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¿Cuál es el idioma que más quieren aprender los españoles?

El inglés domina las aulas españolas, pero francés, alemán, italiano y japonés revelan otra cara del deseo lingüístico del país.
España estudia inglés. Muchísimo. Casi por inercia nacional, como quien mete el paraguas en el bolso aunque el cielo esté azul. Es el idioma dominante en el colegio, en los programas bilingües, en las academias, en las Escuelas Oficiales de Idiomas y en el mercado laboral. La foto queda bastante clara: el inglés manda; el francés resiste como segunda lengua escolar; el alemán conserva prestigio profesional; el italiano gusta más de lo que pesa en el currículo; y lenguas como japonés, chino, árabe o coreano crecen en deseo cultural, aunque todavía aparecen lejos en la matrícula oficial.
La respuesta cambia, eso sí, según dónde se mire. En la escuela obligatoria, el sistema empuja: inglés primero y francés después. En la enseñanza adulta y voluntaria, la elección se vuelve más reveladora: inglés, francés, alemán e italiano encabezan la tabla de las Escuelas Oficiales de Idiomas, mientras el español para extranjeros aparece también con fuerza, señal de una España que no solo aprende lenguas, sino que también las vende, las enseña y las convierte en vida cotidiana. La pregunta de fondo no es solo qué idioma se estudia más, sino qué idioma se desea. Y ahí el mapa se vuelve menos administrativo, más humano. Más de aeropuerto, de trabajo, de Erasmus, de serie coreana vista a medianoche y de currículum enviado con los dedos cruzados.
España estudia inglés, pero no vive solo en inglés
El inglés es el gran idioma obligatorio de la España contemporánea. No porque todos lo amen, ni porque todos lo hablen bien, sino porque se ha convertido en una especie de infraestructura invisible: está en los colegios, en las entrevistas de trabajo, en los másteres, en los manuales técnicos, en los videojuegos, en los congresos médicos, en las reuniones con un cliente de fuera y en ese correo corporativo que empieza con un “Hi team” aunque todos estén en Madrid. En el curso 2023-2024, el 84,5% del alumnado del segundo ciclo de Infantil ya tenía contacto con una lengua extranjera; en Primaria y ESO el estudio de una lengua extranjera alcanzaba el 100%, y en Bachillerato llegaba al 97,3%. La primera lengua era, de forma abrumadora, el inglés.
Ese dominio no debe confundirse con entusiasmo puro. Una cosa es estudiar un idioma porque el sistema lo ha decidido y otra, bastante distinta, elegirlo por placer, ambición o curiosidad. España lleva décadas tratando el inglés como la llave que abre la puerta seria: la del empleo, la movilidad internacional, la universidad global, la ciencia, la tecnología y los negocios. Es el idioma que se estudia porque “hay que saberlo”. La frase suena vieja, de sobremesa familiar, pero sigue funcionando. El inglés no necesita seducir; le basta con ser útil.
La paradoja es que esa presencia masiva no ha creado todavía una España cómodamente políglota. Ha creado, más bien, una España escolarizada en inglés. Que no es lo mismo. Hay alumnos que han pasado más de diez años estudiándolo y siguen sintiendo que hablarlo en voz alta es cruzar un río helado. Hay profesionales con un B2 certificado que leen informes sin problema, pero sudan cuando les toca improvisar. Y hay una generación joven que consume internet en inglés con más naturalidad que sus padres, aunque no siempre con la precisión que presume LinkedIn, ese teatro con corbata digital.
El colegio decide: inglés primero y francés detrás
En la enseñanza reglada, el segundo puesto tiene nombre histórico: francés. En Primaria, el 13,7% del alumnado estudia una segunda lengua extranjera; en ESO, el porcentaje sube al 40%; en Bachillerato, baja al 14,4%. La mayoría de esa segunda lengua es francés: lo cursa el 11,9% del alumnado de Primaria, el 33,1% del de ESO y el 11,8% del de Bachillerato. El dato no es decorativo. Dice que el francés sigue siendo el idioma alternativo del sistema, el heredero de una vieja centralidad cultural europea que ya no manda como antes, pero tampoco se ha ido.
El francés aguanta por varias razones. La primera, muy simple: proximidad. Francia está ahí, cruzando los Pirineos, con empresas, turismo, frontera, universidades, intercambios y una larga relación institucional con España. La segunda es educativa: hay profesorado, tradición, materiales, departamentos, itinerarios. La tercera es menos evidente, pero poderosa: el francés sigue teniendo una aureola de lengua culta, diplomática, literaria, de cocina con mantel y tratados firmados en salones serios. Luego uno llega a clase y se pelea con los nasales, claro. La épica cae pronto.
