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La UE exige paz en Ucrania en pleno pulso con Rusia

Von der Leyen y Costa viajan a Kiev, chocan con el veto húngaro y la UE insiste en una paz para Ucrania mientras Londres endurece sanciones.
Kiev ha recibido este 24 de febrero de 2026 una visita que pesa más por lo que implica que por la foto: la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente del Consejo Europeo, António Costa, han llegado a la capital ucrania en el cuarto aniversario del inicio de la invasión rusa. El mensaje, dicho en alto y sin matices elegantes, es que Europa quiere una salida al conflicto, sí, pero “la paz a las condiciones de Ucrania”. En la práctica, un aviso: no se bendice una paz que parezca un premio a la agresión ni un paréntesis para que Moscú tome aire.
La jornada, sin embargo, no va solo de eslóganes. En la agenda aparecen asuntos concretos y ásperos: el veto de Hungría a un préstamo de 90.000 millones para Kiev, el refuerzo de la resiliencia energética en pleno invierno, una coordinación política con el grupo de líderes europeos desplazados a la ciudad y, como banda sonora que nunca se apaga, el ruido de la guerra en sus dos orillas: en Rusia se investiga una explosión frente a una estación de Moscú con un agente muerto, y durante la noche se han reportado 79 drones ucranianos derribados sobre varias regiones y mares cercanos.
Un aniversario con trenes oficiales y sirenas de fondo
La imagen de líderes europeos entrando en Kiev en una fecha redonda no es una casualidad: es un gesto calculado para decir “seguimos”, para fijar un marco de continuidad justo cuando el calendario podría invitar a la fatiga. A Von der Leyen y Costa les acompaña también una delegación con comisarios europeos, entre ellos el responsable de Energía, Dan Jorgensen, porque el invierno ucraniano no es una metáfora: es una variable estratégica. Si el sistema eléctrico cae, cae el país por dentro; si aguanta, la retaguardia respira y el frente mantiene pulso.
El grupo de mandatarios que ha decidido viajar a la capital es amplio y variado, casi una alineación completa del norte y el este europeos, más países que han convertido la guerra en una cuestión propia. Han llegado el presidente de Finlandia, Alexander Stubb, el presidente de Lituania, Gitanas Nausėda, el primer ministro de Croacia, Andrej Plenković, la primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, el primer ministro de Estonia, Kristen Michal, la primera ministra de Islandia, Kristrún Frostadóttir, la primera ministra de Letonia, Evika Siliņa, el jefe de Gobierno de Noruega, Jonas Gahr Støre, y el primer ministro de Suecia, Ulf Kristersson. La lista importa porque envía un mensaje simple: no es solo Bruselas, es una parte notable del continente la que se presenta físicamente en el lugar donde se decide todo.
En paralelo, se prepara un trilateral con Volodímir Zelenski y, después, la participación en una reunión de los llamados “Volenterosos”, organizada a distancia desde París y Londres. Esa fórmula —presencial en Kiev y telemática desde capitales occidentales— refleja algo de estos tiempos: la diplomacia ya no es una mesa única, sino una suma de pantallas, trenes, llamadas y comunicados que intentan sostener una misma dirección sin caer en la parálisis de los 27.
El mensaje político: no rendirse, pero con letra pequeña
Von der Leyen ha verbalizado lo esencial: Europa no se rinde hasta que se restablezca la paz, y esa paz debe ser “a las condiciones de Ucrania”. Costa, por su parte, ha puesto el dedo en el punto más incómodo de Bruselas: el bloqueo interno. Ha considerado “inaceptable” el veto húngaro al préstamo y ha deslizado una frase que suena a promesa y a presión: “antes que después, tendremos el préstamo”. En ese “antes” y “después” cabe media Europa, con sus velocidades, sus nervios y sus cálculos nacionales.
La paz “a las condiciones de Kiev” y el mapa real del poder
Decir “paz” en 2026 no significa lo mismo para todos, y por eso la coletilla “en las condiciones de Kiev” es el centro de gravedad del día. Para Ucrania, esa expresión suele traducirse en no aceptar concesiones territoriales forzadas, exigir garantías de seguridad y no normalizar una invasión como si fuera una disputa fronteriza más. Para Bruselas, es también una forma de proteger su propia credibilidad: si la UE se desdice, si bendice una paz que parezca capitulación, deja un precedente que se quedaría en el aire como humo pegajoso.
