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¿Cómo engañó Iglesias al PNV y a Ciudadanos para aupar a Sánchez?
Pablo Iglesias agita la moción que llevó a Sánchez a la Moncloa y deja al PNV, Ciudadanos y Rajoy en una escena política incómoda de recordar

Pablo Iglesias ha vuelto a colocar la moción de censura de 2018 bajo una luz incómoda: no como un simple movimiento parlamentario contra Mariano Rajoy, sino como una operación de alta astucia política, con promesas ambiguas, lecturas interesadas de las encuestas y una palabra especialmente venenosa en democracia: engaño. El exvicepresidente ha asegurado que Podemos hizo creer al PNV y a Ciudadanos que aquella moción tendría un carácter instrumental, orientado a convocar elecciones, cuando el resultado real fue otro: Pedro Sánchez llegó a la Moncloa y no hubo urnas inmediatas.
La frase tiene pólvora porque no llega en frío. Se produce ocho años después de la única moción de censura triunfante en la democracia española, aquella que desalojó al PP del Gobierno tras la sentencia del caso Gürtel y convirtió a Sánchez en presidente con 180 votos a favor, 169 en contra y una abstención. No fue una anécdota parlamentaria. Fue un portazo con eco. Y, como casi todo portazo en España, todavía retumba en los pasillos.
Iglesias sostiene que Sánchez se encontró de repente en la presidencia sin haber hecho, según su relato, una negociación propia de verdad para amarrar los apoyos. Ahí está la carga política de la revelación: el líder socialista habría sido beneficiario de una arquitectura levantada por otros, en particular por Podemos, que habría movido fichas con Ciudadanos, el PNV y el espacio independentista catalán para que Rajoy cayera antes de que nadie pudiera frenar la jugada. Y sí, la política española siempre ha tenido algo de ajedrez de bar, de cálculo fino y servilleta manchada de café. Pero cuando uno de los jugadores presume de haber despistado a media mesa, el tablero ya no parece tan noble.
Qué ha dicho Pablo Iglesias y por qué importa
El núcleo de la declaración es bastante claro. Iglesias afirma que Podemos trasladó al PNV y a Ciudadanos la idea de que la moción de censura podía ser instrumental, es decir, una moción para derribar a Rajoy y abrir después una convocatoria electoral. Esa palabra, instrumental, es una pequeña llave maestra de la política española reciente. No significa necesariamente gobernar durante cuatro años. Significa usar el mecanismo constitucional para un fin concreto: cambiar el Gobierno y llevar al país a las urnas en un plazo breve.
Según el relato de Iglesias, la maniobra empezó con Albert Rivera. Podemos habría hecho creer al entonces líder de Ciudadanos que existía una posibilidad real de presentar una moción conjunta para convocar elecciones. El argumento era seductor para Rivera: las encuestas podían situar a Ciudadanos por encima del PP y, al mismo tiempo, a Podemos por delante del PSOE. Una doble carambola. Ciudadanos, que vivía entonces su momento de fiebre naranja, podía imaginarse como heredero natural del voto conservador tras el derrumbe moral del PP por la corrupción. Iglesias, por su parte, podía imaginar a Podemos adelantando a un PSOE aún débil. Política ficción, pero de la que mueve teléfonos.
Ciudadanos acabó votando en contra de la moción. Ese detalle no es menor. El supuesto engaño a Rivera no habría servido para obtener sus votos, sino para generar un clima político, una sensación de movimiento, una amenaza electoral útil para presionar al PNV. La jugada, si se acepta la versión de Iglesias, consistía en hacer ver a los nacionalistas vascos que podían quedar atrapados en una foto pésima: sostener al PP después de Gürtel mientras otros partidos preparaban una salida hacia las urnas.
Y ahí aparece el PNV, partido de digestión lenta, poco dado al aspaviento, experto en convertir cinco escaños en una maquinaria de precisión. Iglesias dice que la clave fue convencer a los nacionalistas vascos de que no podían quedarse sosteniendo a Rajoy, menos aún después de haber respaldado días antes los Presupuestos Generales del Estado del PP. El margen era estrechísimo. El ruido, enorme. La sentencia de Gürtel había cambiado la temperatura del país de un día para otro.
La moción de censura que cambió España
La moción de censura contra Mariano Rajoy se votó el 1 de junio de 2018. El PSOE necesitaba 176 votos y obtuvo 180. Apoyaron a Pedro Sánchez el PSOE, Unidos Podemos y sus confluencias, ERC, PDeCAT, PNV, Compromís, EH Bildu y Nueva Canarias. Votaron en contra PP, Ciudadanos, UPN y Foro Asturias. Coalición Canaria se abstuvo. Aquella suma era heterogénea, incómoda, casi antinatural si se miraba con ojos de manual antiguo. Pero salió. Y cuando una moción de censura sale, no hay segunda vuelta emocional: el candidato queda investido.
El PNV fue decisivo. Sus cinco votos completaron la mayoría y terminaron de hundir a Rajoy. Aitor Esteban anunció el apoyo nacionalista después de días de incertidumbre y tras colocar sobre la mesa varias consideraciones: la gravedad de la sentencia de Gürtel, la inestabilidad que podía abrirse si Rajoy seguía en pie y el compromiso de Sánchez de mantener los Presupuestos que el propio PNV había negociado con el Gobierno del PP. Esa escena resume bastante bien la política española: una sentencia judicial, unos presupuestos recién pactados, una moción relámpago y cinco diputados vascos con la llave de La Moncloa.
La moción tenía además una naturaleza especial. España no permite una censura meramente destructiva, como quien tira una pared sin levantar otra. La Constitución exige que se incluya un candidato alternativo a la Presidencia del Gobierno. Por eso Sánchez no solo derribó a Rajoy: quedó automáticamente investido al prosperar la votación. Esa es la belleza —y la trampa elegante— del mecanismo. No basta con decir “fuera”. Hay que decir “entra este”.
Por eso las palabras de Iglesias importan. No se limitan a una bravata retrospectiva. Tocan el nervio de la legitimidad política, que no es lo mismo que la legalidad. Legalmente, la moción fue impecable: se registró, se debatió, se votó y prosperó con mayoría absoluta. Políticamente, el exlíder de Podemos sugiere que la mayoría se cosió con expectativas que algunos actores quizá entendieron de una manera y otros utilizaron de otra. La legalidad no se evapora por eso. Pero el relato cambia. Y en política el relato no es decoración: es parte del edificio.
El papel decisivo del PNV
El PNV aparece en esta historia como la pieza que convirtió una operación arriesgada en una mayoría absoluta. Sin los nacionalistas vascos, la moción no habría salido. Con ellos, Rajoy cayó y Sánchez entró en la Moncloa. Esa es la aritmética fría. Luego está la temperatura política, que era bastante menos limpia. El partido de Andoni Ortuzar acababa de apoyar los Presupuestos de Rajoy y, en cuestión de días, tuvo que elegir entre sostener al presidente que se los había pactado o cambiar de bando ante una sentencia que dejaba al PP en una posición casi irrespirable.
La acusación implícita de Iglesias es que el PNV creyó estar participando en una transición breve hacia elecciones, no en el inicio de un Gobierno socialista con voluntad de aguantar. Pero el PNV, conviene decirlo, no suele moverse por ingenuidad. Su cultura política es otra: interés territorial, cálculo institucional, control de daños, pacto útil. Los nacionalistas vascos podían temer una repetición electoral con Ciudadanos fuerte, podían querer evitar la foto con Rajoy tras Gürtel y podían considerar que Sánchez ofrecía una salida menos tóxica. Todo eso puede ser cierto a la vez. La política rara vez cabe en una sola frase, aunque Iglesias tenga talento para convertirla en titular.
Ciudadanos, PNV y la mecánica de una trampa política
La palabra engaño es fuerte. Iglesias la utiliza con una naturalidad casi teatral, como si estuviera explicando una jugada brillante de póker y no una operación que cambió el Gobierno de España. En su versión, primero se movió sobre Ciudadanos. Después, esa posibilidad de una moción instrumental sirvió para condicionar al PNV. El razonamiento era sencillo: si el PNV no apoyaba la moción socialista, podía quedar como sostén último de un PP golpeado por Gürtel mientras Ciudadanos se preparaba para capitalizar el voto de castigo en unas elecciones anticipadas.
La ironía es fina. Ciudadanos, que votó contra Sánchez, habría sido usado como espantajo electoral para empujar al PNV hacia Sánchez. Albert Rivera, que aspiraba a ocupar el centro del tablero, habría terminado formando parte del decorado de una operación ajena. Nada demasiado nuevo en la política, donde a menudo uno cree estar pilotando y en realidad está haciendo de señal de tráfico. Pero dicho así, con años de distancia y sin maquillaje, suena bastante menos heroico.
