Síguenos

Historia

¿Qué pasó el 8 de agosto? Efemérides que marcaron España y el mundo

El 8 de agosto dejó magnicidios, guerras, gestas olímpicas y revoluciones que marcaron la historia de España y del mundo de forma imborrable.

Publicado

el

El asesinato de Antonio Cánovas del Castillo
El asesinato de Antonio Cánovas del Castillo / WIKIPEDIA

El 8 de agosto ha dejado una huella bastante más profunda de lo que su tranquila posición en el calendario podría sugerir. Un día como este cambió el rumbo político de España con el asesinato de Antonio Cánovas del Castillo, quedó asociado a la conquista medieval de Ibiza y regaló al deporte español una de las imágenes más potentes de Barcelona 92: Fermín Cacho entrando primero en la meta de los 1.500 metros.

Fuera de España, la fecha tampoco pasó precisamente de puntillas. El 8 de agosto se considera una jornada fundacional del alpinismo moderno por la primera ascensión al Mont Blanc; en 1918 comenzó la batalla de Amiens, uno de los grandes golpes que aceleraron el final de la Primera Guerra Mundial; Mahatma Gandhi lanzó el movimiento Quit India en 1942; la Unión Soviética comunicó en 1945 su entrada en guerra contra Japón y Richard Nixon anunció en 1974 que abandonaría la Casa Blanca por el escándalo Watergate. Política, guerras, revoluciones, deporte, montañas y hasta uno de los robos más célebres del siglo XX. Un 8 de agosto da para mucho.

El 8 de agosto en España: de la Ibiza medieval a Barcelona 92

La historia española tiene varias marcas profundas en esta fecha, aunque separadas por siglos y difícilmente imaginables dentro de una misma fotografía. Una conduce hasta la Ibiza del siglo XIII, otra al corazón de la Restauración borbónica y la tercera al estadio olímpico de Montjuïc, donde un corredor soriano encontró un hueco por dentro y convirtió unos pocos segundos en memoria colectiva.

1235: Ibiza cambia de época

El 8 de agosto de 1235, las fuerzas comandadas por Guillem de Montgrí, acompañado en la empresa por Nunó Sanç y el infante Pedro de Portugal, conquistaron la ciudad de Ibiza, entonces bajo dominio musulmán. La toma abrió una etapa completamente distinta para las Pitiusas, incorporadas al espacio político de la Corona de Aragón.

La fecha sigue formando parte de la identidad histórica de la isla. En Ibiza, el 8 d’Agost no es una anotación perdida en un manual: está vinculado a las celebraciones de Sant Ciriac y a la memoria de aquella conquista medieval. La ciudad que contempla actualmente el Mediterráneo desde Dalt Vila conserva, en sus calles y en su propio calendario festivo, esa sedimentación de siglos. La historia, a veces, no desaparece; simplemente se convierte en paisaje.

El episodio también recuerda algo que suele perderse cuando comprimimos la Edad Media en cuatro nombres y tres batallas. Ibiza había atravesado previamente largos siglos de dominio musulmán, con una sociedad, una economía y una cultura propias. La conquista de 1235 no fue solamente un cambio de bandera: alteró estructuras de poder, propiedad, religión y población, y vinculó desde entonces la evolución de las islas a la expansión mediterránea de la Corona de Aragón.

Cánovas y Cacho: dos 8 de agosto que España no olvidó

Mucho más cerca de nuestra época, el 8 de agosto de 1897, Antonio Cánovas del Castillo fue asesinado en el balneario de Santa Águeda, en Guipúzcoa, por el anarquista italiano Michele Angiolillo. Cánovas era entonces presidente del Consejo de Ministros y una de las figuras decisivas —quizá la decisiva— de la Restauración.

Había sido el gran arquitecto político del sistema nacido tras el regreso de los Borbones con Alfonso XII: la Constitución de 1876, la alternancia entre conservadores y liberales y una arquitectura institucional concebida para dar estabilidad a una España que llevaba décadas entrando y saliendo de pronunciamientos, revoluciones y guerras civiles. Estabilidad, sí, aunque construida también sobre un sistema electoral profundamente intervenido por el caciquismo. La política española rara vez ofrece milagros gratis.

El asesinato de Cánovas tuvo por eso una dimensión mayor que la de un magnicidio aislado. Desaparecía el hombre que había moldeado buena parte del régimen político vigente, mientras España se acercaba al trauma colonial de 1898. El edificio de la Restauración siguió en pie durante años, pero había perdido a uno de sus principales arquitectos.