El problema es que las palabras conviven con una realidad dura: hay territorios en disputa, una línea de frente que no se mueve al ritmo de los discursos y un equilibrio militar que depende tanto del suministro de armas como de la capacidad ucraniana para sostener su economía y su red eléctrica. Por eso, el énfasis en que la paz sea “justa” no es un adorno: es la manera europea de decir que no basta con que se callen las armas durante unas semanas. Un alto el fuego sin garantías puede ser, sencillamente, una pausa.
En esa tensión se cuela otro elemento: el reparto de presiones. Zelenski viene insistiendo en que, cuando se habla de concesiones territoriales, la presión se ha notado más sobre Kiev que sobre Moscú. Esa percepción alimenta la obsesión ucraniana por anclar la negociación en un principio: si la agresión se premia, el futuro se vuelve más peligroso, también para quienes hoy creen estar lejos.
La idea de “negociaciones significativas” y la puerta que no se abre sola
Desde la UE se habla de aumentar la presión para que Rusia se comprometa con “negociaciones significativas”. Esa expresión suena a lenguaje de despacho, pero encierra una condición: que la negociación no sea un teatro donde una parte gana tiempo mientras sigue golpeando. La nota conjunta firmada por Von der Leyen, Costa y Roberta Metsola —presidenta del Parlamento Europeo— subraya que Rusia no ha logrado sus objetivos militares y que, al no avanzar como esperaba, ha atacado deliberadamente a civiles e infraestructuras críticas, incluidas energéticas, hospitales, escuelas y edificios residenciales, en medio del invierno. El relato europeo, en resumen, dice: Ucrania resiste, Rusia no consigue lo que buscaba, y por eso hay que apretar más.
El pulso del dinero: el préstamo bloqueado y la sombra de Orbán
El gran conflicto interno de la UE hoy tiene nombre y apellidos: Viktor Orbán. Hungría mantiene bloqueado un préstamo de 90.000 millones de euros para Kiev y también ha frenado nuevas sanciones contra Moscú. En Bruselas ese tipo de veto es dinamita política porque convierte un mecanismo institucional —la unanimidad— en una herramienta de presión que puede dejar a la Unión sin reflejos cuando más necesita moverse.
Costa ha sido especialmente duro con esa idea de bloqueo: ha insistido en que es “absolutamente inaceptable” que un Estado miembro no respete lo acordado por el Consejo Europeo. El subtexto es evidente: si el compromiso de apoyar a Ucrania se rompe por una sola capital, el mensaje hacia fuera se deshilacha. Y la guerra, que entiende rápido las debilidades, no suele perdonar.
Aquí aparece un detalle que parece técnico, pero huele a guerra económica: el oleoducto Drúzhba. Budapest sostiene que Ucrania no está reparando de forma adecuada la infraestructura, y lo presenta como un agravio. Kiev y Bruselas ven ese asunto como un posible pretexto para justificar el bloqueo y para ganar palanca en la negociación interna europea. La idea que circula en el entorno de los líderes europeos desplazados es pragmática: asegurar que el oleoducto se repare y se neutralice el argumento, para que Hungría se quede sin “casus belli” y se desbloquee el préstamo.
Sanciones, petróleo y el juego de las excusas
Orbán ha utilizado otras veces el tablero de la energía como herramienta política, y la guerra lo amplifica. Si el petróleo fluye, si el suministro no se convierte en rehén de la política, se le quita a Budapest una carta importante; si no fluye, el conflicto europeo se agrava justo cuando se busca mostrar unidad en Kiev. Por eso, en el mismo viaje que habla de paz, se habla de tuberías, de reparaciones, de garantías y de tiempos. La guerra moderna es así: una parte se decide con artillería y drones; otra, con ingeniería y presupuestos.
Energía y defensa aérea: el invierno como campo de batalla
Ucrania llega a este aniversario con una prioridad que se repite en cada conversación relevante: energía. No como concepto de transición verde, sino como cuestión de supervivencia. La UE ha anunciado un nuevo paquete de apoyo con entrega urgente de generadores y ayuda humanitaria, y trabaja con Kiev en un plan de seguridad y preparación energética centrado en reparar y reforzar redes, reactivar centrales dañadas cuanto antes y acelerar una producción renovable más descentralizada. Dicho en lenguaje llano: que un misil no apague una región entera.
