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¿Y si Trump fracasa en Irán? Lo peor está por venir

Trump ha abierto una guerra contra Irán sin un final claro y el riesgo real ya no es solo militar: petróleo, poder y un caos regional mayor.
Si la apuesta de Donald Trump no desemboca en un derrumbe del poder iraní ni en la aparición de un liderazgo compatible con los intereses de Washington, lo que se abre no es un simple tropiezo diplomático, sino un escenario mucho más áspero: una guerra larga, más ataques sobre el Golfo, un estrecho de Ormuz bajo amenaza, petróleo y gas disparados, presión económica sobre Europa y un régimen iraní que puede salir más duro, no más dócil. Ese es el núcleo del problema a 3 de marzo de 2026. La ofensiva de Estados Unidos e Israel arrancó el 28 de febrero con una sacudida enorme sobre Teherán, mató al líder supremo Ali Khamenei y descabezó parte del aparato militar iraní, pero no ha aclarado el punto decisivo: quién manda después, con qué control real y hacia dónde se mueve el país.
La propia evolución del discurso de la Casa Blanca delata esa niebla. Trump pidió a los iraníes que “tomaran” su gobierno, presentó la operación como una oportunidad histórica para cambiar el poder en Teherán y, casi al mismo tiempo, empezó a justificar la guerra con otro lenguaje, más clásico, más defensivo: frenar misiles, cortar el programa nuclear, reducir la marina iraní, golpear su capacidad regional. Mientras tanto, Benjamin Netanyahu sostiene que la guerra puede “llevar un tiempo”, aunque no años, y en Washington ya se admite que el conflicto puede durar bastante más de lo que se deslizó al principio. El problema no es solo militar. El problema es que el fin político sigue sin estar claro, y cuando una guerra entra en esa zona gris el terreno empieza a parecerse peligrosamente a los atolladeros que Estados Unidos ya conoce demasiado bien.
El golpe ha sido brutal, pero el plan político sigue borroso
La secuencia de estos días explica mucho. La ofensiva conjunta de EE. UU. e Israel no fue un simple ataque de castigo. Fue una operación de decapitación del poder iraní, con bombardeos sobre Teherán, instalaciones estratégicas, estructuras militares y figuras del núcleo dirigente. La muerte de Khamenei alteró de golpe la cúspide del sistema y obligó a activar una dirección provisional formada por el presidente Masoud Pezeshkian, el jefe del Poder Judicial Gholam-Hossein Mohseni-Ejei y el clérigo Alireza Arafi. Ese dato importa mucho, porque muestra que el régimen no se evaporó en el primer impacto. Se reordenó, malherido, sí, pero se reordenó. Y en paralelo, Irán respondió con ataques contra Israel y también contra países del Golfo que albergan presencia militar estadounidense o están alineados con Washington. La guerra, en otras palabras, no ha tumbado el tablero: lo ha roto y lo ha dejado lleno de astillas.
Esa diferencia entre debilitar y derribar lo cambia todo. En la retórica de Trump asoma la idea de que la presión exterior podría abrir paso a otro poder en Teherán, quizá menos hostil, quizá negociable, quizá directamente útil. Pero esa imagen tiene mucho de deseo y poco de estructura real. Ni la inteligencia estadounidense ni una parte importante de sus propios responsables da por hecho que el asesinato de Khamenei y la cadena de bombardeos vayan a traducirse en un cambio de régimen a corto plazo. Al contrario: dentro de la administración hay escepticismo sobre la posibilidad de que caiga pronto el sistema y también sobre el tipo de liderazgo que podría emerger si cae. No hay un relevo claro, no hay un bloque liberal organizado esperando entrar, no hay una figura “filoamericana” preparada para coger el volante. Irán no funciona así. No hay un recambio sencillo, exportable, prefabricado.