Casi un siglo después, el 8 de agosto ofreció una escena radicalmente distinta. En Barcelona 1992, Fermín Cacho disputó la final olímpica de los 1.500 metros en Montjuïc. No llegaba como el gran favorito: esa etiqueta pesaba especialmente sobre el argelino Noureddine Morceli. Pero la carrera avanzó lenta, táctica, casi encogida, hasta que apareció un pequeño hueco por el interior.

Cacho entró por allí.

A unos 250 metros de la meta atacó, tomó la cabeza y terminó conquistando el oro con 3:40.12. La imagen del atleta español levantando los brazos en el estadio de Montjuïc quedó fundida con aquel verano olímpico en el que España consiguió 22 medallas. Barcelona 92 había cambiado la escala del deporte español y aquella victoria fue uno de sus grandes símbolos. Treinta y cuatro años después, sigue teniendo algo eléctrico.

Del Mont Blanc a Amiens: cuando el 8 de agosto cambió los límites

El 8 de agosto de 1786, Jacques Balmat y Michel-Gabriel Paccard alcanzaron por primera vez la cima del Mont Blanc. Hoy subir una gran montaña implica crampones, cuerdas técnicas, meteorología detallada, prendas capaces de soportar temperaturas extremas y equipos que parecen diseñados para caminar por Marte. Ellos avanzaron con medios que, vistos desde nuestro tiempo, resultan casi temerarios.

Su ascensión está considerada uno de los momentos fundacionales del montañismo moderno. Hasta entonces, las grandes cumbres alpinas eran observadas muchas veces como territorios hostiles, inútiles o directamente amenazadores. Balmat y Paccard demostraron que podían convertirse también en espacios de exploración científica y aventura humana.

El cambio cultural fue enorme. La montaña dejó poco a poco de ser únicamente una barrera para convertirse en destino. Llegaron nuevas expediciones, estudios científicos, guías profesionales y, con el tiempo, esa particular obsesión humana por mirar una pared vertical de roca y hielo y decidir que lo sensato es subirla.

Otro 8 de agosto, esta vez en 1918, los límites que empezaron a romperse fueron militares. A las 4:20 de la madrugada comenzó la batalla de Amiens, en Francia. Las fuerzas aliadas sorprendieron a las posiciones alemanas mediante una operación coordinada en la que participaron infantería, artillería, aviación y centenares de carros de combate.

Amiens fue el comienzo de la llamada Ofensiva de los Cien Días, la serie de operaciones aliadas que terminó empujando al Imperio alemán hacia el armisticio del 11 de noviembre. El general alemán Erich Ludendorff describiría aquel 8 de agosto como el «día negro» del Ejército alemán. Después de cuatro años de trincheras, barro, alambradas y ofensivas capaces de devorar decenas de miles de hombres para conquistar unos kilómetros, el equilibrio se estaba rompiendo.

No terminó la guerra aquella mañana. Pero el reloj empezó a correr mucho más deprisa.

1942 y 1945: Gandhi desafía al Imperio y Japón queda más aislado

El 8 de agosto de 1942, en Bombay —la actual Mumbai—, el Congreso Nacional Indio aprobó la resolución que impulsó el movimiento Quit India, encabezado por Mahatma Gandhi para exigir el fin del dominio colonial británico.

India estaba inmersa, como parte del Imperio británico, en una Segunda Guerra Mundial que desangraba medio planeta. Gandhi reclamó la retirada británica y lanzó su célebre fórmula de resistencia: «hacer o morir». Las autoridades coloniales reaccionaron rápidamente. Durante las horas siguientes fueron detenidos Gandhi y buena parte de los principales dirigentes del Congreso Nacional Indio.

La represión no eliminó el movimiento. Hubo protestas, huelgas, movilizaciones y episodios violentos en diferentes zonas del país, pese a la doctrina de resistencia no violenta defendida por Gandhi. Quit India no consiguió una independencia inmediata, pero se convirtió en uno de los grandes hitos de la lucha anticolonial india. Cinco años después, en agosto de 1947, el Raj británico llegaría a su fin.

Tres años después de aquel discurso, el planeta estaba terminando otra historia. El 8 de agosto de 1945, dos días después de la bomba atómica sobre Hiroshima, el Gobierno soviético comunicó a Japón que consideraría a ambos países en estado de guerra desde el 9 de agosto.