En el mismo paquete político aparece otro término que ya es habitual: sistemas de defensa aérea y anti-dron. Ucrania necesita tapar el cielo, porque los ataques contra infraestructuras críticas se han convertido en una herramienta de desgaste. La apuesta europea, según el marco planteado, combina apoyo humanitario, energía y defensa: sostener la vida diaria para que la capacidad militar no se desmorone por detrás.
Ese enfoque revela también un cambio en la UE desde 2022: una Unión que antes se definía por el mercado único y las normas, hoy se define también por la palabra “seguridad”. No es un giro elegante, es un giro obligado por los hechos. Y el viaje a Kiev, con comisarios y líderes, lo escenifica.
La resiliencia energética como política exterior
En los comunicados europeos, la resiliencia energética se presenta casi como una política exterior en sí misma. No se trata solo de ayudar a Ucrania: se trata de impedir que Rusia encuentre un camino fácil para desestabilizar al país a base de cortes, frío y desgaste psicológico. Si la red eléctrica aguanta, la vida cotidiana se mantiene; si se hunde, el caos se convierte en aliado del atacante. En invierno esa ecuación se vuelve aún más cruel, porque la temperatura manda y no negocia.
Londres vuelve al petróleo: 300 medidas y una diana clara
Mientras la delegación europea se instala en Kiev, el Reino Unido ha anunciado un nuevo paquete de sanciones contra Rusia. El Gobierno de Keir Starmer habla de 300 nuevas medidas, dirigidas a empresas e individuos vinculados al sector energético y petrolero y a la provisión de equipamiento militar para las fuerzas rusas. El objetivo declarado no es misterioso: tocar el nervio del dinero, complicar el comercio y estrechar el margen de maniobra económico del Kremlin.
El foco en el petróleo responde a una lógica que se repite desde el inicio del conflicto: el crudo y sus derivados son una de las grandes fuentes de ingresos exteriores de Rusia. Si se reduce ese flujo, si se encarecen las rutas, si se cierran puertas, Moscú pierde oxígeno financiero. En ese paquete británico aparece mencionada Transneft, gigante de oleoductos, señalada como pieza clave de la exportación de crudo. El mensaje de Londres busca subrayar que, aunque el mercado se haya adaptado y existan compradores alternativos, Occidente sigue intentando que la energía rusa sea un negocio más complicado, más vigilado y, en la medida de lo posible, menos rentable.
Sanciones como presión acumulada, no como golpe único
Las sanciones rara vez funcionan como un interruptor; se parecen más a una presión acumulada, a una suma de piedras en la mochila. Eso explica que, cuatro años después, se sigan anunciando paquetes: la idea es mantener la tensión económica, cerrar huecos, perseguir nuevas estructuras y enviar una señal política. En la lectura europea, el mensaje es doble: castigo a la agresión y señal a terceros de que el conflicto no se normaliza. En la lectura rusa, suelen interpretarse como una guerra económica que confirma un choque con Occidente. En medio, la realidad: el comercio se adapta, los intermediarios crecen y cada medida abre un nuevo capítulo de evasión y control.
Zelenski, Trump y el miedo a una paz recortada
En este cuarto aniversario, Zelenski ha lanzado un aviso directo a Estados Unidos con nombre propio: Donald Trump. En entrevistas recientes, el presidente ucraniano ha pedido que Trump no caiga en lo que define como el “juego” de Vladímir Putin y que se mantenga del lado de Ucrania. Ha dicho, con dureza poco habitual para un líder en guerra que necesita aliados, que Putin busca parecer convincente y que no se puede confiar en él. La frase, en el fondo, no va de teatro; va de una preocupación muy concreta: que se imponga un acuerdo rápido a cambio de concesiones que Ucrania considera inasumibles.
Zelenski ha insistido también en que es “miope” creer que el conflicto terminaría con una retirada ucraniana del Donbás, porque, en su visión, Rusia no es un socio fiable para garantizar un final estable. Ha subrayado que existe “más presión sobre Kiev que sobre Moscú” en lo relativo a concesiones territoriales. Ese punto es clave para entender la obsesión ucraniana por amarrar cualquier salida a garantías sólidas y a un marco que no convierta la invasión en un precedente aceptable.
