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Netanyahu y la tregua con Hezbolá: qué puede pasar ahora

La tregua sigue bajo presión: Israel invoca la autodefensa y sus adversarios denuncian ataques que la vacían de contenido.

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Qué exige Netanyahu a Trump

Benjamín Netanyahu puede ordenar nuevas operaciones militares contra Hezbolá, pero eso no significa que pueda hacerlo sin consecuencias ni que cualquier ataque encaje en los términos del alto el fuego. Israel sostiene que tiene derecho a responder a amenazas contra sus tropas y sus ciudadanos; el acuerdo, según lo descrito por las partes, prohíbe las operaciones ofensivas israelíes en territorio libanés. Esa diferencia entre actuar y estar autorizado a actuar es el centro de una tregua que ya nació sometida a interpretaciones enfrentadas.

El primer ministro israelí ha afirmado que su ejército seguirá atacando al grupo armado donde lo considere necesario y ha ordenado golpear objetivos con fuerza. La declaración llega después de que Israel denunciara lanzamientos de proyectiles y drones desde Líbano, mientras las autoridades libanesas y Hezbolá acusan a Israel de mantener bombardeos y operaciones en el sur. La tregua no ha desaparecido formalmente, pero su cumplimiento está en disputa: cada bando presenta sus acciones como respuesta y atribuye al contrario la responsabilidad de quebrarla.

Qué permite el alto el fuego y qué prohíbe

El cese de hostilidades acordado con mediación estadounidense entró en vigor el 16 de abril de 2026 y se anunció inicialmente por diez días. Su objetivo era detener los ataques y abrir espacio para negociaciones de seguridad entre Israel y Líbano. La pausa también contemplaba que el Gobierno libanés asumiera un papel central en la soberanía y la defensa del país, una fórmula que apunta a una cuestión mucho más difícil que el silencio de las armas: quién controla el territorio y quién puede mantener fuerzas armadas en él.

El texto, tal como se ha descrito, reconoce a Israel el derecho a defenderse ante ataques planeados, inminentes o en curso, pero establece que no debe llevar a cabo operaciones militares ofensivas contra objetivos libaneses por tierra, mar o aire. La frontera entre defensa y ofensiva es el punto más controvertido. Un ataque israelí contra una amenaza que considera inmediata puede presentarse como autodefensa; si no existe una amenaza de ese tipo, Líbano puede denunciarlo como una vulneración del acuerdo y de su soberanía. La calificación depende tanto de los hechos como de quién los comunica, y no hay un mecanismo aceptado por todos que resuelva automáticamente cada incidente.

La tregua fue prorrogada por tres semanas, según la información del artículo original, pero una ampliación temporal no elimina las obligaciones ni resuelve por sí sola el desacuerdo sobre qué acciones están permitidas. Tampoco equivale a un tratado de paz: Israel y Líbano siguen sin haber resuelto sus disputas de seguridad, y Hezbolá no es parte de un acuerdo político que haya desarmado al grupo. Una pausa puede seguir vigente sobre el papel mientras pierde eficacia en el terreno, si los ataques continúan y ninguna parte acepta la interpretación de la otra.

Por qué Netanyahu amenaza con seguir atacando

Netanyahu presenta la continuidad de las operaciones como una forma de impedir que Hezbolá recupere capacidad militar y vuelva a amenazar el norte de Israel. En sus declaraciones ha defendido los ataques como necesarios y ha insistido en que la campaña no ha terminado. El mensaje se dirige al grupo libanés, pero también a las comunidades israelíes que han sufrido evacuaciones, alertas y fuego transfronterizo: para ellas, aceptar una tregua que deje intacta la capacidad de ataque de Hezbolá puede parecer una suspensión provisional del peligro, no una solución.

El Gobierno israelí afirma que Hezbolá ha cometido infracciones mediante proyectiles, drones y actividad armada cerca de sus fuerzas. En uno de los episodios descritos, dos proyectiles fueron lanzados desde Líbano hacia el norte de Israel: uno fue interceptado y el otro cayó en una zona abierta, sin causar heridos. También se denunciaron drones explosivos contra tropas israelíes desplegadas en el sur libanés. Estos hechos explican la justificación que ofrece Israel, pero no resuelven por sí solos la disputa sobre el alcance de su respuesta: una denuncia de ataque no concede automáticamente permiso ilimitado para emprender nuevas operaciones.

