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¿Quién es Ghalibaf, la baza iraní que tantea EE UU?

Quién es Mohammad Bagher Ghalibaf y por qué su nombre pesa tanto en Irán mientras Washington lo observa como pieza clave de poder y contacto.
La noticia no es menor y tampoco admite maquillaje. Mohammad Bagher Ghalibaf, también citado en medios internacionales como Mohammad Baqer Qalibaf, ha pasado en cuestión de horas de ser una figura muy conocida dentro del régimen iraní a convertirse en un nombre central en la conversación internacional sobre el futuro de Irán. Según la información difundida en Estados Unidos y recogida por agencias internacionales, la Administración Trump estudia al actual presidente del Parlamento iraní como posible interlocutor e incluso como una figura con peso suficiente para desempeñar un papel mayor en la siguiente fase del conflicto. Él lo ha negado públicamente, pero el simple hecho de que su nombre haya salido con esa fuerza dice bastante sobre el momento iraní y sobre el tipo de perfil que Washington cree que aún puede tocar poder real en Teherán.
Lo primero que conviene despejar es una confusión bastante habitual cuando se habla de dirigentes iraníes con cara de gestor. Ghalibaf no es un moderado en el sentido europeo del término, ni un reformista, ni un tecnócrata caído del cielo. Es un hombre del aparato, formado en la guerra, curtido en la Guardia Revolucionaria, pasado por la jefatura policial, con doce años al frente de la alcaldía de Teherán, cuatro intentos presidenciales a la espalda y un historial político donde conviven pragmatismo táctico, mano dura y ambición. Que en Washington lo consideren “útil” no significa que lo vean amable; significa algo bastante más frío: que lo ven operativo.
El nombre que ha aparecido en mitad de la guerra
El contexto explica casi todo. Desde el 28 de febrero de 2026, cuando empezó la guerra abierta y una cadena de ataques alteró por completo la cúpula iraní, la pregunta sobre quién manda de verdad en Teherán se ha vuelto bastante más delicada de lo habitual. Distintas informaciones internacionales sitúan a Ghalibaf entre las figuras que más han crecido en ese vacío, hasta el punto de colocarlo como posible canal de contacto con Estados Unidos mientras la estructura de mando iraní intenta recomponerse bajo presión militar, diplomática y económica. Donald Trump aseguró que había conversaciones “productivas”, habló de un alto dirigente iraní y llegó a aplazar durante cinco días un plan para golpear la red eléctrica iraní; poco después, la pista de ese interlocutor condujo a Ghalibaf.
La respuesta oficial iraní fue la prevista en un momento así: negación pública y desafío. Ghalibaf escribió que no había habido ninguna negociación con Estados Unidos y sostuvo que esas informaciones buscaban manipular los mercados financieros y petroleros. A la vez, la propia escena regional sugería que algo se movía por debajo de la mesa: mensajes indirectos, mediadores, capitales interpuestas y el factor decisivo del estrecho de Ormuz, que Irán mantenía cerrado mientras Washington exigía su reapertura. No es raro que en Oriente Próximo la política real se parezca más a un pasillo con muchas puertas cerradas que a una rueda de prensa. Lo importante aquí es otra cosa: cuando la Casa Blanca busca un iraní con el que hablar, Ghalibaf aparece en la terna de los nombres plausibles.
Eso ocurre además en un momento especialmente turbio dentro del poder iraní. Varias crónicas recientes sitúan a Mojtaba Khamenei, sucesor de su padre tras la muerte del ayatolá Ali Khamenei en un ataque israelí, como nuevo líder supremo formal, pero subrayan al mismo tiempo las dudas sobre su visibilidad y su capacidad real de mando en plena guerra. En ese paisaje, los cargos que combinan institución, aparato y lealtades cruzadas pesan más que los títulos solemnes. Ghalibaf tiene justo eso: una silla institucional fuerte, un pasado militar nada menor y un largo historial de alianzas con el núcleo conservador.
