Historia
¿Cómo contaminó Francia Martinica y Guadalupe para salvar el plátano?
Francia usó clordecona para proteger el plátano y dejó una contaminación que aún pesa sobre Martinica y Guadalupe más de medio siglo después.

Durante más de dos décadas, las plantaciones de plátano de Martinica y Guadalupe recibieron un insecticida extremadamente persistente llamado clordecona. Una estimación parlamentaria francesa sitúa en torno a 300 toneladas la cantidad de sustancia activa esparcida entre 1972 y 1993. El producto servía para combatir al charançón o picudo del banano, una pequeña plaga capaz de arruinar cultivos enteros. El remedio funcionaba contra el insecto. El problema es que no se marchó con él.
La clordecona quedó atrapada en los suelos, pasó al agua, alcanzó ríos y zonas costeras y terminó entrando en la cadena alimentaria. Más de medio siglo después de los primeros tratamientos, la contaminación continúa. Los datos publicados en junio de 2026 por Santé publique France muestran clordecona detectable en la sangre del 81,3 % de los adultos de Guadalupe y del 85,5 % de los de Martinica. Las cifras han bajado respecto a una década atrás, pero siguen dibujando una contaminación de escala extraordinaria.
Hay otra fecha incómoda. Francia retiró en 1990 la autorización del Curlone, el producto comercial que contenía clordecona, pero permitió utilizar existencias hasta 1992 y concedió posteriormente dos excepciones que prolongaron su empleo en las Antillas francesas hasta septiembre de 1993. Tres años parecen poca cosa en un calendario administrativo. Para una molécula que puede permanecer siglos en determinados suelos, es bastante más tiempo.
De salvar el plátano a contaminar el suelo
La historia empezó con un enemigo minúsculo. El picudo del banano deposita sus larvas en la planta y estas atacan sus tejidos subterráneos, debilitan las raíces y facilitan que el bananero termine cayendo. En unas islas donde el plátano era —y continúa siendo— una actividad agrícola de enorme importancia económica, mantener la producción tenía un peso considerable.
La clordecona ofrecía una respuesta eficaz. Se aplicaba alrededor de las plantas y no mediante fumigaciones aéreas, como a veces se ha contado. Un informe parlamentario francés calculó aplicaciones equivalentes a unos 3 kilos de clordecona por hectárea y año en las superficies tratadas. El mismo trabajo reconstruyó unas 120 toneladas utilizadas entre 1972 y 1978 y otras 180 entre 1981 y 1993. De ahí sale la cifra aproximada de 300 toneladas. Es una estimación, no un pesaje retrospectivo de cada saco utilizado.
El problema estaba en una propiedad que inicialmente podía parecer magnífica para un pesticida: su enorme estabilidad química. Si un compuesto tarda mucho en degradarse, sigue actuando. Y sigue ahí. Esa segunda parte acabó pesando bastante más que la primera.
Una molécula que casi no sabe desaparecer
Los modelos estudiados por el Parlamento francés llegaron a estimar que, en determinadas condiciones de los suelos antillanos, la eliminación prácticamente completa de la clordecona podría necesitar varios siglos, incluso alrededor de siete siglos en algunos escenarios. No significa que toda Martinica y toda Guadalupe vayan a mantener idénticas concentraciones durante 700 años; la contaminación depende del terreno, de la cantidad aplicada, del movimiento del agua y de otros factores. Significa algo más preciso y quizá más inquietante: la molécula puede persistir durante una escala temporal que desborda varias generaciones humanas.
La contaminación tampoco se quedó quieta bajo las antiguas plantaciones. La lluvia tropical y la circulación del agua favorecieron su presencia en ríos, sedimentos y ambientes marinos, mientras determinados cultivos y animales podían incorporar el compuesto. La alimentación terminó convertida en una de las principales vías de exposición humana. La tierra dejó de ser simplemente tierra; en determinados lugares pasó a ser también un archivo químico de decisiones tomadas décadas antes.
Francia la retiró en 1990, pero se utilizó hasta 1993
Aquí aparece una de las partes que explica por qué el asunto de la clordecona lleva tantos años provocando indignación en las Antillas francesas. La retirada de la autorización del Curlone, que contenía un 5 % de clordecona, se decidió en febrero de 1990. Sin embargo, se concedió inicialmente un periodo para agotar existencias hasta febrero de 1992 y posteriormente llegaron dos derogaciones, primero hasta febrero de 1993 y después hasta el 30 de septiembre de 1993.
No fue, por tanto, una sencilla historia de un producto considerado seguro que repentinamente reveló sus problemas cuando ya era demasiado tarde. Había advertencias anteriores. La contaminación de suelos y medios acuáticos por insecticidas organoclorados en las zonas bananeras había sido detectada en Francia desde los años setenta. El Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer clasificó además la clordecona como posiblemente carcinógena para los seres humanos en 1979.
Entre conocer un peligro, demostrar todos sus efectos, prohibir un producto y conseguir que desaparezca del campo puede abrirse una distancia enorme. En Martinica y Guadalupe aquella distancia se midió en años; sus consecuencias, en cambio, se siguen midiendo en generaciones.
