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Naturaleza

¿Quién apaga los incendios forestales? Los héroes mileuristas

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fuego en un bosque de montaña

Miles de bomberos forestales luchan contra el fuego en agosto con sueldos bajos y medios limitados. Esta es la verdad que pocos cuentan.

España vuelve a mirar al monte con el ceño apretado. El calor aprieta, el viento hace su parte y, cuando medio país se refugia del bochorno, miles de profesionales caminan hacia el humo. Son bomberos forestales: cuadrillas terrestres, brigadas helitransportadas, técnicos, pilotos, agentes medioambientales y, cuando la cosa se desmadra, la UME.

Un engranaje que funciona con precisión… y con sueldos que, demasiadas veces, no llegan a fin de mes sin apretar los dientes. Héroes, sí. Mileuristas, también.

Bomberos forestales: quiénes son y cuántos son

El núcleo del operativo es autonómico. Cada comunidad organiza su propio sistema (INFOCA en Andalucía, GRAF en Cataluña, GEACAM en Castilla-La Mancha, INFOMA en Madrid, etc.), con cuadrillas-retén distribuidas por comarcas, autobombas 4×4 y torres de vigilancia. En verano el despliegue crece y se refuerza con brigadas helitransportadas de ámbito estatal (BRIF) y una cincuentena larga de medios aéreos que se mueven por todo el territorio según la necesidad. A todo ello se suma el 43 Grupo del Ejército del Aire, con su flota de anfibios, y la Unidad Militar de Emergencias (UME), que entra cuando el incendio escala a emergencia de protección civil.

¿Números? En plena campaña, más de 25.000 personas forman parte del dispositivo de prevención y extinción, entre personal fijo y de refuerzo estacional. La cifra varía por picos de riesgo y disponibilidad de contrataciones, pero el orden de magnitud es ese: decenas de miles. Es un mundo históricamente masculinizado que, poco a poco, va cambiando: en puestos operativos de primera línea las mujeres representan en torno a una de cada diez plazas, y algo más en perfiles técnicos, coordinación y vigilancia. Aún hay camino: conciliación, vestuario adaptado y carrera profesional siguen siendo tareas pendientes en demasiados servicios.

Estos son los perfiles que sostienen el operativo

  • Bombero forestal de cuadrilla (peón especializado/especialista): abre línea, ataca cabeza y flancos, asegura perímetros y remata.
  • Capataz/Jefe de dotación: dirige la maniobra en tierra y coordina con medios aéreos.
  • Técnicos de extinción: planifican, valoran combustible y topografía, y ajustan la táctica según el comportamiento del fuego.
  • Agentes medioambientales: supervisan, investigan causas y actúan como autoridad en el monte.
  • BRIF (helitransportadas): irrumpen donde el incendio aprieta; trabajo físico muy exigente.
  • UME: despliegue rápido, logística pesada y relevos cuando el operativo civil está al límite.
  • Pilotos y TMA: la “artillería” del agua; sin ellos, el monte se hace muy largo.

¿Cómo se forman?

Para pisar línea de fuego no vale con querer: hace falta formación reglada, la más común el certificado SEAD0411 (Operaciones de vigilancia y extinción de incendios forestales y apoyo a contingencias en el medio natural y rural), con alrededor de 370 horas entre vigilancia, extinción, seguridad y primeros auxilios. A eso se suman pruebas físicas (carreras con lastre, caminatas cronometradas, manejo de herramientas), reconocimiento médico y habilitaciones internas que cada servicio remata con cursos propios (seguridad LCES, lectura de combustible, uso de retardantes, comunicaciones, trabajo con helicóptero, etc.).

La experiencia no se compra: se gana campaña a campaña. Saber leer el monte —los cambios de viento, el “ruido” de un pino cuando va a coronar, la chispa que te avisa de una pavesa— distingue a una cuadrilla que apaga de otra que solo aguanta. Por eso el empleo estable todo el año no es un capricho: es la única forma de mantener equipos expertos y no empezar cada verano desde cero.