No existe un “presidente útil” esperando en la puerta
En los análisis apresurados aparece a veces la fantasía de que, con el viejo poder herido, podría colocarse en Teherán a alguien razonable para Occidente, una figura que ordene el país, calme los mercados y reconduzca la relación con Estados Unidos. La realidad iraní es mucho más áspera. Pezeshkian no es un hombre de Washington; es un presidente del sistema iraní, con menos dureza verbal que los halcones, pero surgido de la propia arquitectura de la República Islámica. Mohseni-Ejei está asociado al aparato judicial y represivo del régimen. Arafi es un clérigo del establishment. Y luego aparece el gran bloque de posibles sucesores o aspirantes con peso propio: Mojtaba Khamenei, Hassan Khomeini, Ali Larijani, entre otros nombres que responden a lógicas internas iraníes, no a un diseño occidental. Pensar que de este vacío puede salir un “nuevo presidente proamericano” es leer Teherán como si fuera una capital ocupable desde un despacho en Washington. No lo es.
Además, la propia confusión estadounidense sobre quién manda de verdad ahora mismo en Irán revela la magnitud del agujero. Trump llegó a reconocer que Washington no sabe con certeza quién lidera el país tras la muerte de Khamenei. Esa frase, que parece una anécdota, es en realidad una advertencia enorme. Cuando una potencia entra en guerra sin tener claro qué estructura política encontrará al otro lado del golpe, el margen de error se dispara. Puede aparecer una cúpula provisional cohesionada. Puede imponerse una facción militar. Puede abrirse una lucha interna entre clérigos, Guardianes de la Revolución y redes de poder económico. Puede sobrevivir el sistema endurecido. Puede fragmentarse. Todo eso cabe. Lo que no cabe, por ahora, es la imagen limpia de una transición ordenada hacia un gobierno más amable para Estados Unidos. Ese guion no está en la mesa.
Si Teherán no se derrumba, empieza otra clase de guerra
La opción más verosímil si el plan rápido falla no es una rendición iraní ni una democratización espontánea, sino una guerra de desgaste. Trump habló de una campaña de cuatro o cinco semanas, luego dejó la puerta abierta a que durase bastante más, y después deslizó que “la gran ola” aún estaba por llegar. Esa evolución del lenguaje importa más de lo que parece. Cuando una operación deja de venderse como un golpe decisivo y empieza a narrarse como algo escalable, el conflicto ya ha cambiado de naturaleza. El objetivo deja de ser solo destruir. Pasa a ser insistir, ampliar, presionar, seguir. Y ahí aparece el riesgo clásico: entrar en una dinámica donde cada ataque justifica el siguiente y donde la falta de desenlace político empuja a buscar una salida por acumulación de fuerza. Oriente Próximo está lleno de guerras que empezaron con verbo corto y terminaron convertidas en una costumbre sangrienta.
Eso no significa que mañana vaya a haber una invasión terrestre a gran escala al estilo de Irak en 2003. No es ese el cuadro exacto. Irán es un Estado mucho más grande, más poblado, con más profundidad estratégica y con un aparato ideológico y militar mucho más denso que el Irak de Sadam Husein en aquel momento. Pero sí existe el riesgo de repetir la trampa conceptual de Irak, Afganistán o incluso Vietnam: creer que una superioridad militar aplastante basta para modelar la política de un país complejo, herido y hostil. En esas guerras, Estados Unidos ganó muchas batallas y perdió el sentido del final. Eso es precisamente lo que ahora empieza a inquietar a parte del propio sistema político estadounidense, porque la administración ha ido cambiando la justificación del conflicto y el Congreso ya discute si Trump ha cruzado una línea sin un mandato claro.