La política interna también influye. Netanyahu debe responder a las demandas de seguridad de los residentes del norte y a los sectores de su Gobierno que rechazan una pausa si Hezbolá conserva armas y presencia cerca de la frontera. Al mismo tiempo, una escalada puede tensar la relación con Washington y prolongar una campaña de alto coste humano y militar. La retórica de firmeza cumple así dos funciones: amenaza a Hezbolá y proyecta ante la opinión pública israelí que el Gobierno no considera suficiente un alto el fuego que no cambie las condiciones de seguridad.

Los ataques que han puesto la tregua en cuestión

La tensión escaló con una oleada de bombardeos israelíes en Líbano que, según la información de referencia, dejó al menos 254 muertos en una sola jornada. Entre las víctimas se encontraba Ali Yusef Harshi, secretario personal de Naim Qasem, líder de Hezbolá. El balance de aquella ofensiva elevó a más de 1.700 el número de fallecidos en el país, según la cobertura inicial. Otra información de referencia, publicada en una fase posterior de la ofensiva, situó el saldo en al menos 2.196 muertos y 7.185 heridos, además de más de un millón de desplazados. Las cifras corresponden a balances distintos y no deben leerse como un recuento único cerrado.

La magnitud de esos daños explica por qué el debate sobre el alto el fuego no es solo una discusión diplomática. Los ataques afectan a localidades, infraestructuras y familias que han tenido que abandonar sus hogares, mientras los desplazados no pueden saber si regresar significa volver a una casa habitable o quedar otra vez expuestos a los bombardeos. Cuando la población sigue bajo amenaza, la diferencia entre una tregua formal y una tregua efectiva se vuelve concreta: determina si las personas pueden volver, si los servicios pueden reanudarse y si el miedo deja de organizar la vida cotidiana.

Netanyahu también ha confirmado operaciones contra mandos y objetivos de Hezbolá, y el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, ha sostenido que las fuerzas israelíes mantendrán el control de posiciones en el sur del Líbano. En declaraciones recogidas en la información de referencia, Netanyahu defendió una zona de seguridad de unos 10 kilómetros de profundidad. Para Israel, esa presencia busca dificultar ataques con misiles antitanque; para Líbano, prolonga una ocupación militar y hace más difícil presentar el alto el fuego como una retirada de las hostilidades. La permanencia de tropas es una de las grietas políticas más profundas del acuerdo, porque cada parte la interpreta como una condición de seguridad o como una amenaza a la soberanía.

Dos relatos incompatibles sobre quién rompió la tregua

Israel acusa a Hezbolá de utilizar la pausa para mantener o reactivar operaciones armadas y asegura que responderá a cualquier amenaza contra sus soldados o sus ciudadanos. El grupo, por su parte, considera que los ataques israelíes, las demoliciones y la presencia de tropas en territorio libanés vacían de sentido el cese de hostilidades. El Gobierno de Beirut comparte la denuncia de que las incursiones israelíes vulneran su soberanía. Las dos partes no discuten únicamente los hechos: discrepan sobre la regla que debe aplicarse a esos hechos.

Ese choque de versiones tiene consecuencias. Si Israel califica una operación como preventiva o defensiva, presenta el ataque como una respuesta necesaria a un peligro. Si Líbano lo considera ofensivo, lo denuncia como incumplimiento de la tregua. Hezbolá puede utilizar el bombardeo como argumento para responder; Israel puede describir esa respuesta como una nueva provocación. Así, cada acción se incorpora a una cadena en la que el origen inmediato del conflicto se vuelve menos visible que la justificación que cada bando construye para el siguiente movimiento.

La alta representante de Exteriores de la Unión Europea, Kaja Kallas, ha advertido que los ataques israelíes desmesurados ponen en riesgo el alto el fuego y ha pedido que la tregua se aplique también a Líbano. La advertencia refleja la preocupación de que la pausa acordada en un frente quede debilitada por los combates en otro. Irán también ha amenazado con retirarse del acuerdo si continúan los ataques contra territorio libanés y ha vuelto a restringir el tránsito por el estrecho de Ormuz, según la información de referencia. La crisis, por tanto, no se limita a la frontera entre Israel y Líbano: puede arrastrar a actores regionales y sumar presión sobre una navegación estratégica.

El margen de Washington y el riesgo regional

Estados Unidos impulsó el alto el fuego y ha afirmado que prohibió a Israel bombardear Líbano durante el periodo de pausa, según una de las informaciones de referencia. Netanyahu, por su parte, dijo haber aceptado el cese temporal a petición del presidente Donald Trump. Ambas posiciones revelan el papel de Washington, pero también sus límites: puede ejercer presión diplomática y mediar, aunque no controla cada decisión operativa israelí ni cada movimiento de Hezbolá sobre el terreno.

La intervención estadounidense busca dar tiempo a una negociación política y de seguridad, además de evitar que los combates libaneses se conviertan en otro foco de una crisis regional más amplia. Trump anunció que intentaría organizar una reunión en la Casa Blanca entre Netanyahu y el presidente libanés, Joseph Aoun. Ese anuncio apunta a una vía diplomática, pero una reunión prevista no equivale a un acuerdo, y menos aún a un mecanismo que garantice que las fuerzas armadas detengan las operaciones. La diplomacia puede abrir una salida; no sustituye la verificación ni la voluntad de cumplirla.

El vínculo de Irán con Hezbolá aumenta la importancia de cada amenaza. Teherán ha advertido que podría apartarse del acuerdo de alto el fuego si continúan los ataques israelíes en Líbano. La amenaza de restringir de nuevo el paso por Ormuz añade un componente que va más allá del campo de batalla: el estrecho es una ruta clave para el tránsito marítimo y cualquier alteración eleva la preocupación internacional. No significa que una guerra regional sea inevitable, pero sí que una decisión tomada en el sur del Líbano puede repercutir en una escala mayor.

Por qué el sur libanés es tan difícil de estabilizar

El sur de Líbano es una franja fronteriza marcada por décadas de enfrentamientos, desplazamientos y presencia militar. Para Israel, la proximidad de Hezbolá y de sus armas supone una amenaza directa para las localidades del norte. Para una parte de la sociedad libanesa, los bombardeos y la presencia de tropas israelíes alimentan la idea de que el grupo armado sigue siendo necesario para resistir. El conflicto, por tanto, no se reduce a que dos ejércitos acepten dejar de disparar: también enfrenta dos concepciones de seguridad que se refuerzan mutuamente.

El acuerdo asigna a las fuerzas de seguridad libanesas una responsabilidad central en la defensa nacional. Pero el Estado libanés debe ejercer esa autoridad en un país donde Hezbolá tiene influencia política, social y militar, y donde el Gobierno no siempre puede imponer sus decisiones a todos los actores. El reto no consiste solo en desplegar soldados, sino en convertir la autoridad estatal en control efectivo. Si Beirut no puede impedir ataques desde su territorio, Israel argumentará que la amenaza persiste; si Israel mantiene tropas y bombardeos, el Gobierno libanés tendrá más dificultades para convencer a la población de que el alto el fuego protege su soberanía.

De ahí que las propuestas de desarme sean difíciles de separar de la retirada israelí. Israel reclama que Hezbolá deje de operar como una fuerza armada autónoma; el grupo sostiene que no abandonará sus armas mientras considere que Líbano sigue expuesto a ataques. Una parte teme que el desarme deje al país indefenso, mientras la otra ve en la conservación del arsenal una amenaza que puede reactivar el conflicto. Sin una fórmula aceptada para la seguridad y el control del territorio, la tregua aplaza el desacuerdo en lugar de resolverlo.

