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¿Por qué Àngels Barceló no compra las lecciones de Aznar en España?
Àngels Barceló contesta a Aznar por sus lecciones al Gobierno y reabre el pulso sobre 11-M, Irak, corrupción y memoria democrática en España

Àngels Barceló ha contestado con dureza a José María Aznar después de que el expresidente volviera a pedir una movilización ciudadana para propiciar un cambio de Gobierno en España. La directora de Hoy por Hoy, (que será sustituida por Aimar Bretos a partir del 31 de agosto), no se limitó a discrepar del fondo político del discurso. Fue bastante más lejos: cuestionó que Aznar pueda dar lecciones de ética pública, corrupción o verdad institucional cuando su trayectoria sigue marcada, a ojos de buena parte de la opinión pública, por dos cicatrices que no han terminado de cerrarse: el 11-M y la guerra de Irak. La frase más rotunda fue la que ya ha inflamado el debate: Barceló sostuvo que Aznar ha sido “la persona que más ha mentido a los españoles”.
La polémica nace de una intervención de Aznar en unas jornadas del Instituto Atlántico de Gobierno, entidad que preside, donde apeló a construir una “amplia mayoría” para impulsar un cambio político, defendió un Ejecutivo “fuerte” y habló de responsabilidad ciudadana frente a lo que considera el deterioro institucional del país. En ese mismo marco, cargó contra el Gobierno de Pedro Sánchez con una expresión de brocha gorda: una “banda de incompetentes y corruptos” viviendo, según él, a costa de ciudadanos honrados. No era precisamente una acuarela parlamentaria. Era martillo, y Barceló respondió con martillo.
El choque tiene una lectura inmediata y otra más profunda. La inmediata es la pelea política de siempre, esa España en bucle que desayuna titulares con café requemado y cena tertulia. La profunda es bastante más incómoda: quién puede arrogarse autoridad moral en una democracia fatigada por la corrupción, la mentira, la polarización y la tentación permanente de usar la memoria como arma arrojadiza. Aznar quiso situarse en el púlpito del orden institucional. Barceló le recordó que algunos púlpitos crujen cuando se sube demasiado peso histórico encima.
La frase de Aznar que encendió otra vez la mecha
Aznar no apareció en esta polémica como un jubilado de Estado que comenta la actualidad con prudencia de notario. Lo hizo con su tono habitual: seco, vertical, sin demasiadas concesiones a la duda. Venía además de recuperar una fórmula ya polémica, “quien pueda hacer, que haga”, interpretada por sus críticos como una llamada ambigua a la presión contra el Gobierno. En su última intervención insistió en la necesidad de activar una mayoría social y política para cambiar el rumbo del país. Hasta ahí, una posición legítima en una democracia plural. La oposición existe para oponerse, faltaría más. Otra cosa es el envoltorio.
Cuando un expresidente habla de corrupción, deterioro institucional y ética pública, no habla como un tertuliano cualquiera. Habla con el eco de La Moncloa detrás. Cada palabra arrastra expediente, decisiones, muertos políticos y, en algunos casos, muertos reales en la memoria colectiva. Por eso la reacción de Barceló no fue simplemente ideológica. Fue una impugnación de credibilidad. Su argumento, en bruto, viene a decir: Aznar puede criticar al Gobierno, puede reclamar alternancia, puede defender su idea de España, pero no puede presentarse como maestro de moral pública sin que alguien le abra el archivo.
La periodista recordó que Aznar tuvo en sus gobiernos a figuras que acabaron en prisión, como Rodrigo Rato, Eduardo Zaplana y Jaume Matas, y mencionó también la investigación sobre Cristóbal Montoro, exministro de Hacienda con Aznar y después con Mariano Rajoy, por presuntas irregularidades vinculadas al despacho Equipo Económico. Es un terreno delicado, porque conviene no convertir la política en una feria de salpicaduras: no todo imputado es condenado, no toda sospecha es sentencia, no toda biografía queda reducida a un sumario. Pero hay hechos que pesan. Rato, Matas y Zaplana cumplieron pena de cárcel, y eso no es una opinión radiada a las ocho de la mañana: es memoria judicial.
Barceló pone el foco donde más duele: 11-M e Irak
El reproche más duro de Barceló no está en la corrupción, sino en la mentira de Estado. Ahí el debate cambia de temperatura. La corrupción erosiona la confianza pública; la mentira ante una tragedia nacional la calcina. El 11 de marzo de 2004, Madrid sufrió el mayor atentado terrorista de su historia reciente: 192 muertos y cerca de 1.900 heridos. Durante las primeras horas, el relato oficial del Gobierno de Aznar insistió en la autoría de ETA, mientras iban apareciendo indicios que apuntaban al terrorismo yihadista. Aquellas 72 horas siguen siendo uno de los episodios más oscuros de la comunicación política en España.
