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¿Qué ocurrió en el narcopiso de Palma asaltado con máscaras de mono?
Máscaras de mono, armas y sangre en Palma: el asalto a un narcopiso destapó 6,46 kilos de droga y una investigación criminal todavía abierta.

Cinco hombres armados y encapuchados, algunos ocultos tras máscaras de mono, asaltaron un piso de Palma donde presuntamente se almacenaba un importante cargamento de droga. El grupo sorprendió a uno de los moradores en el ascensor, lo golpeó con las culatas de las armas y trató de entrar en la vivienda. La llamada de varios vecinos precipitó la huida del comando y abrió una búsqueda policial para identificar a los agresores.
El golpe, ocurrido alrededor de las 23.45 horas del 1 de agosto en la calle Ticia, cerca de General Riera, tuvo un desenlace poco habitual. La Policía acudió para investigar un robo violento y acabó encontrando 6,46 kilos de cocaína, heroína, metanfetamina, MDMA y tusi. La pareja que residía en el piso, un hombre de 20 años y una mujer de 22, fue detenida por un presunto delito de tráfico de drogas. Los asaltantes, mientras tanto, desaparecieron en una furgoneta blanca.
Un asalto que empezó en el ascensor
La operación arrancó cuando el joven regresó al edificio y coincidió en el ascensor con unos cinco encapuchados. No parece que estuvieran allí por casualidad ni que hubieran elegido aquella puerta al azar. Lo redujeron, le arrebataron las llaves y lo golpearon repetidamente en la cabeza, causándole varias brechas. Después accedieron al piso.
Las primeras informaciones apuntan a un grupo con funciones repartidas y cierta planificación previa. Algunas fuentes próximas a las pesquisas hablan de pistolas y subfusiles modernos, aunque la información policial difundida inicialmente se limitó a confirmar que los atacantes iban armados. Conviene distinguir ambos datos: en una investigación abierta, el ruido suele correr más deprisa que las pruebas.
Dentro de la vivienda se encontraba la joven. Los agresores buscaban droga y actuaron con suficiente violencia como para despertar a la finca. Los gritos, las carreras y los golpes alertaron a los residentes. Al menos un testigo vio salir del edificio a varios encapuchados y a otra persona que los perseguía con un cuchillo.
La rápida reacción vecinal cambió el desarrollo del asalto. Los autores escaparon antes de registrar completamente el inmueble y huyeron en una furgoneta blanca hacia la calle Pare Bartomeu Pou. Uno de los moradores aseguró después haber reconocido a uno de ellos, un detalle que los investigadores deberán comprobar y encajar con el resto de indicios.
La sangre condujo a la droga
Cuando la Policía Local llegó al edificio encontró una gran mancha de sangre en el rellano. El rastro ascendía por las escaleras hasta el tercer piso. Al abrirse la puerta, los agentes vieron al joven con heridas profundas en la cabeza y observaron más sangre dentro de la vivienda, incluso junto al baño y la lavadora.
La escena no se parecía a la de un simple robo doméstico. Había restos de sustancias estupefacientes, piezas de armas y un pasamontañas. En el inodoro se estaba disolviendo una bolsa con restos de droga; en el lavamanos también aparecieron indicios. Dentro de la lavadora fue localizado un bloque compacto de cocaína.
La pareja había entregado a una vecina una maleta tipo trolley. Los agentes recuperaron el equipaje y encontraron en su interior buena parte de las sustancias. La Policía Local solicitó entonces la intervención de la Policía Nacional, que asumió las diligencias y movilizó al grupo especializado en estupefacientes.
La maleta, el dormitorio y un alijo de 6,46 kilos
El registro posterior permitió hallar más droga escondida en uno de los dormitorios. En total fueron intervenidos 6.460 gramos de estupefacientes, una cantidad considerable y, sobre todo, llamativa por su variedad: cocaína, heroína, metanfetamina, MDMA y tusi.
El tusi —también escrito «tussi»— es un nombre comercial utilizado en el mercado ilegal para mezclas sintéticas de composición variable, teñidas habitualmente de rosa. No responde a una fórmula estable ni tiene por qué contener cocaína, pese a que se le llame popularmente cocaína rosa. Su aspecto vistoso es puro envoltorio: químicamente puede ser una ruleta.
Los agentes también intervinieron dinero en efectivo, cuatro teléfonos móviles, distintos efectos y un fusil de asalto de aire comprimido. Esta última arma fue encontrada en la vivienda y no debe confundirse automáticamente con las que portaba el grupo encapuchado. Son piezas distintas de un caso con dos líneas policiales que, aunque nacieron en el mismo rellano, no persiguen a las mismas personas.
Qué es un «vuelco» de droga
En el argot policial, un «vuelco» es el robo de un cargamento de droga a otro grupo criminal. No se trata del asalto oportunista de quien ve una ventana abierta. Para ejecutar un golpe así hace falta conocer dónde está la mercancía, quién la custodia, cuándo entrar y cómo salir.
