Síguenos

Actualidad

¿Cómo un rapero arrasó en Nepal y será primer ministro?

Publicado

el

rapero primer ministro de Nepal

Balen Shah arrasa en Nepal, derrota a KP Oli y deja a la vieja guardia contra las cuerdas tras la revuelta juvenil y un giro histórico total.

Balendra “Balen” Shah ha ganado las elecciones legislativas en Nepal y su partido, el Rastriya Swatantra Party (RSP), ya tiene el camino despejado para colocarle en la jefatura del Gobierno con una mayoría que ha dinamitado el tablero político del país. El recuento casi definitivo sitúa al RSP con 124 escaños ganados por voto directo y ventaja en otro más, una cifra descomunal en un Parlamento de 275 asientos donde la barrera para gobernar está en 138. Al mismo tiempo, el partido domina con claridad el voto proporcional, el otro gran carril del sistema nepalí. No ha sido una victoria apretada, ni una aritmética de despacho, ni el clásico empate que obliga a coser alianzas frágiles. Ha sido una sacudida electoral de primer orden.

La otra clave es todavía más potente que el dato parlamentario. Balen Shah, de 35 años, exrapero, ingeniero y exalcalde de Katmandú, no solo ha ganado: ha derrotado en su propio terreno a KP Sharma Oli, cuatro veces primer ministro y uno de los nombres más pesados de la política nepalí. Ese choque resume casi todo lo que ha ocurrido en Nepal en los últimos meses. Una generación joven, enfadada con la corrupción, el desempleo y la política de siempre, ha convertido la protesta en voto y el voto en poder real. El país que durante décadas encadenó gobiernos débiles y pactos de supervivencia ha girado de golpe.

Un vuelco que ya cambia el poder en Katmandú

A 9 de marzo, con 161 de los 165 escaños de voto directo ya declarados, el dibujo es muy difícil de discutir. El RSP ha ganado 124 y lidera uno más. Muy por detrás aparecen el Nepali Congress, con 17 diputados y ventaja en otro asiento, y el CPN-UML, el partido de Oli, con 8 escaños y una circunscripción en cabeza. El Nepali Communist Party suma 7, mientras fuerzas menores como el Shram Sanskriti Party y la Rastriya Prajatantra Party quedan reducidas a un papel lateral. Hasta la disputa pendiente en Dhanusha-1, donde el resultado sigue bloqueado por la controversia sobre la validez de los votos emitidos para Kishori Shah, parece ya incapaz de alterar el hecho central: Nepal ha entregado el mando político a una fuerza nueva.

El músculo del resultado no está solo en los escaños directos. En la parte proporcional del recuento, que reparte 110 diputados, el RSP ha reunido ya 4.283.627 votos, muy por delante del Nepali Congress, con 1.423.997, y del CPN-UML, con 1.201.444. Eso importa muchísimo porque el sistema nepalí mezcla los dos mecanismos y, por tanto, no basta con dominar las circunscripciones; hay que sostener el golpe en el voto nacional. Balen Shah ha hecho ambas cosas a la vez. Ha ganado por abajo, pueblo a pueblo, distrito a distrito, y también por arriba, en la foto más amplia del país.

En un país acostumbrado a la coalición inestable y a la negociación constante, el dato tiene un punto casi inverosímil. Nepal lleva años viviendo con gobiernos de duración corta, alianzas quebradizas y una sensación de interinidad que se pega a la política como el polvo a las carreteras del valle de Katmandú. Desde 1990 ha tenido 32 gobiernos distintos y ninguno completó su mandato de cinco años. Por eso este resultado no se interpreta solo como una victoria del RSP, sino como una desautorización masiva de la vieja arquitectura del poder. No es una alternancia normal. Es un desalojo.

El dato que hunde a la vieja guardia

La imagen más rotunda de la noche electoral salió de Jhapa-5, la circunscripción donde Balen Shah decidió medir fuerzas directamente con KP Sharma Oli. Allí no hubo suspense verdadero cuando el recuento empezó a consolidarse. Shah obtuvo 68.348 votos y Oli 18.734, una diferencia de 49.614 papeletas, la mayor distancia registrada en estas legislativas. En política, una derrota así no es solo matemática. Tiene algo de sentencia pública. Oli no cayó en un territorio ajeno ni en un rincón menor del mapa: cayó en un espacio cargado de simbolismo, en una batalla pensada desde el principio como un duelo entre épocas.