Un producto puro del sistema iraní
Para entender de verdad a Ghalibaf hay que volver al origen. Nació en 1961 en Torqabeh, en la provincia nororiental de Razavi Khorasan, en una familia sin pedigrí clerical; su padre era comerciante, no miembro del estamento religioso que tomó el poder tras la revolución de 1979. Ese detalle importa. En la República Islámica existen varias vías hacia arriba: la clerical, la tecnocrática, la de seguridad y la militar. La suya fue, desde muy joven, la de la guerra y el aparato revolucionario. Como muchos hombres de su generación, entró en las estructuras paramilitares y después en la Guardia Revolucionaria durante la guerra entre Irán e Irak, el gran horno político de la élite actual.
A partir de ahí su carrera fue casi un manual del ascenso interno en el régimen. Tras la guerra pasó por Khatam al-Anbia, el gigantesco brazo de construcción de la Guardia, un espacio clave porque en Irán la obra pública, la seguridad y la economía estatal suelen caminar agarradas del brazo. Más tarde, ya formado como piloto, dirigió la fuerza aérea de la Guardia Revolucionaria. Es decir, no fue un político civil que luego se adornó con galones; fue al revés. Primero uniforme, luego despacho. En Irán eso sigue dando una legitimidad muy especial dentro del campo conservador.
De la guerra con Irak a la jefatura policial
Su salto a la primera línea política llegó ligado a la represión. En 1999, durante las protestas estudiantiles de Teherán desatadas por el cierre de un diario reformista y por la posterior actuación de las fuerzas de seguridad, Ghalibaf figuró entre los mandos de la Guardia que firmaron una carta al entonces presidente reformista Mohammad Khatami. El mensaje era nítido, casi sin cortinas: si el Gobierno no sofocaba las protestas, la Guardia lo haría por su cuenta. Aquello dejó una marca duradera en su perfil. Para el establishment era la prueba de que sabía actuar cuando el sistema se sentía amenazado. Para reformistas y activistas, fue una tarjeta de presentación mucho más oscura.
Poco después, Khamenei lo nombró jefe de la Policía nacional. Permaneció en ese cargo entre 2000 y 2005 y allí cultivó una imagen dual que le acompaña hasta hoy. Por un lado, fue presentado como un mando que modernizó la fuerza, entre otras cosas con la implantación del número de emergencias 110. Por otro, su nombre siguió vinculado a la respuesta dura frente a la disidencia. Una grabación filtrada lo mostraba jactándose de haber ordenado disparar contra manifestantes en 2003 y de haber respaldado la violencia contra la Green Movement de 2009. Ya entonces estaba claro qué tipo de dirigente era: eficiente para unos, intimidante para otros, siempre muy poco sentimental.
Cómo construyó poder en Teherán
En 2005 dejó la carrera militar para probar fortuna en las presidenciales. No ganó, pero esa derrota fue menos un final que una maniobra de colocación. Ese mismo año pasó a la alcaldía de Teherán, cargo que ocupó hasta 2017, y desde allí trabajó a fondo una imagen de gestor capaz, de hombre que arregla cosas, mueve hormigón, hace obras, amplía transporte público y se expresa con la seguridad de quien quiere parecer más gerente que ideólogo. Durante esos años logró algo que pocos halcones iraníes consiguen sin levantar demasiadas cejas internas: proyectarse como duro pero administrable, uno de esos perfiles que en la jerga internacional suelen llamarse pragmáticos, aunque el adjetivo a veces tape bastantes aristas.
