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¿Puede Israel ocupar el sur de Líbano hasta Litani?

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Israel ocupa el sur de Líbano

Israel amenaza con fijar su control hasta el Litani y reabrir la herida del sur de Líbano: ocupación, guerra y un mapa que vuelve a romperse

Israel ha dado un paso más, y no precisamente pequeño. El ministro de Defensa, Israel Katz, afirmó este 24 de marzo que el Ejército israelí controlará los puentes restantes sobre el río Litani y mantendrá la zona de seguridad del sur del Líbano hasta ese cauce. Traducido del lenguaje militar al idioma real: Israel no está hablando solo de castigar posiciones de Hizbulá ni de hacer incursiones puntuales, sino de mandar sobre una franja entera del territorio libanés, decidir qué rutas siguen vivas, cuáles quedan cortadas y qué parte del sur puede seguir funcionando como un espacio civil normal. La respuesta breve es bastante clara. Sí puede hacerlo por la fuerza, al menos durante un tiempo, porque tiene superioridad aérea, capacidad de fuego y medios para sostener una presencia militar. No puede hacerlo sin un choque frontal con el derecho internacional, con la soberanía libanesa y con el marco que la ONU fijó tras la guerra de 2006. Y, por encima de todo, no puede hacerlo sin cambiar por completo la naturaleza del conflicto.

Eso es lo realmente importante. El Litani no es una referencia menor ni una línea caprichosa en el mapa. Es el gran umbral estratégico del sur del Líbano, el punto a partir del cual durante años se ha intentado separar la frontera israelí de la infraestructura militar de Hizbulá. Cuando Katz habla de los puentes y de una zona de seguridad hasta el río, está describiendo una frontera de facto, una especie de cinturón militar impuesto desde fuera. Ahí cambian varias cosas a la vez: las comunicaciones internas del Líbano, la llegada de ayuda, el regreso de desplazados, la libertad de movimiento del Ejército libanés, la capacidad operativa de Hizbulá y el discurso político israelí, que ya no suena solo a “neutralizar amenazas”, sino también a redibujar el terreno. Y eso, en Oriente Próximo, nunca es un matiz.

No es una operación táctica más

Lo primero que conviene limpiar es el humo oficial. Israel presenta esta ofensiva como una respuesta de seguridad frente a una organización armada que ha disparado desde territorio libanés y que, según el Gobierno de Benjamin Netanyahu, ha usado infraestructuras, carreteras y pueblos del sur para mover combatientes, armas y lanzaderas. Esa parte forma parte del relato israelí desde hace años, pero lo que se ha acelerado en marzo de 2026 va bastante más allá. La destrucción de puentes sobre el Litani, la presión sobre las aldeas de primera línea, los ataques sobre viviendas y el lenguaje cada vez más abierto sobre una “zona de seguridad” recuerdan menos a una represalia clásica y más a una operación de vaciamiento y control territorial. No es solo golpear. Es preparar el terreno para que otro mande.

El propio Katz ha venido marcando ese tono con bastante crudeza. Antes ya había advertido de que Líbano podía sufrir daño en infraestructuras e incluso pérdida de territorio si el Estado libanés no desarmaba a Hizbulá. Ahora ya no se limita a la amenaza. Ya está describiendo un escenario donde Israel controla puentes, rompe conexiones y se instala al sur del Litani. A su alrededor, además, el clima político israelí se ha endurecido todavía más. Bezalel Smotrich, ministro de Finanzas y una de las voces más duras del gabinete, llegó a defender que la nueva frontera israelí debía ser el Litani. No es una posición formal del Estado israelí, pero tampoco es una excentricidad lanzada desde la grada. Sale desde dentro del Gobierno y empuja la discusión hacia un terreno peligrosísimo: pasar de la lógica de la disuasión a la lógica de la anexión verbal, aunque todavía no se formule como tal en documentos oficiales.

