Salud
Vacuna española logra reducir un 80% la leishmaniosis canina
HisDTC, vacuna española con nanopartículas, reduce hasta 80% la infección celular por leishmania y mantiene respuesta un año según un ensayo.

HisDTC, vacuna española con nanopartículas, reduce hasta 80% la infección celular por leishmania y mantiene respuesta un año según un ensayo.
Una vacuna experimental desarrollada por equipos de la Universidad Complutense de Madrid y del CSIC ha mostrado una reducción de hasta el 80% en la infección por Leishmania infantum cuando se analiza la capacidad de las células inmunitarias de perros vacunados para frenar al parásito en pruebas de laboratorio. El ensayo, autorizado por la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios y realizado en cinco centros veterinarios de la Comunidad de Madrid, describe una vacuna segura, con respuesta protectora mantenida y con señales inmunológicas que, en este estudio, se sostienen durante el seguimiento de un año.
Los resultados se publicaron a finales de 2025 en Veterinary Quarterly y aterrizan ahora en el debate veterinario con una mezcla de entusiasmo y prudencia: el dato del “80%” es llamativo, sí, pero está ligado a un modelo de infección in vitro y a una fase clínica orientada sobre todo a seguridad e inmunogenicidad, no a eficacia en condiciones naturales. En paralelo, el trabajo compara perfiles inmunitarios con una vacuna comercial europea, y apunta a un siguiente paso claro: ensayos de campo en zonas endémicas, con exposición real al flebótomo, para comprobar si la promesa se mantiene cuando la enfermedad deja de ser un gráfico y vuelve a ser lo de siempre, un perro que adelgaza sin explicación y unos análisis que empiezan a torcerse.
La vacuna HisDTC: qué es y por qué no se parece a lo de antes
El nombre, HisDTC, no busca caer simpático. Es una etiqueta de laboratorio, y detrás hay una idea muy contemporánea: en lugar de usar componentes “grandes” del parásito, el equipo diseñó un péptido multiepitópico, una especie de collage de fragmentos seleccionados para que el sistema inmune tenga más de una diana a la que agarrarse. Ese péptido, sintetizado por GenScript Biotech con alta pureza, se encapsula en nanopartículas biodegradables de PLGA (un polímero que se degrada con el tiempo y se usa mucho como vehículo). La fabricación de las nanopartículas se encargó a Nanovex Biotechnologies, un detalle que importa porque, en este tipo de vacunas, el “cómo se entrega” el antígeno es casi tan decisivo como el antígeno en sí.
A la fórmula, en una de las versiones probadas, se le añaden dos señales de alarma para el sistema inmune: ligandos de receptores tipo Toll, concretamente TLR2 y TLR3, con moléculas de referencia en inmunología como Pam3CSK4 y Poly(I:C), suministradas por InvivoGen. Dicho sin solemnidad: no solo se enseña “la cara” del intruso, también se le da al organismo un empujón para que lo recuerde con más nitidez, con un sesgo hacia respuestas celulares que suelen ser cruciales frente a patógenos que viven a cubierto, dentro de las células.
El estudio insiste en una idea que a estas alturas ya es casi doctrina en leishmaniosis: lo que más protege es una respuesta celular tipo Th1, con interferón gamma (IFN-γ) en escena, más que una montaña de anticuerpos sin dirección. En los perros, esa diferencia no es estética; puede marcar el paso entre infección controlada y enfermedad que progresa con calma, como un reloj silencioso.
Ese “80%”: lo que significa, lo que no significa y por qué el matiz es la noticia
El número que ha saltado a titulares —“hasta un 80%”— sale de una prueba funcional muy concreta. Los investigadores tomaron sangre de los perros y aislaron PBMCs (células mononucleares de sangre periférica). A partir de ahí diferenciaron macrófagos derivados de monocitos con un factor estimulante (GM-CSF) durante varios días y los infectaron con Leishmania infantum marcada con fluorescencia (eGFP), para medir con citometría de flujo cuánto parásito entraba y cuánto quedaba. Luego, y esto es clave, pusieron esos macrófagos en co-cultivo con linfocitos autólogos (del mismo perro) y compararon el porcentaje de macrófagos infectados con y sin esa ayuda linfocitaria. Cuando el sistema inmune “entrena” bien, esos linfocitos activados deberían ayudar al macrófago a matar o contener al parásito. Y ahí aparece la cifra: en los grupos vacunados con HisDTC, la reducción de infección en macrófagos llegó hasta el 80% en algunos puntos del seguimiento, especialmente a los dos y cinco meses tras la inmunización.