Cómo puede romperse sin una declaración formal

El alto el fuego no necesita una ceremonia de ruptura para dejar de funcionar. Puede deteriorarse mediante incidentes sucesivos: un proyectil, un dron cerca de una posición militar, un bombardeo contra un objetivo atribuido a Hezbolá o una represalia que cause víctimas. Cada episodio puede ser presentado como una respuesta limitada, pero el conjunto puede devolver a ambas partes a una dinámica de ataques. La escalada puede nacer de la acumulación, no de una decisión pública de iniciar una guerra.

En ese proceso, la atribución de responsabilidad importa tanto como el daño inmediato. Un ataque sin víctimas puede activar alarmas y elevar la presión para responder; un bombardeo con un alto número de muertos puede hacer políticamente más difícil contener la represalia. Los mandos militares deben decidir en poco tiempo si una acción constituye una amenaza inminente, mientras los dirigentes calculan el coste de parecer débiles o de ampliar el conflicto. El margen para corregir una interpretación equivocada se estrecha cuando las fuerzas siguen desplegadas y la población vive entre evacuaciones y alertas.

El peligro no es solo que Israel y Hezbolá reanuden una guerra abierta. También es que se normalice una situación en la que el acuerdo se invoque en los comunicados, pero se incumpla en el terreno. Eso permitiría que las operaciones continuaran bajo el lenguaje de la contención, sin una paz real y sin reglas compartidas capaces de frenar las represalias. Una tregua que admite ataques constantes deja de servir como puente hacia una negociación y se convierte en una pausa cada vez más frágil.

Qué tendría que cambiar para sostener la pausa

La primera condición sería que Israel y Líbano aceptaran criterios comunes para distinguir una amenaza inmediata de una operación ofensiva. Mientras cada incidente se evalúe exclusivamente desde la versión del bando que lo ejecuta, el acuerdo seguirá expuesto a interpretaciones incompatibles. También sería necesario que las denuncias de incumplimiento pudieran contrastarse con rapidez y que las partes reconocieran alguna forma de verificación, en vez de usar cada ataque como prueba definitiva de la culpabilidad del adversario.

La otra condición es política. El Gobierno libanés necesita poder ejercer su autoridad en el sur y reducir la actividad armada que Israel considera una amenaza; Israel, a su vez, tendría que abordar la retirada de sus posiciones y limitar las operaciones de acuerdo con lo pactado. Ninguno de esos pasos resulta sencillo, porque afecta a las preocupaciones de seguridad y a la posición interna de los dirigentes. La aplicación del alto el fuego depende de obligaciones recíprocas: exigir concesiones a una parte mientras la otra mantiene una libertad de acción que el acuerdo no contempla haría muy difícil conservarlo.

Washington puede presionar para que la pausa se mantenga y servir de intermediario, pero la estabilidad dependerá de decisiones tomadas en Jerusalén, Beirut y dentro de Hezbolá. La población civil, entretanto, soporta las consecuencias de una disputa que se decide en términos militares y diplomáticos, pero se vive en casas dañadas, pueblos evacuados y caminos expuestos. La tregua solo recuperará credibilidad si deja de ser una palabra disputada y empieza a traducirse en menos ataques y en un control territorial aceptado.

Una tregua todavía vigente, pero cada vez más frágil

Netanyahu puede ordenar ataques y su Gobierno sostiene que continuará golpeando a Hezbolá cuando considere que existe una amenaza. Eso no convierte cualquier operación en compatible con el alto el fuego: el acuerdo distingue entre la autodefensa ante un peligro inminente y las acciones ofensivas contra objetivos libaneses. La discusión sobre dónde termina una y empieza la otra sigue abierta, mientras Israel, Líbano y Hezbolá mantienen versiones opuestas sobre quién ha vulnerado primero la pausa.

Por ahora, el alto el fuego no equivale a una paz consolidada ni la amenaza de nuevos ataques demuestra por sí sola que haya comenzado otra guerra total. Sí señala un deterioro grave, agravado por los bombardeos, los muertos, la presencia israelí en el sur y la advertencia de Irán. El destino de la tregua dependerá menos de su anuncio que de si las partes aceptan límites verificables a sus acciones. Si cada ataque se convierte en la justificación del siguiente, el acuerdo podrá seguir existiendo en los documentos mientras desaparece, poco a poco, de la vida de quienes viven bajo su sombra.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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