La comparación con Irak no es idéntica, pero la advertencia sí
La gran diferencia con Irak es que aquí no se ha presentado aún una arquitectura de ocupación ni una hoja de ruta formal para reconstruir un Estado. Pero eso no vuelve el escenario más tranquilizador; de hecho, puede hacerlo peor. En Irak, al menos sobre el papel, Washington fingía saber qué quería hacer con el día después. Aquí ni siquiera eso está claro. La Casa Blanca oscila entre el discurso de la amenaza inminente, el del castigo preventivo, el del desmantelamiento militar y el de la oportunidad histórica para que los iraníes se levanten. Esa mezcla no dibuja una estrategia cerrada. Dibuja una guerra buscando su propia explicación sobre la marcha. Y cuando eso ocurre, el conflicto se vuelve muy vulnerable a la improvisación, al maximalismo y al error de cálculo.
Irán, además, no necesita derrotar militarmente a Estados Unidos para complicarle la vida. Le basta con encarecer la guerra, alargarla, dañar infraestructuras, castigar bases, golpear aliados, sembrar inseguridad marítima y obligar a Washington a elegir entre dos malas opciones: escalar todavía más o asumir que el golpe inicial no sirvió para alcanzar el objetivo político. Esa capacidad de respuesta asimétrica es la que vuelve tan delicado el momento actual. No hace falta imaginar columnas iraníes entrando en ninguna capital; basta con mirar el mapa real de ataques, misiles, drones, bases en alerta, aeropuertos afectados y tráfico marítimo paralizado para entender que la guerra ya no es solo un duelo entre dos estados. Es una red de frentes encendidos a la vez.
Ormuz puede convertir una guerra regional en un problema mundial
Hay una palabra que resume por sí sola el salto de escala: Ormuz. El estrecho por el que pasa alrededor de una quinta parte del petróleo consumido cada día en el mundo se ha convertido en la palanca más peligrosa de esta crisis. Irán ha declarado su cierre y ha amenazado con atacar a cualquier barco que trate de atravesarlo. Más allá de la disputa semántica sobre si el cierre es completo o parcial, el efecto ya está aquí: petroleros y metaneros detenidos, rutas interrumpidas, primas de seguro disparadas, armadores echando el freno y un mercado que descuenta un escenario de riesgo sostenido. No hace falta que Teherán bloquee durante semanas cada metro de agua. A veces basta con hacer creíble el miedo para que la economía empiece a sacudirse.
Los datos son elocuentes. El precio del Brent ha llegado a subir con fuerza, el gas europeo se ha tensado, más de un centenar largo de buques ha quedado anclado alrededor del Golfo y las coberturas de guerra para navegar por la zona se han multiplicado en cuestión de horas. Reuters ha informado de que las primas pasaron de niveles cercanos al 0,2% del valor del buque al entorno del 1% en apenas dos días, mientras algunas rutas de grandes petroleros desde Oriente Próximo hacia Asia se han disparado hasta niveles récord. Dicho de forma menos técnica: mover energía se ha vuelto mucho más caro y mucho más arriesgado. Y cuando mover energía cuesta más, el daño acaba viajando por oleoductos invisibles hasta las gasolineras, la industria, los alimentos, el transporte y las facturas europeas.
Europa no está en el frente, pero sí en la cuenta
La distancia geográfica engaña. España, Francia, Italia o Alemania no necesitan verse arrastradas militarmente para notar la onda expansiva. Basta con un petróleo más caro, con un gas tensionado, con fletes disparados y con más volatilidad financiera. Reuters ya recoge que el impacto económico sobre Europa se está observando de manera inmediata, con subidas en el crudo y en el mercado neerlandés del gas, que funciona como referencia continental. Si la crisis en Ormuz se prolonga, el golpe no se limitará al sector energético. Tocará logística, industria, inflación y crecimiento. Lo que ocurre en el Golfo, cuando entra en combustión una arteria así, termina oliendo también a problema europeo. No es una guerra lejana cuando empieza a meterse en el precio de todo.
Y hay un matiz más. El sistema de transporte marítimo mundial ya llegaba tensionado por los ataques sobre rutas del mar Rojo y del golfo de Adén. Ormuz añade otra bisagra crítica al mismo mecanismo. Es como ver cómo se atasca una puerta mientras alguien sigue empujando desde fuera. Cuanto más se prolongue la inseguridad en la zona, más probable será que la guerra deje de leerse solo como un enfrentamiento militar y empiece a vivirse como una crisis energética y comercial global. Esa es la vía por la que un conflicto regional contagia al resto del mundo sin necesidad de ampliar formalmente el mapa de combate.