Esto tiene mucha fuerza científica porque no es una medición abstracta: se observa capacidad anti-leishmania de células vivas, con un esquema comparativo y con control. Pero no es lo mismo que decir “80% menos perros enferman”. No es un ensayo de incidencia clínica en campo, no hay flebótomos picando, no hay exposición variable según zona, estación, horarios o microclima. Es un paso previo, robusto, útil para comparar formulaciones y para identificar correlatos inmunitarios… y a la vez limitado en lo que puede prometer al mundo real. En el propio artículo se ve el contraste con la vacuna comercial comparada: se detecta actividad en etapas tempranas, pero la ventaja de HisDTC se hace más evidente con el tiempo, cuando la respuesta del comparador deja de mostrar reducciones estadísticamente significativas en esa misma prueba.
Hay otro matiz que conviene tener en la cabeza: el resumen científico habla de efectos protectores claros hasta el octavo mes en esa prueba funcional, mientras que en el seguimiento anual se observan marcadores inmunitarios sostenidos y diferencias en varios parámetros. En lenguaje de clínica: la vacuna “mueve agujas” de forma persistente, pero cada aguja tiene su calendario. Y eso, en leishmaniosis, es casi inevitable.
Dentro del ensayo en Madrid: quiénes, cuántos perros y cómo se midió todo
El trabajo está firmado por un equipo con nombres propios que ya son referencia en este campo: Clara Hurtado-Morillas, Alicia Mas, José A. Orden, Laura de Urbina-Fuentes, M. Mar Blanco, Gustavo Domínguez-Bernal y Abel Martínez-Rodrigo, con afiliaciones que conectan el grupo INMIVET y el centro CISA-INIA-CSIC. En esa lista se ve algo más que créditos: se ve continuidad de investigación, años de trabajo y una apuesta por dar el salto desde modelos murinos a un escenario mucho más exigente, el perro.
El ensayo, identificado como 499/ECV, se define como fase I veterinaria: seguridad e inmunogenicidad, con control de variables, doble ciego y seguimiento de un año. Participaron 40 perros de propietarios particulares, sanos, seronegativos para Leishmania infantum, con edades entre 4 meses y 1 año, de cualquier raza y sexo, aunque el estudio detalla una distribución concreta: 19 machos y 21 hembras. Se excluyeron hembras gestantes o lactantes y se evitó incluir animales con tratamientos inmunomoduladores recientes; todo ello para reducir ruido biológico y poder atribuir respuestas a la vacunación, no a factores externos.
La vacunación fue subcutánea. Los grupos que recibieron formulaciones en nanopartículas recibieron dos dosis separadas por dos semanas; el grupo de la vacuna comercial siguió su protocolo recomendado, con una sola dosis. La extracción de sangre se planificó con un calendario muy de ensayo clínico: día 0 y luego días 30, 60, 150, 240 y 360, con procesamiento en un margen de horas. Además, la seguridad se vigiló de una manera poco vistosa pero esencial: exploración veterinaria inmediatamente tras la inoculación, observación durante al menos una hora, seguimiento diario por parte de los propietarios durante una semana con formularios estructurados, y revisiones en puntos fijados del calendario. El resultado aquí es llamativo por lo “poco noticiable”: no se reportaron efectos adversos locales o sistémicos relevantes en los grupos descritos.
Cinco grupos, una comparación directa y dos controles que dicen mucho
El diseño incluyó cinco grupos de ocho perros cada uno. Dos son los protagonistas: HisDTC encapsulada en PLGA con ligandos TLR2/3, y HisDTC encapsulada en PLGA sin esos ligandos. En números, la formulación con adyuvantes incluyó 100 microgramos del péptido HisDTC, 2 microgramos del ligando de TLR2 y 10 microgramos del ligando de TLR3; el grupo sin adyuvantes recibió 100 microgramos de HisDTC encapsulado. La comparación comercial se hizo con LetiFend, basada en proteína Q de L. infantum (cepa MON-1) y cuantificada en unidades ELISA según su ficha. Y luego vienen los controles que a veces se olvidan en la conversación pública: un grupo recibió solo los ligandos TLR encapsulados en PLGA, y otro solo PLGA, ambos con la misma cantidad de polímero. Ese doble control sirve para contestar una pregunta incómoda pero crucial: si la “mejora” viene del antígeno, del vehículo, del adyuvante o de una mezcla inseparable.
El estudio, además, describe un fenómeno de base que suena a nota al pie pero no lo es: incluso antes de vacunar, el sistema de co-cultivo linfocito-macrófago ya mostraba un control parcial de la infección, con una reducción media alrededor del 55%. Es decir, el modelo experimental no empieza desde cero, y por eso la comparación entre grupos tras la inmunización es lo que realmente pesa.
