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¿Por qué LIV Golf entra en quiebra y cuánto dinero debe a Jon Rahm?

LIV Golf solicita el Capítulo 11 con deudas de hasta 1.000 millones y Jon Rahm como uno de los mayores acreedores entre los jugadores del circuito.

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Créditos: JazzyJoeyD, trabajo propio, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.

Resumen

  • LIV Golf entra en el Capítulo 11 con deudas de hasta 1.000 millones
  • Jon Rahm figura como principal acreedor entre los jugadores del circuito
  • El fondo saudí deja de sostener un modelo que quemó miles de millones

LIV Golf ha pasado de sacudir el golf mundial a refugiarse en los tribunales. El circuito presentó el 8 de septiembre una solicitud voluntaria de protección por bancarrota bajo el Capítulo 11 de Estados Unidos, con unos pasivos estimados de entre 500 y 1.000 millones de dólares frente a activos valorados entre 100 y 500 millones. Entre quienes esperan cobrar aparece Jon Rahm: al español se le reconocen 7,47 millones de dólares como crédito no garantizado, la mayor cantidad entre los jugadores incluidos en la documentación judicial.

Eso no significa que LIV Golf desaparezca de inmediato y apaguen las luces del último green. El Capítulo 11 está diseñado precisamente para permitir que una empresa siga funcionando mientras reorganiza sus obligaciones. LIV pretende salir del proceso con nuevos inversores, una estructura de propiedad distinta y una versión reducida del circuito a partir de 2027. El problema, nada pequeño, es que para llegar allí deberá resolver sus deudas y convencer a sus principales estrellas de que todavía merece la pena quedarse.

La caída resulta especialmente llamativa por la escala del experimento. Desde 2022, el Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudí, conocido como PIF, había inyectado más de 5.000 millones de dólares en LIV Golf. Ese dinero permitió contratar a algunos de los mejores golfistas del planeta, desafiar al PGA Tour y convertir cada fichaje en una pequeña guerra financiera. Durante unos años parecía que el cheque no tenía fondo. Resultó que sí.

LIV Golf entra en el Capítulo 11, pero no está liquidado

La petición fue presentada ante el Tribunal de Quiebras de Estados Unidos para el Distrito de Nueva Jersey. La documentación incluye a LIV Golf Incorporated y numerosas sociedades vinculadas al grupo dentro de un procedimiento que pretende administrarse conjuntamente. Jurídicamente, la diferencia importa: LIV Golf no ha solicitado una liquidación bajo el Capítulo 7, sino una reorganización bajo el Capítulo 11.

Dicho en castellano corriente: la empresa admite que su estructura financiera actual no funciona y busca protección judicial mientras negocia otra. Puede mantener actividad, conseguir financiación durante el proceso y presentar un plan para tratar sus deudas. Pero esa protección tampoco convierte las obligaciones pendientes en humo. Los acreedores están ahí, y algunos son precisamente los jugadores sobre los que LIV construyó su imagen.

Los documentos sitúan los activos entre 100 y 500 millones de dólares y los pasivos entre 500 y 1.000 millones. También muestran un volumen de acreedores que se cuenta por miles. Incluso tomando los extremos más favorables de esas horquillas, la fotografía financiera explica bastante bien por qué el circuito ha tenido que acudir al juzgado.

Jon Rahm encabeza la lista de jugadores a los que LIV debe dinero

El nombre de Jon Rahm ocupa el primer puesto entre los mayores acreedores no garantizados que aparecen en la documentación. La sociedad vinculada al golfista español reclama exactamente 7.472.527,47 dólares bajo su acuerdo de participación con LIV Golf. Bryson DeChambeau figura detrás con 5.769.230,77 dólares, mientras Dustin Johnson aparece con 5,49 millones y Cameron Smith con 4,84 millones.

La relación continúa con Adrian Meronk, a quien se reconocen unos 4,44 millones de dólares; Tyrrell Hatton, con alrededor de 3,37 millones; Abraham Ancer, con 2,65 millones, y otros jugadores y proveedores. Incluso Brooks Koepka, que abandonó LIV a comienzos de 2026, aparece entre los acreedores con aproximadamente 1,68 millones de dólares.

Conviene matizar una cosa: esas cantidades no tienen por qué representar todo el valor pendiente de los contratos multimillonarios que LIV firmó con sus estrellas. Son créditos declarados en el procedimiento, asociados en muchos casos a acuerdos de participación. La dimensión económica de las relaciones contractuales puede ser bastante mayor que el importe que aparece en esa primera lista judicial.

Y aquí aparece quizá el problema deportivo más serio. La reestructuración abre la puerta a revisar la arquitectura contractual que convirtió a LIV en LIV. Los golfistas pueden quedar con mayor margen para negociar su futuro mientras la compañía trata de sustituir los antiguos acuerdos por otros adecuados a la nueva estructura.

Para Rahm o DeChambeau, por tanto, el debate ya no consiste solamente en cuándo cobrarán lo que LIV les debe. También deberán decidir qué relación desean mantener con un circuito que probablemente será bastante distinto del que los fichó. Y para LIV el círculo es incómodo: necesita reducir costes, pero necesita a sus estrellas para conservar valor comercial. Ahorrar en la gasolina cuando el motor depende precisamente de ella.

De más de 5.000 millones saudíes a buscar nuevo dinero

LIV nació con una ventaja difícil de encontrar incluso en el deporte profesional: una capacidad financiera extraordinaria. El PIF saudí financió el proyecto desde su irrupción en 2022 y destinó más de 5.000 millones de dólares a levantar la competición, atraer jugadores y competir contra la estructura tradicional encabezada por el PGA Tour.

