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El pulso entre Trabajo y Telefónica por un ERE para 5.692 empleados

La cifra inicial, el papel del Estado y el precedente de 2024 explican la tensión que rodea la negociación laboral.

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Trabajo tacha indecente ERE Telefónica

Diseñado por Freepik

El Ministerio de Trabajo calificó de indecentes los expedientes de regulación de empleo planteados por Telefónica para cerca de 5.700 trabajadores. La propuesta comunicada a los sindicatos ascendía a 5.692 salidas en seis expedientes, mientras quedaba pendiente la constitución de otra mesa de negociación. El departamento de Yolanda Díaz trasladó su rechazo a la Sociedad Estatal de Participaciones Industriales (SEPI), accionista del 10 % de la compañía, y señaló dos razones: Telefónica tiene beneficios y cuenta con participación pública.

La posición del Gobierno, sin embargo, no equivale por sí sola a cancelar el proceso ni convierte la cifra anunciada en el resultado definitivo. La SEPI reclamó que cualquier medida con impacto en la plantilla naciera de la negociación y del acuerdo con los sindicatos, y el ministro de Economía, Carlos Cuerpo, pidió que las conversaciones avanzaran con la representación de los trabajadores. El centro del conflicto está ahí: la crítica política al ajuste convive con una negociación cuyo alcance y condiciones todavía pueden cambiar.

Por qué Trabajo elevó el tono ante la propuesta

El calificativo empleado por Trabajo apunta a una contradicción que el ministerio considera difícil de aceptar: una empresa con beneficios propone miles de salidas y, al mismo tiempo, tiene al Estado entre sus accionistas. La cartera de Díaz hizo llegar ese planteamiento a la SEPI mediante una comunicación dirigida a la sociedad estatal. Su argumento no se limita al volumen del expediente; cuestiona que una compañía participada con recursos públicos recurra a una reducción de plantilla pese a su situación de beneficios.

La referencia a la participación estatal explica por qué el asunto tomó una dimensión política mayor que la de una negociación laboral ordinaria. El Estado posee el 10 % de Telefónica a través de la SEPI, una presencia que convierte el empleo en un asunto de interés público y aumenta el escrutinio sobre las decisiones de la operadora. La crítica de Trabajo expresa una posición política y social: en su lectura, la participación pública obliga a exigir más explicaciones y garantías cuando la empresa plantea un ajuste de esta magnitud.

La declaración también pone el foco en quién soporta el coste y quién obtiene el ahorro de una reorganización. Una salida pactada puede incluir compensaciones y resultar voluntaria para quienes se adhieran, pero eso no elimina la pregunta sobre la necesidad del ajuste ni sobre el papel de una empresa con beneficios. Para el ministerio, unas condiciones económicas favorables no bastan para neutralizar el problema de fondo. El desacuerdo no se reduce, por tanto, a cuánto cobraría cada trabajador, sino que alcanza a la legitimidad de plantear las salidas y al modo de decidirlas.

Qué se había puesto sobre la mesa

Telefónica presentó entre el lunes y el martes seis expedientes que sumaban 5.692 trabajadores afectados, según la información trasladada durante el inicio de las conversaciones. A esa cifra debía añadirse la propuesta correspondiente a otra sociedad del grupo, cuya mesa aún estaba pendiente de constituirse. Por eso, el dato describía el alcance comunicado hasta ese momento, no necesariamente el perímetro final de todos los expedientes ni el número de personas que terminarían saliendo.

La diferencia importa porque un expediente colectivo atraviesa una fase de negociación en la que se discuten tanto el número de salidas como los criterios y las condiciones. La propuesta inicial funciona como punto de partida; no es una resolución irrevocable. La información sobre el proceso advertía de que las cifras suelen reducirse durante las conversaciones, cuando empresa y sindicatos revisan el alcance y buscan un acuerdo. Los 5.692 afectados eran, por tanto, una cifra de partida, no un balance cerrado de bajas efectivas.

También es importante no confundir el número de personas potencialmente afectadas con el de adhesiones aceptadas o salidas consumadas. La primera cifra expresa la dimensión que la compañía planteó en las mesas; el resultado dependería de lo que se pactara y de cómo se desarrollase el proceso. En el momento de hacerse pública la propuesta, no se conocían las condiciones finales ni el número definitivo de trabajadores que podrían acogerse. Esa distancia entre planteamiento y desenlace explica que la negociación sea tan relevante como el anuncio inicial.

La SEPI pide acuerdo, pero no sustituye a las partes

La SEPI respondió que mantiene en Telefónica la exigencia de que las decisiones laborales con impacto en la plantilla se acuerden con la parte social. Su mensaje coincidía con la línea general expresada por el Gobierno: diálogo con los sindicatos y búsqueda de un pacto. La sociedad estatal se mostró confiada en que la compañía y la representación laboral pudieran alcanzar un entendimiento, pero no anunció que el expediente quedara retirado ni presentó una cifra alternativa.