¿Qué hace exactamente un bombero forestal?

En tierra, el guion tiene dos actos. Primero, contener: ataque directo si la intensidad lo permite —entrar al frente y “morder” el fuego— o ataque indirecto si la cosa va fuerte, abriendo un cortafuegos por delante y quemando de ensanche para que el incendio se quede sin gasolina. Después, asegurar y rematar: enfriar puntos calientes, buscar raíces incandescentes y “peinar” el perímetro para que no haya rebrotes cuando el viento cambie.

En el aire, la música es otra. Aviones anfibios cargan 5.000–6.000 litros en mar o embalses y descargan sobre cabeza o flancos; aviones de carga en tierra y helicópteros bombarderos “peinan” con agua o retardante para abrir ventanas a las cuadrillas. El objetivo no es “apagar desde arriba”: es bajar la temperatura y ordenar el frente para que tierra pueda cerrar.

Ritmo y turnos

  • Jornadas largas —12 horas no son raras en picos de campaña— y rotaciones que buscan no exprimir a la gente más de lo que el fuego ya exprime.
  • Picos de actividad a media tarde, cuando el calor aprieta y los valles succionan aire: es la hora tonta… la más peligrosa.
  • Noches para consolidar: el frío ayuda, la fatiga no.

Herramientas y medios: del Pulaski al Canadair

Las herramientas de mano siguen siendo básicas y contundentes: la Pulaski, una mezcla de hacha y azada, y la McLeod, mitad rastrillo, mitad azada ancha, son dos de las más comunes para abrir líneas de defensa. A ellas se suman el palín (una especie de azada de corte recto), el batefuegos para sofocar las llamas más bajas, y herramientas motorizadas como la motosierra y la desbrozadora, esenciales para limpiar vegetación densa y generar accesos.

En la mochila, además de agua, cada vez es más frecuente llevar retardante líquido portátil, que se aplica directamente sobre el suelo para fijar líneas de contención o proteger zonas clave antes de que llegue el fuego.

Los equipos de agua en tierra son variados: desde autobombas 4×4 adaptadas al monte hasta pick-ups con motobombas montadas, capaces de acceder a zonas complicadas. También hay cisternas que actúan como nodos logísticos, abasteciendo a vehículos menores o estableciendo puntos de recarga rápida.

Cuando el terreno lo permite, entra en juego la maquinaria pesada: buldóceres que abren cortafuegos con rapidez y retroexcavadoras que refuerzan zonas críticas o preparan accesos para vehículos de emergencia.

En el aire, el arsenal es decisivo: aviones anfibios —los famosos “apagafuegos” del 43 Grupo del Ejército del Aire— que recogen agua en embalses o mar y descargan miles de litros sobre la cabeza del incendio. También operan helicópteros bombarderos, más precisos y maniobrables, y aeronaves de coordinación, que guían las descargas y vigilan la evolución del frente.

A todo esto se suma una tecnología cada vez más presente: drones para reconocimiento en zonas inaccesibles, mapas en tiempo real, sensores térmicos que detectan puntos calientes invisibles a simple vista y sistemas de mando que cruzan información sobre viento, vegetación y topografía para tomar decisiones tácticas al momento.

Por último, su escudo invisible: el equipo de protección individual. Cada bombero forestal va con su EPI ignífugo, casco con visera, polainas, guantes, botas con suela Vibram para terreno escarpado y un sistema de comunicación permanente. Todo pensado para proteger sin asfixiar, aunque el calor, cuando se trabaja con 40 grados al sol y a escasos metros del fuego, es ineludible.

¿Cuánto cobran para luchar contra las llamas?