La dimensión del golpe se entiende mejor si se mira el contexto. Oli tiene 74 años, ha sido cuatro veces primer ministro y representa como pocos el bloque que dominó Nepal durante décadas junto al Nepali Congress y a otras familias políticas del mismo ecosistema. Balen Shah, con 35, encarna lo contrario: redes sociales, una carrera política corta, lenguaje directo, distancia del ceremonial clásico y una conexión feroz con el voto joven. La elección quedó planteada desde el primer día como un combate entre vieja guardia y relevo generacional, y el resultado ha sido tan brusco que casi no deja espacio para interpretaciones sofisticadas. La política de antes recibió un portazo.

La noche en que cayó KP Sharma Oli

Ese enfrentamiento tenía además un trasfondo más duro que el simple relevo de edad. Oli había quedado políticamente marcado por la represión de la revuelta juvenil de 2025, la misma que acabó forzando su salida del poder. Durante la campaña, Balen evitó debatir con él y endureció el tono hasta convertir la elección en una especie de plebiscito moral sobre aquel periodo. No fue casual. Su equipo entendió que la candidatura solo sería realmente nacional si vencía al gran símbolo del ciclo anterior, y por eso eligió una circunscripción tan cargada de historia personal para el ex primer ministro.

El derrumbe no se quedó en Oli. Las grandes figuras del Nepali Congress y del CPN-UML han salido muy dañadas, con derrotas de dirigentes veteranos, cuadros históricos fuera de juego y una sensación bastante evidente de fin de etapa. Nepal no ha vivido solo una victoria de un partido emergente; ha visto también la implosión electoral de las siglas que organizaron el poder desde 1990. El golpe es doble. Sube Balen, cae casi todo lo que había alrededor.

Quién es Balen Shah más allá del fenómeno

Conviene detenerse en el personaje porque Balen Shah no es una rareza simpática salida de internet, ni un experimento pop sin espesor político. Balendra Shah, su nombre completo, es ingeniero civil de formación, cursó después un máster en ingeniería estructural en el sur de India, fue una figura muy conocida de la escena hip hop nepalí y saltó a la primera línea institucional cuando ganó la alcaldía de Katmandú en 2022. Antes de eso ya era famoso por letras que golpeaban a la corrupción, la desigualdad, el paro y la parálisis del Estado. Su canción “Balidan”, una de las más conocidas, superó los 12 millones de visualizaciones y lo consolidó como una voz incómoda para la clase dirigente.

Ese cruce entre técnica, música y política explica buena parte de su fuerza. No parece un político fabricado por un partido, aunque ya forme parte de uno. Tiene algo de figura que ha ido creciendo por capas: primero el rapero combativo, luego el alcalde que entró como outsider en la capital, más tarde el rostro visible del malestar juvenil y, ahora, el candidato que convierte esa energía en una mayoría electoral. En diciembre de 2025 se incorporó al RSP, formación fundada en 2022 y liderada por el expresentador de televisión Rabi Lamichhane, y desde ahí fue proyectado como aspirante a primer ministro. En enero de 2026 dejó la alcaldía para centrarse en la campaña nacional.

No todo en su trayectoria es aplauso. Como alcalde de Katmandú ganó crédito por su insistencia en el saneamiento urbano, la recogida de residuos, ciertas mejoras de infraestructura y una imagen de gestor menos acomodado que la media. Pero también recibió críticas, incluso de organizaciones de derechos humanos, por actuaciones contra vendedores ambulantes y personas sin tierra. Ese matiz es importante porque rompe la caricatura del héroe limpio e intocable. Balen no llega al poder como un santo cívico, sino como un dirigente joven con una enorme capacidad de arrastre y un expediente que ya mezcla aciertos, tensión y controversia.