El alemán tiene otra música. No suele ser el idioma que los adolescentes eligen por romanticismo, aunque también hay quien lo hace, sino por una promesa de solidez: ingeniería, industria, automoción, ciencia, empleo cualificado, Alemania como locomotora europea incluso cuando la locomotora tose. En las aulas escolares aparece menos que el francés, pero en el imaginario laboral tiene un brillo peculiar: duro, difícil, rentable. Un idioma con olor a manual de instrucciones y a sueldo mejor negociado.
La segunda lengua se estrecha al llegar al Bachillerato
La caída de la segunda lengua en Bachillerato es una de las señales más interesantes del sistema. España introduce idiomas pronto, los universaliza con el inglés, ofrece una segunda lengua en etapas clave, pero cuando el alumno se acerca a la Selectividad, la presión de las materias troncales y de las notas convierte muchas elecciones en cálculo. El idioma deja de ser horizonte y se vuelve carga. Triste, pero reconocible.
El propio reparto territorial enseña otra España. En ESO, Canarias aparece con un 77,8% de alumnado que cursa una segunda lengua extranjera, seguida por Galicia, con el 59%, y la Región de Murcia, con el 58,5%. En Bachillerato, encabezan Andalucía, con el 27,7%, Navarra, con el 19,8%, Extremadura, con el 17,7%, y Ceuta, con el 17,4%. No hay un único país lingüístico dentro del país educativo; hay políticas autonómicas, tradición de centros, oferta disponible, profesorado y cultura escolar. Donde se ofrece bien, se estudia más. Donde se arrincona, desaparece sin hacer ruido.
El contraste europeo deja una lectura algo incómoda. En la Unión Europea, el 60% del alumnado de enseñanza secundaria superior general estudiaba dos o más lenguas extranjeras en 2023; España figuraba entre los países con porcentajes más bajos, con el 22,4%. En la formación profesional de grado equivalente, el dato español bajaba hasta el 0,1%, también entre los más reducidos del bloque. Dicho sin incienso: España ha convertido el inglés en norma, pero aún trata el segundo idioma como accesorio.
Las Escuelas Oficiales de Idiomas muestran otra España
La escuela cuenta lo que el sistema exige. Las Escuelas Oficiales de Idiomas cuentan algo más cercano al deseo adulto, aunque tampoco sea deseo puro: ahí entran oposiciones, méritos, trabajo, viajes, mudanzas, certificados, aficiones, parejas extranjeras, jubilados con hambre de mundo y estudiantes que quieren una vía más barata que la academia privada. En el curso 2023-2024, las EOI reunieron 331.551 alumnos, de los que 287.970 estaban en enseñanza presencial y 43.581 en régimen a distancia.
También aquí gana el inglés, con 210.291 alumnos, el 63,2% del alumnado. Le siguen el francés, con 40.111; el alemán, con 23.467; y el italiano, con 13.914. La jerarquía es elocuente: utilidad global, tradición europea, valor profesional y afinidad cultural. Cuatro idiomas, cuatro motivos. El inglés es llave; el francés, puente; el alemán, herramienta; el italiano, placer con gramática. Y en medio aparece el español para extranjeros, con 15.187 matrículas, un recordatorio de que España no solo mira hacia fuera: también recibe a quienes llegan y necesitan entrar en la lengua común para trabajar, estudiar, discutir con la administración o pedir un café sin señalar la taza.
Las lenguas cooficiales también aparecen en la matrícula de las EOI: euskera, valenciano, catalán y gallego suman alumnos por razones que mezclan identidad, empleo público, integración territorial y vida práctica. No son “idiomas extranjeros” en sentido estricto dentro de España, pero sí forman parte del mapa real de aprendizaje lingüístico. Para miles de personas, aprender valenciano, euskera, catalán o gallego no es una rareza académica: es entender el lugar donde viven. Es escuchar mejor la calle.
Italiano, japonés, chino y árabe: deseo cultural, matrícula pequeña
El italiano merece una mención aparte. No está en el podio escolar, ni suele ser el idioma que una empresa exige antes que inglés, francés o alemán, pero aparece fuerte en la enseñanza adulta. Tiene algo de lengua amable para el oído español, una proximidad que engaña —porque luego llegan los matices, los falsos amigos, la sintaxis— y una carga cultural evidente: viajes, arte, música, gastronomía, moda, cine, familia mediterránea ampliada. El italiano se estudia muchas veces porque apetece. Y eso, en educación, no es poca cosa.