Aquí está el nudo. Un bombero forestal de base (brigadista/peón especializado) se mueve habitualmente entre 1.300 y 1.500 euros netos al mes durante la campaña, con diferencias importantes según comunidad, empresa pública/contrata y complementos (peligrosidad, turnicidad, nocturnidad, festivos, guardias). En demasiados casos hablamos de contratos de temporada o fijos discontinuos: 3 a 6 meses de trabajo intenso y, después, invierno a la intemperie laboral o encadenando empleos.

Cuando hay carreraespecialista, capataz, jefe de dotación— el bruto anual sube, pero aún así, en no pocos servicios, sigue por debajo del de un bombero urbano. En las comunidades con tablas más actualizadas, las categorías operativas se mueven en torno a 30.000–33.000 € brutos al año (jefaturas y técnicos, por encima), mientras que en otras el salario apenas roza los 25.000–28.000 € brutos y depende en exceso de pluses que no siempre están garantizados todo el año.

La comparativa que duele (pero aclara)

  • Bombero forestal (base): ≈ 1.300–1.500 € netos/mes en campaña; alta temporalidad.
  • Bombero urbano (municipal/autonómico no forestal): ≈ 34.000–40.000 € brutos/año de media, con más estabilidad y complementos consolidados (≈ 1.800–2.100 € netos/mes).
  • Policía Nacional (escala básica): en torno a ~2.000 € netos/mes con complementos por destino y turnos.
  • Guardia Civil (agente): ~1.800–2.000 € netos/mes al inicio; sube con antigüedad y destino.
  • UME (soldado/cabo): ~1.500–1.700 € netos/mes, variable por disponibilidad, penosidad y alojamiento.

El resumen es áspero: quienes se juegan la vida en el monte suelen cobrar menos que quienes custodian el perímetro cuando el fuego ya está en el pueblo. Y, sin embargo, sin ellos no hay perímetro que aguante.

Por qué cobran tan poco

La pregunta es tan simple como incómoda: ¿por qué un bombero forestal en España cobra 1.300 euros al mes jugándose la vida en el monte, mientras un bombero urbano o un policía cobra casi el doble? Y más aún: ¿por qué esa diferencia se dispara cuando miramos a otros países europeos?

La respuesta, como casi siempre, está en una mezcla de infrafinanciación histórica, modelo laboral fragmentado y falta de voluntad política.

En España, el sistema de prevención y extinción de incendios forestales no es un cuerpo único estatal, sino una red descentralizada que cambia de condiciones, sueldos y convenios según la comunidad autónoma, la empresa pública o la contrata privada. Esto provoca que haya hasta 17 modelos diferentes, con desigualdades flagrantes en estabilidad, salario, medios y formación. A esto se suma que una parte importante del personal es eventual o fijo discontinuo, contratado solo durante los meses de campaña, como si los incendios empezaran en junio y desaparecieran en septiembre.

Además, la figura del bombero forestal no siempre está reconocida como “cuerpo de emergencias” a efectos laborales. En muchas comunidades no tienen la misma categoría legal que un bombero urbano o un militar, lo que implica menos derechos laborales, menos complementos por peligrosidad y una escasa o nula carrera profesional. No hay una ley marco estatal que los equipare ni una estrategia nacional que unifique criterios. Y eso pesa en cada nómina.

Los sueldos de los bomberos fuerestales fuera de España

La comparación internacional es reveladora:

  • Francia cuenta con los “sapeurs-pompiers forestiers”, integrados dentro del cuerpo de bomberos. El salario medio de un bombero forestal profesional ronda los 2.000 a 2.300 € netos/mes, con contratos estables, progresión salarial y reconocimiento de la peligrosidad.
  • En Italia, el Corpo Nazionale dei Vigili del Fuoco incorpora personal forestal desde la reforma de 2016. Un operador básico arranca con unos 1.700–1.800 € netos/mes, a lo que se suman complementos por intervención y riesgo.
  • Portugal, tras los devastadores incendios de 2017, reformó su estructura y ha apostado por profesionalizar el sistema. Los bomberos forestales ahora tienen contratos anuales, y un salario medio que supera los 1.500 € netos, con mejoras en equipamiento y medios.
  • En Alemania, aunque los incendios forestales son menos frecuentes, existe personal especializado dentro de los Feuerwehr, con sueldos que oscilan entre 2.200 y 2.800 € netos mensuales, según experiencia y región. También tienen formación continua, seguridad jurídica y carrera estructurada.

