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¿Por qué Alba Díaz teme volver al gimnasio tras engordar seis kilos?

Alba Díaz reconoce que volver al gimnasio le da vértigo tras engordar seis kilos y reflexiona sobre miradas, presión estética y aceptación corporal.

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Publicado

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interior de un moderno gimnasio

Resumen

  • Alba Díaz ha engordado seis kilos y admite que volver al gimnasio le da vértigo
  • Teme sentirse observada, aunque ha decidido entrenar por ella y no por los demás
  • Su testimonio abre el debate sobre presión estética, body shaming y libertad

Alba Díaz ha puesto palabras a una sensación bastante menos excepcional de lo que parece: sentir vergüenza antes incluso de entrar en un gimnasio. La creadora de contenido, de 26 años e hija de Vicky Martín Berrocal y Manuel Díaz ‘El Cordobés’, ha contado que ha engordado seis kilos y que regresar a entrenar le produce “vértigo”. No tanto por el ejercicio. Por las miradas.

Ahí está el núcleo de lo que ha contado. Alba teme que otras personas reparen en su aumento de peso, pero al mismo tiempo ha decidido volver porque quiere recuperar una rutina que considera buena para ella. No pretende presentar el gimnasio como penitencia ni el cambio físico como una derrota. Quiere cuidarse sin castigarse, una frontera bastante sencilla sobre el papel y sorprendentemente difícil en una sociedad donde el cuerpo parece haberse convertido en una especie de currículum público.

La escena tiene algo de paradoja contemporánea. Uno paga una cuota para entrar en un lugar destinado, en teoría, a mejorar la salud y termina sintiendo que antes debe superar un casting corporal. Ropa técnica, espejo, músculos, máquinas, relojes que cuentan pasos, calorías y pulsaciones. Todo medido. También, a veces, la autoestima.

Alba Díaz y el vértigo de volver al gimnasio

Las palabras de Alba Díaz llegan después de varios meses hablando públicamente de su relación con su cuerpo. En abril ya explicó que había engordado seis kilos y decidió empezar por algo bastante elemental: caminar. Se planteó hacerlo con regularidad, por salud, y asegura que consiguió incorporar ese hábito antes del verano.

Después llegaron las vacaciones, los amigos, la familia, los horarios distintos. Vida, vaya. Díaz cuenta que durante el verano fue muy feliz, aunque también sintió ansiedad, y septiembre la ha colocado otra vez frente a esa liturgia casi nacional de comenzar de nuevo: gimnasio, dieta y buenos propósitos, con quizá alguna culpa de regalo.

Ella quiere regresar a entrenar. Pero cuando se encuentra frente al gimnasio aparece el pensamiento incómodo: “Me da vértigo ir al gimnasio”.

No es miedo a una cinta de correr.

“Van a estar observándome”: el miedo antes de entrar

Lo que le preocupa es sentirse examinada. Díaz explica que uno de sus primeros pensamientos es que los demás percibirán que ha ganado peso, que se fijarán en ella. Esa expectativa convierte una puerta corriente en algo mucho más grande: el temor a la mirada ajena.

Es importante distinguirlo. Que una persona tema ser observada no significa necesariamente que veinte desconocidos estén pendientes de su cintura mientras hacen sentadillas. Probablemente muchos estén demasiado ocupados sobreviviendo a su propia serie de abdominales. Pero la presión estética no necesita un jurado sentado físicamente delante. Funciona mucho mejor cuando conseguimos llevarnos al jurado dentro de la cabeza.

Alba acaba corrigiendo ese diálogo consigo misma. Recuerda que no entra allí para recibir aplausos ni para que nadie certifique si está bien o mal. La explicación, sostiene, se la debe a ella misma.

La mirada ajena acaba instalándose dentro

Ese detalle vuelve interesante su reflexión. El problema deja de ser únicamente lo que otros puedan pensar y pasa a ser la anticipación del juicio: imaginar la mirada antes de que exista, modificar la conducta por ella, posponer algo que uno quiere hacer porque teme no presentar el cuerpo adecuado para hacerlo.

