Historia
La geofísica descubre que el castro de Burela es doble: dos recintos donde se creía que había uno
La prospección del CSIC en el castro de Burela revela un segundo recinto a 150 metros del conocido. La Edad del Hierro gallega era más compleja de lo que se pensaba.

Resumen
- Una prospección geofísica del CSIC en el castro de Burela (Lugo) ha revelado que bajo tierra existe un segundo recinto, lo que convierte el yacimiento en un sistema de dos poblados separados por unos 150 metros.
- El equipo no ha excavado todavía: la geofísica detecta sin tocar, usando las mismas técnicas que los médicos para ver el interior del cuerpo sin abrirlo. Las hipótesis sobre para qué servía el segundo recinto siguen abiertas.
- El hallazgo se suma a una serie de descubrimientos recientes en castros gallegos que están reescribiendo la imagen de estas comunidades de la Edad del Hierro: eran más complejas y mejor organizadas de lo que se creía.
En Burela, un pequeño municipio de la costa de Lugo, el CSIC está escuchando el pasado sin mover un gramo de tierra. Los arqueólogos han desplegado sobre el castro local una batería de sensores geofísicos —resistividad eléctrica, georradar, magnetometría— y lo que han encontrado debajo ha cambiado por completo la imagen del yacimiento: donde se pensaba que había un solo poblado de la Edad del Hierro, hay dos. Dos recintos separados por aproximadamente 150 metros, con estructuras, accesos y probablemente funciones distintas.
La noticia llegó el 2 de octubre, pero sus implicaciones siguen expandiéndose. No es la primera vez que la geofísica transforma lo que sabemos de un castro gallego, pero sí es un ejemplo especialmente llamativo de cómo la tecnología está multiplicando los hallazgos sin necesidad de poner en marcha una sola excavación.
Cómo se ve el pasado sin cavar: la geofísica aplicada a la arqueología
La prospección geofísica funciona de una manera que los arqueólogos del siglo XIX habrían considerado magia. En lugar de remover capas de sedimento con pico y paleta, los investigadores colocan en el suelo electrodos o antenas de radar y miden cómo las ondas o las corrientes eléctricas interactúan con las estructuras enterradas. Una pared de piedra, un foso relleno de tierra, el negativo de una cabaña de madera quemada: cada elemento devuelve una señal diferente que los sensores registran y el software convierte en imágenes.
En el caso del castro de Burela, el equipo del CSIC utilizó principalmente resistividad eléctrica y georradar (GPR). La primera técnica inyecta corriente en el suelo y mide cuánto resiste el terreno a su paso: las piedras, los muros y las zanjas rellenas tienen firmas eléctricas distintas. El georradar emite pulsos de microondas que rebotan en las discontinuidades del subsuelo y permiten reconstruir su estratigrafía en tiempo real.
Las hipótesis sobre el segundo recinto: ¿élite, mercado o defensa?
El equipo del CSIC es cauteloso con las interpretaciones. «Tenemos abiertas todas las hipótesis», declararon al presentar los resultados. Y con razón: la arqueología ha aprendido a costa de errores pasados que los datos geofísicos pueden identificar estructuras, pero raramente revelan para qué servían sin la confirmación que da la excavación.
Dicho esto, en el contexto de los castros gallegos y del norte peninsular en general, los dobles recintos suelen responder a una de estas tres lógicas:
- ✓Jerarquía social: un recinto interior reservado a la élite o la aristocracia guerrera y un espacio exterior para el resto de la comunidad. Este patrón aparece en castros de gran tamaño como el de Baroña o Viladonga.
- ✓Crecimiento demográfico: un castro que se queda pequeño y añade un segundo recinto amurallado para alojar a la población que desborda el original.
- ✓Uso diferenciado: uno de los recintos con función residencial y otro con función productiva, artesanal o de almacenamiento. En Burela, la separación de 150 metros entre ambos encaja bien con esta última posibilidad.
Por qué el hallazgo importa más allá de Burela
El castro de Burela forma parte de un patrón que se está repitiendo en toda Galicia y el norte de Portugal: las prospecciones no invasivas están descubriendo que los castros son mucho más complejos de lo que su apariencia superficial sugería. Fosos que no se ven desde arriba, estructuras de madera que dejaron negativos en el suelo, sistemas hidráulicos para canalizar el agua de lluvia…
La imagen tradicional del castro como un aldea defensiva de pastores con chozas de piedra redondas está siendo sustituida por una más matizada: comunidades con arquitectura planificada, especialización artesanal documentada (herrerías, talleres de orfebrería) y redes de intercambio que llegaban al Mediterráneo. Las importaciones de ánforas vinarias o lucernas romanas encontradas en algunos castros del siglo II a.C. muestran que sus habitantes conocían bien el mundo que los rodeaba.
«Los castros nos sorprenden cada vez que los miramos con ojos nuevos. Habíamos subestimado su complejidad durante décadas.» — Arqueóloga del CSIC responsable de la prospección en Burela
El siguiente paso en Burela será decidir si excavar o no. La excavación daría respuestas concretas sobre la cronología, los materiales y la función del segundo recinto, pero también consume recursos y tiempo. La tendencia en la arqueología actual es exactamente la contraria: estudiar primero todo lo que la geofísica puede ofrecer, y reservar la pala para las preguntas que solo el suelo puede responder. Burela, por ahora, guarda sus secretos. Y lo hace bastante bien.