El frente regional puede ensancharse aunque nadie lo anuncie
Otro de los escenarios abiertos, quizá el más imprevisible, es el de la expansión por acumulación. La guerra ya ha golpeado no solo a Irán e Israel, sino también a países del Golfo vinculados a la presencia estadounidense. Ha habido ataques sobre Bahréin, amenazas y fuego hacia estados como Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí y Omán, y el conflicto también ha salpicado a Líbano con un repunte de la actividad sobre Hezbolá. En una red así, la escalada no necesita una gran declaración solemne. Puede crecer por episodios: un dron sobre una embajada, un misil sobre una base, un error de defensa aérea, un civil muerto en un punto especialmente sensible, una represalia que obliga a otra. Las guerras regionales no siempre se expanden por decisión; a veces se expanden por inercia.
Ese peligro es mayor porque el conflicto mezcla actores con calendarios y objetivos distintos. Israel quiere destruir capacidad iraní y cerrar, de una vez, la amenaza que considera existencial. Trump quiere demostrar fuerza, justificar la operación como defensa nacional y evitar al mismo tiempo la imagen de otra guerra interminable que desgaste a su presidencia. Los estados árabes del Golfo intentan sobrevivir al fuego cruzado sin aparecer demasiado pegados a Washington. Irán, golpeado pero no rendido, necesita demostrar que conserva capacidad de castigo. En un tablero así, todos tienen incentivos para apretar, aunque nadie pueda garantizar cómo se frena después. Esa es justo la materia de la que están hechas las peores escaladas: mucho cálculo táctico y muy poco control estratégico.
Dentro de Irán también puede imponerse la lógica más dura
A menudo se olvida un punto esencial. El fracaso de un plan exterior para provocar una transición no suele dejar detrás un terreno neutral. Suele dejar más represión, más cierre informativo y más discurso patriótico. Eso ya se está viendo. Tras la muerte de Khamenei y los bombardeos, el país ha entrado en una mezcla de conmoción, miedo, reorganización del poder e incertidumbre total. Hay duelo oficial, tensión en las calles, miedo a nuevos ataques, apagones de internet y una estructura estatal que intenta volver a agarrar el control mientras responde militarmente fuera. En ese contexto, el régimen puede usar la agresión externa para vender unidad, castigar cualquier disidencia interna y presentar toda contestación como una colaboración con el enemigo. El nacionalismo herido es uno de los blindajes más eficaces de los regímenes asediados.
Eso no significa que el sistema goce de buena salud. Ni mucho menos. El país llega a esta guerra tras años de sanciones, protestas, represión y una crisis de legitimidad muy profunda. Hay malestar social y hay fracturas. Pero una cosa es ese desgaste acumulado y otra muy distinta imaginar que millones de iraníes van a entender automáticamente los bombardeos estadounidenses e israelíes como una puerta de salida. En la práctica puede ocurrir lo contrario: que una parte de la población rechace al régimen y, al mismo tiempo, rechace con igual fuerza una guerra exterior que mata civiles y deja ciudades enteras bajo miedo. La matanza denunciada en una escuela de Minab, con cifras aún bajo disputa y una investigación en curso, ha intensificado esa dimensión brutal del conflicto. Cuando una guerra entra en la vida cotidiana de esa manera, el “cambio de régimen” deja de sonar a ingeniería política y empieza a sonar a ruina.