Es una contradicción bastante feroz. Hay quien no va a la playa porque piensa que primero debería adelgazar. Quien evita una clase de yoga porque cree que no tiene el cuerpo de alguien que hace yoga. Quien teme entrar en un gimnasio precisamente porque no parece llevar seis meses entrenando en un gimnasio.

El requisito termina precediendo a la actividad. Para empezar a ponerse en forma parece que hubiera que estar previamente en forma. Kafka, pero con leggings.

La nueva ley del gimnasio: septiembre como examen corporal

Septiembre tiene algo de enero con manga corta. Regresan los colegios, las oficinas y una industria entera dedicada a recordarnos que durante el verano aparentemente cometimos el pecado de cenar tarde, dormir la siesta o comernos un helado sin registrar inmediatamente sus macronutrientes.

El gimnasio aparece entonces como símbolo de regreso al orden. Y hacer ejercicio, naturalmente, es saludable. La actividad física regular mejora la salud cardiovascular, muscular y mental, entre otros beneficios. Pero hay una diferencia enorme entre recomendar movimiento y convertir el gimnasio en una obligación estética.

Caminar es actividad física. Ir en bicicleta también. Bailar, nadar, subir escaleras o practicar un deporte cuentan. La salud no empieza en el torno de un gimnasio con una botella de dos litros y unos auriculares enormes.

Sin embargo, alrededor del entrenamiento se ha construido una cultura que mezcla bienestar, disciplina y apariencia hasta hacerlos casi indistinguibles. El cuerpo entrenado ya no siempre se presenta simplemente como una posibilidad; a veces parece un certificado de virtud. Quien madruga para correr es disciplinado. Quien marca abdominales se cuida. Quien engorda seis kilos, en cambio, debe explicar qué ha ocurrido.

Y quizá ahí empieza el problema: el físico convertido en prueba moral.

Cuidarse no es castigar el cuerpo

Alba Díaz ya había expresado meses atrás una idea interesante: aceptar su cuerpo no significaba abandonarlo. Quería moverse y sentirse mejor, pero sin entender el ejercicio como castigo por haber engordado.

Ese matiz evita uno de los debates más aburridos de internet, donde parece obligatorio escoger entre dos caricaturas. O hay que venerar cualquier estado físico y considerar ofensiva cualquier conversación sobre salud, o hay que vivir contando calorías, porcentaje de grasa corporal y centímetros de cintura como si el organismo fuese una auditoría trimestral.

La realidad suele ser menos estridente.

Aceptar un cuerpo y querer cambiar hábitos pueden convivir perfectamente. Una persona puede estar en paz con su aspecto y decidir ganar fuerza. Puede adelgazar sin odiarse antes. Puede engordar y seguir siendo activa. Puede entrenar por salud, por diversión, por estética o porque después duerme estupendamente. Incluso puede no disfrutar del gimnasio. No existe una Constitución que obligue a amar las sentadillas.

Lo relevante del discurso de Díaz está precisamente ahí: intentar recuperar una rutina desde el cuidado y no desde la humillación. El ejercicio deja entonces de ser el precio que se paga por haber disfrutado del verano.

Body shaming: cuando opinar sobre el cuerpo parece gratis

El término inglés body shaming describe algo muy viejo con un nombre relativamente nuevo: avergonzar o ridiculizar a alguien por su cuerpo. Puede dirigirse contra una persona por estar gorda, delgada, musculada, baja, alta, envejecida o simplemente por no cumplir el molde estético que alguien ha decidido considerar correcto.

En las redes sociales existe una peculiar barra libre para esas opiniones. Una fotografía puede recibir comentarios sobre el peso de una persona escritos por desconocidos que probablemente considerarían una barbaridad acercarse a alguien en una cafetería y decirle lo mismo a medio metro de distancia.

La pantalla abarata la crueldad.

