Síguenos

Actualidad

Rusia no quiere la paz: seguirá hasta lograrlo todo

Publicado

el

Rusia no quiere la paz

El Kremlin admite que seguirá la guerra en Ucrania: avance ruso en Zaporiyia ataques a energía y la desconexión de Starlink en el frente sur.

Rusia no está preparando un giro hacia la mesa de negociación: está diciendo, sin rodeos, que la guerra en Ucrania continuará porque Moscú considera que aún no ha cumplido “todos sus objetivos”. Lo expresó este martes Dmitri Peskov, portavoz del Kremlin, en su comparecencia diaria, justo cuando se cumplen cuatro años del inicio de la invasión a gran escala del 24 de febrero de 2022. La frase —seca, burocrática, casi de trámite— funciona como una declaración de intenciones: no hay cierre inmediato, no hay pausa garantizada, no hay promesa concreta de alto el fuego.

El mensaje llega acompañado de hechos en el frente sur. Rusia afirma haber tomado una aldea en Zaporiyia, mientras Ucrania sostiene que ha recuperado unos 400 kilómetros cuadrados desde finales de enero en esa misma zona. Y, en medio, aparece un factor que ya no es accesorio: Starlink y la conectividad de combate, ese hilo invisible que hoy decide si un dron encuentra su objetivo, si una batería de artillería corrige a tiempo o si una unidad queda “ciega” en el peor minuto posible.

El Kremlin rompe la expectativa de tregua

La frase de Peskov no es un exabrupto: es una formalización. Cuando el portavoz presidencial admite que “en su totalidad” los objetivos no se han logrado y que por eso sigue la “operación militar especial”, está blindando el marco en el que Rusia ha explicado la guerra desde el primer día. Llamarla “operación” no es un capricho lingüístico; reduce la sensación de conflicto abierto, evita la palabra “guerra” en el relato oficial y permite sostener la idea de tarea pendiente, con un final que solo llega cuando el poder decide que la lista ya está tachada.

En el mismo movimiento, Moscú vuelve a estirar un concepto deliberadamente flexible: qué significa cumplir los objetivos. En 2022 el Kremlin habló de “desmilitarización” y “desnazificación”; después, el foco se desplazó hacia el control territorial y la “seguridad” entendida como cinturón de influencia. En otoño de 2022, Rusia proclamó la anexión de partes de Donetsk, Lugansk, Zaporiyia y Jersón, aunque sin controlar por completo todas esas regiones. Ese antecedente importa hoy porque convierte la palabra “objetivo” en una diana móvil: si el destino no está fijado con precisión, la llegada también puede aplazarse indefinidamente.

Hay otro matiz que pesa, aunque no se diga en voz alta: al reconocer que no ha alcanzado lo que buscaba, el Kremlin asume implícitamente que lo obtenido hasta ahora no le basta. Eso reduce el margen para una tregua real a corto plazo, salvo que cambie el cálculo de costes, la correlación de fuerzas o la presión exterior. En paralelo, Rusia insiste a menudo en que está “abierta al diálogo”, pero suele hacerlo con condiciones que, en la práctica, congelan los avances logrados o exigen concesiones que Kiev considera inasumibles. La combinación —disponibilidad retórica y continuidad militar— vuelve a estar sobre la mesa.

Zaporiyia, el termómetro del sur

Zaporiyia se ha convertido en un termómetro incómodo porque resume varias cosas a la vez: la pelea por el sur, la presión sobre una capital regional y la batalla por las líneas de suministro. Cuando Moscú anuncia la toma de una aldea allí, no está hablando solo de una mancha en el mapa; está comunicando impulso, por pequeño que sea. Y cuando Kiev habla de cientos de kilómetros cuadrados recuperados, está defendiendo lo contrario: que Rusia no solo se estanca, también retrocede cuando se le corta la ventaja tecnológica o se le rompen las comunicaciones.

En las últimas horas, Rusia aseguró que sus unidades, integradas en la agrupación militar “Este”, tomaron la aldea de Izdvianka en la región de Zaporiyia. Según la información difundida por Moscú, la localidad estaría situada a más de 60 kilómetros al este de la capital regional, en una dirección que describe bien el tipo de guerra que se libra allí: avances lentos, desgaste, control de carreteras secundarias y de pequeños núcleos que en tiempos de paz apenas saldrían en un mapa escolar. En un conflicto de cuarta temporada, esas aldeas ya no son puntos anónimos; se convierten en titulares, en banderas, en propaganda.

Izdvianka y la guerra de los centímetros

Conviene mirar con lupa lo que significa “tomar” una aldea en 2026. No suele ser una imagen de banderas ondeando en una plaza intacta. A menudo es un perímetro discutido, casas dañadas, posiciones avanzadas que cambian de manos, un frente que respira polvo y barro. La importancia está en la continuidad: si se mantiene el movimiento, aunque sea mínimo, se alimenta la narrativa de que la ofensiva sigue viva. Moscú presenta la captura de Izdvianka como parte de operaciones ofensivas; Kiev, en cambio, describe la situación en el sur como una fase de avances propios.