Japonés y chino muestran otra dinámica. En las EOI, el chino registró 2.065 matrículas y el japonés 1.950 en el curso 2023-2024. No son cifras masivas, pero tienen una potencia simbólica superior a su tamaño. El chino se asocia al peso económico de Asia, al comercio, a la geopolítica, a la dificultad prestigiosa. El japonés, a una constelación cultural mucho más visible entre jóvenes: anime, manga, videojuegos, gastronomía, diseño, turismo, tecnología, música. No siempre se estudia para “servir” en un empleo; a veces se estudia porque una cultura ha entrado por los ojos antes de entrar por la gramática.
El árabe, con 2.205 matrículas en las EOI, ocupa un lugar interesante y a menudo mal leído. España tiene una relación histórica, geográfica y social intensísima con el mundo árabe, pero su aprendizaje sigue siendo minoritario en comparación con las grandes lenguas europeas. Ahí pesa la dificultad, sí, pero también la falta de normalización cultural y educativa. El árabe está cerca, mucho más cerca de lo que aparentan los planes de estudio, pero no ha entrado en el imaginario escolar español con la fuerza que debería tener una lengua de semejante relevancia mediterránea.
El coreano, pese al enorme empuje cultural del K-pop, las series y el cine surcoreano, todavía aparece con una cifra reducida en la enseñanza oficial: 179 matrículas. Esto no significa falta de interés, sino probablemente desajuste entre deseo y oferta, entre consumo cultural y estructura educativa. Una cosa es escuchar a un grupo coreano, ver una serie o familiarizarse con el hangul por curiosidad; otra es matricularse en un itinerario oficial, sostenerlo durante años y convertir la simpatía cultural en disciplina. Ahí se queda mucha gente por el camino. Normal. Los idiomas no se aprenden solo con entusiasmo; también piden tiempo, oído, memoria y una paciencia casi monástica.
Los idiomas que gustan más no siempre son los que convienen
En España gustan los idiomas que prometen algo. El inglés promete futuro, aunque a veces sea un futuro con reuniones eternas y presentaciones de PowerPoint. El francés promete elegancia, vecindad europea y cierta continuidad educativa. El alemán promete empleo cualificado y seriedad. El italiano promete disfrute. El japonés promete mundo cultural propio. El portugués, que en las EOI suma 4.201 matrículas, ofrece una mezcla curiosa: cercanía geográfica, Brasil, Portugal, música, negocios, turismo y una facilidad inicial que anima bastante, aunque luego la pronunciación portuguesa baje los humos con delicadeza atlántica.
La expresión “gustar” es tramposa. A un alumno de ESO puede gustarle el japonés y estudiar francés porque es lo que ofrece su centro. A una médica puede interesarle el alemán porque piensa en una estancia en Suiza. A un opositor le puede convenir una lengua cooficial. A un camarero en zona turística le puede urgir el inglés y chapurrear alemán sin haberlo estudiado nunca formalmente. A una jubilada le puede apetecer italiano por puro gozo. La vida lingüística no cabe en una tabla, aunque las tablas ayuden a no decir tonterías.
También influye la facilidad percibida. Para un hispanohablante, italiano, portugués y francés parecen más accesibles que alemán, ruso, chino o árabe. Esa percepción no siempre es exacta, pero pesa. Uno se anima antes si reconoce palabras, si la lengua le devuelve ecos familiares, si puede leer un cartel y adivinar medio sentido. El alemán, en cambio, intimida por su fama de arquitectura gramatical; el chino por la escritura y los tonos; el árabe por su sistema gráfico y sus variedades; el japonés por la combinación de silabarios, kanji y estructura distinta. La dificultad también crea prestigio, pero reduce matrícula. Así de humano.
Trabajo, viajes y bilingüismo: la otra matrícula
El mercado laboral explica buena parte del mapa. Una de cada tres ofertas de empleo exige al menos una lengua extranjera, y el inglés sigue siendo el idioma más demandado en el mundo empresarial, con presencia muy mayoritaria entre las ofertas que requieren idiomas. El alemán y el francés compiten a distancia por el segundo escalón, con peso especial en sectores como exportación, dirección, marketing, comercial, administración, calidad, producción, automoción y sanidad.
Otros análisis recientes de ofertas en España colocan de nuevo al inglés como idioma extranjero más solicitado por los empleadores, seguido de francés, alemán y portugués. El mandarín aparece como una lengua de alto valor económico en determinados perfiles, pero no como idioma masivo de aprendizaje. Esa diferencia importa. Una lengua puede ser muy rentable y, al mismo tiempo, minoritaria. Puede abrir puertas muy concretas, no llenar aulas enteras.
El turismo añade su propia gramática. En zonas de costa, islas, grandes ciudades y destinos con fuerte presencia internacional, el idioma se aprende muchas veces a golpes de mostrador: inglés para sobrevivir, francés para determinados visitantes, alemán en Baleares, Canarias o áreas con turismo centroeuropeo, italiano por cercanía mediterránea. No siempre hay diploma. Hay oído, repetición, necesidad. El aula no es el único lugar donde un país aprende idiomas; también aprende en aeropuertos, hoteles, restaurantes, hospitales privados, ferias comerciales y pisos compartidos.
Luego está internet, que lo ha cambiado todo sin pedir permiso. El inglés llega por TikTok, YouTube, Twitch, videojuegos, música, tutoriales, memes, foros, inteligencia artificial y cultura profesional. El japonés y el coreano entran por el entretenimiento. El italiano y el francés por viajes, gastronomía, cine, moda, literatura. El alemán por trabajo, ciencia, movilidad académica. La lengua ya no baja solo del profesor a la pizarra; circula por la pantalla, se cuela en el dormitorio, en el móvil, en los subtítulos, en el algoritmo. A veces se aprende mal, a trompicones, con acento de serie doblada y vocabulario rarísimo. Pero se aprende algo.
Un país más bilingüe que políglota
España tiene, además, una realidad que a menudo se olvida cuando se habla de idiomas: su propio plurilingüismo interno. El español aparece como lengua común de referencia para la práctica totalidad de la población, pero el catalán, el gallego, el euskera y el valenciano forman parte de la vida cotidiana de millones de ciudadanos. Es decir, el mapa español no empieza en inglés y termina en francés. Incluye lenguas cooficiales, identidades territoriales, convivencia diaria y debates políticos que a veces convierten la lingüística en trinchera, con lo bonita que era la fonética antes de que llegaran los tertulianos.
Esto obliga a matizar. España no es un país monolingüe simple que intenta aprender inglés desde cero. Es un país con varias lenguas propias, con millones de ciudadanos bilingües en castellano y otra lengua española, y con una enseñanza de idiomas extranjeros muy concentrada en el inglés. Esa combinación produce una fotografía peculiar: mucha diversidad interna, mucha exposición escolar al inglés y una segunda lengua extranjera todavía débil en comparación europea.
El reto no es sustituir el inglés, porque sería absurdo. El inglés seguirá siendo central durante mucho tiempo. El reto es evitar que funcione como tapón. Cuando todo el esfuerzo se concentra en él, las demás lenguas quedan como lujo, optativa blanda o capricho de gente con tiempo. Y no lo son. El francés abre Europa y África. El alemán abre industria y ciencia. El portugués abre una vecindad enorme que España a veces mira menos de lo que debería. El árabe abre Mediterráneo, diplomacia, seguridad, comercio y convivencia. El chino abre una parte decisiva del siglo XXI. El italiano abre cultura, turismo, diseño y una afinidad mediterránea nada despreciable. Japonés y coreano abren industrias culturales de una potencia descomunal.
El idioma que abre la puerta y el que abre la ventana
La España que estudia idiomas es bastante previsible por arriba y muy interesante por debajo. Por arriba, el inglés domina sin rival: lo estudian casi todos los alumnos, concentra la mayoría de matrículas adultas y manda en el empleo. Por debajo, el país se reparte entre el francés que resiste, el alemán que promete, el italiano que seduce, el portugués que espera más atención, las lenguas cooficiales que ordenan la vida territorial y los idiomas asiáticos que crecen en imaginación antes que en cifras.
Los idiomas que más se estudian no son siempre los que más gustan, y los que más gustan no siempre son los que más convienen. Ahí está la gracia. El inglés se estudia porque abre la puerta. El italiano, muchas veces, porque abre una ventana con sol. El alemán porque detrás puede haber contrato. El francés porque sigue uniendo frontera, escuela y memoria europea. El japonés porque hay mundos enteros que primero entran por una pantalla y luego piden diccionario. El chino porque el futuro económico no habla solo en alfabeto latino. Y el árabe porque España, aunque a veces finja despiste, vive mirando al Mediterráneo desde hace siglos.
La tendencia real no apunta a una España que abandone el inglés, sino a una España que tendrá que aprender a no quedarse solo en él. Porque saber inglés ya no distingue tanto como antes; no saberlo, en cambio, penaliza. La diferencia empieza a estar en la segunda y la tercera lengua, en esa mezcla rara de utilidad y deseo que convierte un idioma en algo más que una asignatura. Al final, estudiar una lengua es aceptar una pequeña incomodidad: pronunciar mal, no entender, repetir, equivocarse, volver a empezar. España lo hace cada vez más pronto. Le falta hacerlo con más variedad, con menos miedo y con algo menos de burocracia en la boca.

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