El modelo compró algo indiscutible: relevancia inmediata. Rahm, DeChambeau, Dustin Johnson, Cameron Smith y otros grandes nombres dieron credibilidad deportiva al producto. LIV introdujo asimismo torneos más cortos, competición por equipos, bolsas de premios enormes y una puesta en escena concebida para alejarse del aire casi litúrgico del golf tradicional.

Lo que nunca quedó igual de claro fue si el circuito podía convertir todo aquel gasto en un negocio autosuficiente. Construir una audiencia mundial, obtener derechos audiovisuales suficientemente valiosos, generar patrocinio y convertir las franquicias de equipos en activos rentables era otra historia. Mucho menos fotogénica que entregar cheques gigantes en el tee de salida.

En abril, el PIF anunció que dejaría de financiar el circuito después de la temporada 2026 porque la inversión necesaria a largo plazo ya no encajaba en la fase actual de su estrategia. Aquello cambió la naturaleza del problema. LIV dejó de tener que demostrar únicamente que podía crecer; empezó a tener que demostrar que podía sobrevivir sin una chequera prácticamente ilimitada.

El PIF se retira, aunque presta 49,6 millones para la transición

Hay una aparente paradoja. Arabia Saudí ha decidido retirar la financiación estructural de LIV, pero el PIF ha aceptado aportar 49,6 millones de dólares en financiación DIP, es decir, dinero destinado a sostener a la empresa mientras atraviesa el procedimiento concursal. La operación está sujeta a autorización judicial.

No es volver al modelo anterior. Es oxígeno para atravesar la operación. El propio expediente señala que el PIF mantenía el control accionarial de la estructura antes de la reorganización, mientras LIV trabaja ahora con BC Partners Credit para construir una compañía recapitalizada.

Las señales de tensión habían aparecido antes de la bancarrota. En agosto, LIV redujo considerablemente su plantilla y terminó su temporada antes de lo previsto. El campeonato por equipos programado en Michigan del 27 al 30 de agosto fue cancelado y el torneo de Indianápolis pasó a convertirse en el final de la temporada. Meses antes también se había caído del calendario la prueba prevista en Luisiana.

Qué pretende hacer LIV Golf en 2027

La dirección insiste en que la bancarrota no representa el funeral de la competición, sino el puente hacia lo que denomina LIV Golf 2.0. El objetivo declarado es completar la reorganización y volver en 2027 con una liga económicamente más pequeña, nuevos inversores y una participación mucho mayor de los propios golfistas en la propiedad.

La idea supone un giro curioso. LIV conquistó jugadores pagando cantidades extraordinarias para convertirlos en empleados o participantes privilegiados; ahora pretende que esos mismos jugadores sean una pieza central del capital de la empresa. De receptores del cheque a propietarios del negocio. No deja de tener cierta poesía financiera, aunque antes habrá que resolver quién cobra qué.

La propuesta también contempla cambios deportivos. La nueva LIV ha manejado una competición con 75 jugadores, cortes después de 54 hoyos y una estructura por equipos más vinculada a identidades nacionales. El concepto sigue apostando por diferenciarse, pero con una realidad presupuestaria completamente distinta a la que acompañó su nacimiento.

BC Partners Credit ha firmado con LIV un acuerdo de apoyo a la reestructuración que contempla una futura recapitalización. Una vez superado el Capítulo 11, BC Partners y otros posibles inversores minoritarios proporcionarían financiación de salida y actuarían como patrocinadores del plan, siempre sujeto a la aprobación del tribunal.

La compañía sostiene que mantiene conversaciones avanzadas con los jugadores para construir una estructura en la que estos posean la mayoría del capital. Sobre el papel resulta atractivo: intereses de golfistas y competición quedarían más alineados. En la práctica, el valor de esas participaciones dependerá de cuánto dinero puede generar realmente LIV sin el respaldo permanente del Estado saudí.

Y también de quién continúe jugando. Una LIV Golf sin Rahm, DeChambeau o varias de las estrellas que justificaban derechos televisivos, patrocinios y entradas tendría menos costes, sí, pero también mucho menos que vender.

El golpe que cambia el equilibrio del golf mundial

La bancarrota de LIV Golf no borra lo ocurrido desde 2022. El circuito consiguió alterar un deporte extraordinariamente resistente a los cambios, provocó una guerra por el talento, obligó al golf tradicional a reaccionar y convirtió los contratos de sus principales jugadores en cifras propias de las grandes ligas estadounidenses. Hasta sus adversarios tuvieron que moverse.

Pero el Capítulo 11 desnuda el límite del modelo original. Más de 5.000 millones de dólares pudieron comprar tiempo, estrellas y atención mundial; no garantizaron por sí solos que apareciera un negocio sostenible. Ahora la supervivencia dependerá menos de la espectacularidad del cheque y más de ingresos, costes, audiencia y capital privado. La prosa aburrida de cualquier empresa, vaya.

Jon Rahm queda en el centro de esa transición. Es campeón, símbolo internacional del circuito y, al mismo tiempo, su mayor acreedor entre los jugadores, con casi 7,5 millones de dólares pendientes según el expediente judicial. LIV quiere conservar a figuras como él para construir su segunda vida mientras reorganiza precisamente las obligaciones que contrajo para atraerlas.

Por eso la quiebra no significa todavía que LIV Golf haya muerto. Significa algo más concreto: la primera versión de LIV se ha quedado sin el modelo financiero que la hizo posible. Lo que salga del tribunal de Nueva Jersey podrá conservar el nombre, algunos jugadores e incluso buena parte de la idea original. Pero será otra liga. El dinero saudí convirtió a LIV en un terremoto dentro del golf; ahora toca averiguar qué queda cuando deja de temblar.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.