Ucrania comunicó el día anterior haber recuperado alrededor de 400 kilómetros cuadrados ocupados por Rusia desde finales de enero. En la guerra, ese tipo de cifra funciona como declaración política y militar: indica que se han recuperado posiciones, que se han presionado líneas y, sobre todo, que se ha encontrado una grieta. El dato, además, se acompaña de una explicación concreta que apunta a la tecnología: la supuesta desconexión o pérdida de acceso de tropas rusas a Starlink, una red satelital desplegada para Ucrania que, según distintas informaciones, algunos efectivos rusos estaban utilizando de forma irregular.

Zelenski y la idea de avance sostenido

En ese contexto, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, afirmó que las fuerzas de Kiev están avanzando a lo largo de la línea del frente sur. El mensaje busca algo más que describir un movimiento táctico: pretende contrarrestar la sensación de guerra congelada, reforzar la moral interna y sostener el argumento ante socios y aliados de que el apoyo recibido se traduce en terreno recuperado. También transmite que el sur —Zaporiyia incluida— se considera una zona donde se puede cambiar el ritmo del conflicto, aunque sea por tramos y sin grandes rupturas de frente.

Lo llamativo es cómo se entrelazan los relatos. Rusia anuncia un avance puntual y, casi en el mismo encuadre temporal, Ucrania vende una recuperación más amplia. Eso no significa necesariamente que uno mienta y el otro diga la verdad completa; significa que en una guerra de frentes largos hay simultaneidad de movimientos, ataques localizados, repliegues y reagrupamientos. El cuadro general, sin embargo, sí queda más claro: Moscú afirma que no va a parar porque no ha llegado a su “meta”, y Kiev sostiene que puede empujar, especialmente cuando el rival pierde ventajas de coordinación.

Starlink y la guerra de la señal

La aparición de Starlink en el relato del frente sur no es un detalle tecnológico para especialistas: es una pieza central de la guerra moderna. La conectividad permite coordinación de drones, corrección de fuego de artillería, transmisión rápida de vídeo y órdenes, y gestión de unidades dispersas. Cuando se corta, el combate se vuelve más torpe, más lento, más dependiente de radios vulnerables o de mensajeros en vehículos. Y esa torpeza, en un frente activo, se paga caro.

Según el argumento que ha circulado en las últimas horas, parte de los avances ucranianos se explicarían por la pérdida de acceso rusa a Starlink. Se ha hablado de que las fuerzas rusas venían utilizando terminales de forma irregular y de que el bloqueo o la desconexión habría provocado problemas de comunicación especialmente dañinos para dirigir drones con precisión. En la práctica, esto se traduce en escenas muy concretas, nada abstractas: un dron que tarda más en recibir instrucciones, una unidad que no logra coordinar un ataque simultáneo, una batería que dispara con menos corrección en tiempo real. Pequeños fallos, repetidos, abren puertas.

El episodio también subraya una realidad incómoda para ambos bandos: la guerra depende cada vez más de infraestructuras privadas y de decisiones empresariales, además de arsenales estatales. Eso introduce incertidumbre. Si un servicio se bloquea, el terreno puede cambiar de dueño; si se restablece, puede volver a cambiar. En el plano militar, obliga a buscar redundancias, alternativas, cables, enlaces de radio más protegidos. En el plano político, añade presión: cualquier noticia sobre conectividad se interpreta como ventaja concedida o quitada.

Hay otro ángulo que se percibe en los comunicados rusos y en las reacciones: el uso de Starlink por tropas rusas, si se confirma en los términos descritos, no sería un accidente anecdótico; sería un intento de apropiarse de una ventaja clave del adversario. Y que esa ventaja desaparezca de golpe explica por qué algunos relatos hablan de un “tiempo récord” en la recuperación de terreno. La guerra, a veces, se decide por un parpadeo: el día que el enemigo deja de ver con nitidez.

Drones, misiles y energía: la presión sobre la retaguardia

Mientras el frente se mueve en Zaporiyia, Rusia también afirma haber atacado con drones, misiles y artillería infraestructura de transporte y energía de las Fuerzas Armadas de Ucrania, además de bases de almacenamiento y lanzamiento de drones y posiciones de despliegue de tropas. Es una forma de guerra que busca algo más que dañar objetivos militares puntuales: pretende erosionar la capacidad de sostener el combate, complicar la logística y aumentar el coste cotidiano del conflicto.

Golpear energía y transporte no es solo tumbar un transformador o dañar una vía. Significa obligar al adversario a priorizar, a repartir recursos, a dedicar equipos a reparar en lugar de avanzar. Significa que un tren puede tardar más, que un convoy debe desviarse, que una base consume generadores, que un hospital sufre cortes y que la cadena de suministros se vuelve más frágil. En una guerra larga, esa fragilidad se acumula como polvo en una máquina: al final, chirría.

