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¿Qué ha hecho Israel ya en su nueva ofensiva en Líbano?

La ofensiva israelí en Líbano golpea Beirut, el sur y la Bekaa con muertos, éxodo y claves para entender una escalada regional que se agrava.
La nueva ofensiva israelí en Líbano ha dejado de ser un simple cruce de fuego en la frontera y se ha convertido, en pocos días, en una campaña mucho más amplia, más profunda y más peligrosa. Israel ha bombardeado el sur del país, los suburbios meridionales de Beirut, zonas de la Bekaa y puntos dentro de la propia capital, ha golpeado la red financiera vinculada a Hizbulá y ha llevado a cabo incursiones aerotransportadas en el este libanés. El último balance disponible eleva a 11 los muertos en nuevos ataques en el sur de Líbano durante la jornada, mientras el conflicto sigue abriendo ondas expansivas en toda la región y deja, además, 32 heridos en Baréin por el impacto de un dron atribuido por Manama a Irán.
Lo que Israel ha hecho hasta ahora responde a una lógica de escalada ordenada, no improvisada. Primero volvió a castigar con fuerza los bastiones tradicionales de Hizbulá en el sur y en Dahiyeh, el cinturón chií de Beirut. Después ensanchó el frente hacia el valle de la Bekaa, atacó objetivos más sensibles en la capital, lanzó un mensaje directo a la estructura de mando y de financiación de la milicia y abrió la puerta a operaciones más arriesgadas cerca de la frontera siria. El resultado es un mapa de guerra mucho más ancho que el de los primeros compases del choque y un Líbano otra vez atrapado entre la presión militar israelí, la respuesta de Hizbulá y el pulso regional con Irán.
El dato más duro no está solo en la intensidad de los bombardeos, sino en el volumen de daño acumulado. Desde el 2 de marzo, cuando esta nueva fase arrancó de forma abierta, el Ministerio de Salud libanés ha ido elevando el balance hasta rozar los 400 muertos, con 83 menores y 42 mujeres entre las víctimas según el recuento difundido el domingo. A esa cifra se añaden cientos de heridos, barrios enteros vaciados y cientos de miles de desplazados en un país que ya venía exhausto por la crisis económica, el deterioro institucional y la guerra previa de 2024. La sensación en Beirut y en el sur no es la de un episodio breve. Es la de una guerra que ha vuelto a coger velocidad.
Del sur de Líbano a Beirut, así se abrió el nuevo frente
El arranque de esta ofensiva tiene fecha clara: 2 de marzo de 2026. Ese día Hizbulá lanzó proyectiles contra territorio israelí y presentó la acción como una represalia vinculada a la muerte del líder supremo iraní, Alí Jamenei, en medio del terremoto geopolítico que agitó la región en los días previos. Israel respondió de inmediato con una batería de ataques aéreos sobre el sur de Líbano, los suburbios del sur de Beirut y otros enclaves donde sitúa infraestructuras de Hizbulá. No fue una respuesta limitada ni simbólica. Fue el arranque visible de una campaña con objetivos militares, políticos y también psicológicos: demostrar que el coste sería muy superior al de una réplica fronteriza clásica.
Desde esas primeras horas, el mensaje israelí fue mucho más ambicioso que el de neutralizar lanzaderas o frenar cohetes. El Gobierno de Benjamin Netanyahu y el ministro de Defensa, Israel Katz, elevaron el tono y dejaron claro que consideraban responsable al conjunto del Estado libanés si no contenía a Hizbulá. Esa idea, vieja y explosiva a la vez, reaparece ahora con toda su carga: Israel no quiere separar del todo a la milicia del país en el que opera, porque esa confusión aumenta la presión sobre Beirut y multiplica la disuasión. El problema es evidente. Cuando se borra esa frontera, el castigo se vuelve más ancho y la población civil paga un precio mucho mayor.
