente pensado para misiones de defensa aérea, reconocimiento y ataque. Saab lo define como un aparato de nueva serie desarrollado para operar en entornos complejos y responder a amenazas avanzadas. La compañía destaca en el modelo una combinación de radar AESA, sistema IRST de búsqueda y seguimiento infrarrojo, guerra electrónica avanzada, arquitectura en red y capacidad de fusión de sensores. Traducido del idioma marcial al castellano llano: el avión está diseñado para detectar antes, compartir información mejor y sobrevivir más en escenarios saturados de amenazas.

No es poca cosa. Saab atribuye al Gripen E diez puntos de anclaje para armamento y pods, reabastecimiento en vuelo, capacidad de operar con alta disponibilidad y una vuelta rápida al combate de entre 15 y 25 minutos, además de un motor GE F414G y un sistema de aviónica pensado para actualizaciones ágiles de software. La empresa insiste, además, en una idea que Brasil compró con gusto: la posibilidad de tener un sistema moderno sin caer en costes operativos disparatados. En un territorio continental como el brasileño, con grandes distancias, múltiples teatros potenciales y un presupuesto que no puede jugar a ser Washington, esa ecuación pesó mucho.

Hay otro punto menos vistoso, pero decisivo. El Gripen fue concebido para interoperar, para enlazar datos y para operar también desde pistas dispersas o menos preparadas, una herencia de la doctrina sueca que encaja bastante bien con las necesidades de un país enorme y con zonas donde la infraestructura no siempre acompaña. Saab subraya que el sistema puede operar en climas extremos, mantener elevada disponibilidad y reducir tiempos de mantenimiento por hora de vuelo. Ahí aparece una de las obsesiones de cualquier fuerza aérea seria: no basta con tener aviones modernos; hace falta que vuelen cuando toca y no vivan eternamente en revisión.

Todo esto ayuda a entender por qué la Fuerza Aérea Brasileña llevaba tiempo buscando un sustituto sólido para sus aparatos más veteranos. Brasil trabajaba con la perspectiva de reemplazar su flota envejecida de F-5 y AMX, y en 2023 el propio José Múcio admitió que la FAB estudiaba ampliar el pedido de Gripen porque necesitaba más cazas. La presentación del primer ejemplar producido en Brasil, por tanto, no cae del cielo; responde a una necesidad operacional antigua, casi obstinada, que por fin empieza a resolverse con un calendario tangible.

Un contrato que fue militar, industrial y también político

El programa Gripen nunca ha sido una compra puramente técnica. Fue una decisión estratégica con carga diplomática, económica y política desde el primer día. En 2014, Saab firmó un contrato valorado en 39.300 millones de coronas suecas, aproximadamente 5.400 millones de dólares en aquel contexto, para suministrar los 36 aparatos y los sistemas relacionados. Lo llamativo es que Brasil prefirió un socio dispuesto a compartir tecnología y a dejar espacio a la industria local antes que a dos gigantes con más pedigrí comercial y militar como Boeing y Dassault. Ahí estaba el quid. Brasil no quería solo reemplazar una flota vieja. Quería comprar tiempo tecnológico para su propia industria.

La operación, además, arrastró su ración de turbulencias. En 2015 se abrió en Brasil una investigación por posibles irregularidades en la compra, y en 2016 fiscales brasileños acusaron a Lula de haber influido en favor de Saab durante el proceso de licitación. Esa causa fue archivada por el Supremo en 2022, y tanto las investigaciones en Brasil como las realizadas en Suecia concluyeron sin implicar a la empresa. Aun así, el asunto volvió a asomar en octubre de 2024, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos pidió información a Saab North America sobre la adquisición brasileña. Lula respondió denunciando lo que consideró una injerencia sin sentido en la soberanía del país. El Gripen, en resumen, no ha sido nunca un negocio inocente ni desprovisto de geopolítica.

Ese trasfondo ayuda a leer mejor la ceremonia de hoy. Cuando Lula habla de soberanía alrededor del F-39E no solo se refiere a disponer de un avión más capaz. También habla de decidir con quién se compra, con quién se produce y hasta cuánto margen tiene Brasil para blindar un programa estratégico frente a presiones externas. En defensa, la autonomía nunca es absoluta —eso es una leyenda agradable, pero leyenda al fin—, aunque sí puede ensancharse. Y este programa, con todas sus complejidades, ensancha el margen brasileño bastante más que una adquisición estándar.