Ese matiz ayuda a entender el papel de la SEPI. Su participación del 10 % la convierte en un actor relevante dentro del debate, pero las declaraciones conocidas se centraban en reclamar negociación y acuerdo, no en comunicar una decisión que reemplazara a la dirección de Telefónica o a los sindicatos. La presión del accionista público puede influir en el clima y en el coste reputacional del proceso, aunque la solución concreta depende de lo que acuerden las partes en las mesas laborales.

El Gobierno se expresó desde varias carteras con énfasis distintos. Trabajo puso el acento en el rechazo moral y en la condición de empresa con beneficios y participación estatal; Economía insistió en que la negociación debía avanzar de la mano de los sindicatos. La SEPI, por su parte, formuló la exigencia de acuerdo como criterio para las medidas que afecten al empleo. No son mensajes incompatibles, pero sí muestran una tensión entre la condena pública del ajuste y la gestión institucional de una negociación en marcha.

Una negociación que no se decide solo con la cifra

El volumen anunciado concentra la atención, pero el contenido del eventual acuerdo puede ser decisivo para determinar quién se marcha, en qué condiciones y con qué garantías para quienes continúan. Los sindicatos han defendido que las salidas sean voluntarias y han señalado la importancia de mejorar las condiciones respecto a procesos anteriores. También se ha planteado la prórroga del Convenio de Empresas Vinculadas hasta 2030, una reivindicación de UGT ligada a la protección de las condiciones laborales futuras.

La voluntariedad cambia el significado práctico de un expediente. No convierte automáticamente en inocuo un ajuste de miles de empleos, pero distingue entre una salida impuesta y un proceso al que se adhieren trabajadores que reúnen determinados requisitos y aceptan las condiciones pactadas. Para los sindicatos, además, el acuerdo debe atender al conjunto de la plantilla y no limitarse a fijar compensaciones individuales. La negociación abarca tanto las salidas como las garantías para quienes permanecen y el marco laboral que seguirá vigente después.

En ese terreno suelen discutirse las condiciones económicas, los criterios para poder acogerse al proceso y las necesidades de cada área. Sin embargo, la información disponible en este caso no permite dar por cerrados importes, edades, plazos de adhesión ni otros términos concretos: no se habían comunicado como condiciones definitivas. Presentarlos como acordados confundiría demandas sindicales, propuestas empresariales y resultados. La diferencia entre esos tres planos es esencial para leer las noticias sobre el ERE sin tomar las peticiones iniciales como un pacto ya firmado.

El precedente de 2024 permite medir la distancia

La negociación anterior aporta una referencia cuantificable. El ERE de Telefónica acordado en 2024 terminó con la salida de 3.420 trabajadores, frente a las 5.124 bajas planteadas al inicio de aquel proceso. Es decir, la cifra final fue menor que la propuesta inicial. El precedente ayuda a explicar por qué los 5.692 afectados del nuevo planteamiento no podían leerse como un resultado definitivo: en la experiencia más reciente de la empresa, la negociación modificó de forma sustancial el alcance anunciado.

Aquel acuerdo tuvo también un impacto económico considerable para la compañía. El coste del proceso se situó en torno a los 1.300 millones de euros antes de impuestos, con un desembolso medio aproximado de 380.000 euros por trabajador. La información disponible estimaba, a su vez, un ahorro promedio anual de unos 285 millones de euros para Telefónica. Coste inicial y ahorro posterior son dos caras distintas del mismo proceso: el primero refleja el desembolso asociado a las salidas; el segundo, la reducción de gastos que la empresa esperaba obtener con el tiempo.

Esas cifras no permiten anticipar las condiciones ni el resultado del nuevo expediente. Cada negociación tiene su propio perímetro y sus propios términos, y el acuerdo anterior no establece automáticamente una tarifa o una fórmula para el siguiente. Sí ofrece, en cambio, una escala para entender la magnitud económica de los planes de salida en Telefónica y el efecto que puede tener pasar de la propuesta inicial al acuerdo final. El antecedente sirve como comparación, no como garantía de que se repita el mismo desenlace.

El plan de ahorro y la discusión sobre el empleo

El nuevo expediente se enmarca en el plan estratégico que Telefónica presentó a comienzos de ese mes. La compañía contemplaba ahorros de costes de alrededor de 3.000 millones de euros hasta 2030, de los que 2.300 millones se proyectaban para 2028. Entre las partidas consideradas figuraban costes ligados al personal. Ese contexto ayuda a entender por qué la empresa vinculaba la reorganización de plantilla a un programa más amplio, aunque no demuestra por sí solo que cada salida propuesta sea necesaria ni resuelve la controversia sobre sus efectos.