Esa escalada verbal no cae del cielo. Llega en mitad de una guerra regional mucho más amplia, con el frente iraní de fondo y con Hizbulá implicado desde el 2 de marzo, cuando se incorporó abiertamente al conflicto con ataques contra Israel. A partir de ahí, la respuesta israelí se ha ido ampliando: golpes sobre el sur del Líbano, ataques en Beirut, presión sobre la infraestructura, operaciones terrestres más agresivas y un mensaje insistente de que el norte de Israel no volverá al esquema anterior. En las últimas semanas, el sur libanés ha dejado de ser una simple frontera tensa para convertirse en un teatro de guerra pleno, con más de 1.000 muertos y más de un millón de desplazados, según las cifras difundidas por las autoridades libanesas. Ese dato importa porque explica la magnitud del cambio: no se trata de un episodio fronterizo. Es una campaña militar que está rehaciendo el mapa humano del sur del país.

El Litani deja de ser un río y vuelve a ser una frontera

Controlar hasta el Litani no significa plantar una bandera y sacar una foto. Significa dominar los accesos, vigilar carreteras, impedir que el enemigo se mueva con libertad, seleccionar los puntos de paso y hacer del río una barrera militar efectiva. En la práctica, Israel busca que Hizbulá no pueda operar al sur de ese eje con capacidad organizada, y que cualquier infiltración o reaparición quede expuesta a un fuego inmediato. Para el mando israelí, eso añade profundidad táctica: aleja los puntos de lanzamiento, complica la observación hostil sobre las localidades del norte de Israel y da margen para detectar movimientos antes de que lleguen a la propia frontera. No es una muralla perfecta, claro. Los cohetes, los drones y los misiles no entienden de ríos como si fueran coches ante una aduana, pero sí cambia de forma notable el terreno para combatientes, depósitos, comunicaciones y pequeñas unidades.

Por eso los puentes son tan decisivos. Un puente no es solo hormigón: es abastecimiento, evacuación, comercio, ambulancias, transporte militar, combustible y comida. Si Israel destruye o controla los pasos sobre el Litani, el sur queda más aislado del resto del país y el Ejército libanés, los servicios de emergencia y la población civil dependen de rutas mucho más precarias. Ya se ha visto en áreas del sur donde el acceso a bienes básicos, agua, electricidad o gasóleo se ha vuelto cada vez más difícil. En pueblos como Rmeish, de mayoría cristiana y muy cerca de la línea de fuego, las autoridades locales han descrito un panorama áspero: convoyes escoltados, escasez y miedo a quedar completamente incomunicados si los pasos hacia el norte terminan cortados. Ahí aparece el verdadero efecto de esta estrategia. Israel no golpea solo un objetivo militar; remodela el territorio para que el sur funcione peor, se mueva menos y dependa de una lógica de guerra.

Cortar puentes, cortar un territorio

La imagen de los cinco puentes sobre el Litani “utilizados por Hizbulá”, como dijo Katz, resume bastante bien la jugada. Aunque Israel lo justifique como una medida para impedir el tránsito de combatientes y armamento, el efecto es mucho más ancho. Un territorio partido por sus propios cruces destruidos deja de ser un espacio continuo. Se convierte en fragmentos. Cada fragmento pierde capacidad de respirar por sí mismo, y esa asfixia afecta primero a los civiles. Por eso, cuando se habla de zona de seguridad, conviene no tragarse la expresión como si fuera neutra. Las zonas de seguridad se presentan siempre con una gramática impecable, casi clínica, pero sobre el terreno suelen significar casas demolidas, carreteras interrumpidas, vecinos fuera y soldados dentro. En Gaza ya se ha visto ese modelo. En el sur del Líbano, la idea empieza a parecerse demasiado.

El Litani, además, tiene una carga histórica enorme. Desde la guerra de 2006, todo el debate sobre la frontera norte de Israel y la presencia armada de Hizbulá gira alrededor de esa línea. Para Israel, empujar a Hizbulá al norte del río es la manera de alejar una amenaza persistente. Para la diplomacia internacional, el sur del Litani debía quedar bajo control del Estado libanés y de la FINUL, no de una milicia ni del Ejército israelí. Para una parte de la derecha israelí actual, en cambio, el Litani ya no es solo un límite de seguridad: es el sitio donde algunos querrían fijar una nueva realidad territorial. Ahí está la mutación de fondo. No es menor. El río deja de ser una referencia estratégica y empieza a convertirse en una ambición política.