La decisión tenía una importancia enorme. Moscú había mantenido un pacto de neutralidad con Tokio durante gran parte de la Segunda Guerra Mundial, pero Stalin se había comprometido con los aliados occidentales a intervenir contra Japón después de la derrota de Alemania. Cuando llegó el momento, el Ejército Rojo lanzó una gigantesca ofensiva contra las fuerzas japonesas en Manchuria.

Aquellas horas fueron devastadoras para las expectativas de Tokio. Japón afrontaba las bombas atómicas, la entrada soviética en la guerra y una situación militar cada vez más insostenible. Reducir su rendición a una única causa sería simplificar uno de los debates históricos más complejos de 1945: Hiroshima, Nagasaki, la ofensiva soviética y el agotamiento estratégico japonés forman parte de una misma secuencia. El 15 de agosto, el emperador Hirohito anunció la aceptación de la rendición.

De un tren asaltado a Watergate y la rebelión del 8-8-88

La madrugada del 8 de agosto de 1963, una banda detuvo el tren correo que viajaba desde Glasgow hacia Londres cerca de Cheddington, en Buckinghamshire. El golpe pasaría a la historia como el Gran Robo del Tren británico.

Los ladrones se llevaron más de 2,6 millones de libras, una fortuna extraordinaria para la época. La operación fue audaz; la huida, bastante menos brillante. Los investigadores localizaron rastros dejados en el escondite utilizado por la banda y acabaron deteniendo a buena parte de sus integrantes. Entre ellos estaba Ronnie Biggs, que más tarde escaparía de prisión y alimentaría durante décadas el aura casi cinematográfica del caso.

Once años después, el escenario era bastante más solemne: el Despacho Oval de la Casa Blanca. La noche del 8 de agosto de 1974, Richard Nixon compareció ante las cámaras y anunció que renunciaría a la Presidencia de Estados Unidos al mediodía siguiente.

El escándalo Watergate había terminado por hacer políticamente imposible su continuidad. El allanamiento de la sede del Comité Nacional Demócrata en 1972 había destapado una red de espionaje político, encubrimientos y abusos de poder que alcanzaba a la propia Casa Blanca. Con un proceso de destitución acercándose y su respaldo político evaporándose, Nixon optó por marcharse.

Fue el primer —y hasta ahora único— presidente estadounidense que ha dimitido del cargo. Gerald Ford asumió la Presidencia el 9 de agosto. El episodio dejó una cicatriz duradera en la política norteamericana y convirtió el sufijo «-gate» en una especie de fábrica universal de nombres para escándalos, probablemente una de las herencias lingüísticas más extrañas de la historia presidencial.

Y todavía queda otro 8 de agosto decisivo. En 1988, miles de estudiantes y ciudadanos salieron a las calles de Birmania, actual Myanmar, reclamando democracia y derechos políticos frente al régimen militar. La fecha, 8-8-88, terminó dando nombre al levantamiento.

Las protestas se extendieron durante semanas y fueron violentamente reprimidas por las fuerzas de seguridad. Aquel movimiento no consiguió instaurar inmediatamente la democracia, pero se convirtió en un punto esencial de la historia contemporánea birmana y en uno de los grandes símbolos de su oposición al autoritarismo militar.

Un día atravesado por poder, resistencia y memoria

Visto con suficiente distancia, el 8 de agosto parece tener una curiosa inclinación hacia los momentos en los que algo deja de sostenerse como antes. Una ciudad medieval cambia de dominio; dos hombres alcanzan una cima que parecía inaccesible; una ofensiva anuncia que la Primera Guerra Mundial entra en su recta final; Gandhi desafía al mayor imperio de su tiempo; la Unión Soviética altera el tablero del Pacífico y Nixon reconoce, delante de millones de estadounidenses, que ya no puede continuar en la Casa Blanca.

En España, el contraste resulta todavía más llamativo. Cánovas del Castillo, uno de los hombres que construyeron el sistema político de la Restauración, murió asesinado un 8 de agosto. Noventa y cinco años después, Fermín Cacho corría por un hueco imposible en Montjuïc y fabricaba una de las imágenes más luminosas del deporte español.

Eso tienen las efemérides cuando se miran bien. No son un almacén de fechas polvorientas. Colocadas unas junto a otras, enseñan cómo cambia el mundo: unas veces a tiros, otras mediante una protesta multitudinaria, una decisión política, una carrera de 1.500 metros o dos hombres que avanzan sobre el hielo hacia una cima que nadie había alcanzado antes. El 8 de agosto, desde luego, dejó unas cuantas huellas.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído