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Salud

¿Por qué el semen contiene químicos que reducen la fertilidad?

CSIC halla 42 químicos cotidianos en el semen y los asocia a peor calidad seminal en 48 hombres de Tarragona: edulcorantes, PFAS y plásticos.

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semen contiene químicos que reducen la fertilidad

CSIC halla 42 químicos cotidianos en el semen y los asocia a peor calidad seminal en 48 hombres de Tarragona: edulcorantes, PFAS y plásticos.

La noticia tiene un punto incómodo, de esos que obligan a mirar dos veces el carrito de la compra y el armario del baño sin dramatismos, pero con la ceja levantada: un equipo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas ha detectado 42 compuestos químicos de uso cotidiano en el semen humano y ha observado asociaciones entre la presencia de varias de esas sustancias y peores parámetros de calidad seminal. No es un veredicto de causa-efecto, no es “esto provoca aquello”, pero sí una pista con números, nombres propios y método: química en el lugar donde se fabrica, en última instancia, parte de la fertilidad masculina.

El trabajo lo firma un consorcio con la Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA-CSIC), el instituto francés INRAE y la Universitat Rovira i Virgili; se ha hecho con 48 hombres sanos de entre 18 y 40 años, residentes en Tarragona, y se apoya en una tecnología que no va de “buscar lo que ya se sospecha” sino de rastrear miles de compuestos a la vez con una precisión quirúrgica. Los resultados están publicados en la revista Exposome y el CSIC los ha presentado este miércoles 11 de febrero de 2026.

Hay dos nombres que sostienen el relato. La investigadora Montse Marquès, autora principal, resume el alcance con una frase que conviene no retorcer: no se pueden establecer relaciones causales, pero sí aparecen asociaciones entre exposición química y calidad seminal. Y el primer autor, German Cano-Sancho, subraya otro detalle que cambia el foco: el plasma seminal —la parte líquida del semen— puede ser una matriz especialmente útil para entender el “exposoma” y su relación con la función reproductiva, porque ahí algunas sustancias aparecen más o incluso solo ahí, cuando en sangre u orina pasan más desapercibidas.

Lo que hace que esta historia no sea una nota curiosa de laboratorio es el contexto: la infertilidad afecta a alrededor del 15% de la población mundial y en un 40%-50% de los casos hay factores masculinos implicados. Eso no convierte cada hallazgo en sentencia, pero sí da sentido a mirar con lupa lo ambiental y lo cotidiano, el ruido de fondo químico que acompaña a la vida moderna.

Un estudio que pone el microscopio donde casi nadie mira

La mayoría de investigaciones sobre contaminantes y salud reproductiva han trabajado con sangre u orina porque son más fáciles de recoger, más “normales” en un estudio poblacional. Este trabajo hace algo distinto —y ahí está parte de la novedad—: mira el plasma seminal como si fuera un escenario principal, no un actor secundario, y lo compara con plasma sanguíneo y orina en las mismas personas. Tres ventanas del cuerpo, una misma biografía química.

El equipo seleccionó 48 participantes del estudio Led-Fertyl (un proyecto centrado en determinantes de estilo de vida y ambientales ligados a parámetros de fertilidad masculina) y aplicó un cribado de amplio espectro: más de 2.000 compuestos orgánicos buscados con un enfoque “de red”, no de túnel. Tras ese rastreo, el balance fue claro: 42 sustancias detectadas en semen, 42 en orina y 48 en sangre. Y aquí aparece un matiz que suele perderse cuando se simplifica demasiado: en el artículo científico se describe que el método identificó 61 sustancias al menos en una muestra entre las tres matrices; lo de 42/42/48 se refiere a lo detectado en, respectivamente, plasma seminal, orina y plasma sanguíneo. No es una contradicción, es cómo se cuentan los resultados cuando se cruzan matrices y frecuencias.

También importa dónde se ha hecho. Tarragona no es una ciudad cualquiera en el mapa industrial: el Camp de Tarragona alberga uno de los mayores complejos petroquímicos del sur de Europa, un entorno que lleva décadas en el debate público sobre industria, emisiones, economía y salud. Este estudio no acusa ni señala fábricas concretas —no va de eso—, pero la geografía ayuda a entender por qué allí se han impulsado cohortes y proyectos de salud ambiental con tanta intensidad.

En la letra pequeña, que no es tan pequeña, aparece el marco de financiación y estructura: el trabajo se apoya en proyectos del Instituto de Salud Carlos III, con cofinanciación europea, y reconoce la labor de reclutamiento y biobanco del Institut d’Investigació Sanitària Pere Virgili (IISPV). Estas piezas no son burocracia: son la infraestructura que hace posible pedir semen, sangre y orina a voluntarios sanos, procesarlo con garantías y cruzarlo con datos de calidad seminal.