Su balance como alcalde tuvo dos caras bastante visibles. Se le atribuye un papel importante en la mejora del transporte público y en la gestión de la grave crisis de infraestructuras de la capital. Pero ese relato de gestor también sufrió golpes severos. La caótica movilidad de Teherán siguió siendo un problema crónico, su popularidad se resintió tras el colapso del edificio Plasco en 2017, donde murieron 50 bomberos, y su etapa municipal quedó rodeada de sospechas sobre adjudicaciones y manejo de fondos. También han pesado sobre él acusaciones concretas de uso irregular de recursos y donaciones a una fundación dirigida por su esposa. En Irán, donde la economía del régimen es una telaraña de favores, fundaciones y poder parapúblico, ese tipo de manchas no destruyen carreras; más bien se integran en ellas.
El alcalde que quiso parecer gestor
Esa etapa municipal explica una parte importante de su magnetismo político. Ghalibaf intentó venderse durante años como una alternativa al conservadurismo tosco de Mahmud Ahmadineyad. No rompía con el sistema, ni de lejos, pero sugería otra estética del poder: menos grito ideológico, más eficacia; menos consigna, más gerencia. En entrevistas a medios extranjeros llegó a deslizar un mensaje poco habitual en un halcón iraní, el de que Occidente debía cambiar su actitud hacia Irán y confiar en que había dentro del país una disposición a avanzar por la vía del diálogo. No era una conversión liberal; era otra cosa, más calculada. Quería ser el duro con el que se puede hablar. Y esa marca, dos décadas después, vuelve a servirle.
Tampoco escondió nunca del todo su carácter autoritario. En una entrevista de 2008 recordó, en esencia, que si la sociedad adopta una dirección colectiva, él es partidario de ejecutarla con firmeza y muy poca flexibilidad. La frase encaja como un guante con su carrera. Ghalibaf es un dirigente de disciplina vertical, no de pluralismo. Por eso resulta tan engañoso llamarlo moderado. En realidad, lo que muchos observadores leen como pragmatismo es su capacidad para usar lenguaje de gestión sin renunciar a la lógica central del régimen: orden, obediencia y supervivencia del sistema.
Sus derrotas presidenciales y el vínculo con Mojtaba Khamenei
Su ambición presidencial ha sido persistente, casi obstinada. Se presentó en 2005, volvió a intentarlo en 2013, se retiró en 2017 para no dividir el voto duro y regresó en 2024, después de la muerte de Ebrahim Raisi en un accidente de helicóptero. No logró llegar a la Presidencia en ninguna de esas ocasiones. En las últimas presidenciales quedó fuera de la segunda vuelta que enfrentó a Masoud Pezeshkian con Saeed Jalili, una señal de que su peso dentro del aparato no siempre se traduce en entusiasmo popular o en consenso total entre las distintas familias conservadoras. Aun así, mantenerse tantos años en la carrera sin desaparecer ya dice mucho sobre su resistencia política.
Desde 2020 preside el Parlamento iraní, el Majlis, y fue reelegido en mayo de 2024 con 198 votos de 287 diputados. El dato es útil porque refleja dos cosas a la vez. La primera: conserva una base muy sólida en las estructuras formales del sistema. La segunda: el Parlamento iraní, sobre todo en los últimos años, está cada vez más dominado por corrientes conservadoras y leales al centro del poder. No es un hemiciclo occidental donde la presidencia de la cámara se juegue en terreno abierto, sino una institución filtrada, disciplinada y muy condicionada por el equilibrio interno del régimen. Que Ghalibaf lo dirija significa algo más que ocupar un cargo protocolario. Significa que es parte de la sala de máquinas.
Ese peso se multiplica por su relación con Mojtaba Khamenei. Diversas informaciones recuerdan que el hijo del anterior líder supremo respaldó durante años sus campañas presidenciales fallidas y que cables diplomáticos publicados por WikiLeaks lo describían como el “espinazo” de esas candidaturas, ayudándolo como asesor, financiador y apoyo político de alto nivel. En el Irán actual, donde las redes personales importan tanto o más que los cargos, esa proximidad es crucial. No convierte a Ghalibaf en heredero automático de nada, pero sí en un dirigente con acceso y protección dentro del núcleo duro. Y en una coyuntura con tantas bajas, esa cercanía pesa todavía más.