Lo que permite la fuerza y lo que niega el derecho

Militarmente, Israel puede empujar, ocupar posiciones, mantener vigilancia y destruir infraestructura durante el tiempo que considere necesario. Eso no ofrece demasiada duda. La cuestión seria empieza cuando se pasa de la capacidad al derecho. Porque una cosa es entrar, otra quedarse y otra convertir la permanencia en un modelo de control. En términos jurídicos, si un Estado ejerce control efectivo sin consentimiento sobre territorio ajeno, entra en el terreno de la ocupación. Y ahí el vocabulario cambia mucho. Ya no basta con invocar defensa propia. Aparecen obligaciones específicas, límites más estrictos y una pregunta incómoda para Israel: si dice que solo está creando una franja defensiva, pero acaba decidiendo quién circula, quién vuelve y qué infraestructuras sobreviven, ¿de qué estamos hablando exactamente?

La respuesta corta es que se parecería bastante a una ocupación funcional, aunque el Gobierno israelí evitara esa palabra. Y eso choca con el marco que desde 2006 intentó ordenar el sur del Líbano. La resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU, aprobada tras la guerra de aquel verano, pedía un alto el fuego y fijaba un principio clave: el área entre la Blue Line y el río Litani debía quedar libre de personal armado, activos y armas distintos de los del Estado libanés y la FINUL. Dicho de manera simple: ni Hizbulá debería dominar militarmente esa franja ni Israel debería quedarse en ella. La lógica de la resolución era muy clara. Se trataba de sacar a las milicias del borde de la frontera y, al mismo tiempo, restablecer la soberanía libanesa, no sustituir una presencia armada por otra.

Israel replica que Líbano no ha cumplido, que Hizbulá ha mantenido capacidades en el sur durante años y que el Estado libanés ha sido incapaz de imponer un monopolio real de la fuerza. Ese argumento tiene base política y militar, porque la implementación de la 1701 ha sido incompleta durante mucho tiempo. Hizbulá siguió armado, fortificó posiciones y conservó capacidad de hostigar la frontera. Pero de ahí no sale una autorización automática para que Israel pase de los ataques puntuales a un dominio territorial prolongado. El derecho internacional no funciona con la lógica del “como el otro incumplió, yo me quedo”. Menos aún cuando por el camino se destruye infraestructura civil esencial y se amplía el sufrimiento de una población desplazada masivamente.

La resolución 1701 vuelve al centro

Por eso el anuncio de Katz tiene tanta carga. Reabre el gran expediente que nunca se cerró en el sur del Líbano. La 1701 no solo pedía el fin de las hostilidades; también exigía respeto por la soberanía libanesa, retirada israelí y una zona sur bajo presencia exclusiva del Ejército libanés y de la misión de la ONU. Esa arquitectura nunca funcionó del todo. Hizbulá encontró maneras de preservar poder, Israel siguió denunciando amenazas y la frontera nunca dejó de ser un lugar lleno de pólvora. Pero una cosa es que el esquema estuviera erosionado y otra que quede directamente sustituido por una franja de control israelí hasta el Litani. Si eso se consolida, la resolución 1701 queda políticamente triturada, aunque siga viva sobre el papel.

También hay un asunto de proporcionalidad y de protección de civiles. Israel sostiene que ciertos puentes, edificios o carreteras sirven a Hizbulá. El problema es que, incluso si existe un uso militar, el daño a civiles y a servicios esenciales no desaparece por arte de magia. Cuando un puente principal cae, no caen solo camionetas sospechosas. Caen las rutas de ambulancias, de suministro, de huida y de asistencia. Cuando se habla de demoler viviendas en aldeas de primera línea para crear profundidad defensiva, la discusión ya no es solo táctica. Ya entra en el terreno del castigo colectivo, la destrucción innecesaria y el riesgo de una crisis humanitaria de gran escala. El derecho de la guerra no prohíbe la fuerza; prohíbe convertirla en una ametralladora sin freno contra la vida civil.