El momento regional y la lectura que Lula quiere imponer

La presentación del Gripen llega, además, en un clima regional y global particularmente áspero. En las últimas semanas Lula ha endurecido su discurso sobre defensa y ha ligado la preparación militar a la necesidad de proteger la soberanía nacional, al tiempo que ha cargado contra nuevas formas de intervención en países del sur global. Hace solo unos días, en un encuentro con Cyril Ramaphosa, el presidente brasileño defendió reforzar la cooperación en defensa y advirtió de que, si los países no se preparan, “algún día alguien puede invadirnos”. No es una frase casual ni un exabrupto perdido. Es la banda sonora política con la que el Gobierno ha envuelto esta presentación.

Eso no significa que Brasil esté entrando en una lógica militarista, ni mucho menos. Lula sigue hablando de Sudamérica como una región de paz y de la defensa como un instrumento de disuasión, no como una invitación a la aventura bélica. Pero el lenguaje ha cambiado. El presidente quiere transmitir que el país no puede seguir confiando su seguridad a sistemas obsoletos, dependencias externas largas y una industria militar sin anclajes profundos. El F-39E producido en Brasil encaja como una pieza perfecta en esa narrativa: moderniza la defensa aérea, refuerza la industria nacional y ofrece un símbolo potente de capacidad propia.

El impacto regional de la maniobra también es evidente. Saab quiere usar la línea brasileña como plataforma exportadora, y esa expectativa ganó peso tras el acuerdo firmado en 2025 para vender 17 Gripen E/F a Colombia. Brasil no solo gana un avión y una cadena de producción; gana posición en el ecosistema regional del programa. Ya no aparece solo como cliente, sino como socio industrial con capacidad de ensamblaje y de proyección exterior. En un continente donde casi todos compran fuera y pocos producen algo serio, esa diferencia tiene peso específico.

Lo que viene después del brindis

A partir de aquí empieza la parte menos fotogénica y más decisiva. El aparato presentado debe completar pruebas funcionales y vuelos de producción antes de su entrega definitiva a la Fuerza Aérea Brasileña. Después vendrán los siguientes catorce bajo el mismo modelo local. La noticia de este miércoles vale mucho, sí, pero no porque cierre el programa, sino porque demuestra que la industrialización brasileña del Gripen ha dejado de ser una promesa de dossier. Ya está en la pista. Ya tiene metal. Ya tiene calendario.

Queda bastante por recorrer. Brasil sigue teniendo pendiente completar el lote contratado, absorber plenamente la transferencia tecnológica, decidir si amplía o no su pedido y gestionar la retirada progresiva de sus cazas más veteranos. En noviembre de 2024, Suecia y Brasil firmaron una carta de intenciones que apuntaba a una ampliación del contrato del Gripen por un 25 %, en paralelo a la selección sueca del transporte brasileño C-390 Millennium. No es un contrato definitivo, pero sí una señal clara de que la cooperación bilateral en defensa no se agota en estos 36 aviones.

Lo presentado en Gavião Peixoto tiene, en definitiva, dos lecturas que se sostienen a la vez. La primera es militar: Brasil incorpora un caza moderno, con mejores sensores, más conectividad y más capacidad disuasoria para una Fuerza Aérea que llevaba demasiado tiempo conviviendo con plataformas de otra época. La segunda es industrial: Embraer, Saab y la FAB consolidan una línea de producción que sitúa a Brasil en una posición inédita en América Latina. No es una revolución completa, no convierte al país en una superpotencia aérea de la noche a la mañana y no elimina su dependencia exterior. Pero sí le da algo muy valioso en este negocio: más control, más conocimiento y más margen de decisión. Y eso, en defensa, casi nunca es una noticia pequeña.

Un salto industrial con uniforme de combate

La mejor manera de leer esta jornada quizá sea la más sobria. Brasil no ha presentado solo un avión; ha presentado una capacidad. El F-39E Gripen fabricado en su territorio resume doce años de decisiones, negociaciones, controversias, inversión y aprendizaje industrial. Resume también una apuesta política: que la soberanía, en el siglo XXI, no se declama únicamente desde un atril ni se protege con discursos de ocasión, sino con cadenas de suministro, técnicos formados, pruebas de vuelo, mantenimiento propio y una industria que no dependa siempre de que otro abra el hangar. El brindis de Lula fue vistoso, claro. Pero lo importante no estaba en la botella. Estaba en la línea de montaje.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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