La reacción institucional en Líbano añadió otra capa de tensión. El Ejecutivo libanés insistió en que la decisión de guerra y paz corresponde al Estado y anunció medidas para prohibir actividades militares de Hizbulá, una declaración importante sobre el papel, pero mucho más difícil de materializar en el terreno. Hizbulá no es solo una milicia armada; es también una estructura política, social, logística y financiera con presencia territorial y capacidad de movilización muy superiores a las de cualquier otro actor interno. Ahí está una de las claves de esta crisis: Israel presiona a un Estado débil para que haga algo que ese Estado no ha logrado hacer en años.
Dahiyeh volvió a ser sinónimo de humo
Uno de los escenarios centrales de la ofensiva ha sido Dahiyeh, la gran periferia sur de Beirut y principal bastión político y social de Hizbulá en la capital. Israel ha vuelto a bombardear esa zona con una intensidad que no se veía desde la guerra de 2024, acompañando los ataques con avisos de evacuación y mensajes dirigidos a la población. Dahiyeh no es un barrio cualquiera ni un objetivo solamente táctico. Golpear allí significa atacar el corazón simbólico del movimiento chií, su espacio de influencia más reconocible, el lugar donde confluyen estructura militar, tejido civil y relato político.
Las imágenes salidas de Dahiyeh en esta última semana tienen una brutal familiaridad. Edificios abiertos en canal, coches quemados, calles cubiertas por una mezcla de polvo fino y cristales, familias que se mueven con bolsas improvisadas y vecinos que miran al cielo con esa expresión extraña de quien ya distingue el sonido de un dron del de un avión. El patrón de ataque sobre Dahiyeh muestra que Israel no se ha conformado con castigar plataformas militares aisladas, sino que quiere erosionar la profundidad urbana y organizativa de Hizbulá. En una guerra así, cada bloque derrumbado vale también como mensaje.
El sur volvió a quedar atrapado bajo fuego continuo
Mientras Beirut absorbía la atención internacional, el sur de Líbano siguió recibiendo la parte más constante del castigo. Localidades en torno a Tiro, Bint Jbeil, Juwayya, Tayr Dibba o Maarake han vuelto a aparecer en la secuencia diaria de bombardeos, con carreteras dañadas, viviendas destruidas y población desplazada. En la jornada más reciente, al menos 11 personas murieron en nuevos ataques israelíes sobre esa franja meridional, una cifra que confirma que el sur no ha perdido ni un gramo de centralidad estratégica. Ahí está la frontera, ahí están muchas posiciones históricas de Hizbulá y ahí se juega la primera línea de presión militar israelí.
El sur libanés no es solo un escenario de combates; es también el territorio donde la guerra se vuelve cotidiana y doméstica. La escena se repite una y otra vez: familias subiendo colchones a furgonetas, niños saliendo de pueblos a medio vaciar, carreteras colapsadas por coches cargados hasta el techo y casas cerradas a toda prisa. En teoría, muchos de esos desplazamientos son provisionales. En la práctica, cada nueva oleada de ataques alarga la incertidumbre y hace más difícil regresar, porque nadie sabe si la siguiente explosión caerá sobre la misma zona o sobre la ciudad a la que se ha huido.
La Bekaa dejó de ser retaguardia
Si hay una novedad militar que explica por qué esta ofensiva es distinta, esa está en la Bekaa. El valle oriental libanés, con fuerte presencia de Hizbulá y conexión estratégica hacia Siria, ha pasado de ser una retaguardia relativa a convertirse en un frente activo. Israel ha bombardeado esa región con dureza y ha llevado a cabo incursiones aerotransportadas muy poco habituales, rompiendo la idea de que la Bekaa quedaba fuera del foco principal de esta fase inicial. La señal es clara: la campaña no quiere quedarse pegada a la frontera sur.