Por qué Washington mira a Ghalibaf justo ahora
La gran pregunta no es solo quién es, sino por qué aparece él y no otro en este momento. La respuesta más corta sería: porque combina credenciales militares, poder institucional y capacidad para hablar con varias familias del régimen. En el Irán de 2026, golpeado por la guerra y por la desaparición de figuras clave de su cúpula, ese tipo de perfil vale oro. Varias informaciones han explicado que Ghalibaf ha ido ganando centralidad a medida que los ataques reducían el número de dirigentes con autoridad y peso operativo. No es el único actor relevante, desde luego, pero sí uno de los pocos que pueden mirar a la vez hacia la Guardia Revolucionaria, el Parlamento, la presidencia y el círculo de Mojtaba Khamenei.
Washington, además, no parece buscar un rostro bonito para vender un relato, sino una figura trabajable. La información publicada en Estados Unidos señala que dentro de la Casa Blanca hay quienes lo consideran un socio posible y hasta un líder futuro en caso de una nueva fase del conflicto. Traducido al castellano llano: creen que es un hombre con el que quizá se pueda negociar algo sin que lo fulminen al minuto siguiente dentro de Teherán. Y eso, en el esquema iraní, ya es muchísimo. Los exiliados ruidosos pueden sonar bien en televisión; otra cosa es quién tiene teléfono, obediencias y resortes dentro de la República Islámica.
Interlocutor útil, no figura moderada
Ahí está también la trampa. Que Estados Unidos lo vea como interlocutor útil no significa que Ghalibaf vaya a pilotar una apertura política, ni una democratización, ni una rectificación histórica. Todo lo contrario: su valor para Washington nace precisamente de que es creíble para el núcleo duro iraní. Conoce el idioma del régimen porque es el suyo. Ha defendido posiciones muy agresivas frente a Israel, ha elogiado la violencia de actores aliados y sigue siendo un referente del campo conservador más robusto. Como presidente del Parlamento elogió el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 con palabras de máxima hostilidad hacia el “régimen sionista”. Eso no es un pie de página. Es parte de su identidad política.
También por eso su eventual utilidad tiene un límite evidente. Ghalibaf puede servir como bisagra dentro del sistema, no como demolición del sistema. Su margen consiste en ordenar una transición interna, participar en contactos indirectos o aportar un mando civil-militar relativamente compacto. Lo que no sugiere su trayectoria es una ruptura con la lógica fundamental de la República Islámica. Si llega más arriba, no sería para desarmar el engranaje, sino para mantenerlo funcionando en una versión adaptada a una crisis extrema. Washington lo sabe. Teherán también.
Las sombras que arrastra
El retrato quedaría falseado si se dejara fuera lo más incómodo. Ghalibaf arrastra una larga sombra represiva. Su nombre aparece ligado a la carta de los mandos de 1999 contra las protestas estudiantiles, a las acusaciones de haber participado en la represión de movilizaciones posteriores y a un modo de entender el Estado donde la protesta se trata como un problema de seguridad, no como un conflicto político. En la memoria de muchos iraníes no está solo el dirigente con casco institucional; está también el hombre que simboliza una forma muy conocida del poder iraní: orden primero, derechos después, y si hace falta nunca.
A eso se suma la corrupción, un capítulo imposible de separar de su carrera. También se ha aludido a su supuesta implicación en un caso de corrupción de 2016 durante su etapa como alcalde. Las sospechas siguieron circulando durante sus años en el Ayuntamiento y una fundación vinculada a su esposa recibió millones de dólares en donaciones. El problema para él no es solo jurídico, porque muchas de esas acusaciones nunca han tenido un recorrido limpio en un sistema poco dado a la transparencia. El problema es político: esa acumulación de escándalos alimenta la idea de que la élite iraní, incluso cuando agita banderas de sacrificio nacional, vive bastante mejor que el país que dice proteger.