Para la empresa, reducir costes forma parte de una estrategia de transformación y eficiencia. Para los representantes de los trabajadores y para Trabajo, la existencia de ese plan no borra la obligación de discutir el impacto laboral ni la inquietud que generan miles de posibles salidas. La cifra del ahorro previsto no equivale a la cifra que se obtendrá del ERE: el plan recoge objetivos globales de costes, mientras que los expedientes constituyen una de las cuestiones sometidas a negociación dentro del grupo.

Ahí aparece una diferencia de enfoque que suele perderse en los titulares. La dirección puede presentar el ajuste como una pieza de un cambio de largo recorrido, mientras que los sindicatos examinan las consecuencias inmediatas para las personas y las condiciones de trabajo. El Gobierno añade una tercera perspectiva al señalar que la propiedad pública modifica el nivel de exigencia política. La discusión, por tanto, no enfrenta simplemente ahorro y empleo, sino la estrategia empresarial, las garantías laborales y la responsabilidad asociada a la participación estatal.

Qué puede cambiar y qué todavía no se sabe

En el momento del anuncio, el dato concreto era la propuesta de 5.692 afectados en seis expedientes, a la espera de que se completara la constitución de otra mesa. También estaban definidos los principales mensajes institucionales: Trabajo había trasladado su rechazo a la SEPI, la sociedad estatal pedía un acuerdo con los sindicatos y Economía decía que seguiría pendiente de la negociación. En cambio, el número final de salidas y las condiciones detalladas aún no estaban cerrados.

La propia cifra podía variar a medida que avanzaran las conversaciones, como había ocurrido en el ERE de 2024. También quedaba por ver qué lugar ocuparían la voluntariedad y las demandas sindicales sobre las garantías colectivas. Lo conocido era el tamaño del planteamiento y el marco político; lo pendiente era el contenido del pacto. Separar ambos planos evita atribuir a las partes decisiones que todavía no habían comunicado.

La atención pública se dirige a menudo a la cifra más alta porque permite dimensionar el conflicto de un vistazo. Pero el desenlace también dependerá de cómo se distribuyan las salidas entre las sociedades del grupo, qué condiciones se negocien y si las partes alcanzan un acuerdo. Sin esos elementos, no es posible saber cuántos trabajadores abandonarán finalmente la compañía ni qué protección tendrá cada colectivo. La noticia, en esa fase, describía una propuesta en negociación, no una lista definitiva de despidos ejecutados.

El peso de la participación pública no elimina la negociación

La presencia de la SEPI en Telefónica da al Gobierno una razón adicional para pronunciarse sobre el expediente, pero también obliga a distinguir entre influencia política y resultado laboral. La crítica de Trabajo eleva el coste público de la operación y obliga a explicar por qué se plantea; la exigencia de la SEPI sitúa el acuerdo social en el centro. Ninguna de esas posiciones, por sí sola, informa de las condiciones finales que aceptarían la empresa y los representantes de la plantilla.

Para los sindicatos, la negociación es el espacio donde pueden discutir la dimensión del ajuste y las garantías. Para la compañía, es el cauce en el que debe defender su reorganización y buscar una salida que permita aplicar el plan de ahorro. Para el Gobierno, el desafío consiste en sostener la exigencia de consenso sin presentar como resuelto un proceso que seguía abierto. La participación estatal aumenta la relevancia del caso, pero no sustituye la discusión concreta entre empresa y trabajadores.

La palabra indecente expresa el rechazo de Trabajo, no una descripción neutral compartida por todas las partes. Telefónica plantea un ajuste dentro de su estrategia; los sindicatos reclaman voluntariedad y protección; la SEPI y Economía reclaman acuerdo. En ese cruce se juega la diferencia entre el anuncio y el desenlace. El precedente de 2024 recuerda que las cifras iniciales pueden cambiar, mientras que el nuevo plan de ahorro explica el contexto empresarial sin zanjar la controversia. El acuerdo —o su ausencia— determinará cuánto pesa cada una de esas posiciones en el resultado final.

La cifra inicial no será la última palabra

El caso reúne tres elementos que explican su repercusión: un plan de salidas de gran tamaño, la participación del Estado en Telefónica y una estrategia empresarial que fija objetivos de ahorro para los próximos años. Trabajo considera incompatible con esa presencia pública que una empresa con beneficios plantee miles de salidas; la SEPI reclama acuerdo con la parte social y Economía pide que la negociación avance con los sindicatos. Ninguna de esas declaraciones despeja todavía cómo terminará el proceso.

La referencia más útil para interpretar el anuncio es recordar que los 5.692 puestos afectados correspondían al planteamiento comunicado al inicio, mientras que en 2024 la cifra final quedó por debajo de la propuesta inicial. A partir de ahí, el debate no se resuelve contando únicamente posibles bajas: también exige observar las condiciones, la voluntariedad y las garantías que se acuerden. La distancia entre un expediente anunciado y un acuerdo efectivo se mide en la mesa de negociación, donde la presión política deberá convertirse en términos concretos para los trabajadores.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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