Qué efectos puede tener la clordecona en la salud
La clordecona es un pesticida organoclorado tóxico. Las evaluaciones sanitarias francesas recogen efectos sobre el sistema nervioso, la reproducción, el sistema hormonal y órganos como el hígado o los riñones. El informe de expertos del Inserm sobre pesticidas y salud concluyó en 2021 que existe una fuerte presunción de relación con el cáncer de próstata en la población expuesta.
Eso no significa que encontrar clordecona en la sangre equivalga automáticamente a desarrollar una enfermedad. Toxicología y medicina no funcionan con una ecuación tan sencilla. Importan la concentración, el tiempo de exposición, la edad y numerosos factores personales. Precisamente por eso las autoridades francesas utilizan valores toxicológicos de referencia para identificar niveles a partir de los cuales no puede descartarse un riesgo y conviene reducir la exposición.
Los datos más recientes dan una fotografía bastante más afinada. El estudio Kannari 2, realizado en 2024 y publicado en junio de 2026, detectó una reducción general de los niveles respecto a 2013. Aun así, el 14,3 % de los adultos de Guadalupe y el 18,7 % de los de Martinica superaban el valor toxicológico interno de referencia utilizado por las autoridades francesas. El 5 % de los adultos analizados presentaba niveles alrededor de 20 veces superiores al promedio. Agricultores, pescadores, mayores de 50 años y residentes en zonas contaminadas aparecen entre los grupos más expuestos.
El pesticida sigue entrando en el cuerpo décadas después
La paradoja resulta difícil de ignorar: el uso agrícola terminó en 1993, pero personas nacidas mucho después pueden seguir entrando en contacto con la sustancia.
Kannari 2 encontró una asociación especialmente clara entre los niveles de clordecona en sangre y el consumo de determinados pescados, crustáceos y moluscos marinos procedentes de zonas afectadas. También observó mayores niveles vinculados al abastecimiento mediante circuitos informales, es decir, alimentos que no siempre pasan por los controles de los canales comerciales regulados. En cambio, entre los adultos del estudio no apareció una asociación significativa con el consumo de agua del grifo, huevos o tubérculos.
El lugar donde se vive también importa. Las personas residentes en áreas terrestres o marinas contaminadas presentan niveles medios de exposición entre dos y tres veces superiores a quienes viven en zonas no contaminadas. En Guadalupe, los habitantes de Basse-Terre registraron concentraciones medias aproximadamente dos veces mayores que los de Grande-Terre. La geografía del viejo cultivo del plátano sigue dibujándose, de una manera bastante literal, en los análisis de sangre.
Hay, al menos, una evolución favorable. En el estudio anterior, realizado en 2013-2014, más del 90 % de la población adulta analizada tenía clordecona detectable. En 2024 la proporción bajó hasta ese 81,3 % en Guadalupe y 85,5 % en Martinica. Menos exposición, sí. Desaparición del problema, ni remotamente.
Francia reconoció en 2026 su parte de responsabilidad
La dimensión política de este episodio también ha cambiado. El 12 de junio de 2026, Francia promulgó una ley que reconoce expresamente la parte de responsabilidad del Estado en los perjuicios sanitarios, morales, ecológicos y económicos sufridos por Martinica, Guadalupe y sus habitantes debido a la autorización y al uso prolongado de productos fitosanitarios a base de clordecona. No es una declaración simbólica enterrada en una comisión parlamentaria: está escrita en una ley de la República.
La norma fija como objetivos la descontaminación de tierras y aguas, el impulso de la investigación científica, la reducción de la exposición alimentaria, el apoyo a agricultores y pescadores y la indemnización de las víctimas, incluidas personas cuya exposición no haya sido profesional. También prevé estudiar la posible ampliación del fondo francés de indemnización de víctimas de pesticidas.
Llegó más de medio siglo después de las primeras aplicaciones. La agricultura de aquellos años trabajaba con una lógica bastante reconocible: salvar la cosecha, evitar pérdidas, mantener las exportaciones. La naturaleza manejaba otro calendario. Y ganó por goleada.
Un beneficio agrícola de años y una factura de siglos
La historia de la clordecona no cabe del todo en la fórmula de que Francia utilizó un pesticida para salvar sus plátanos y contaminó dos islas. Esa frase funciona como titular; debajo hay algo más incómodo. Durante años se sostuvo un modelo agrícola con una sustancia extraordinariamente persistente y se prolongó su utilización mediante excepciones administrativas incluso después de retirarse su autorización general.
El plátano se cosechaba cada temporada. La clordecona se quedó.
Martinica y Guadalupe llevan décadas gestionando su presencia en los suelos, en determinadas aguas y alimentos y, todavía en 2026, en la sangre de una gran parte de su población. Los niveles están descendiendo y los controles reducen la exposición, pero la química no obedece decretos ni calendarios electorales. Puede prohibirse una sustancia una mañana en París; conseguir que desaparezca de una tierra tropical es otra historia.
La ley francesa de 2026 convierte además lo ocurrido en algo que ya no puede despacharse únicamente como un error agrícola del pasado. El propio Estado reconoce su responsabilidad parcial. Entre las 300 toneladas estimadas, las excepciones que prolongaron el uso hasta 1993 y una contaminación que todavía aparece en más de ocho de cada diez adultos estudiados, el caso de la clordecona ha acabado siendo una advertencia bastante brutal sobre el precio de ciertas soluciones rápidas: el problema que se intentaba resolver duraba una cosecha; el que se creó puede durar siglos.

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