Beirut intenta llegar a la mesa mientras Hizbulá resiste

La jugada israelí, además, se produce en un momento muy particular de debilidad y reordenación interna en Líbano. Joseph Aoun, presidente del país, y Nawaf Salam, primer ministro, han abierto un discurso inusual en Beirut: voluntad de negociar, de reforzar el papel del Estado y de limitar de forma clara la acción militar de Hizbulá. Salam ya llegó a anunciar a comienzos de marzo la prohibición de las actividades militares del grupo, una decisión de enorme carga política en un país donde Hizbulá ha sido durante décadas milicia, partido, red de influencia y actor regional al mismo tiempo. El problema es que una declaración del Estado no equivale a control real sobre el terreno, y menos en plena guerra. Líbano quiere aparecer como interlocutor. Lo que no tiene es la capacidad inmediata para cerrar el problema con un decreto.

Esa debilidad explica parte de la confianza israelí. Jerusalén interpreta que Beirut no puede garantizar seguridad al otro lado de la frontera y que, por tanto, Israel debe fabricarse su propia profundidad estratégica. Pero esa misma lógica tiene un veneno político evidente. Cuanto más se ensancha la huella militar israelí dentro del Líbano, más difícil resulta para el Estado libanés presentarse como soberano y más fácil le resulta a Hizbulá venderse otra vez como fuerza de resistencia, incluso cuando buena parte de la sociedad libanesa lo responsabiliza de haber arrastrado al país a otro abismo. Esa es la trampa clásica del sur del Líbano. Israel quiere debilitar a Hizbulá, pero una presencia prolongada sobre terreno libanés puede acabar dándole a Hizbulá el combustible emocional y simbólico que necesita para sobrevivir políticamente.

Y conviene no olvidar otro dato decisivo. Hizbulá llega tocado a esta fase, sí, pero no liquidado. El grupo arrastra el desgaste de la guerra anterior, la pérdida de cuadros y la muerte en 2024 de Hasán Nasralá, una figura central durante décadas. Aun así, sigue siendo una organización con red local, experiencia militar, apoyo iraní y capacidad para adaptarse. Si Israel cree que controlar hasta el Litani equivale a cerrar el expediente, se asoma a un error conocido. Ocupar es una cosa. Estabilizar, otra muy distinta. El sur del Líbano ya enseñó en el pasado que una franja de seguridad puede convertirse en una trampa de desgaste, emboscadas, minas, hostigamiento y legitimación renovada de la resistencia armada. Los mapas militares son muy limpios sobre la mesa; sobre el terreno, en cambio, suelen llenarse de barro, ruinas y funerales.

Un conflicto más grande que la frontera

Todo esto se entiende mejor si se mira el contexto completo. La frontera entre Israel y Líbano ya no está funcionando como una crisis aislada, sino como una prolongación de la guerra abierta entre Israel, Irán y los aliados regionales de Teherán. Por eso los ataques han alcanzado Beirut, por eso la ofensiva israelí ha golpeado también estructuras asociadas a la red social y financiera de Hizbulá, y por eso la discusión sobre el Litani ha dejado de ser una cuestión local. Para Israel, el sur del Líbano es el brazo más cercano de la arquitectura regional iraní. Para Líbano, en cambio, es una región entera condenada a pagar la factura de una guerra que la supera. Entre una cosa y otra queda el resultado visible: carreteras cortadas, evacuaciones, hospitales bajo presión y una población desplazada a una escala brutal.

La diplomacia intenta abrir una rendija, pero muy estrecha. Francia ha vuelto a moverse por su relación histórica con Líbano y por su implicación en el dosier de la FINUL. Jean-Noël Barrot, ministro de Exteriores francés, ha tratado de empujar una salida negociada. Beirut ha dejado caer la posibilidad de contactos directos con Israel, algo extraordinario en la política libanesa reciente. Pero Jerusalén no parece dispuesto a detener la maquinaria sin garantías inmediatas sobre Hizbulá, y Hizbulá rechaza cualquier salida que parezca una capitulación. El resultado es un bloqueo casi perfecto: Líbano necesita aire para negociar, Israel quiere hechos antes de negociar, y Hizbulá no quiere perder su papel a golpe de ultimátum.