Del rap al Ayuntamiento y del Ayuntamiento al país

Hay un detalle que ayuda a entender su campaña. Balen Shah rehúye bastante la prensa tradicional y se comunica sobre todo a través de sus redes, donde suma más de 3,5 millones de seguidores en plataformas como Facebook. En Nepal, ese volumen es gigantesco. No habla demasiado, no concede demasiadas entrevistas largas y prefiere mensajes breves, a veces secos, a veces quirúrgicos. Esa economía verbal, unida a su estética de gafas oscuras y chaqueta negra, ha terminado funcionando como una marca. En un ecosistema político saturado de discursos de tarima y promesas gastadas, su forma de aparecer tiene algo de golpe visual.

La campaña tampoco fue un arrebato espontáneo. Detrás hubo una maquinaria muy afinada. El RSP levantó en Katmandú un cuartel de campaña centralizado, programó un gran discurso de Shah cada ocho días, desplegó actos diarios en varias provincias y lo respaldó con un equipo de 660 personas dedicadas a amplificar el mensaje en redes. Parte del impulso financiero llegó, según distintas informaciones coincidentes, de la diáspora nepalí, sobre todo desde Estados Unidos. Es decir, el fenómeno Balen tiene carisma, sí, pero también ingeniería. No fue solo una ola: fue una ola bien organizada.

La revuelta juvenil que cambió Nepal

Nada de esto se entiende sin mirar a septiembre de 2025. Ahí está el verdadero prólogo de la victoria. El Gobierno de KP Sharma Oli decidió bloquear varias plataformas sociales y presentó la medida como una respuesta al fraude y al desorden digital. Lo que encontró en la calle fue otra cosa. Miles de jóvenes interpretaron el cierre como un intento de silenciar el malestar y las protestas se extendieron con rapidez por Katmandú y otras ciudades. Lo que empezó como rechazo a la prohibición de redes se transformó en una revuelta mucho más amplia contra la corrupción, la falta de oportunidades y el agotamiento de las élites que gobernaban Nepal desde hacía demasiado tiempo.

La respuesta del Estado dejó una cicatriz enorme. La revuelta terminó con 77 muertos y más de 2.000 heridos, según el balance que marcó el relato político de los meses siguientes. Las imágenes de choques, fuego, barricadas y una juventud gritando contra el sistema rompieron el decorado habitual del país. Oli acabó dimitiendo, el Parlamento fue disuelto y la exjueza y ex presidenta del Tribunal Supremo Sushila Karki asumió el mando interino para conducir unas elecciones anticipadas que, en condiciones normales, no tendrían que haberse celebrado hasta diciembre de 2027. Nepal se vio obligado a correr.

El peso del voto joven fue decisivo desde antes de que abrieran los colegios. Había casi 19 millones de electores convocados y alrededor de un millón de nuevos votantes, la mayoría jóvenes, se sumaron al censo después de aquellas protestas. Esa incorporación no explica por sí sola el terremoto, pero sí ayuda a entender su tamaño. La revuelta no se quedó en una descarga callejera. Encontró una traducción electoral. El sistema que muchos jóvenes decían no sentir suyo se convirtió, paradójicamente, en el instrumento para castigar a quienes lo manejaban.

En el fondo, el voto a Balen condensó varias frustraciones a la vez. Desempleo juvenil, sueldos bajos, emigración obligada, corrupción endémica, un Estado lento, partidos llenos de caras conocidas y una democracia que, para muchísima gente, llevaba años sin entregar resultados tangibles. En un país donde alrededor del 20% de la población vive en la pobreza y donde millones de personas buscan trabajo fuera, la promesa de limpieza política no sonaba abstracta. Sonaba práctica. Sonaba urgente. De ahí la dimensión del castigo.

Lo difícil empieza después de la victoria

La parte épica ya está hecha. La parte ingrata empieza ahora. Nepal sigue siendo un país de 30 millones de habitantes, encajado entre India y China, con una economía débil, una dependencia fortísima de las remesas, una burocracia que muchos consideran corroída y un historial de inestabilidad que convierte cada luna de miel electoral en una prueba de resistencia. El Banco Mundial venía advirtiendo de que el crecimiento podía frenarse hasta el 2,1% en el ejercicio 2025-2026 a causa de la inestabilidad política y de la incertidumbre abierta tras los disturbios. No es el escenario ideal para entrar en el Gobierno con un mandato de cambio tan alto.

