Historia
El amigo millonario de Marco Aurelio fue acusado de matar a su esposa: dos esculturas podrían delatarlo 1.800 años después
Fue absuelto, pero dos esculturas colosales de su villa del Peloponeso hablan de duelo, prestigio y quizá de culpa. Esto es lo que dice el nuevo estudio.

Resumen
- Herodes Ático, el hombre más rico de Roma y profesor de Marco Aurelio, fue acusado de la muerte de su esposa Regila, embarazada de ocho meses.
- Un nuevo estudio del King’s College sostiene que dos esculturas colosales de su villa del Peloponeso hablaban de duelo, prestigio… y quizá de culpa.
- Fue absuelto en vida, y la intensidad de su luto —que incluyó el odeón que sigue en pie bajo la Acrópolis— pesó más que las pruebas.
¿Puede una estatua ser una confesión? Es la pregunta que sobrevuela un estudio recién publicado en el Journal of Roman Archaeology, y no es retórica: dos esculturas colosales que decoraban la villa de Herodes Ático —el hombre más rico del Imperio romano, el profesor de retórica del emperador Marco Aurelio— podrían estar contando, en el lenguaje respetable de Homero, la historia de un aristócrata acusado de matar a su esposa embarazada. Mil ochocientos años después del juicio, el mármol vuelve a declarar.
La investigación la firma Rebecca Levitan, profesora de Arte Griego del King’s College de Londres, y reconstruye por primera vez el programa decorativo completo del jardín de la villa de Loukou, en el Peloponeso. Su tesis: aquellas dos figuras entrelazadas no eran simple decoración de millonario. Hablaban de duelo, de prestigio y —en la lectura más inquietante— de culpa.
Quién era Herodes Ático: el profesor de dos emperadores
Herodes Ático nació en Atenas en el año 101 y lo tuvo todo: fortuna inmensa heredada de su padre, senador, una educación esmerada entre Atenas y Roma, y un talento descomunal para la oratoria. Era lo que los romanos llamaban un sofista: un profesional de la retórica que cobraba fortunas por enseñar a hablar en público a la élite del imperio.
Su currículum intimida. Cónsul de Roma en el año 143. Maestro de los futuros emperadores Marco Aurelio y Lucio Vero. Benefactor a escala imperial: levantó el acueducto de Olimpia, el estadio de mármol de Atenas, teatros y ninfeos por media Grecia. Su esposa, la noble romana Annia Regila, financiaba obras por su cuenta —el impresionante ninfeo de Olimpia exhibía estatuas de ambas familias, la imperial y la suya, a la misma altura.
Y sin embargo, este patrón de las artes arrastraba una sombra. Hacia el año 140, el retórico Frontón ya lo había acusado públicamente de crueldad e incluso de estar implicado en un homicidio. En el 174 volvería a sentarse en el banquillo, acusado de tiranía, defendiéndose con éxito ante su antiguo alumno Marco Aurelio. Entre medias ocurrió el episodio que lo define para siempre.
La muerte de Regila: el escándalo que acabó en juicio
En el año 160, Annia Regila murió embarazada de ocho meses. La versión oficial hablaba de complicaciones del parto; la versión de su familia, de un crimen. Bradua, el hermano de Regila, llevó el asunto a los tribunales de Roma y señaló a un liberto de la casa, Alcimedon, como autor material de una patada en el vientre de la mujer —y a Herodes Ático, como instigador o, cuanto menos, como responsable de quien golpeaba bajo su techo.
El proceso fue uno de los escándalos de la década. Herodes resultó absuelto, y los cronistas coinciden en qué inclinó la balanza: la intensidad desbordante de su duelo. Un hombre destrozado en público no parece un asesino, o al menos no parece un asesino al que un jurado quiera condenar. El sofista Filóstrato lo razonaría después a su manera: nadie dedicaría un teatro tan magnífico a la memoria de su esposa si no fuera inocente, porque «era más probable convertir a las diosas en vengadoras del asesinato que ganarse su perdón».
Porque Herodes no se limitó a llorar. Mandó construir en Atenas, a los pies de la Acrópolis, un odeón monumental dedicado a Regila: el mismo que hoy, restaurado, sigue acogiendo conciertos cada verano. Es, quizá, el gesto funerario más caro de la historia de la arquitectura.
Aquiles y Áyax: dos esculturas que hablaban de culpa
Aquí entra el hallazgo del estudio de Levitan. En la villa de Loukou —a unos cuatro kilómetros de Astros, en el Peloponeso—, Herodes había dispuesto en el extremo occidental del jardín dos grupos escultóricos monumentales de mármol, copias romanas del siglo II de bronces helenísticos. En historia del arte se llaman symplegmata: figuras entrelazadas en un abrazo violento.
El primero representa a Aquiles sosteniendo a Pentesilea, la reina de las amazonas a la que acaba de matar y de la que —según algunas tradiciones— se enamora al verla morir. Se conserva prácticamente completo, con un águila sobre el casco del héroe, y duerme hoy en el Museo de Astros. El segundo, perdido, pertenecía al célebre tipo del Pasquino: Áyax cargando con el cadáver de Aquiles. (Dato para presumir en cena: el Pasquino original, descubierto en Roma en 1501, es la estatua a la que los romanos pegaban sátiras anónimas; de ahí viene la palabra «pasquín».)
- ✓La pista del linaje: Herodes presumía de descender de Áyax, el guerrero que carga con el muerto. Las esculturas encajaban como un retrato de familia heroico.
- ✓La pista de Adriano: el emperador tenía dos copias del Pasquino en su villa de Tívoli, y Herodes lo imitaba en todo.
- ✓La pista de la culpa: Aquiles es el héroe que mata por error a quien ama. Para un hombre cuyo llanto público Roma miraba con recelo, las estatuas podían expresar el sufrimiento en el lenguaje aceptable de Homero.
- ✓La puesta en escena: cada escultura tenía su réplica en mosaico en el pavimento, y un canal de 63 metros añadía reflejos acuáticos al conjunto. Un escenario diseñado para provocar conversación entre los invitados.
«Para un hombre cuyo llanto en público se miraba con recelo en Roma, las esculturas servían para expresar el sufrimiento en el lenguaje respetable de Homero» — a partir del estudio de Rebecca Levitan
Lo que el mármol no puede demostrar (todavía)
Conviene no dejarse llevar por el morbo. La propia Levitan plantea su lectura en condicional, y el estudio reconoce un agujero incómodo: la datación de algunos mosaicos del conjunto los sitúa entre los siglos IV y V, varios siglos después de la muerte de Herodes. Si parte del programa decorativo es de reformas posteriores, no se puede demostrar que el millonario diseñara personalmente la composición ni que usara las esculturas para expresar arrepentimiento.
Además, las explicaciones no se excluyen entre sí: la admiración por Adriano, la reivindicación del linaje de Áyax, el gusto por los modelos helenísticos y el duelo personal por Regila pudieron convivir perfectamente en la cabeza de un hombre que coleccionaba significados igual que coleccionaba mármoles. La arqueología rara vez ofrece confesiones limpias; ofrece indicios.
Lo que sí sabemos con certeza es esto: Herodes Ático murió en el año 177, absuelto dos veces por los tribunales, llorado por Atenas y enterrado con honores. Su esposa tiene un teatro con su nombre bajo la Acrópolis, y las estatuas de su jardín —una intacta, otra perdida— siguen preguntando en silencio si aquel duelo inmenso era amor, teatro o algo peor. Mil ochocientos años después, nadie ha declarado todavía la inocencia completa del profesor de Marco Aurelio. Ni su culpabilidad.