El radar del exposoma: medir mezclas, no “un químico suelto”

“Exposoma” suena a palabro, pero el concepto es bastante llano: el conjunto de exposiciones (químicas, ambientales, de estilo de vida) que acompañan a una persona a lo largo del tiempo. La gracia —y el problema— es que casi nunca se está expuesto a una sola cosa; se está expuesto a mezclas, a capas superpuestas. Este estudio entra por ahí: no se limita a un grupo concreto de contaminantes, sino que aplica una aproximación de perfilado químico con cromatografía líquida y espectrometría de masas de alta resolución (LC-HRMS).

La técnica, tal como la describe el CSIC, puede determinar masas exactas con una precisión superior a 0,001 unidades de masa atómica. Traducido sin solemnidad: permite distinguir sustancias que “parecen iguales” en un análisis menos fino, pero que en realidad son químicamente distintas. Esa capacidad es clave cuando se trabaja con muestras biológicas complejas y con contaminantes que circulan en dosis pequeñas, con metabolitos parecidos y con familias enteras de compuestos que se diferencian por detalles mínimos.

El artículo científico añade otro nivel: no solo detecta, también intenta relacionar lo detectado con variables de semen. Para hacerlo, emplea modelos estadísticos que ajustan por factores que, en reproducción, son de manual: días de abstinencia, edad y tabaquismo (sí/no). Es decir, no compara “a lo bruto” sino intentando limpiar parte del ruido que puede falsear una asociación. Además, decide cómo modelar cada químico según su frecuencia de detección: los que aparecen en la gran mayoría de muestras se tratan como variables continuas; los que aparecen en una franja intermedia se analizan como presencia/ausencia. Esto no convierte los resultados en sentencia, pero sí evita trampas típicas de datos biológicos irregulares.

Otra cifra que merece quedarse en la cabeza: hasta 26 sustancias se detectaron en las tres matrices a la vez (semen, sangre y orina) y, para la mayoría, se observaron correlaciones positivas entre matrices. Al mismo tiempo, hubo sustancias con correlaciones nulas o incluso negativas, y el estudio remarca que algunas aparecen exclusivamente en el plasma seminal. Eso es relevante por una razón bastante directa: lo que llega al semen no siempre es un simple reflejo de lo que circula por la sangre; existe una “aduana” biológica —la barrera sangre-testículo— que filtra, concentra o limita el paso de compuestos según su naturaleza química.

Los compuestos detectados: del refresco al sofá, sin dramatizar

El CSIC agrupa las sustancias encontradas en familias que dicen mucho sin necesidad de alarmas: edulcorantes artificiales, insecticidas y biocidas, PFAS (sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas), retardantes de llama, compuestos relacionados con alimentos, fármacos y marcadores de consumo de tabaco. En el artículo científico se habla de mezclas de coexposición que incluyen también compuestos “menores” o menos estudiados, esos que no suelen protagonizar titulares porque no son el villano clásico de siempre.

En la práctica, algunos nombres son más reconocibles que otros. El acesulfamo, por ejemplo, aparece como edulcorante de uso extendido en bebidas “sin azúcar” y productos ultraprocesados; su presencia en un fluido corporal no sorprende tanto como la idea de que se asocie con parámetros seminales. El bisfenol S (BPS), usado en plásticos y resinas —y a menudo como sustituto en productos que dejaron de usar BPA—, lleva años en el radar por su perfil de posible disruptor endocrino. El insecticida nitenpiram (o nitenpyram, según la nomenclatura) es menos familiar para el gran público, pero pertenece a ese grupo de compuestos diseñados para actuar sobre sistemas biológicos de insectos; su detección en matrices humanas recuerda algo básico: lo que se usa “fuera” puede terminar apareciendo “dentro”, a veces por rutas inesperadas.

En el paper, además, asoman sustancias con nombres que parecen de manual de química orgánica, pero están conectadas a objetos muy comunes. Se menciona 1,3-dicyclohexylurea (DCU), relacionada en el propio texto con el mundo de los aditivos de neumáticos; se menciona propylparaben (propilparabeno), conservante presente en algunos cosméticos y productos de cuidado personal; y se incluyen otros compuestos “de mezcla”, de esos que pueden proceder de formulaciones industriales, farmacéuticas o de consumo diario y cuya toxicología, en reproducción, está menos cartografiada que la de los sospechosos habituales.