En ese triángulo, la FINUL queda otra vez en una posición ingrata. Está sobre el terreno, forma parte del armazón nacido de la 1701 y, sin embargo, no tiene poder real para imponer ese marco si los actores principales deciden saltárselo. La misión sigue siendo relevante como presencia, como observación y como canal de enlace, pero no puede sustituir ni al Estado libanés ni a una decisión política internacional de verdad. Dicho sin maquillaje: si Israel avanza y se queda, y si Hizbulá sigue resistiendo, la ONU puede documentar, protestar y mediar, pero no ordenar el campo de batalla a su gusto. La frontera seguirá obedeciendo a la correlación de fuerzas, no a la buena sintaxis de las resoluciones.

El sur del Líbano entra en otra fase

Eso es lo que realmente cambia con el anuncio de Katz. No estamos ante otra jornada de bombardeos, ni ante una amenaza más para consumo interno. Estamos ante la formulación abierta de un proyecto de control territorial en el sur del Líbano, aunque aún no se llame oficialmente así. Israel puede sostenerlo un tiempo, probablemente bastante, porque tiene músculo militar y porque su prioridad política es impedir que la frontera norte vuelva al escenario anterior. Israel no puede presentarlo como algo normal ni jurídicamente limpio, porque invade el corazón de la soberanía libanesa y rompe el espíritu, y en buena parte la letra, del marco creado en 2006. Y Israel difícilmente podrá convertirlo en una solución estable sin asumir un coste muy alto, tanto en legitimidad exterior como en desgaste militar y en presión humanitaria.

La pregunta de fondo no es solo si Israel puede llegar hasta el Litani. La pregunta seria es qué clase de frontera sale de ahí. Si lo que emerge es una franja arrasada, partida por puentes destruidos, vigilada por soldados israelíes y vaciada de población, el problema no habrá quedado resuelto; habrá cambiado de forma. En vez de una frontera hostil con una milicia al otro lado, aparecerá un territorio degradado bajo control de facto, con todas las tensiones jurídicas, militares y políticas que eso arrastra. Y ahí el riesgo es evidente. El sur del Líbano dejaría de ser solo la retaguardia de Hizbulá para convertirse en el nuevo centro del choque, una zona donde cada carretera, cada aldea y cada paso sobre el río tendrían valor militar y peso simbólico al mismo tiempo.

El Litani como línea de ruptura

Katz ha puesto negro sobre blanco una idea que hasta hace poco se deslizaba entre bombardeos y advertencias: que Israel quiere decidir por sí mismo dónde empieza su seguridad, aunque esa decisión se adentre dentro del Líbano. Eso explica por qué la noticia importa tanto. No habla solo de cinco puentes ni de una maniobra puntual. Habla de un posible cambio de era en la frontera norte israelí y en el propio sur libanés. Si esa franja queda bajo control israelí de hecho, Líbano perderá capacidad efectiva sobre una parte esencial de su territorio, Hizbulá adaptará su resistencia a una nueva realidad y la comunidad internacional tendrá que elegir entre aceptar el hecho consumado o volver a fingir que la 1701 sigue bastando por sí sola.

A corto plazo, la respuesta más precisa sigue siendo esta: Israel puede imponer esa zona por la fuerza, pero no convertirla en una normalidad indiscutida. No hay un aval jurídico claro para quedarse. No hay un horizonte político limpio para administrarla. No hay una garantía de que la ocupación funcional genere más seguridad de la que destruye. Lo que sí hay es un sur del Líbano entrando en una fase mucho más grave, donde el Litani deja de ser un nombre en las crónicas de la región y vuelve a convertirse en lo que tantas veces ha sido allí: una línea de ruptura.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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