La firma inmunológica: interferón gamma, memoria y un sesgo que apunta a protección
Más allá del dato del 80%, el artículo se detiene en correlatos inmunológicos. Tras estimular las células con antígeno de Leishmania (SLA) o con el propio HisDTC, se midió producción intracelular de IFN-γ en linfocitos CD4+ y CD8+. En los grupos HisDTC, ese IFN-γ aparece pronto y se mantiene durante meses, con picos que cambian según la formulación y con una persistencia que, en algunos índices, llega hasta el final del seguimiento. En el grupo comparador comercial se describe un incremento más transitorio, especialmente en CD4+ alrededor del segundo mes, que luego pierde fuerza. En infecciones intracelulares, esa continuidad de señal no es un detalle: suele correlacionar con capacidad real de control.
El trabajo también reporta expansión de un subconjunto de linfocitos memoria CD4+CD8α+ doble positivos, una población que en perros se ha asociado a respuestas de memoria en ciertos contextos y que aquí aumenta de manera sostenida en los grupos vacunados con HisDTC. A nivel humoral, el sesgo también importa: en leishmaniosis canina, ciertos patrones de anticuerpos —como IgG1 elevada— se han vinculado a progresión clínica, mientras que respuestas más “tipo IgG2” se han asociado a control. En este ensayo, los perros vacunados con HisDTC, sobre todo cuando se añaden ligandos TLR, muestran un perfil más inclinado hacia IgG2a frente al antígeno de la vacuna y sin el acompañamiento de IgG1 que sí aparece con el comparador comercial. No es que los anticuerpos “sobren” aquí; es que el patrón cuenta una historia.
Leishmaniosis canina en España: la enfermedad que se esconde y el vector que manda
La leishmaniosis canina en España no es una rareza ni un exotismo de viaje. Es una enfermedad endémica, con bolsas de alta seroprevalencia en áreas mediterráneas y una presencia que se adapta a condiciones ambientales. El parásito principal en nuestro entorno es Leishmania infantum, y el vector es el flebótomo, ese insecto diminuto que parece poca cosa hasta que se entiende su papel. En España se han demostrado como vectores competentes, de forma clásica, especies como Phlebotomus perniciosus y Phlebotomus ariasi; nombres que suenan a latín de manual, pero que en la práctica se traducen en una realidad: hay épocas del año y franjas horarias en que el riesgo sube, y sube de verdad.
La enfermedad tiene otra particularidad: la infección subclínica es frecuente. Muchos perros pueden estar infectados sin signos evidentes durante tiempo y, aun así, contribuir al ciclo epidemiológico. Cuando la enfermedad se manifiesta, lo hace con una variedad que desconcierta incluso a propietarios atentos: pérdida de peso, apatía, lesiones cutáneas, descamación, crecimiento anómalo de uñas, problemas oculares, sangrados nasales, ganglios aumentados. Y, en el fondo, la gran preocupación: el riñón. El daño renal asociado a leishmaniosis es una de las razones por las que la enfermedad asusta a veterinarios con experiencia; no siempre da la cara de golpe, a veces va erosionando.
Diagnosticarla exige combinar clínica y laboratorio. Se usa serología (ELISA, IFI), pruebas rápidas, y en ciertos casos PCR u otras técnicas para confirmar carga parasitaria o aclarar dudas. El problema práctico es que no siempre hay una línea nítida entre infección y enfermedad activa; por eso se habla tanto de seguimiento, de títulos, de proteinogramas, de función renal, de decisiones que se revisan con el tiempo. En ese contexto, una vacuna nueva no compite solo con otras vacunas; compite con la complejidad real de la enfermedad.
Prevención hoy: vacunas, repelentes y la diferencia entre “bajar riesgo” y “blindar”
En España ya existen vacunas autorizadas frente a leishmaniosis canina. En Europa, LetiFend se consolidó como una opción de dosis única anual según indicación, y CaniLeish se utiliza con esquemas distintos de primovacunación y refuerzos; ambas, con el mismo mensaje de fondo en sus fichas: reducir el riesgo de infección activa y/o enfermedad clínica tras exposición, no prometer invulnerabilidad. En consulta, ese matiz se repite porque evita malentendidos peligrosos: un perro vacunado puede infectarse; lo que se busca es reducir la probabilidad y, sobre todo, reducir la progresión a enfermedad clínica.
La práctica actual suele funcionar por capas superpuestas. La vacunación se integra con medidas anti-vector: collares insecticidas, pipetas repelentes, control de horarios en épocas de mayor actividad del flebótomo, mosquiteras en espacios de descanso, gestión del entorno si hay jardines o zonas con materia orgánica donde el insecto puede encontrar refugio. No hace falta convertirlo en un ritual obsesivo, pero sí entender que el flebótomo no responde a una sola barrera. En ese sentido, una vacuna como HisDTC, si llega al mercado, no sustituiría esa capa ambiental; se sumaría.