Es decir: España paga menos que todos sus vecinos a quienes hacen un trabajo igual —o más duro—, en un territorio que, además, es el más afectado de Europa por incendios forestales. Solo en 2022 ardieron aquí más de 300.000 hectáreas, una cifra que triplica la media europea, y que ya no es una excepción: es la nueva normalidad climática.

Por qué importa pagar mejor

Si entendemos que cobran poco porque el sistema está mal diseñado, lo siguiente es evidente: pagarles mejor no es solo una cuestión de justicia laboral, sino de supervivencia colectiva.

Hoy, los incendios forestales ya no son fenómenos puntuales ni accidentes del verano. Son crisis climáticas en forma de fuego, que se repiten, se agravan y se multiplican. Arden más hectáreas, con mayor velocidad, más energía, más imprevisibilidad. Lo que antes era excepcional ahora ocurre cada temporada. Y lo que está en juego no son solo árboles: son pueblos, cultivos, vidas.

En este escenario, tener profesionales bien pagados, formados y estables durante todo el año no es un lujo: es una necesidad básica. Pagar mejor en enero significa que ese bombero forestal no tendrá que buscar otro empleo en invierno, podrá seguir entrenando, formándose, manteniendo el monte, participando en la prevención. Significa que no perderemos experiencia acumulada ni equipos ya hechos. Significa que no improvisaremos cada junio a quién se manda al frente de llamas de 30 metros.

Además, la prevención no se hace en agosto. Se hace con selvicultura en diciembre, quemas controladas en febrero, limpieza de cortafuegos en abril, formación táctica en mayo. Todo eso exige personal disponible y activo todo el año, no brigadas que desaparecen con las hojas secas.

Y hay otra razón: es más barato. Más barato que reconstruir casas, pagar indemnizaciones, reparar infraestructuras o asumir pérdidas agrícolas millonarias. Más barato que el coste político de una mala gestión. Más barato —y más humano— que contar víctimas.

Pagar mejor no es regalar nada. Es invertir. En seguridad, en medio ambiente, en futuro. Porque si el fuego es cada vez más peligroso, la única respuesta lógica es tener a los mejores al otro lado de las llamas. Y eso empieza —como todo en la vida— por un sueldo digno.

Héroes mileuristas que salvan nuestros bosques

España ya ha entendido —a la fuerza— que los incendios no se apagan solo en verano. Lo que todavía no ha asumido es quiénes los apagan realmente. Detrás de cada foco contenido, de cada pinar salvado, de cada evacuación evitada, hay un puñado de profesionales en primera línea, mal pagados, mal reconocidos, y a menudo olvidados en cuanto cae la primera lluvia de septiembre.

La columna vertebral del sistema no son los aviones ni los uniformes relucientes en ruedas de prensa: son los bomberos forestales de a pie, los que madrugan en bases aisladas, los que se calzan las botas cuando todos se refugian, los que cargan herramientas a la espalda y entran al monte con 40 grados sobre la nuca.

No pueden seguir siendo mileuristas estacionales en un país donde el fuego ya es una amenaza estructural. Profesionalizar, estabilizar y equiparar no es una utopía sindical: es una decisión política urgente. Una inversión en seguridad, en paisaje, en futuro. Lo contrario es dejarlo todo a merced del viento.

Porque cuando el monte ruge, lo único entre las llamas y tu casa no es un helicóptero ni un protocolo. Es una persona —con nombre, con mochila, con sueldo precario— que sigue ahí. Aunque nadie mire.


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