La droga sustituye al dinero como botín, pero introduce un elemento añadido: ninguna de las partes puede acudir tranquilamente a una comisaría para denunciar la pérdida. Esa vulnerabilidad explica el uso frecuente de amenazas, secuestros breves, torturas y armas. El negocio ilegal carece de contratos, tribunales mercantiles y hojas de reclamaciones; la violencia criminal ocupa ese hueco con una eficacia bastante menos elegante.
La irrupción de cinco hombres y la aparente precisión con la que localizaron el piso refuerzan la hipótesis de que disponían de información previa. Sabían, al menos, que allí había droga. Falta conocer quién facilitó el dato, si el grupo llegó expresamente a Mallorca para ejecutar el golpe y qué relación mantenía con las personas que controlaban el cargamento.
Las máscaras eran el detalle más visible
Las máscaras de mono han convertido el caso en una imagen fácil de recordar. Es lógico: cinco hombres armados cruzando un portal con rostros de simio parecen salidos de una ficción distópica, de esas en las que el director se pasa un poco con el simbolismo.
Sin embargo, el elemento verdaderamente relevante no es el disfraz. Es la capacidad operativa del comando, la violencia desplegada en un edificio habitado y el posible acceso a armas de gran potencia. Las máscaras servían para ocultar las facciones y causar intimidación; no explican quién organizó el golpe ni qué estructura criminal había detrás.
Fuentes cercanas a la investigación sostienen que el grupo pudo desplazarse desde el extranjero y que utilizaba subfusiles de última generación. Por el momento, ese extremo no aparece detallado en la primera comunicación policial sobre las detenciones y el alijo. La prudencia obliga a mantenerlo como una línea de investigación, no como una certeza cerrada.
Dos investigaciones bajo el mismo techo
La primera causa se dirige contra los moradores del piso por el presunto tráfico de drogas. Los investigadores consideran difícil que una cantidad de esa magnitud y variedad estuviera almacenada en una vivienda pequeña sin conocimiento de quienes residían allí. La versión de que un conocido habría llevado y manipulado las sustancias deberá confrontarse con los teléfonos, el dinero y los demás elementos intervenidos.
La segunda investigación busca a los cinco asaltantes. El Grupo de Atracos y la unidad especializada en drogas y crimen organizado analizan las pruebas recogidas en el inmueble, las cámaras de la zona, el vehículo utilizado en la huida y los objetos abandonados. Entre ellos habría un pasamontañas, piezas de armas, una zapatilla y otros posibles rastros biológicos.
Los dos residentes pasaron de víctimas de una agresión brutal a investigados por narcotráfico. Una condición no borra la otra. Haber sufrido un ataque no elimina una posible responsabilidad penal por la droga encontrada, del mismo modo que guardar un alijo no convierte en legal la paliza recibida. El Estado de derecho tiene esas incomodidades: protege incluso a quien puede terminar sentado en el banquillo.
El episodio ocurrió en un bloque residencial, no en un descampado ni en un enclave apartado. Esa localización convierte el caso en algo más que una disputa interna entre delincuentes. Los vecinos escucharon la agresión, encontraron sangre en las zonas comunes y quedaron expuestos a un grupo armado que entraba y salía de su edificio.
Los llamados pisos guardería cumplen una función concreta dentro del narcotráfico: almacenar temporalmente cargamentos antes de su distribución. Su apariencia suele ser ordinaria. Una puerta, un telefonillo, una lavadora, quizá una compra del supermercado apoyada en la encimera. Detrás puede haber mercancía valorada en cientos de miles de euros y gente dispuesta a recuperarla a culatazos.
La Policía deberá determinar si la vivienda era realmente uno de esos pisos guardería, cuánto tiempo llevaba activa y cuál era el destino de las sustancias. También queda por aclarar si los asaltantes lograron llevarse parte del cargamento. Algunas informaciones sostienen que huyeron sin la droga; otras apuntan a que pudieron apoderarse de una cantidad todavía no calculada. La presencia de 6,46 kilos tras el golpe demuestra lo que quedó, no necesariamente todo lo que había antes.
Lo que reveló una llamada desde la escalera
El asalto de Palma reúne todos los ingredientes que facilitan el titular extravagante: máscaras de mono, armas largas, una furgoneta a la fuga y un reguero de sangre. Pero debajo de esa superficie aparece una realidad menos cinematográfica y bastante más seria: un almacén presuntamente vinculado al tráfico de estupefacientes funcionaba dentro de una comunidad de vecinos.
La llamada a emergencias frustró el golpe, permitió atender al hombre herido y destapó el alijo. También abrió una investigación con dos objetivos claros: establecer quién controlaba la droga y localizar al comando que entró a buscarla. La pareja residente fue detenida; los cinco encapuchados continuaban bajo búsqueda policial en la última actualización conocida.
Las máscaras caerán cuando aparezcan nombres, pruebas y responsabilidades. Hasta entonces, lo firme permanece en el suelo de aquella finca: sangre en la escalera, kilos de droga en el piso y vecinos convertidos, sin haber comprado entrada, en testigos de una guerra ajena.

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