Washington como variable que lo cambia todo
Europa intenta marcar posición en Kiev, pero sabe que el peso de Estados Unidos sigue siendo determinante. Cuando Zelenski habla de Trump, habla del riesgo de un atajo: una paz que se anuncie como victoria diplomática y se traduzca en una línea de frente congelada, con Ucrania debilitada y Rusia con margen para volver. En Bruselas esa preocupación existe, aunque se exprese con más diplomacia. De ahí el énfasis europeo en una paz “justa” y “duradera”, palabras que buscan cerrar el paso a un acuerdo que solo sea silencio temporal.
Mensajes cruzados: Macron, Merz, Salvini y el debate europeo
Este 24 de febrero ha venido acompañado de una cascada de declaraciones políticas en Europa. Emmanuel Macron ha descrito la guerra como un “triple fracaso” para Rusia: militar, económico y estratégico. Ha recordado que el Kremlin prometía conquistar Ucrania en pocos días y ha sostenido que solo se habría conquistado alrededor del 1% del territorio ucraniano, con Kiev recuperando parte del terreno perdido. Macron ha añadido un dato explosivo por su magnitud: más de 1,2 millones de soldados rusos heridos o muertos, la cifra más alta de bajas rusas en combate desde la Segunda Guerra Mundial, y ha señalado que Rusia estaría reclutando personas del continente africano para combatir, a menudo sin entrenamiento previo. Es un mensaje con dos capas: denuncia del coste humano y retrato de una Rusia que, pese a su tamaño, estaría pagando un precio enorme.
En Alemania, Friedrich Merz ha escrito que “el destino de Ucrania es nuestro destino” y ha recordado que, desde hace cuatro años, cada día y cada noche son un infierno para los ucranianos, y no solo para ellos, sino para toda Europa, porque “la guerra ha vuelto a Europa”. Es una frase que busca cortar el aislamiento emocional: la guerra no es un conflicto ajeno que se mira desde lejos, es un factor que reorganiza presupuestos, alianzas y miedos dentro del continente.
En Italia, Matteo Salvini ha pedido un esfuerzo diplomático “de todos, nadie excluido” para llegar a la paz, citando la línea marcada por el Papa y por Estados Unidos. Su intervención introduce otra corriente dentro del debate europeo: la que empuja hacia una salida negociada cuanto antes, con menos énfasis en el castigo a Rusia y más en la urgencia de frenar la destrucción. Esa tensión atraviesa capitales y parlamentos: entre quienes creen que una paz rápida puede ser una paz débil y quienes temen que una guerra larga sea un pozo sin fondo.
Berlín, París y Varsovia: “Europa tiene el aliento largo”
A esta colección de mensajes se suma un texto conjunto firmado por los ministros de Exteriores de Alemania, Francia y Polonia: Johann Wadephul, Jean-Noël Barrot y Radosław Sikorski. En ese mensaje, publicado en un medio alemán, sostienen que Europa tiene un plan claro para una paz justa en Ucrania y que están dispuestos a aumentar la presión sobre Rusia, con una voluntad de apoyo “inamovible” a Kiev. Insisten en que el plan de Putin habría “fracasado de manera estrepitosa”, que la OTAN está más unida y que Europa se ha vuelto más fuerte y resiliente. Es una narrativa que busca reforzar el músculo moral y político: aguantar no solo por Ucrania, sino por el modelo de seguridad europeo.
La noche de drones y la explosión en Moscú
El aniversario ha llegado con incidentes que recuerdan que la guerra sigue, incluso cuando los líderes aterrizan para hablar de paz. El Ministerio de Defensa ruso ha informado del derribo de 79 drones ucranianos durante la noche. Según ese parte, 21 habrían sido interceptados sobre la región de Bélgorod, 15 sobre Krasnodar, otros 15 sobre el mar Negro, 11 sobre Crimea, 9 sobre el mar de Azov, 5 sobre la región de Saratov, y uno en cada una de estas zonas: Adigueya, Kursk y Rostov. Más allá del número, el reparto geográfico dibuja un conflicto que toca regiones fronterizas, mares estratégicos y territorios ocupados, con una guerra aérea de baja cota que se ha vuelto rutina.
A esto se suma un episodio en Moscú: una explosión frente a la estación ferroviaria Saviólovski que ha dejado un agente de policía muerto y otros dos heridos. Las autoridades rusas han señalado que el atacante murió en el lugar, según el análisis de cámaras de vigilancia, y que se ha abierto una investigación para esclarecer la dinámica exacta. Este tipo de hechos, en la capital rusa, tienen un efecto político añadido: rompen la sensación de burbuja. No cambian por sí solos el curso de la guerra, pero alteran el clima interior, el relato de control y la percepción de vulnerabilidad.
El frente interno y la batalla por el relato
Rusia sostiene un discurso de resiliencia y normalidad, pero incidentes como una explosión en una estación importante se convierten en un golpe simbólico. En Ucrania, los ataques a infraestructuras energéticas son parte de una estrategia de desgaste; en Rusia, los impactos dentro del territorio —siempre envueltos en versiones oficiales y filtraciones— alimentan el nerviosismo y la narrativa de amenaza. La guerra también se libra en eso: en lo que se cuenta, en lo que se oculta, en lo que se investiga y en cómo se presenta cada hecho a la opinión pública.
La foto política y la presión real sobre el terreno
La visita europea a Kiev busca reforzar una idea: Putin no ha logrado sus objetivos y la presión debe aumentar hasta que Moscú se siente a negociar de forma seria. Von der Leyen, Costa y Metsola han insistido en esa lectura y en la determinación de seguir apoyando a Ucrania con medidas concretas, especialmente en energía y ayuda humanitaria, además de sistemas defensivos. En la práctica, se trata de sostener dos carriles a la vez: el carril de la resistencia —que requiere recursos constantes— y el carril de la diplomacia —que necesita una posición fuerte para no convertirse en un reparto de pérdidas.
Al mismo tiempo, la UE exhibe una fragilidad estructural: el veto. El choque con Hungría sobre el préstamo de 90.000 millones y sobre las sanciones a Rusia no es un detalle secundario, es una línea de falla. Bruselas quiere presentarse como bloque; Orbán demuestra que el bloque puede frenarse desde dentro. Por eso, el viaje a Kiev incluye también una operación interna: presión política, intento de neutralizar argumentos, promesa de desbloqueo. Costa lo ha dicho con una frase que suena a ultimátum elegante: el préstamo llegará “antes que después”.
Entre tanto, en el exterior, Londres añade presión con sanciones orientadas a la energía, y Zelenski habla a Washington con una mezcla de urgencia y recelo, pidiendo que no se compre una paz “rápida” que deje a Ucrania a la intemperie. En ese triángulo —Bruselas, Londres, Washington— se dibuja buena parte del 2026: quién sostiene la ayuda, quién endurece la presión y quién se impacienta con la duración del conflicto.
Kiev, cuarto año: unidad exhibida, divisiones por resolver
El cuarto aniversario no es solo una fecha simbólica; es un termómetro político. La presencia de Von der Leyen y Costa, acompañados por una delegación amplia de líderes europeos, busca fijar un punto: Europa está aquí. La insistencia en la paz “a las condiciones de Ucrania” pretende cerrar el paso a cualquier acuerdo que huela a premio territorial, y el foco en energía y defensa aérea reconoce el tipo de guerra que se libra: una guerra que golpea centrales, redes, hospitales y viviendas para cansar a una población entera.
Pero el día también deja al descubierto el reverso: Europa no discute solo con Moscú, discute consigo misma. El veto húngaro al préstamo y a nuevas sanciones muestra un mecanismo que, en tiempos de calma, es negociación; en tiempos de guerra, es un freno peligrosamente eficaz. En esa tensión se decidirá parte del futuro inmediato: si la UE consigue mantener el apoyo sin fisuras o si el desgaste interno abre huecos por donde se cuela la desconfianza.
En Kiev, la foto de grupo y los comunicados buscan transmitir firmeza. En el terreno, la guerra sigue con drones derribados, explosiones investigadas, redes eléctricas sometidas a golpes y una diplomacia que se mueve entre promesas, vetos y paquetes de sanciones. La palabra “paz” flota sobre todo, pero atada a una condición que hoy Bruselas ha querido subrayar con rotulador grueso: si llega, tendrá que parecerse a algo más que a un silencio. Tendrá que ser, de verdad, una paz que Ucrania pueda aceptar sin perderse a sí misma.

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