La estrategia encaja con lo que se ha visto en otros tramos del conflicto: el uso intensivo de drones como arma barata y persistente, la combinación con misiles para saturar defensas, la presión constante sobre la retaguardia para desgastar. Los drones, además, no solo destruyen; también vigilan, obligan a dispersar fuerzas, alteran horarios, hacen que cualquier movimiento se haga con miedo a ser visto desde arriba. La sensación de “ojo permanente” cambia la vida de las unidades y condiciona hasta el modo de dormir.

En paralelo, la guerra de drones es una carrera de adaptación: se mejoran defensas, se cambian frecuencias, se introducen interferencias, se ajustan tácticas. Por eso el asunto de Starlink se vuelve todavía más relevante: si la conectividad sirve para dirigir drones, perderla equivale a perder una mano. Y si Rusia afirma que ha atacado depósitos o puntos de lanzamiento, está diciendo que busca cortar esa mano en el lado ucraniano también. La guerra, en 2026, es un pulso de cables invisibles y motores pequeños, con una crueldad muy tangible.

Rusia entra en el quinto año con el guion intacto

El cuarto aniversario no ha traído un anuncio de paz, sino un recordatorio de continuidad. Cuando el Kremlin afirma que la ofensiva seguirá porque no se han alcanzado todos los objetivos, está enviando un mensaje hacia varios destinatarios a la vez: hacia la sociedad rusa, para sostener la idea de misión pendiente; hacia Ucrania, para advertir que no habrá pausa por voluntad propia; hacia Occidente, para reforzar el argumento de que el conflicto es también un choque más amplio de intereses y de apoyos. En algunos discursos recientes se ha insistido en esa lectura: que la guerra ha evolucionado hacia una confrontación más grande con “Occidente”, un marco que sirve para justificar duración y sacrificios.

El mismo día, en el entorno del aparato ruso, han circulado acusaciones graves en el terreno de la desinformación estratégica, como la idea de que potencias europeas estarían ayudando a Ucrania a obtener armamento nuclear o materiales para dispositivos radiológicos. Son afirmaciones de alto voltaje que, en ausencia de pruebas públicas, funcionan sobre todo como herramienta política: tensan el ambiente, alimentan sospechas, elevan el tono, preparan el terreno para medidas internas y para justificar el endurecimiento. En el tablero internacional, ese tipo de mensajes rara vez aparece porque sí; aparecen cuando conviene mover la conversación lejos del desgaste militar y llevarla al miedo.

En el plano estrictamente militar, el intercambio de anuncios —Rusia habla de Izdvianka, Ucrania habla de 400 kilómetros cuadrados— dibuja un frente que no está quieto, pero tampoco se rompe con facilidad. Se gana y se pierde terreno por segmentos, con avances que se miden en jornadas y semanas, no en horas. En ese contexto, la frase de Peskov cobra un peso casi mecánico: si el Kremlin se declara “aún no satisfecho”, la guerra pasa a ser un proyecto de largo recorrido, con fases, con objetivos parciales y con una elasticidad peligrosa.

El conflicto entra así en su quinto año con varias constantes: la batalla del sur como espacio de presión y maniobra, la guerra tecnológica como factor que puede acelerar o frenar avances, los ataques a la infraestructura como forma de erosionar la retaguardia, y la retórica de objetivos no cumplidos como llave que mantiene la puerta cerrada a una paz inmediata. De momento, el Kremlin ha elegido que el reloj siga corriendo.

Un aniversario de guerra con la palabra “objetivo” por delante

Lo que deja este 24 de febrero de 2026 es una fotografía nítida, incluso incómoda: Moscú reconoce que no ha logrado lo que quería y, precisamente por eso, no se detiene. La toma anunciada de Izdvianka en Zaporiyia, los ataques declarados contra infraestructura de energía y transporte, y la versión ucraniana de una recuperación de 400 kilómetros cuadrados apoyada en un giro de conectividad con Starlink componen un mismo relato: el conflicto sigue vivo, cambia de ritmo por detalles técnicos y por decisiones operativas, pero no muestra señales inmediatas de desinflarse.

La declaración de Dmitri Peskov no necesita adornos para ser contundente. Cuando un portavoz del Kremlin dice que los objetivos no están cumplidos y que la “operación militar especial” continúa, está cerrando la ventana de ilusión que a veces se abre con palabras vagas de diálogo. La paz, hoy, no aparece como un plan con calendario; aparece como un concepto disputado, subordinado a una lista de metas que Moscú no considera cerrada. En el terreno, mientras tanto, el mapa sigue moviéndose a golpes cortos, con aldeas que se convierten en símbolo y con una guerra paralela —la de la señal, la energía, la logística— que decide más de lo que parece en cada parte oficial.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído