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La calle mata: por qué quien duerme al raso en Barcelona muere 34 años antes
Quien duerme al raso en Barcelona muere de media a los 49 años, 34 antes que el resto. Arrels analiza 682 muertes para explicarlo.

Resumen
- Las personas sin hogar de Barcelona mueren de media a los 49 años, frente a los 83 de la población general.
- Arrels Fundació analiza 682 muertes registradas entre 2015 y 2025 en su informe ‘Viure al carrer mata’.
- Quien logró un alojamiento vivió 13 años más, y las mujeres son el colectivo más golpeado: mueren a los 45.
En Barcelona se muere, de media, a los 83 años. Es una de las ciudades con mayor esperanza de vida de Europa. Pero hay un grupo de vecinos para el que esa cifra se desploma hasta los 49 años: quienes duermen al raso. Treinta y cuatro años menos. Una vida entera de diferencia separa a quien cena en su casa de quien cena en un cajero.
Es la conclusión central del informe ‘Viure al carrer mata. Persones en situació de carrer mortes a Barcelona 2015-2025’, elaborado por Arrels Fundació y presentado este miércoles en el Colegio de Arquitectos de Barcelona. El estudio analiza una por una las 682 muertes de personas sin hogar registradas en la capital catalana durante la última década.
Qué cuenta el informe de Arrels y por qué es distinto
Hasta ahora, el sinhogarismo se medía en vivos: recuentos nocturnos, plazas de albergue, perfiles de atención. Arrels ha hecho lo contrario: ha puesto el foco en los que ya no están. De las 682 personas fallecidas que habían pasado por la calle, 204 seguían viviendo al raso cuando murieron. El estudio se centra en ellas y las compara con las 478 que, en algún momento, lograron una solución residencial.
El resultado no es una estadística fría. Casi dos de cada tres personas sin hogar mueren antes de cumplir los 55. Y el dato más incómodo: cerca de un tercio de las muertes registradas en la última década se produjo por factores ajenos al estado de salud. La calle no solo enferma; también expone, y esa exposición mata.
Beatriz Fernández, directora de la fundación, lo resumió sin rodeos en la presentación: los 682 casos son «la punta del iceberg», porque hay hombres y mujeres que quedan fuera de todos los circuitos de atención y mueren solos, sin que ninguna entidad llegue a tener noticia. De ahí que el informe sea, a la vez, un estudio y una denuncia: los datos se han recopilado con la colaboración de entidades sociales, servicios sanitarios y forenses, pero el registro oficial brilla por su ausencia.
Por qué la calle envejece tan deprisa
La intuición dice que quien duerme al raso muere de frío, de enfermedad o de adicciones. El informe dibuja un cuadro bastante más amplio: condiciones de exposición permanente, violencia, accidentes, riesgo nutricional y un deterioro de salud que se acelera porque nadie lo vigila. Dormir mal cada noche, comer mal cada día y vivir a la defensiva pasa factura a una velocidad que un domicilio amortigua.
Hay también un factor estructural: la calle dificulta el acceso al sistema sanitario. Sin padrón estable, sin teléfono, sin dirección, las citas se pierden, los tratamientos se abandonan y las urgencias se convierten en la única puerta de entrada. Cuando esa puerta se cruza, suele ser tarde.
| Situación | Edad media de muerte | Diferencia |
|---|---|---|
| Mujeres viviendo al raso | 45 años | -40,8 respecto a las barcelonesas |
| Hombres viviendo al raso | 50 años | -29,9 respecto a los barceloneses |
| Personas que accedieron a alojamiento | 62 años | -21 respecto a la media de la ciudad |
| Población general de Barcelona (2025) | 83 años | referencia (79,9 hombres / 85,8 mujeres) |
Fuente: Arrels Fundació, ‘Viure al carrer mata’ (2015-2025)
Las mujeres, el ángulo más ciego del sinhogarismo
El informe constata un sesgo de género brutal. En la población general, las mujeres viven más que los hombres. En la calle ocurre exactamente lo contrario: ellas mueren de media a los 45 años, cinco antes que ellos y casi 41 años antes que el conjunto de las barcelonesas.
Arrels lo explica por una doble vulnerabilidad: las mujeres llegan a la calle con más violencia acumulada a sus espaldas, suelen dormir en espacios más escondidos e inseguros y acceden menos a los recursos de atención. De las 2.166 personas que duermen al raso en Barcelona según el último recuento municipal, solo 165 son mujeres. No porque no existan, sino porque el recuento nocturno no las encuentra: se esconden precisamente para no ser vistas.
«Las mujeres llegan a la calle en una situación de más vulnerabilidad y violencia» — Beatriz Fernández, directora de Arrels Fundació
El caso de Grzegorz, que recogió La Vanguardia, ilustra lo que hay detrás de cada número del informe: murió en agosto tras años en la calle, y su despedida en el cementerio la organizaron las entidades que le acompañaban. Sin ese circuito, su muerte no habría aparecido en ninguna estadística. Arrels insiste en que preservar la memoria de los fallecidos —con espacios de homenaje y nombres propios— forma parte de la respuesta.
Un techo suma 13 años, pero no borra el daño
El dato más esperanzador del informe es también el más matizado. Las 478 personas que tras pasar por la calle consiguieron un alojamiento —una pensión, un piso asistido, un recurso residencial— murieron de media a los 62 años. Trece años más que quienes siguieron al raso. La vivienda salva vidas, literalmente.
Pero 62 años siguen siendo 21 menos que la media de la ciudad. «El alojamiento no borra automáticamente los efectos del sinhogarismo», advierte el estudio: el cuerpo y la cabeza arrastran lo vivido. Dentro de ese grupo, las mujeres murieron a los 57 años y los hombres a los 63, así que la brecha de género tampoco desaparece con un techo.
Con estos datos sobre la mesa, Arrels propone un paquete de medidas concretas:
- ✓Crear un registro oficial de muertes de personas sin hogar, hoy inexistente.
- ✓Mejorar la coordinación entre entidades sociales, servicios sociales, centros sanitarios y forenses.
- ✓Ampliar los recursos residenciales e incorporar la prevención de la mortalidad a las políticas de sinhogarismo.
- ✓Revisar cada muerte para identificar fallos del sistema y preservar espacios de memoria y homenaje.
Barcelona ha empezado a moverse en esa dirección: la ciudad ha puesto en marcha la primera unidad hospitalaria específica para personas sin techo, un recurso pensado precisamente para romper el círculo de urgencias tardías y tratamientos interrumpidos que describe el informe. Es un primer paso en un mapa sanitario que hasta ahora trataba al sinhogarismo como un problema social y no como lo que también es: una emergencia de salud pública.
Lo que deja el informe sobre la mesa
Barcelona presume de ser una ciudad donde se vive mucho. El informe de Arrels recuerda que esa media esconde dos ciudades paralelas: la de quien tiene llaves en el bolsillo y la de quien no. Entre ambas median 34 años, y la distancia no la marca la genética, sino la intemperie.
La próxima vez que un recuento municipal cuente cuerpos durmiendo al raso —2.166 el último— conviene recordar que no cuenta solo personas: cuenta años perdidos. Y que, según los datos de la propia Arrels, dar un techo a tiempo es la intervención sanitaria más eficaz que existe contra esa hemorragia silenciosa. Trece años de vida por una habitación. Pocas políticas públicas ofrecen tanto por tan poco.