En el caso de Alba Díaz hay otro ingrediente: su exposición pública. Ella misma ha hablado anteriormente de la presión que siente alrededor de su físico. Y las figuras conocidas viven una situación extraña: su imagen forma parte de su trabajo y, precisamente por eso, algunos confunden visibilidad con propiedad. Como aparece en una pantalla, pareciera que su cuerpo hubiera entrado también en el dominio público.

No funciona así.

Se puede hablar de moda, tendencias, ejercicio e incluso cambios físicos cuando son relevantes y la propia persona los hace públicos. Otra cosa es convertir cada kilo ganado o perdido en un plebiscito sobre su valor personal.

Y aquí tampoco conviene engañarse con el lenguaje amable. El body shaming no desaparece simplemente sustituyendo un insulto por una frase supuestamente preocupada. “Te lo digo por tu salud” puede expresar una preocupación sincera, claro, pero también puede ser el envoltorio educado del mismo juicio estético de siempre. Depende del contexto, de quién habla, de qué sabe y, sobre todo, de si alguien le pidió esa valoración.

La libertad de ser también incluye cambiar

Hay una versión superficial de la aceptación corporal que termina siendo casi tan rígida como aquello que pretende combatir. Según esa lectura, querer adelgazar, entrenar o modificar el cuerpo sería una especie de traición al amor propio. Es otro mandato. Cambia el uniforme, no la lógica.

La libertad corporal consiste precisamente en recuperar margen de decisión.

Ser libre para mantener un cuerpo. Para cambiarlo. Para ponerse fuerte. Para no hacerlo. Para maquillarse o salir con la cara lavada. Para disfrutar de un gimnasio o considerar las máquinas de musculación una sofisticada colección de instrumentos medievales.

Lo difícil es averiguar cuánto hay de deseo propio y cuánto de presión externa. Ahí Alba Díaz entra en un terreno muy reconocible. Ella quiere volver a entrenar, pero antes debe atravesar una capa de vergüenza construida alrededor de lo que otros podrían pensar de su cuerpo.

Ese es probablemente el detalle más valioso de sus palabras. No abandona el gimnasio para demostrar que acepta sus seis kilos ni regresa para demostrar que los rechaza. Intenta quitar a los espectadores imaginarios de la ecuación.

Parece poco. No lo es.

Vivimos rodeados de imágenes de cuerpos trabajados, retocados, seleccionados y cuidadosamente iluminados. Incluso cuando la publicidad dejó de vender abiertamente la “operación bikini”, buena parte del mensaje sobrevivió bajo palabras más elegantes: bienestar, mejor versión, transformación, disciplina, estilo de vida.

El envase se hizo más amable. La báscula siguió allí.

Un gimnasio debería ser un lugar, no un tribunal

Alba Díaz finalmente decidió entrar. Su argumento fue mucho menos grandioso que buena parte de los eslóganes motivacionales que circulan por internet: volver por ella misma, recuperar prioridades y aceptar que no hace falta hacerlo perfecto.

Quizá por eso funciona.

El ejercicio tiene beneficios reales para la salud y merece ser fomentado. Pero una sociedad saludable tampoco debería conseguir que alguien sienta que necesita presentar un determinado cuerpo antes de empezar a moverse. Si el gimnasio se convierte en una pasarela donde quien más necesita recuperar actividad física teme entrar porque todavía no parece deportista, algo se ha retorcido por el camino.

Los seis kilos de Alba Díaz son, al final, casi lo menos interesante de esta historia. Podrían haber sido cuatro, ocho o ninguno. Lo revelador está en esa fracción de segundo ante una puerta: quiero entrar, pero temo que me miren.

Entre la libertad de ser como uno es y el deseo legítimo de cambiar existe un espacio enorme. Ahí cabe el cuidado, también la estética, el placer de sentirse fuerte y hasta la vanidad —que tampoco es delito—. Lo que sobra es la obligación de justificar cada cuerpo ante los demás.

Porque un gimnasio puede tener espejos. Lo raro sería convertirlos en jueces.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.