Los PFAS merecen un aparte aunque sea breve, porque son los persistentes por excelencia: se han usado en múltiples aplicaciones por sus propiedades (repeler agua y grasa, resistencia, durabilidad), y esa misma estabilidad química es parte del problema. En la nota del CSIC se citan como presentes en utensilios de cocina, envases, prendas y otros productos; el artículo científico discute incluso ratios típicos de PFAS entre plasma seminal y sangre en estudios previos, señal de que la conversación científica sobre PFAS y semen ya tiene cierto recorrido. No es un tema nuevo, pero aquí vuelve a aparecer con datos en una cohorte española y con medición directa en plasma seminal.

Y luego están los retardantes de llama, un grupo que suele quedarse en segundo plano porque rara vez se piensa en ellos al abrir un portátil o sentarse en un coche. El CSIC menciona de forma concreta el fosfato de trietilo, usado como sustancia ignífuga en materiales de construcción, vehículos o electrónica. Es el típico compuesto que no se “consume” como tal, pero forma parte de materiales y productos que se tocan, se calientan, se desgastan, liberan partículas. Que termine apareciendo en matrices biológicas no resulta mágico; resulta coherente con la idea de exposición crónica a bajas dosis desde múltiples fuentes.

Qué se asoció con peor semen y qué significa exactamente “asociación”

La palabra “asociación” parece fría, casi un salvavidas legal, pero en ciencia es una frontera clara: el estudio observa que, cuando ciertas sustancias aparecen (o aparecen en mayor concentración), algunos parámetros de semen tienden a ir peor. Eso no prueba que el químico sea el causante; podría haber factores correlacionados, hábitos, exposiciones no medidas, o incluso el azar en un tamaño muestral limitado. Lo honesto —y aquí lo son— es decir: hay señal, no hay sentencia.

¿De qué parámetros se habla? El CSIC menciona número total de espermatozoides, forma (morfología) y concentración como variables que se asociaron negativamente con varios compuestos. También cita volumen espermático, movilidad y vitalidad. Son indicadores clásicos del seminograma, el análisis estándar de semen que, según la Organización Mundial de la Salud, se rige por procedimientos para asegurar comparabilidad y calidad entre laboratorios (lo que se mide, cómo se mide, cómo se reporta). No son métricas caprichosas: son la base clínica que luego se cruza con diagnósticos y decisiones médicas.

La nota del CSIC baja al detalle con ejemplos que, por sí solos, ya dibujan un mapa. El acesulfamo, el bisfenol S, el nitenpiram y determinados surfactantes (sustancias que actúan como tensioactivos en usos industriales y farmacéuticos) se vinculan con una relación negativa respecto al recuento total, la morfología y la concentración. No se dice “provoca”, se dice “se asocia”, y ese matiz evita el salto fácil al alarmismo. Aun así, que un edulcorante y un bisfenol aparezcan en la misma frase que parámetros seminales no es un detalle menor; es el tipo de cruce que obliga a seguir investigando con muestras mayores y diseños más robustos.

El fosfato de trietilo, ese retardante de llama, se relaciona con menor volumen. Y un aditivo empleado en neumáticos aparece asociado a una reducción en movilidad y vitalidad. El artículo científico refuerza la idea de que hay sustancias menos estudiadas con asociaciones negativas en varios parámetros, y cita como ejemplos DCU, propilparabeno, bisfenol S o nitenpiram. Es decir: no se trata solo de los “tóxicos famosos”; también entra en juego una zona gris de compuestos cotidianos con menos literatura previa en reproducción humana.

Hay, además, dos confirmaciones que funcionan casi como control de realidad. Una, el tabaco: aparecen nicotina y cotinina (metabolito de la nicotina) con asociaciones negativas ya descritas en la literatura. La otra, los PFAS, también con asociaciones que otros trabajos vienen sugiriendo. Cuando un método nuevo reproduce señales conocidas, gana credibilidad para explorar señales menos conocidas. No es una garantía absoluta, pero sí una pieza que encaja.

En paralelo, conviene colocar el estudio en el debate más amplio sin convertirlo en sermón. Hay una discusión científica viva sobre si la calidad seminal está descendiendo globalmente y en qué medida. Existen meta-análisis que describen descensos de concentración y recuento total a lo largo de décadas, y también trabajos que cuestionan generalizaciones según poblaciones y sesgos de selección. En 2023, por ejemplo, una actualización amplia revisó tendencias con datos globales; y en 2024 hubo investigaciones específicas en donantes daneses que no encontraron caída en ese contexto concreto. Esta tensión entre “tendencia global” y “realidad local” es precisamente una de las razones por las que estudios como el del CSIC, con medición directa de exposiciones y análisis multimatiz, resultan valiosos: ayudan a pasar del debate abstracto a señales biológicas medibles.

El plasma seminal, una pista directa del microambiente reproductivo

Una de las ideas más potentes del artículo científico es casi de sentido común, pero necesitaba datos: el plasma seminal no es solo un residuo del proceso reproductivo; puede ser una ventana a lo que ocurre en el entorno donde se forman y maduran los espermatozoides. El trabajo destaca que algunas sustancias se detectaron exclusivamente en plasma seminal, y que otras, aunque presentes también en sangre y orina, alcanzaron sus concentraciones más altas en el semen. Eso sugiere que, para ciertos compuestos, mirar solo sangre u orina podría infravalorar la exposición relevante para la función reproductiva.

El paper lo enmarca con un concepto biológico clave: la barrera sangre-testículo. No es un muro absoluto, pero sí un sistema de filtrado que regula qué entra y qué sale del compartimento testicular. Por eso el equipo analiza el “reparto” de compuestos entre matrices y observa que muchos tienden a concentrarse más en plasma seminal que en orina, mientras que la distribución frente a sangre depende del compuesto específico. Dicho de otra forma: no hay una regla única; hay comportamientos químicos distintos dentro del cuerpo.

Este enfoque “multimatriz” también tiene un valor práctico para la epidemiología ambiental: optimiza muestras, permite contrastar rutas de exposición y reduce, en parte, el riesgo de quedarse con un marcador que no representa bien el fenómeno. El propio artículo recuerda que la mayoría de estudios anteriores han trabajado con matrices más accesibles y con familias concretas (pesticidas, bisfenoles, ftalatos, organoclorados). Aquí se hace una foto más panorámica: muchos compuestos a la vez, en tres fluidos, con el semen como protagonista.

La lista de autores también habla del tipo de trabajo que es: mezcla analítica, salud ambiental, nutrición, toxicología y epidemiología. En el artículo aparecen, entre otros, Daniel Gutiérrez-Martín, Elena Sánchez-Resino, Albert Salas-Huetos, María Ángeles Martínez, María Fernández de la Puente, Bruno Le Bizec, Jean-Philippe Antignac, Jordi Salas-Salvadó, Nancy Babio, José L. Domingo, Rubén Gil-Solsona y Pablo Gago-Ferrero. Es una constelación que une Barcelona, Reus, Tarragona y Nantes, y eso se nota en el enfoque: químico hasta el hueso, pero con preguntas de salud pública.

Hay, además, un detalle metodológico que suele ser oro para la siguiente generación de estudios: la capacidad de detectar “mezclas complejas” y luego buscar patrones de asociación, no solo compuestos aislados. El artículo científico habla de “wide-scope targeted approaches” y de cómo este tipo de estrategias puede aportar información en investigación epidemiológica. En castellano llano: una forma de dejar de jugar al escondite con la química, pasando de perseguir sospechosos sueltos a mapear barrios enteros.

El mapa de la fertilidad masculina se vuelve más químico

Lo más honesto que deja este estudio es una fotografía nítida de una realidad que antes era más difusa: el semen —en concreto su plasma— puede contener mezclas de sustancias exógenas procedentes de múltiples fuentes, y algunas de esas presencias se relacionan con peores parámetros del seminograma. No hay titulares fáciles sin faltar a la verdad: no se puede decir que el acesulfamo “cause” menos espermatozoides ni que un retardante de llama “provoque” infertilidad, porque el propio equipo lo evita y los datos no lo permiten. Pero sí se puede decir, con precisión, que aparecen asociaciones medibles en un grupo de hombres sanos, con un método capaz de rastrear miles de compuestos y con ajustes estadísticos razonables para variables clave.

El estudio también deja un aviso para la conversación pública: hablar de fertilidad masculina solo en términos de edad, estrés o hábitos —sin negar su importancia— se queda corto cuando la realidad cotidiana incluye exposición a plásticos, edulcorantes, biocidas, tensioactivos, PFAS y químicos de combustión o tabaco. La reproducción humana ocurre dentro de un cuerpo, sí, pero ese cuerpo vive en un ecosistema industrial, alimentario y doméstico. Tarragona, con su entorno industrial y su tradición de investigación en salud ambiental, se convierte aquí en un laboratorio poblacional donde ese cruce se puede medir con herramientas punteras.

Queda la parte que siempre se exige a los estudios buenos: más tamaño muestral, seguimiento en el tiempo, mejores estrategias para aislar rutas de exposición y, si es posible, incorporar resultados clínicos más allá del seminograma. El propio Led-Fertyl, por su diseño y ambición, apunta a esa dirección de cruzar ambiente y estilo de vida con múltiples parámetros de fertilidad. Este trabajo en Exposome se coloca como una pieza sólida dentro de ese puzzle: demuestra que se puede medir el exposoma químico en semen de forma amplia, compararlo con sangre y orina, y obtener asociaciones que merecen ser perseguidas con más músculo científico.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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