Ese episodio permanece como una losa porque ocurrió en vísperas de unas elecciones generales. No fue una discusión académica en un seminario sobre seguridad. Fue una sociedad entera pegada al televisor, con el olor de los trenes aún en la ropa de las víctimas, tratando de saber quién había matado a sus hijos, a sus parejas, a sus compañeros de oficina. Y ahí la verdad no podía gestionarse como una rueda de prensa incómoda. Tenía que respirarse limpia. No ocurrió así, o al menos no lo sintieron así millones de ciudadanos.
La guerra de Irak añade otro plano. En 2003, el Gobierno de Aznar apoyó políticamente la intervención liderada por Estados Unidos y Reino Unido, una decisión que se justificó en buena medida sobre la existencia de armas de destrucción masiva en manos de Sadam Husein. Aquellas armas no aparecieron. Años después, el propio Aznar reconoció que no las había, aunque se defendió alegando que nadie lo sabía entonces. Esa frase, con el tiempo, ha quedado como una baldosa suelta en el pasillo de la derecha española: cada vez que alguien pisa cerca, vuelve el ruido.
Una memoria que no caduca aunque moleste
La memoria política tiene un problema para quienes prefieren administrar el presente sin rendir cuentas del pasado: no prescribe al ritmo de las legislaturas. Puede cambiar el contexto, pueden cambiar los liderazgos, puede mutar el lenguaje. Pero ciertas escenas siguen ahí. La foto de las Azores, la noche del 11-M, las llamadas a directores de periódicos, el país dividido entre la rabia, la sospecha y el duelo. No son estampas antiguas en sepia. Son heridas modernas, con wifi y hemeroteca.
Por eso la respuesta de Barceló conecta con una parte de la ciudadanía que no discute solo a Aznar como dirigente conservador, sino como símbolo de una forma de poder: la del gobernante que habla con voz de mármol incluso cuando el suelo tiembla. Hay una diferencia entre tener convicciones y convertir cada convicción en tabla de la ley. Aznar suele practicar lo segundo. Y sus críticos, claro, no le compran el decorado.
Ferreras se suma al reproche y estrecha el cerco mediático
La reacción de Barceló no llegó aislada. Antonio García Ferreras, desde Al Rojo Vivo, también cuestionó que Aznar pueda presentarse como autoridad moral en materia de corrupción y verdad política. Lo hizo con una frase igualmente contundente, aludiendo al expresidente como “el mayor mentiroso de este país” y vinculando esa acusación directamente con el 11-M. Ferreras fue incluso más explícito al sostener que Aznar mintió de forma premeditada con el atentado para intentar ganar unas elecciones.
Aquí conviene separar dos planos. El primero es el de los hechos acreditados: el relato oficial del Gobierno mantuvo la hipótesis de ETA pese a que la investigación fue apuntando hacia el yihadismo, y aquello provocó una ruptura profunda entre instituciones, medios y ciudadanía. El segundo es el juicio de intención: si hubo mentira deliberada, error político, cálculo electoral o una mezcla turbia de todo ello. Ferreras y Barceló se colocan claramente en el primer campo interpretativo: el de la mentira consciente. Otros sectores conservadores lo niegan o lo matizan. La batalla no es nueva. Lo nuevo es que Aznar, al volver a hablar como fiscal de la moral pública, la ha reactivado él solito.
Y hay algo casi teatral en la escena. Aznar sale a denunciar la degradación institucional del presente y varios comunicadores le responden abriendo el cajón más incómodo de su pasado. Es política española en estado puro: nadie llega limpio al barro, pero algunos entran con zapatos blancos. Luego pasa lo que pasa.
La autoridad moral, ese lujo escaso en la política española
La expresión autoridad moral se usa mucho y se mide poco. No significa que un político deba ser perfecto para opinar; si fuera así, las tertulias durarían doce segundos y el Congreso parecería un monasterio vacío. Significa otra cosa: que quien pretende dar lecciones severas sobre corrupción, decencia o respeto institucional debe aceptar que su propia trayectoria sea examinada con la misma severidad. No vale convertir el pasado en vitrina cuando conviene y en trastero cuando incomoda.
Aznar tiene una legitimidad democrática evidente: ganó elecciones, gobernó España ocho años y representa una etapa decisiva de la derecha española contemporánea. También puede reivindicar aspectos de su gestión, desde la política económica hasta la posición internacional que él defendió para España, aunque esas materias sigan siendo discutidas. Pero esa legitimidad no borra los episodios que han erosionado su credibilidad pública. La democracia no exige silencio a los expresidentes. Les exige memoria. Y, de vez en cuando, una cierta prudencia. Esa vieja virtud, tan poco televisiva.
Barceló, con su respuesta, no ha inaugurado una tesis nueva. Ha verbalizado una impaciencia antigua: la de quienes llevan años escuchando a Aznar hablar del deterioro de España sin encontrar en sus discursos un gramo de autocrítica sobre las grietas que dejó su propio mandato. El sarcasmo democrático funciona así: no prohíbe hablar, pero recuerda al orador que el micrófono también tiene memoria.