Hay otra cuestión que siempre aparece en voz baja: la interferencia con pruebas diagnósticas. Algunas vacunas comerciales se han diseñado y comunicado para minimizar falsos positivos en test serológicos habituales. Cada vez que aparece una vacuna nueva, esa pregunta vuelve, porque el diagnóstico y el seguimiento de leishmaniosis dependen de interpretar pruebas con cuidado. El ensayo de HisDTC se centra en inmunogenicidad y funcionalidad celular, no en “compatibilidad diagnóstica” como objetivo principal, pero el camino hacia autorización y uso real suele exigir respuestas claras también en ese terreno. La clínica necesita vacunas que protejan, sí, pero también necesita que no confundan el termómetro.
Del ensayo a la calle: lo que falta antes de hablar de autorización y comercialización
Lo que se ha publicado es, sobre todo, una prueba de concepto potente en el animal que importa, el perro, con una metodología que se toma en serio la palabra “ensayo”. El regulador está ahí, el número de ensayo clínico existe, el diseño doble ciego también, y la comparación con una vacuna comercial añade contexto. Aun así, el salto decisivo aún no se ha hecho: ensayos de campo en áreas endémicas, con exposición natural, con más animales y con métricas clínicas duras. Ahí se verá si la firma inmunológica de HisDTC se traduce en menos infecciones confirmadas, menos progresión a enfermedad clínica, menos daño orgánico y menos necesidad de tratamiento. Y se verá, además, cómo se comporta en la diversidad real: razas con susceptibilidades distintas, perros con vida de campo, perros que viven en ciudad pero duermen en terrazas, animales con comorbilidades leves que en un ensayo fase I se evitan.
El trabajo deja, eso sí, una aportación que puede acelerar el futuro: la identificación de parámetros inmunológicos asociados a protección. En vacunas, tener marcadores útiles es como tener un mapa en lugar de caminar a ojo. Permite diseñar estudios preclínicos más finos, ajustar dosis, elegir calendarios, comparar formulaciones sin depender exclusivamente de “esperar a ver cuántos enferman”, algo que en leishmaniosis puede tardar y depender de factores externos. El estudio utiliza citometría, ELISA y ensayos funcionales de infección en macrófagos; no son técnicas de escaparate, son herramientas para construir evidencia.
También hay un elemento práctico que, sin hacer ruido, importa: el perfil de seguridad descrito es limpio. Sin reacciones locales significativas, sin fiebre, sin cambios de comportamiento atribuibles a la vacuna, sin eventos sistémicos. En investigación de vacunas, esa ausencia de problemas es una condición de entrada. Una vacuna que protege pero causa reacciones importantes acaba siendo un dilema; una vacuna que protege y es bien tolerada tiene camino.
Nada de esto convierte a HisDTC en producto disponible mañana. Pero sí la coloca en una categoría distinta a la de tantos candidatos que se quedan en modelos murinos o en promesas preliminares. Aquí hay perros, hay centros, hay controles, hay comparación comercial, hay seguimiento anual y hay una señal funcional consistente. Con eso, la conversación cambia: ya no es “se está investigando”, es “esto ha funcionado así, con estos números, y ahora toca probarlo donde manda el flebótomo”.
Un año de datos y una promesa concreta sobre la mesa
La leishmaniosis canina no necesita grandilocuencia; necesita avances que resistan el polvo del camino. HisDTC, tal y como se ha presentado, ofrece una promesa concreta: inducir inmunidad celular duradera, con producción sostenida de IFN-γ, con expansión de memoria y con una capacidad anti-parasitaria medida de forma funcional que llega a ese “hasta 80%” en puntos clave del seguimiento. Sumado a un perfil de tolerancia clínica muy favorable, el paquete es serio, con olor a ciencia aplicada y no a nota de prensa inflada.
La parte crítica, la que separa la innovación de la rutina veterinaria, es la que viene: ensayos de campo en zonas endémicas, exposición natural, variables reales, finales clínicos que no se discuten. Si esa fase confirma lo que aquí se insinúa, España podría estar ante una vacuna de nueva generación con capacidad de elevar el listón frente a una enfermedad que lleva años ganando por insistencia. Y si no lo confirma, el camino no habrá sido en vano: los marcadores, los modelos y el propio diseño del ensayo ya aportan herramientas para entender mejor qué funciona y por qué, en una batalla donde el parásito siempre ha sido experto en esconderse.

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