La sucesión puede ordenar el sistema o romperlo todavía más
El proceso de reemplazo de Khamenei va a ser decisivo. Si el aparato clerical y de seguridad logra conducir una sucesión relativamente controlada, aunque sea áspera y muy autoritaria, la República Islámica podría sobrevivir a este golpe con otro rostro, quizá incluso más cerrado. Si, por el contrario, la pugna entre facciones se desborda, entonces sí podría abrirse una fase mucho más caótica, con centros de poder compitiendo entre sí y con la calle convertida en un espacio de disputa explosiva. Ninguno de esos dos caminos favorece de forma automática a Estados Unidos. En el primero, sobrevive un régimen hostil. En el segundo, nace un caos difícil de administrar. Por eso la gran pregunta en Washington no es solo si el sistema cae, sino qué cae exactamente y qué aparece después. Y ahí la respuesta sigue siendo incómoda: nadie lo sabe con certeza.
Washington también puede pagar un precio político muy alto
La guerra no se libra solo sobre el mapa de Oriente Próximo. También se está peleando en Washington. En el Congreso se han multiplicado las críticas por la base legal y política de la ofensiva, y los demócratas presionan para activar límites desde la War Powers Resolution. Al mismo tiempo, el argumento oficial ha ido mudando: de la amenaza inminente a la degradación militar iraní; de la autodefensa a la oportunidad de que los iraníes se sacudan a sus gobernantes. Esa oscilación ha dado munición a quienes denuncian que la Casa Blanca se ha metido en una guerra sin explicar de forma estable el final que busca. Reuters ha informado además de que el Pentágono trasladó a legisladores que no había indicios de que Irán fuese a atacar primero a Estados Unidos de forma inminente, un matiz delicadísimo porque perfora una de las justificaciones más sensibles del arranque de la operación.
Tampoco ayuda el clima social. El sondeo de Reuters/Ipsos publicado tras el inicio de la guerra mostró un apoyo muy limitado a los ataques, con apenas alrededor de una cuarta parte de estadounidenses a favor y un bloque mucho mayor entre el rechazo y la incertidumbre. Eso no obliga a Trump a frenar mañana, pero sí dibuja una frontera política. Si la guerra se alarga, si aumentan las bajas estadounidenses, si el precio del combustible sube y si el objetivo político continúa sin aparecer, el conflicto puede convertirse en un boomerang para la propia Casa Blanca. Ahí está uno de los grandes temores del trumpismo más aislacionista: empezar una guerra para exhibir fuerza y acabar atrapado en el tipo de guerra que durante años prometió no repetir. La contradicción es enorme.
El escenario que más preocupa en todas las capitales
Lo más inquietante, a estas alturas, no es que Trump no logre instalar a un dirigente afín en Teherán. Lo más inquietante es que, al no lograrlo, la guerra siga empujando hacia la salida más tóxica de todas: un Irán golpeado pero no sometido, una región llena de represalias cruzadas, Ormuz bajo amenaza permanente, Europa pagando la factura energética y Estados Unidos atrapado entre la tentación de escalar y el miedo a otro atolladero histórico. El precedente de Irak, Afganistán y otras guerras interminables no sirve aquí como copia exacta, pero sí como aviso muy serio. Cuando Washington cree que puede moldear el día después de un país complejo a base de superioridad militar, el resultado suele escaparse por las grietas del mapa. Y en Irán, esas grietas son profundas, densas y peligrosísimas.
Por eso el verdadero riesgo no es solo que el plan falle. Es cómo falla. Puede fallar dejando un régimen endurecido, más militarizado y más nacionalista. Puede fallar abriendo una lucha interna que convierta a Irán en una fuente crónica de inestabilidad. Puede fallar arrastrando a más actores regionales y convirtiendo el conflicto en una guerra de agotamiento sin victoria nítida. Puede fallar golpeando el corazón energético del planeta y reescribiendo durante meses la economía global. Todo eso está ya insinuado en los hechos de estos cuatro días. Y todo eso explica por qué el debate real no es si Trump puede asustar a Irán durante unas semanas. El debate real es si ha abierto una guerra cuyo desenlace político no controla. Ese es el punto crítico. Y es, con diferencia, el más peligroso.

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