Uno de los episodios más graves se produjo en torno a Nabi Chit, en el este del país. Allí, entre el viernes y el sábado, se registró una incursión aérea israelí seguida de bombardeos de enorme intensidad que dejaron 41 muertos según el balance libanés difundido después. No se trató de un golpe menor ni de una acción quirúrgica de corto alcance. La operación mostró capacidad de penetración, sorpresa y devastación, con grandes cráteres, vehículos alcanzados y daños extendidos en una zona que Hizbulá considera esencial para su red logística y territorial.
Israel vinculó esa operación a la búsqueda de restos del navegante israelí Ron Arad, desaparecido en Líbano en 1986, un nombre que pertenece a la memoria más honda y áspera del conflicto. Pero más allá de esa explicación, lo importante es lo que la maniobra revela sobre la lógica actual israelí: aprovechar inteligencia acumulada, abrir presión en espacios sensibles y demostrar que puede tocar suelo cuando le interesa, no solo castigar desde el aire. Esa combinación de bombardeo profundo e incursión limitada multiplica la sensación de vulnerabilidad dentro de Líbano y obliga a Hizbulá a repartir más recursos defensivos.
Los helicópteros en el este encendieron otra alarma
La Bekaa volvió a tensarse durante la noche del domingo al lunes, cuando Hizbulá aseguró que sus combatientes se habían enfrentado con fuerzas israelíes tras una nueva incursión aérea en el este del país, cerca de la frontera siria. Según el relato de la organización, unos 15 helicópteros participaron en la operación y parte de las tropas habría entrado desde el lado sirio antes de chocar con milicianos sobre el terreno. Israel no confirmó de inmediato todos esos detalles, pero el episodio ha reforzado una impresión que en Beirut ya se ha instalado: la ofensiva puede combinar ataques aéreos masivos con acciones puntuales de comando.
Ese tipo de operación importa mucho más de lo que parece a simple vista. No solo por su valor militar, sino por el efecto que produce sobre la narrativa del conflicto. Cuando un Ejército demuestra que puede entrar, golpear y salir en espacios alejados del frente clásico, introduce una inseguridad nueva. El mapa deja de ser lineal. Ya no hay un “aquí” y un “allí” bien delimitados. Todo el país entra en el radio mental de la guerra, y eso afecta tanto a la población civil como a la cadena de decisiones de Hizbulá y del propio Estado libanés.
Los golpes sobre Beirut cambiaron el tono de la guerra
La ofensiva dio otro salto delicado cuando Israel golpeó dentro de Beirut, no ya en los suburbios del sur, sino en una zona mucho más céntrica y simbólica de la capital. El domingo, un ataque con dron alcanzó un edificio hotelero en Raouche, junto a la cornisa de Beirut, un área conocida, abierta al mar y muy alejada del paisaje de “frente” que suele asociarse a la guerra. Líbano informó de cuatro muertos y alrededor de una decena de heridos, entre ellos menores, en una acción que dejó una imagen especialmente dura: familias desplazadas que habían buscado refugio en la capital y acabaron alcanzadas en el lugar al que habían huido.
Israel presentó ese ataque como un golpe contra cinco mandos del llamado Cuerpo del Líbano de la Fuerza Quds iraní, vinculados, según su versión, a tareas de inteligencia y finanzas. Ese matiz importa porque muestra hacia dónde está apuntando también la campaña: no solo contra lanzaderas y almacenes, sino contra los enlaces regionales entre Hizbulá e Irán, y contra quienes sostienen el músculo organizativo del eje chií en suelo libanés. Raouche, en ese sentido, no fue solo un blanco geográfico. Fue una declaración.
Casi al mismo tiempo, Israel abrió presión sobre otro nervio mucho menos visible y quizá igual de decisivo: el dinero. En los últimos días ha golpeado o amenazado con golpear sedes de Al-Qard Al-Hassan, la institución financiera asociada a Hizbulá que funciona como una red de crédito, apoyo y circulación de fondos dentro de su ecosistema. Tocar esa estructura no derriba un barrio en una tarde, pero debilita la capacidad del grupo para pagar, compensar, movilizar y reconstruir. En otras palabras, Israel está intentando dañar a Hizbulá no solo en el campo militar, sino en su arquitectura de supervivencia.