El PNV, sin embargo, no es un partido fácilmente engañable. Conviene no convertir la historia en un cuento de tahúres y pardillos. Los nacionalistas vascos sabían perfectamente que cada opción tenía coste. Mantener a Rajoy tras Gürtel era difícil de explicar. Tumbarlo después de aprobar sus presupuestos también. Apoyar a Sánchez abría una etapa incierta, con Podemos, independentistas catalanes y un PSOE que no tenía mayoría suficiente para caminar solo. La decisión del PNV se presentó entonces como un ejercicio de responsabilidad ante una situación excepcional, pero también como una manera de proteger lo ya pactado en las cuentas públicas.
Esa es quizá la zona más interesante del asunto. Iglesias puede afirmar que engañó. El PNV puede sostener que calculó. Ciudadanos puede decir que jamás compró la operación. Todas las versiones caben en el mismo cajón porque la política rara vez funciona como una confesión notarial. Funciona como niebla: cada cual ve lo justo para avanzar sin estrellarse. O para estrellarse un poco más tarde.
Sánchez, beneficiario de la jugada y dueño del resultado
Pedro Sánchez fue el gran beneficiario de aquella moción. Llegó a la presidencia con 84 diputados socialistas, una cifra modesta para ocupar La Moncloa, pero suficiente si alrededor se ordenaba una mayoría negativa contra Rajoy. La moción no nació de una victoria electoral, sino de una mayoría parlamentaria articulada contra un Gobierno tocado por la corrupción. Es legal, es constitucional y es políticamente legítimo. Pero también es un origen incómodo, porque obliga a gobernar desde el primer minuto con deudas cruzadas.
Iglesias ha querido subrayar precisamente eso: que Sánchez no habría construido por sí mismo la mayoría, sino que la recibió ya madura, como una fruta caída en el patio. La afirmación tiene una parte de ajuste de cuentas. Podemos siempre ha reivindicado su papel en la llegada de Sánchez al poder, primero desde fuera del Gobierno y después como socio de coalición. El exvicepresidente no habla solo del pasado; habla también de jerarquías simbólicas dentro de la izquierda. Quién empujó. Quién cobró. Quién se quedó con la foto.
Pero Sánchez hizo algo que no debe infravalorarse: convirtió una llegada frágil en permanencia. Gobernó primero en solitario, convocó elecciones en 2019, acabó pactando el primer Gobierno de coalición de la democracia reciente y ha sobrevivido después a una legislatura tras otra con alianzas que parecían imposibles de sostener. Esto no absuelve ni condena nada. Simplemente recuerda que llegar a La Moncloa es una cosa y quedarse, otra bastante más áspera. La primera requiere oportunidad. La segunda, estómago.
La frase de Iglesias sobre que la ocasión “sale una vez en la vida” explica bien el espíritu de 2018. Hubo una ventana mínima, casi un parpadeo: sentencia judicial, PP debilitado, Ciudadanos en ascenso, PNV incómodo, independentismo catalán dispuesto a castigar a Rajoy, PSOE necesitado de recuperar centralidad y Podemos aún con músculo parlamentario. Todo eso junto no se fabrica en un laboratorio. Aparece, hace ruido y desaparece. Una vez en la vida, sí. Y a veces basta una vez para cambiar una década.
Por qué esta confesión estalla justo ahora
La revelación llega en un momento especialmente sensible porque España vuelve a hablar de mociones de censura, elecciones anticipadas y mayorías imposibles. Alberto Núñez Feijóo ha planteado al PNV y a Junts una moción instrumental contra Sánchez para formar un Gobierno del PP sin Vox y convocar elecciones. El paralelismo con 2018 es evidente, aunque las piezas no encajan igual. Entonces el PP estaba acorralado por Gürtel y el PSOE era alternativa disponible. Ahora el PP necesita persuadir a fuerzas nacionalistas que rechazan aparecer atadas a Vox, aunque sea por omisión o por compañía parlamentaria.
El PNV ha descartado por ahora participar en una moción de censura promovida por el PP, aunque reclama elecciones. Junts también da por agotada la legislatura, pero ha evitado regalar a Feijóo una mayoría sencilla y ha situado el debate en su propio terreno político. Dicho con menos solemnidad: todos quieren mover el tablero, pero nadie quiere pagar la vajilla rota.
En ese contexto, la confesión de Iglesias funciona como un espejo deformante. Recuerda que las mociones instrumentales no son un invento nuevo, que las promesas de convocar elecciones pueden ser arma de presión y que el concepto de “gobierno provisional” suele tener una elasticidad admirable. En política española, lo provisional a veces dura más que una reforma de cocina.
También hay una lectura más profunda. Iglesias no solo presume de una operación táctica; reivindica la ruptura del viejo sistema de alternancia. Para Podemos, la moción de 2018 fue el momento en que el bipartidismo dejó de controlar por completo la sala de máquinas. Para el PSOE, fue el inicio de una nueva etapa de poder. Para el PP, una herida que aún se cita como agravio fundacional del sanchismo. Para Ciudadanos, otro capítulo de su extraño viaje desde la centralidad prometida hasta la desaparición parlamentaria. Para el PNV, una demostración más de que cinco escaños bien colocados pesan más que muchos discursos de plaza. La política española, ya se sabe, tiene estas cosas: a veces habla quien tiene cinco votos, no quien grita más.
Legalidad, legitimidad y el barro de la política real
El asunto no consiste en decir que la moción fue ilegal. No lo fue. La moción de censura de 2018 siguió el procedimiento constitucional y obtuvo los votos necesarios. Tampoco se puede afirmar, sin más, que el Gobierno nacido de aquella votación careciera de legitimidad democrática. En un sistema parlamentario, la legitimidad no nace solo de ganar elecciones, sino de reunir la confianza de la Cámara. Eso es básico. Conviene repetirlo en tiempos de tertulia inflamable.
Otra cosa es la ética política de la maniobra. Si un dirigente reconoce que hizo creer a otros actores una cosa para lograr otra, el debate cambia de habitación. Ya no hablamos del reglamento, sino de la confianza parlamentaria. Y la confianza es el aceite del parlamentarismo: no se ve mucho, no luce, no gana titulares, pero cuando falta, la máquina chirría como persiana vieja.
España lleva años viviendo en esa contradicción. Todos los partidos denuncian los atajos del adversario y justifican los propios como inteligencia estratégica. Todos se escandalizan ante la cocina ajena mientras guardan sus sartenes bajo llave. Iglesias ha hecho algo poco frecuente: contar la cocina con orgullo, sin pedir disculpas y sin ponerse guantes. Eso puede parecer honestidad brutal o cinismo de sobremesa, según el oído de cada lector.
El problema para Sánchez no es jurídico. Es narrativo. La confesión alimenta la idea de que su llegada al poder fue producto de una maniobra diseñada por Podemos más que de una iniciativa socialista plenamente controlada. Para Iglesias, eso engrandece el papel histórico de su partido. Para los críticos de Sánchez, confirma una sospecha antigua: que el sanchismo nació de una suma oportunista y ha sobrevivido mediante equilibrios cada vez más tensos. Para los defensores del presidente, en cambio, todo esto no altera lo esencial: Rajoy cayó por una mayoría parlamentaria legítima tras una sentencia devastadora para el PP.
Una puerta que no se abrió sola
Ocho años después, la moción de censura de 2018 sigue siendo una especie de fósil vivo. No pertenece del todo al pasado porque sus consecuencias siguen respirando en la política española. Sánchez no sería el mismo sin aquella tarde. Podemos tampoco. El PP tampoco. Ciudadanos, desde luego, mucho menos. Y el PNV conserva, como siempre, esa capacidad tan suya de aparecer en el centro de la historia sin levantar demasiado la voz. Silencio vasco, poder real.
La confesión de Pablo Iglesias no invalida la moción, pero sí la vuelve más áspera. La despoja de épica higiénica y la acerca a lo que probablemente fue: una operación política veloz, oportunista, legal, audaz y moralmente discutible. Una mezcla muy española, por cierto. Aquí nos gusta fingir que la política es mármol institucional, pero muchas veces se parece más a una partida nocturna en la trastienda: humo, cálculo, silencios, alguien que sonríe demasiado pronto. Mármol y humo, todo junto.
La pregunta de fondo no es si Iglesias hizo presidente a Sánchez él solo. No. La historia rara vez admite propietarios únicos. La pregunta real es cuánto pesó aquella maniobra en el voto final del PNV y en la percepción de Ciudadanos, y hasta qué punto la idea de una moción instrumental fue una promesa, una insinuación o simplemente un señuelo. Ahí está la zona gris. Y las zonas grises, en política, duran más que los titulares.
Lo que queda claro es que 2018 no fue solo la caída de Rajoy. Fue el nacimiento de una época: gobiernos más frágiles, alianzas más extrañas, partidos bisagra convertidos en notarios del poder, bloques parlamentarios con geometría variable y un país aprendiendo a vivir sin mayorías cómodas. Iglesias acaba de recordar que aquella puerta no se abrió sola. Alguien empujó. Alguien calculó. Alguien creyó ver elecciones al fondo del pasillo. Y al final, quien entró fue Pedro Sánchez.

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