El PP y el incómodo legado de su expresidente
La relación del Partido Popular con Aznar siempre ha sido compleja. Es padre político, tótem electoral, referencia ideológica y, a la vez, una presencia incómoda cuando el partido intenta aparecer más templado. Alberto Núñez Feijóo ha construido buena parte de su liderazgo sobre la promesa de gestión, moderación y solvencia institucional, aunque el clima político le empuje a menudo hacia discursos más duros. Aznar, en cambio, no suele modular. Entra en escena como quien abre una ventana de golpe en pleno invierno. Aire fresco para unos; pulmonía para otros.
El problema para el PP no es que Aznar critique a Sánchez. Eso forma parte del paisaje. El problema es que cada intervención suya desplaza el debate hacia su propio historial, y obliga a los populares a convivir con fantasmas que preferirían guardar en una habitación sin pomo. La derecha española puede querer hablar del presente, de la corrupción que afecta al PSOE, de la debilidad parlamentaria del Gobierno, de la tensión con sus socios, del desgaste institucional. Pero Aznar trae consigo una mochila tan reconocible que termina ocupando media conversación. La oposición quería hablar de Sánchez; Barceló ha conseguido que se vuelva a hablar de Aznar.
Un debate que mezcla corrupción, verdad y cansancio democrático
La dureza de Barceló también debe leerse en un clima político saturado. España vive una fase de acusaciones cruzadas, investigaciones judiciales, sospechas permanentes y lenguaje cada vez más áspero. El Gobierno acusa a la derecha de alimentar una ofensiva contra la legitimidad del Ejecutivo. La derecha acusa al Gobierno de colonizar instituciones y resistir pese al deterioro. En medio, los ciudadanos miran el espectáculo con una mezcla de hartazgo y dependencia, como quien no quiere mirar un accidente pero tampoco puede apartar los ojos.
En ese ambiente, palabras como “corruptos”, “mentirosos”, “golpismo”, “lawfare”, “banda” o “traición” dejan de ser excepciones y se convierten en mobiliario. Se instalan en la sala. Uno tropieza con ellas cada mañana. El riesgo es que la democracia empiece a sonar como una pelea de comunidad de vecinos con toga, plasma y presupuesto público. Y no, no es lo mismo. Las palabras importan porque preparan el terreno de lo posible. Cuando todo se llama destrucción, golpe o mafia, la convivencia democrática se vuelve una cuerda demasiado tensada.
Ahí está quizá el punto más serio de esta polémica. No se trata solo de decidir si Barceló fue dura, si Ferreras fue más lejos o si Aznar tiene derecho a arremeter contra Sánchez. Claro que lo tiene. Se trata de saber qué ocurre cuando los grandes protagonistas del pasado vuelven al presente no para aportar serenidad, sino para echar gasolina con mechero de plata. Un expresidente no es un ciudadano cualquiera. Puede intervenir, sí. Pero su palabra pesa más. Y cuando pesa más, también puede romper más cosas.
La frontera entre crítica legítima y deslegitimación
Criticar al Gobierno es sano. Pedir alternancia es sano. Denunciar casos de corrupción, exigir explicaciones y reclamar elecciones cuando se considera agotada una legislatura entra dentro de la normalidad democrática. La frontera se complica cuando la crítica deja de dirigirse a decisiones concretas y empieza a sugerir que el adversario no es solo malo, sino ilegítimo; no está equivocado, sino que ocupa el poder como una anomalía moral que debe ser desalojada por cualquier vía disponible.
La frase “quien pueda hacer, que haga” ha provocado precisamente esa inquietud porque su ambigüedad permite muchas lecturas. Puede entenderse como una llamada a votar, movilizarse, escribir, manifestarse o construir mayoría política. También puede sonar, para sus detractores, como una invitación a que poderes económicos, mediáticos o institucionales empujen en la misma dirección. La ambigüedad en política no siempre es torpeza. A veces es una herramienta. Y por eso incomoda.
El viejo truco de predicar sin mirarse los zapatos
La respuesta de Àngels Barceló a Aznar ha funcionado porque toca una fibra muy española: la alergia al sermón cuando el predicador viene con barro en los zapatos. El expresidente puede seguir interviniendo en política, faltaría más; nadie le ha retirado la palabra ni la biografía. Pero cada vez que invoque la ética, la verdad o las instituciones, tendrá enfrente una memoria que no se deja jubilar tan fácilmente. 11-M, Irak, exministros condenados, investigaciones aún abiertas, polarización. Todo eso viaja con él, aunque el atril sea nuevo y el titular del día parezca recién planchado.
La democracia necesita alternancia, crítica y vigilancia del poder. También necesita algo menos vistoso: proporción. Sin proporción, la política se convierte en una trituradora donde todos acaban gritando “decencia” mientras señalan la basura del vecino y esconden la propia debajo de la alfombra. Barceló ha respondido a Aznar desde una posición claramente crítica, incluso áspera, pero su intervención ha puesto sobre la mesa una cuestión que no se resuelve con un corte de radio: en España, la verdad pública sigue siendo una batalla de memoria. Y algunos todavía pretenden ganarla hablando más alto.

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