Qué busca Israel y qué margen tiene Hizbulá
La secuencia de ataques dibuja cuatro objetivos bastante nítidos por parte de Israel. El primero es reducir la capacidad militar inmediata de Hizbulá en el sur del país y evitar nuevos lanzamientos de proyectiles hacia territorio israelí. El segundo es erosionar su estructura de mando y su vínculo operativo con Irán, algo visible en los ataques sobre mandos y en las advertencias dirigidas a representantes iraníes en Líbano. El tercero es debilitar su red financiera y logística, un aspecto clave en cualquier organización armada de largo recorrido. Y el cuarto, quizá el más político, es forzar al Estado libanés a demostrar que puede contener a Hizbulá, algo que hasta ahora sigue estando lejos de la realidad.
Benjamin Netanyahu ha advertido de “repercusiones desastrosas” para Líbano si no se actúa contra la milicia, mientras Israel Katz ha endurecido el mensaje hasta el punto de sugerir que todo el país pagará el precio si Hizbulá no es desarmado. Esa presión tiene una intención clara: trasladar a Beirut parte del coste de la continuidad militar de Hizbulá. Pero también encierra una contradicción difícil de resolver. Cuanto más se castiga al Estado y a la sociedad libanesa, más difícil resulta que ese mismo Estado reúna fuerza política y capacidad material para imponer una solución interna.
Hizbulá, por su parte, intenta sostener dos cosas a la vez. Primero, que mantiene capacidad de respuesta y presencia militar pese al castigo. Segundo, que sigue siendo un actor imprescindible dentro del equilibrio libanés y del eje regional alineado con Irán. El problema es que la nueva ofensiva le obliga a dispersar recursos, proteger más frentes, blindar cuadros y encajar golpes sobre zonas donde su tejido social también es vulnerable. Israel afirma haber matado ya a unos 200 milicianos, aunque la organización no ha difundido una cifra propia de bajas. Además, el propio Ejército israelí ha reconocido la muerte de dos de sus soldados en el sur de Líbano, primeras bajas militares israelíes de esta fase, lo que indica que el choque ya no es solo aéreo y a distancia.
El gran límite de Hizbulá no es únicamente militar; es también político. Líbano atraviesa una fragilidad extrema y la idea de arrastrar al país entero a otra guerra abierta genera desgaste incluso en sectores que han respaldado a la organización en otras etapas. La milicia necesita mostrarse activa sin aparecer como responsable única del hundimiento del país, una ecuación endiablada cuando la destrucción se multiplica y el Gobierno intenta, al menos formalmente, marcar distancias. En esa grieta se está moviendo toda esta crisis.
El precio humano ya se nota en cada barrio
La cifra acumulada de muertos resume solo una parte del daño. El recuento oficial libanés llegó el domingo a 394 fallecidos desde el 2 de marzo, con 83 niños y 42 mujeres entre las víctimas. Son números que hablan por sí solos y que, además, probablemente no agotan todo el impacto real mientras siguen las tareas de rescate, identificación y actualización de balances en diferentes zonas. A eso hay que sumar centenares de heridos, hospitales presionados, escuelas alteradas, carreteras dañadas y una cadena de desplazamientos internos que cada día cambia de forma.
Los desplazados son ya una de las caras centrales de la ofensiva. No se trata solo de vecinos del sur que han huido hacia Beirut. También hay familias que han salido de Dahiyeh, otras que han intentado refugiarse en el centro de la capital y algunas que han terminado moviéndose por segunda vez después de que un punto teóricamente más seguro dejara de serlo. La guerra ha roto la geografía básica de la seguridad, y eso en un país pequeño como Líbano se nota enseguida: hoteles convertidos en refugio, casas de familiares saturadas, alquileres tensionados y una sensación extendida de provisionalidad permanente.
En las zonas bombardeadas, el daño material arrastra una consecuencia más lenta y menos visible que la propia explosión. Cuando cae un misil no solo se derrumba una pared. Se corta una rutina, se interrumpe una red de cuidados, se desordena el trabajo, se paraliza un comercio, se complica un tratamiento médico, se vacía una escuela. En el sur y en la Bekaa, donde muchas economías locales ya se movían al límite, cada ataque prolonga una precariedad anterior. Líbano no entra en esta guerra desde una base sólida. Entra desde el agotamiento.
El hilo regional que agranda la crisis
La nueva ofensiva no puede leerse solo como un capítulo bilateral entre Israel y Líbano, porque los nombres, las señales y los objetivos apuntan constantemente a Irán. Hizbulá vinculó el inicio de esta escalada a la muerte de Alí Jamenei. Israel ha justificado algunos de sus ataques en Beirut por la presencia o la actividad de mandos de la Fuerza Quds. También ha lanzado advertencias a representantes iraníes en suelo libanés y ha golpeado zonas cercanas a infraestructuras diplomáticas relacionadas con Teherán. El mensaje israelí es transparente: el frente libanés forma parte de una guerra regional más amplia.
La noticia de Baréin refuerza ese diagnóstico. Las autoridades bareiníes han informado de 32 heridos por el impacto de un dron en Sitra, cuatro de ellos en estado grave, y han atribuido el ataque a Irán. No es un episodio lateral ni decorativo. Es la prueba de que la tensión se está derramando por distintos puntos del mapa regional, desde el Mediterráneo oriental hasta el Golfo. Cuando eso ocurre, el riesgo de errores de cálculo, reacciones en cadena y ampliación del conflicto crece mucho más deprisa que las propias explicaciones oficiales.
Por eso la ofensiva israelí sobre Líbano ya no puede medirse solo por el número de incursiones o por la localización de los bombardeos. Hay que leerla como parte de un intento de reajustar a la fuerza el equilibrio regional, golpeando a Hizbulá dentro de Líbano, enviando señales a Teherán y demostrando capacidad de acción en varios teatros a la vez. La pregunta decisiva, aunque nadie la formule así en público, no es si la escalada existe. Eso ya está fuera de discusión. La pregunta es hasta dónde quiere empujar cada actor antes de que el margen para frenar se haga demasiado estrecho.
Marzo vuelve a medir la resistencia de Líbano
Lo que deja esta primera semana de ofensiva es una fotografía durísima y bastante nítida. Israel ha bombardeado el sur de Líbano, Dahiyeh, la Bekaa y áreas de Beirut, ha atacado la red financiera asociada a Hizbulá, ha elevado la presión sobre los enlaces iraníes y ha mostrado capacidad para combinar ataques aéreos masivos con incursiones de comandos en el este del país. Hizbulá ha intentado responder y sostener su presencia, pero encaja golpes cada vez más repartidos sobre su territorio, su estructura y su entorno político. Mientras tanto, el Estado libanés sigue atrapado entre la exigencia externa, la debilidad interna y el miedo a una fractura todavía mayor.
La noticia, a estas alturas, ya no es solo que haya vuelto la guerra a Líbano, sino la forma concreta en que ha vuelto. Más ancha, más móvil, más urbana y más conectada con el pulso regional. No estamos ante una secuencia rutinaria de frontera, sino ante una campaña que ha tocado barrios centrales de Beirut, ha abierto el frente oriental, ha perseguido dinero, mandos y corredores logísticos, y ha dejado a cientos de miles de personas mirando otra vez el mapa de su propio país como si fuera un tablero lleno de zonas inciertas. Ese es el punto exacto en el que está Líbano: bajo fuego, con casi 400 muertos en una semana y con la sensación de que marzo todavía puede ir a peor.

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