Curiosamente, esas sombras no lo anulan como posible hombre de poder; casi lo refuerzan. En sistemas cerrados, la supervivencia a tantos episodios suele indicar una combinación de protección interna, utilidad y capacidad de maniobra. Ghalibaf no es un dirigente impecable al que el régimen tolera; es un dirigente discutido al que el régimen sigue necesitando. Esa diferencia importa. Explica por qué ha perdido elecciones, ha acumulado desgaste y, aun así, sigue sentado en uno de los despachos más poderosos del país.
El margen real de Ghalibaf en el Irán de 2026
Conviene no exagerar su omnipotencia. Irán no funciona como una república presidencial clásica ni como una dictadura personal simple. Es un entramado de clérigos, Guardia Revolucionaria, servicios de seguridad, fundaciones económicas, presidencia, judicatura, Consejo de Guardianes y redes personales. En ese ecosistema nadie controla todo sin negociar con varios centros de poder a la vez. Ghalibaf tiene peso, sí, pero también rivales, límites y un problema de legitimidad popular que no desaparece por salir en los titulares de Washington. Su fortaleza reside sobre todo en ser aceptable para el sistema, no en encarnar un consenso social amplio.
Además, el propio hecho de que su nombre se filtre como posible contacto con Estados Unidos puede volverse contra él dentro de Irán. Medios próximos a la Guardia han descrito esas informaciones como una “bomba política” destinada a sembrar división y presentar una imagen no unificada del poder iraní. Esa reacción revela un temor clásico del régimen: que una figura interna sea retratada desde fuera como el hombre con el que Occidente quiere hacer negocios. En Teherán, a veces un guiño desde Washington vale menos como aval que como sospecha. Por eso sus desmentidos han sido tan duros. Y por eso su margen, si de verdad existe una interlocución, exige moverse casi en la penumbra.
Con todo, sigue teniendo algo que otros no tienen. No es un diplomático puro como Abbas Araqchi, no es un presidente relativamente moderado como Masoud Pezeshkian, no es solo un mando militar, no es solo un protegido clerical. Es una mezcla. Y en medio de una guerra, de una sucesión convulsa y de una arquitectura estatal herida, las mezclas pesan más que los perfiles puros. Puede hablar el idioma de los uniformes sin dejar de sentarse al frente de una institución civil. Puede parecer aceptable para el ala dura sin resultar completamente inútil en un canal indirecto con Estados Unidos. Es un equilibrio incómodo, sí. Precisamente por eso interesa.
La pieza que mejor encaja en el tablero roto
Al final, el perfil de Ghalibaf explica bastante bien el momento de Irán y también el tipo de cálculo que se hace fuera del país. No ha emergido porque represente una esperanza blanca ni una rectificación del régimen. Ha emergido porque, en una estructura dañada por la guerra y por la pérdida de dirigentes clave, parece uno de los pocos nombres capaces de mantener cosido el aparato, hablar con sus facciones y proyectar mando. Esa es su fuerza. Y también su límite. Todo en él remite a la continuidad del sistema, aunque sea una continuidad remendada, áspera, menos clerical y más pegada al músculo del Estado profundo.
Por eso la mejor manera de definirlo no es como moderado ni como sucesor natural, sino como un superviviente del régimen convertido en pieza central de una hora crítica. Ha sido soldado, general, jefe policial, alcalde, candidato presidencial y presidente del Parlamento. Ha sabido caer sin desaparecer y volver sin desentonar. Arrastra un expediente duro, manchas de corrupción y un pasado represivo, pero al mismo tiempo conserva lo que en la República Islámica sigue valiendo más que casi todo: utilidad política real. Que Washington lo mire no garantiza nada. Lo que sí deja claro es que, cuando busca una puerta de entrada en Teherán, termina mirando a quien ya conoce cada pasillo del edificio.

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