La política exterior tampoco será un asunto menor. India concentra dos tercios del comercio internacional de Nepal, mientras China ronda el 14% y suma además peso financiero y estratégico. Cualquier primer ministro en Katmandú debe moverse entre esos dos gigantes con una combinación muy delicada de pragmatismo y equilibrio. Balen Shah llega con imagen de ruptura interna, pero el puesto le obligará a manejar una coreografía exterior muchísimo más sobria. Gobernar Nepal no es solo ordenar la casa; es hacerlo sin perder pie entre dos vecinos que condicionan casi todo.

Luego está el tamaño de sus promesas. El RSP ha hablado de crear 1,2 millones de empleos, reducir la migración forzada, elevar la renta per cápita desde 1.447 dólares hasta 3.000, llevar el PIB hasta 100.000 millones y extender coberturas sociales como el seguro sanitario. Son objetivos pensados para activar esperanza, claro, pero también son metas que exigirán una capacidad administrativa enorme. Y ahí aparece el gran interrogante, sin necesidad de formularlo en voz alta: si el sistema viejo sigue siendo el mismo por dentro, cuánto podrá cambiar realmente un liderazgo nuevo por fuera.

A eso se suma el problema clásico de los fenómenos políticos que nacen muy rápido. La expectativa es gigantesca. Quien ha sido votado como símbolo de una generación no dispone de demasiado margen para el error. Si se mueve despacio, decepciona. Si improvisa, se expone. Si pacta demasiado, parece ceder. Si rompe demasiado, puede bloquearse. Nepal no le ha regalado a Balen Shah un aterrizaje suave. Le ha dado un mandato inmenso y, al mismo tiempo, una montaña muy empinada. Esa es la paradoja de su victoria: cuanto más grande ha sido el triunfo, más estrecho será el pasillo para sostenerlo.

También habrá que ver cómo gestiona la convivencia con su propio partido. El RSP es una formación joven, con perfiles distintos, ambición acumulada y la presión de no repetir los vicios que acaba de denunciar en sus rivales. La organización ha demostrado eficacia electoral, pero gobernar exige otra textura: equipos sólidos, cuadros técnicos, disciplina parlamentaria y una administración capaz de ejecutar, no solo de agitar. La campaña ha sido un reloj; el Gobierno tendrá que ser un motor.

El país que sale de las urnas no es el mismo

Lo ocurrido en Nepal no es una anécdota exótica de política internacional, ni el simple capricho electoral de un país lejano. Es una mutación seria de poder. Un exrapero convertido en alcalde y después en candidato nacional ha derrotado a uno de los hombres más fuertes del sistema, ha puesto a su partido en posición dominante en el Parlamento y ha canalizado el enfado de una generación que llevaba meses pidiendo aire. Balen Shah no ha ganado porque Nepal quisiera un personaje llamativo. Ha ganado porque una mayoría identificó en él una herramienta útil para echar abajo una estructura que sentía agotada.

La cifra final de escaños aún debe completarse y el reparto proporcional cerrará los contornos exactos del nuevo mapa, pero el mensaje ya no se va a mover demasiado. Nepal ha votado contra el cansancio, contra la repetición de los mismos nombres, contra una política que parecía girar en círculo. La derrota de KP Sharma Oli, el hundimiento del CPN-UML, el golpe al Nepali Congress y la irrupción total del RSP forman parte del mismo cuadro. No son noticias separadas. Son piezas de una misma escena.

Queda, desde luego, la prueba decisiva: transformar esa victoria en un gobierno capaz de ordenar el país, crear empleo, rebajar la corrupción y no traicionar la energía que lo ha llevado hasta aquí. Eso todavía no está ganado. Pero la primera batalla, la del poder, la ha resuelto con una contundencia rarísima en Nepal. Y eso, por sí solo, ya coloca a Balen Shah en una categoría distinta: no la del outsider curioso, ni la del artista que dio el salto, sino la del dirigente que ha forzado al Himalaya político a moverse.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído