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¿Puede República Checa dejar a España fuera de Schengen por Ceuta?
República Checa pide apartar a España de Schengen por la crisis de Ceuta, pero Bruselas frena una expulsión que Praga no puede imponer sola.

No. República Checa no puede expulsar unilateralmente a España del espacio Schengen, ni suspender su pertenencia mediante una decisión del Gobierno de Praga. Puede reclamar medidas, buscar aliados o restablecer controles en sus propias fronteras internas bajo condiciones estrictas, pero no existe un botón jurídico que permita a un Estado miembro echar a otro del área de libre circulación.
La petición lanzada por el primer ministro checo, Andrej Babiš, tuvo una enorme carga política y una aplicación legal bastante más modesta. Babiš reclamó cerrar de inmediato Schengen a España después de la entrada masiva de migrantes en Ceuta, aunque la respuesta posterior de la Unión Europea caminó en dirección contraria: apoyo a Madrid, refuerzo de las fronteras exteriores y más presión contra las redes de tráfico de personas. España continuó dentro. Sin asteriscos.
La respuesta jurídica es no
Schengen no es un club privado donde un socio malhumorado pueda retirar la silla de otro durante la cena. Es un entramado de normas europeas, evaluaciones técnicas, procedimientos comunes y decisiones institucionales. Un Gobierno nacional puede elevar una protesta o pedir actuaciones extraordinarias, pero no tiene competencia para suspender a otro país miembro.
El Código de fronteras Schengen sí permite reintroducir temporalmente controles internos cuando existe una amenaza grave para el orden público o la seguridad interior. Debe ser una medida excepcional, necesaria, proporcionada y utilizada como último recurso. El país que adopta los controles vigila sus propias fronteras, aeropuertos o conexiones; no borra al Estado afectado del mapa Schengen.
En situaciones todavía más graves, cuando deficiencias persistentes en una frontera exterior ponen en riesgo el funcionamiento general del espacio, el Consejo puede recomendar controles internos a propuesta de la Comisión Europea. Tampoco eso equivale a una expulsión. España seguiría formando parte de Schengen, aunque viajar desde su territorio pudiera implicar temporalmente más comprobaciones documentales. Una diferencia menos espectacular que el verbo “expulsar”, pero bastante importante.
Qué pidió Babiš y quién le siguió
Babiš, que regresó al cargo de primer ministro checo en diciembre de 2025, pidió la suspensión inmediata de España tras responsabilizar al Gobierno de Pedro Sánchez de haber creado un efecto llamada con sus políticas migratorias y la regularización de extranjeros. Su discurso conectaba con una vieja veta política europea: presentar la movilidad dentro de Schengen como premio o castigo según la dureza migratoria de cada capital.
La declaración encontró eco en gobiernos que reclamaban una respuesta más severa, pero conviene afinar el relato. No hubo una coalición europea formal para expulsar a España. Italia y Dinamarca presionaron para endurecer las políticas migratorias, reforzar las devoluciones y financiar mejor la protección de fronteras. Grecia defendió incluso la posibilidad de suspender temporalmente el registro de solicitudes de asilo durante llegadas excepcionales. Eran posiciones duras, sí; no todas asumían la fórmula de Babiš.
Veintidós Estados miembros reclamaron una acción coordinada para proteger las fronteras exteriores. Esa cifra sonó como un aislamiento casi total de España, aunque describía un acuerdo mucho más amplio y menos dramático: perseguir a los traficantes, mejorar la inteligencia y evitar otra entrada masiva. Meter todas esas posiciones en el mismo saco de la “expulsión” sería cómodo. También engañoso.
Italia reintrodujo controles, pero España siguió dentro
Italia fue más lejos y suspendió durante un mes la circulación sin controles fronterizos con España. En la práctica, eso significaba restablecer comprobaciones de identidad, no cancelar la pertenencia española al espacio Schengen. Es el equivalente europeo a levantar temporalmente una garita, no a cambiar la cerradura del edificio.
La medida italiana aportó una imagen potente —pasaportes otra vez, policías en los accesos— y permitió a otros dirigentes exhibir firmeza ante sus electorados. Jurídicamente, sin embargo, seguía dentro del mecanismo ordinario de controles temporales. Roma podía inspeccionar a quienes llegaran desde España; no podía convertir a España en un país tercero.
Aquí aparece una paradoja bastante europea. Schengen fue creado para eliminar fronteras interiores, pero contiene sus propias válvulas de seguridad para volver a levantarlas durante una crisis. Son válvulas pensadas para casos extraordinarios. Cuando se utilizan cada vez con mayor facilidad, la excepción fronteriza empieza a parecer mobiliario fijo.
Ceuta tiene un régimen especial
La discusión también mezcló realidades geográficas distintas. Ceuta está sometida a reglas específicas dentro del sistema Schengen y mantiene controles en los desplazamientos hacia la península. Entrar irregularmente en la ciudad autónoma no permite tomar un ferry, aterrizar en Madrid y continuar después hacia París o Praga como quien cambia de vagón.
El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, afirmó que no se había producido un desplazamiento posterior relevante hacia la España peninsular ni hacia otros Estados miembros. Según los datos comunicados después de la crisis, alrededor de 70.000 de las 72.000 personas que habían entrado en Ceuta terminaron saliendo de la ciudad, principalmente mediante retornos a Marruecos.
Esa particularidad debilitaba el argumento de que toda el área de libre circulación había quedado abierta de par en par. La frontera de Ceuta con Marruecos es una frontera exterior europea, pero el paso desde la ciudad hacia el resto del territorio Schengen no funciona como una prolongación automática. Hay controles. Siempre los hubo, con fórmulas específicas derivadas de la adhesión española.
Qué ocurrió y qué se sabe
La crisis comenzó a finales de julio con una llegada sin precedentes desde Marruecos. Las cifras fueron creciendo conforme las autoridades contabilizaban entradas y salidas, hasta situarse en torno a 72.000 personas. La inmensa mayoría regresó en pocos días. Quedaron menores no acompañados, personas vulnerables y centros de recepción desbordados, mientras las imágenes de nadadores, avalanchas y familias durmiendo al aire libre recorrían Europa.
Alrededor de 75 personas murieron durante los intentos de entrada, muchas ahogadas o aplastadas en medio del caos. Ese dato quedó pronto sepultado bajo el combate entre gobiernos, como suele suceder cuando una tragedia humana adquiere valor de munición parlamentaria. La política discutía quién debía cerrar qué frontera; junto al agua seguían apareciendo cuerpos.
La Comisión Europea señaló a las redes de tráfico de migrantes y a la desinformación difundida en redes sociales como factores probados. También influyó la interpretación de una sentencia del Tribunal Supremo español sobre las devoluciones inmediatas de quienes alcanzaban Ceuta a nado cuando no existía una barrera marítima. Los traficantes habrían presentado esa resolución como una oportunidad para entrar y permanecer en territorio español.
La responsabilidad de Marruecos quedó rodeada de sospechas, pero no establecida de manera concluyente. España abrió investigaciones y algunos responsables locales acusaron a Rabat de haber relajado los controles. El Gobierno marroquí lo negó y culpó a Madrid de no haber anticipado las consecuencias de la decisión judicial. Bruselas evitó señalar directamente a Marruecos. Bastante combustible había ya.
Bruselas cambió el tono de la crisis
La reunión extraordinaria de ministros de Interior del 4 de agosto terminó desinflando la propuesta checa. El comunicado oficial no habló de suspender a España. Los Estados miembros y los países asociados a Schengen expresaron solidaridad con Madrid, valoraron la rapidez de la respuesta española y destacaron que no se había producido un movimiento significativo hacia la península ni hacia otros países europeos.
La agenda europea se desplazó hacia medidas menos teatrales y más reconocibles: inteligencia compartida, vigilancia de redes sociales, lucha contra las mafias, refuerzo de devoluciones y cooperación con terceros países. También se planteó aumentar el apoyo a Marruecos para controlar las salidas, una receta conocida que deja a Europa en una incómoda dependencia de sus vecinos del sur.
No hubo una votación solemne para rechazar la exigencia de Babiš. Sencillamente, Bruselas no la convirtió en una iniciativa jurídica. La propuesta quedó fuera del resultado oficial mientras el Consejo respaldaba la actuación española. Rechazada en la práctica, archivada sin ceremonia. La burocracia europea también sabe cerrar puertas, aunque lo haga con moqueta y traducción simultánea.
Schengen no se expulsa a golpe de micrófono
República Checa podía exigir controles, reclamar firmeza migratoria o sumarse a otros países que endurecieron sus posiciones. Lo que no podía hacer era retirar a España de Schengen por decisión propia. Para llegar a un escenario de suspensión real habría que construir un procedimiento europeo de enorme calado político y jurídico que las reglas actuales no ofrecen en esos términos.
El riesgo más tangible era otro: que más Estados recuperasen controles internos y la libre circulación quedara agujereada por excepciones sucesivas. Schengen puede seguir existiendo sobre el papel mientras viajar por Europa vuelve a llenarse de barreras, colas y agentes pidiendo documentos. No sería una expulsión, pero para millones de ciudadanos se parecería bastante a una marcha atrás.
La crisis de Ceuta reveló una Europa cada vez más inclinada a responder a la migración mediante controles, retornos y acuerdos exteriores. Babiš llevó esa tendencia hasta una formulación extrema y políticamente rentable. Bruselas, al menos esta vez, no le concedió el titular completo: España permaneció en Schengen y la discusión terminó donde realmente estaba, en la frontera exterior y en la capacidad europea para gestionar una emergencia sin convertirla en una guerra entre socios.

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