Economía
¿Por qué los ultrarricos suman un récord de riqueza global?
La riqueza de los multimillonarios ha marcado un nuevo récord. El último informe de UBS cifra el patrimonio agregado de los ultrarricos en 15,8 billones de dólares y eleva el censo global hasta 2.919 personas con fortunas de diez cifras.

Récord de riqueza: 15,8 billones en manos de 2.919 ultrarricos. IA y herencias impulsan el salto; España suma 32 fortunas y 213.000 millones.
La riqueza de los multimillonarios ha marcado un nuevo récord. El último informe de UBS cifra el patrimonio agregado de los ultrarricos en 15,8 billones de dólares y eleva el censo global hasta 2.919 personas con fortunas de diez cifras. El motor inmediato es claro: el tirón bursátil de 2025, capitaneado por la tecnología y todo lo asociado a la inteligencia artificial, ha revalorizado carteras, participaciones y vehículos familiares. A ese empuje de mercado se suma un dato estructural que ya no se puede obviar: 91 herederos cruzaron el umbral del millardo este año tras recibir 297.800 millones de dólares, en la mayor oleada de traspasos patrimoniales jamás registrada. Es el llamado gran relevo generacional, que UBS estima en 5,9 billones de dólares a entregar en los próximos 15 años.
España se mueve dentro de esa ola con cifras en ascenso. El país suma 32 patrimonios por encima de los 1.000 millones y un capital conjunto de 213.000 millones de dólares. El peso específico de Amancio Ortega es determinante —ronda 124.000 millones—, pero no es el único responsable del salto: la revalorización de posiciones en energía, infraestructuras, alimentación y tecnología ha engordado los números. El patrón español replica el global: fortunas maduras que institucionalizan la sucesión y nuevas caras que han capitalizado un ciclo bursátil de múltiplos altos para las compañías con caja, visibilidad y escala.
Lo que retrata el informe: récord doble y un mapa que cambia
El documento de UBS plantea un récord doble: más multimillonarios y más patrimonio. La subida desde los aproximadamente 2.700 del año pasado hasta los 2.919 actuales confirma que el conteo no solo se ensancha, también se diversifica por regiones y sectores. La fotografía por sectores apunta a una concentración notable: tecnología a la cabeza (semiconductores, software, plataformas de IA y servicios en la nube), industria con el empuje de la electrificación y la logística, e infraestructuras con ingresos regulados que el mercado premia por su estabilidad. La energía ofrece una imagen más matizada: conviven retornos sólidos en hidrocarburos con un avance sostenido en renovables donde el tamaño de los proyectos ya es otra liga.
Desde el punto de vista bursátil, 2025 ha sido el año en que las empresas con beneficios reales —y márgenes defendibles— han ampliado su distancia. La narrativa de la IA aplicada se tradujo en ventas, productividad y ganancias por acción; dejó de ser solo promesa. Nombres como NVIDIA (por su papel en chips), Microsoft y Alphabet (por la capa de software y servicios), Amazon (por la nube y el ecosistema logístico) o ASML (por el cuello de botella en litografía) han funcionado como anclas del mercado. Ese viento de cola, al multiplicarse sobre participaciones significativas, ha impulsado las hojas de balance de las grandes familias que concentran posiciones en estas compañías, ya sea de forma directa o vía fondos.
Hay, además, un elemento monetario: la normalización de los tipos y la expectativa de recortes han reducido la prima de riesgo sobre activos de duración larga. Esa ventana ha favorecido a valores de crecimiento de alta calidad y ha devuelto interés a la deuda corporativa de emisores solventes, un segmento donde muchos family offices mantienen colchones de liquidez que hoy vuelven a rentar de manera visible. En paralelo, parte del dinero muy sofisticado ha recalibrado su exposición a capital privado: menos apalancamiento barato y salidas más lentas aconsejan un enfoque selectivo, con gestores que puedan demostrar disciplina en valoraciones y capacidad real de desinversión.
La generación que hereda: 91 nuevos milmillonarios por sucesión
La segunda “palanca” del récord no es coyuntural, es demográfica y jurídica: la herencia. En 2025, 91 personas se convirtieron en nuevas fortunas milmillonarias por transmisión patrimonial, recibiendo 297.800 millones de dólares. La magnitud del flujo explica por qué el eje del informe no es el emprendedor icónico, sino el guardían del legado: herederos con formación financiera, protocolos familiares más exigentes y equipos profesionales en torno al patrimonio. UBS proyecta que en los próximos 15 años cambiarán de manos 5,9 billones dentro del universo de los ultrarricos, con Estados Unidos, India, Francia, Alemania o Suiza como polos destacados de ese gran traspaso.
El gobierno del patrimonio se profesionaliza. Consejos de familia con reglas claras de voto y liquidez, mandatos de inversión segmentados por riesgo, cláusulas para evitar conflictos entre ramas, y estructuras de holding que ordenan activos cotizados, empresas no listadas y filantropía. El diseño tributario se ha vuelto pieza central del tablero: residencias fiscales, convenios de doble imposición y modificaciones normativas pueden mover cientos de millones en valor presente. El ejemplo suizo —la reciente votación que rechazó un impuesto del 50% a herencias superiores a 62 millones— ha sido interpretado como un mensaje de previsibilidad que refuerza el atractivo del país para domiciliar patrimonios.
Las consecuencias sociales de este traspaso ya están sobre la mesa. La filantropía estratégica ha ganado protagonismo: menos donaciones reactivo-emocionales, más proyectos con métricas de impacto en educación, salud o clima. El perfil del heredero medio —más expuesto a la opinión pública y a riesgos reputacionales en la era de las redes— también empuja hacia códigos de transparencia y políticas de comunicación cuidadas. No reduce el tamaño del pastel, pero sí cambia el modo en que se gestiona, dónde se ubica y cómo se le explica al entorno.
España en contexto: 32 fortunas y un capital que se concentra
El capítulo español deja varios titulares. Treinta y dos fortunas superan el umbral de los 1.000 millones y el patrimonio agregado asciende a 213.000 millones de dólares, un 21,5% más que el año anterior. Más de la mitad de esa cifra la aporta Amancio Ortega, fundador de Inditex, con 124.000 millones. No es el único nombre propio, ni mucho menos. El mapa nacional incluye a familias y empresarios que han consolidado posiciones en energía y redes, concesiones e infraestructuras, alimentación y distribución, inmobiliario patrimonialista y un puñado de proyectos tecnológicos B2B con base en España y vocación exportadora.
El repertorio empresarial que sustenta estas fortunas combina compañías listadas —donde la liquidez permite realizar plusvalías o reforzar posiciones— y negocios no cotizados con flujos de caja previsibles. En energía, las redes reguladas y parte de la generación renovable han ofrecido estabilidad y visibilidad, cualidades que el mercado ha pagado con múltiplos superiores. En infraestructuras, operadores con exposición internacional han capturado ventajas de escala. En alimentación y distribución, la defensa del margen en un entorno de costes tensos ha demostrado que quien controla logística y surtido protege valor incluso cuando la demanda se normaliza.
La fiscalidad autonómica y el marco europeo han jugado su papel. España ha mantenido estabilidad normativa en ciertos segmentos —clave para comprometer inversiones a varios años—, mientras la Unión Europea ha reforzado la idea de que los negocios intensivos en capital pero con tarifas indexadas a inflación pueden operar como refugios razonables para grandes patrimonios. En paralelo, la profundidad del mercado español de capitales sigue siendo menor que la de plazas como Londres o Nueva York; por eso muchas familias han acelerado la diversificación geográfica vía vehículos internacionales y cuentas ómnibus en plazas multicustodia.
Sectores y protagonistas: del textil global a las redes y la logística
La moda y la distribución siguen siendo el sector “visible” por la proyección de Inditex, pero el grueso del crecimiento reciente español está más repartido. Las redes eléctricas y de gas, las renovables con contratos a largo plazo y las concesiones de transporte han sido amortiguadores durante los picos de volatilidad. La logística de última milla y los operadores con portafolios diversificados por países han defendido márgenes. En inmobiliario, el valor se concentra en el prime de las grandes capitales y en activos logísticos bien ubicados; el segmento de oficinas sufre más, con ajustes que aún no terminan de tocar suelo según desocupación y renegociaciones de alquiler.
En tecnología, la liga española es más corta que la estadounidense, pero se va llenando. Hay fundadores y primeras familias con participaciones significativas en compañías de software vertical, servicios en la nube o ciberseguridad que han aprovechado la tracción internacional. Y existe un fenómeno creciente, aunque más discreto: la digitalización del family office. Informes en tiempo real, cuadros de control de riesgo, contratación de talento con experiencia en banca de inversión o private equity, y una agenda de gobernanza que hace diez años era excepcional y ahora es el estándar.
Dónde invierte el dinero extremo: menos épica, más disciplina
Las preferencias de inversión de los ultrarricos en 2025 dibujan un retorno a lo esencial. Más renta variable global con liderazgo de compañías que generan caja hoy; más crédito de alta calidad y exposiciones tácticas a activos alternativos donde la visibilidad de cobros sea tangible. En los family offices más grandes se observa una inclinación hacia empresas con ventajas de escala en IA —desde el diseño de chips hasta el software aplicado en sectores tradicionales— y negocios regulados con tarifas indexadas. El inmobiliario se ha desdoblado en dos velocidades: residencial prime en ciudades con oferta limitada y logística ligada al comercio electrónico. Además, crece la liquidez en cartera (letras y depósitos en divisas fuertes) como póliza para capturar oportunidades en caídas.
El capital privado —pieza clave en la última década— entra en fase de digestión. Menos salidas, costes financieros más altos y valoraciones que tardan en ajustarse han moderado la exposición. No es una retirada, es quirugía: gestores con histórico contrastado, sectores con demanda estructural (sanidad, software de misión crítica, infraestructuras digitales) y estructuras de comisión que dejen más valor en casa. La deuda privada bien originada sí gana puntos como puente entre liquidez y rentabilidad, sobre todo cuando el prestamista puede seleccionar garantías y pactar covenants exigentes.
En materia de divisas, las carteras hiperpatrimoniales se han vuelto más multimoneda, con mayor presencia de francos suizos y dólares, y coberturas parciales cuando el coste —prima forward— lo justifica. En materias primas, la aproximación es táctica: exposición limitada y más uso de derivados para proteger carteras que para apostar direccionalmente. El oro mantiene su papel de activo de seguro en escenarios de cola.
Lo que puede torcer el guion: tipos, beneficios y geopolítica
El récord de 2025 no garantiza una pendiente eterna. Existen riesgos claros que las grandes fortunas ya están descontando. El primero, los tipos. Un recorte más lento —o una pausa prematura— puede elevar la prima exigida a activos de duración, afectando valoraciones de crecimiento. El segundo, los beneficios: la ola de la IA ha mostrado beneficios tangibles, pero la elasticidad de demanda podría moderarse si los clientes ajustan presupuestos o si irrumpe competencia más agresiva. El tercero, la geopolítica, con fricciones comerciales, regímenes de sanciones, ciclos electorales y tensiones en regiones críticas para materias primas y cadenas de suministro.
Hay otra variable de trato más íntimo para el mundo del dinero privado: la fiscalidad. Cambios en impuestos a la riqueza, a la herencia o a las plusvalías alteran destinos preferidos, calendarios de transmisión y vehículos empleados. En paralelo, avanza una cooperación internacional más fina en intercambio de información, algo que los asesores patrimoniales ya dan por estructural. La movilidad de los muy ricos —mudanzas efectivas y residencias múltiples— seguirá, pero con el radar puesto en países que combinen seguridad jurídica, calidad de vida y estabilidad regulatoria.
En el plano social, la desigualdad vuelve a ocupar titulares. El Global Wealth Report de UBS estima que la riqueza mundial creció un 4,6% este año, pero el tramo superior ha corrido más deprisa. La conversación pública se recalienta cíclicamente, y la respuesta típica desde los patrimonios pasa por reforzar programas filantrópicos con métricas, inversión de impacto donde encaje y, de puertas adentro, guías de buen gobierno que eviten errores no forzados.
Pistas prácticas que deja 2025 para el gran dinero
La primera pista es de concentración. Pocos sectores —tecnología de IA, infraestructuras críticas, redes y ciertos nichos industriales— explican una parte desmesurada de la creación de riqueza reciente. Quien llega tarde a esas olas solo puede ganar si acepta horizontes y volatilidad. La segunda pista habla de liquidez. Tras años de enamoramiento con los activos ilíquidos, muchos patrimonios han vuelto a mecanismos más simples para no quedarse atrapados cuando el ciclo se estrecha. La tercera es gobernanza: los casos de éxito familiar combinan reglas claras y una cultura de inversión que separa decisiones empresariales de pulsiones personales.
España añade una nota propia: el peso exterior de las grandes cotizadas nacionales y el sistema de dividendos han dado un soporte que no depende únicamente de la demanda interna. La reordenación corporativa vista en sectores como construcción-concesiones o energía anticipa un mapa con menos jugadores y más tamaño medio, lo que suele traducirse en múltiplos más estables. Donde persisten sombras —ciertos segmentos de oficinas y comercio—, la prudencia manda y el repricing aún está en marcha.
El siguiente capítulo del dinero extremo
El dato del día suena rotundo: 15,8 billones de dólares en manos de 2.919 multimillonarios, con 91 herederos que en un solo año han recibido 297.800 millones y un relevo por delante de 5,9 billones. Pero el significado real del récord está en cómo se ha construido y qué puede hacerlo mutar. La bolsa, liderada por la revolución de la IA, ha puesto la alfombra; la sucesión ordenada la ha cruzado con paso firme. A partir de aquí, la historia dependerá de tres ecuaciones: beneficios empresariales que sostengan valoraciones, precios del dinero que no ahoguen la duración y reglas del juego —fiscales y regulatorias— que no cambien a mitad de partido.
Para España, la foto es la de un ecosistema de grandes fortunas más denso, más profesional y con exposición internacional creciente. La especialización en sectores defendibles, la búsqueda de escala y una gobernanza familiar que ya habla el mismo idioma que los grandes centros financieros del mundo dibujan continuidad. No habrá un único camino: habrá carteras prudentes que prioricen renta y estabilidad, y carteras ambiciosas que busquen liderazgo en la siguiente ola tecnológica o en infraestructuras digitales. Pero sí hay una constante: las familias que perduran aciertan en lo aburrido —control del riesgo, liquidez razonable, reglas nítidas— y son creativas solo donde merece la pena.
El récord de hoy no es un punto final, es un umbral. A un lado, un ciclo que premió a quien se subió temprano a la IA y a la infraestructura esencial. Al otro, la gran transferencia de riqueza que ya está en marcha y que, bien gobernada, puede sostener una nueva etapa de inversión paciente. Con o sin sobresaltos —y los habrá—, el dinero extremo seguirá buscando negocios con caja, ventajas competitivas reales y seguridad jurídica. Ese es el guion con el que los ultrarricos han batido sus propios techos. Y, salvo sorpresa mayúscula, el que intentarán repetir en 2026.

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