Síguenos

Economía

¿Por qué las empresas despiden a los mayores de 50?

Publicado

el

empresas despiden a los mayores de 50

El despido de mayores de 50 revela el choque entre costes, tecnología y experiencia en un mercado laboral que aún no sabe cuidar su talento.

Las empresas españolas no están prescindiendo de los trabajadores mayores de 50 por una sola razón, sino por una mezcla incómoda de costes salariales, reestructuraciones internas, automatización, prejuicios sobre la edad y una idea bastante pobre —pero muy extendida— de lo que significa ser “adaptable”. El sénior se ha convertido en una figura contradictoria: sostiene buena parte del empleo, acumula oficio, conoce los fallos de la casa y, al mismo tiempo, aparece en muchos cuadros de mando como una línea cara, lenta de mover y difícil de recolocar cuando cambia el negocio.

El problema no es que los mayores de 50 no sirvan. Esa frase, además de injusta, es bastante torpe. El problema es que muchas compañías han aprendido a mirar la plantilla como quien mira una hoja de Excel con prisas: arriba los costes, abajo los ahorros, en medio una vida profesional de treinta años reducida a un número. España cerró 2025 con 22,46 millones de ocupados y una tasa de paro del 9,93%, la primera por debajo del 10% desde la gran crisis financiera, pero dentro de ese mercado laboral más fuerte hay un punto áspero: quienes pasan de cierta edad y pierden su empleo tienen más riesgo de quedarse varados, como barcos con buen casco pero sin puerto de atraque.

El trabajador sénior se ha vuelto caro, pero no inútil

La primera explicación es la más cruda. Un empleado de más de 50 años suele cobrar más que uno de 25 o 30. No siempre, claro, España también tiene veteranos con sueldos modestos y jóvenes con salarios altos en sectores tecnológicos, financieros o muy especializados, pero la curva general existe. Los datos salariales de 2023 situaban el salario bruto anual medio español en 28.049,94 euros, mientras que el tramo de 45 a 54 años alcanzaba 30.692,82 euros y el de 55 años y más, 31.114,19 euros. No es una fortuna de jeque, precisamente, pero sí una diferencia suficiente para que una dirección financiera nerviosa vea tentación donde debería ver capital humano.

Ahí empieza la poda. En los expedientes de regulación de empleo, en las salidas pactadas, en las prejubilaciones, en los planes de bajas voluntarias que muchas veces son voluntarios como lo era aceptar el café aguado de oficina: técnicamente sí, emocionalmente no tanto. Un trabajador sénior tiene más antigüedad, más derechos acumulados, más salario consolidado, a veces más complementos. Si la empresa busca adelgazar rápido, el incentivo económico empuja hacia él. La paradoja es evidente: durante años se premia la permanencia, la lealtad, la especialización; luego, cuando la empresa cambia de humor, esa misma trayectoria se convierte en una especie de mochila de piedras.

En España, además, el despido colectivo ha dejado de ser solo un mecanismo de emergencia para empresas al borde del precipicio. Cada vez aparece más como herramienta de gestión estratégica, una forma de redibujar plantillas, cerrar áreas maduras, abaratar estructuras y preparar negocios para otra etapa. No siempre hay pérdidas dramáticas detrás. A veces hay beneficios, pero no los suficientes para calmar a quien exige más margen. A veces hay transformación digital. A veces hay una palabra que lo explica todo y no explica nada: eficiencia.

El lenguaje empresarial tiene esa habilidad casi poética para poner terciopelo donde hay cuchilla. “Optimización”, “ajuste”, “reorientación de perfiles”, “nueva arquitectura organizativa”. Traducido al castellano de la calle: sobra gente, y suele sobrar antes quien cuesta más, quien protesta con más conocimiento de causa o quien no encaja en la fotografía juvenil de la nueva oficina, esa con sillones de colores, inglés de LinkedIn y una cafetera que parece más importante que el convenio.

La tecnología como excusa, amenaza y coartada

La digitalización ha cambiado el trabajo, pero también ha ofrecido a muchas empresas una coartada perfecta. Todo lo que no se entiende se etiqueta como obsoleto. Todo lo que tarda se llama resistencia al cambio. Todo trabajador mayor que pide una explicación puede pasar, en determinados ambientes, por un obstáculo cultural. Qué cómodo. La tecnología aparece entonces no solo como herramienta, sino como tribunal.

Hay una parte real. La inteligencia artificial, la automatización administrativa, los nuevos sistemas de gestión, el análisis de datos, el comercio digital y la atención automatizada han alterado tareas que antes ocupaban a miles de profesionales. El INE ya detectó en 2025 que el 37,9% de la población de 16 a 74 años había utilizado herramientas de inteligencia artificial generativa en los tres meses anteriores, aunque el uso caía con la edad: del 75,6% entre los jóvenes de 16 a 24 años al 19,2% entre quienes tenían de 55 a 64. La brecha no es imaginaria. Está ahí, como una grieta en la pared recién pintada.

Pero una brecha digital no equivale a inutilidad profesional. Conviene repetirlo porque se olvida demasiado. Saber usar una herramienta no es lo mismo que saber decidir. Un joven puede manejar con soltura una aplicación recién salida del horno y, al mismo tiempo, no entender por qué un cliente histórico se va, por qué una línea de producción se atasca, por qué una negociación huele mal desde el minuto tres. La experiencia no sustituye a la formación digital, de acuerdo. Pero la formación digital tampoco sustituye a la experiencia. Son dos pulmones, no dos bandos.

La formación que llega tarde

El problema aparece cuando las empresas invierten menos en actualizar a quienes más conocen el negocio. El estudio de Fundación BBVA sobre mayores en España señalaba que las empresas financiaban el 59% de las actividades formativas de los trabajadores de 25 a 54 años, pero solo el 49,8% de las realizadas por empleados de 55 a 69. También apuntaba que apenas el 18,8% de los mayores de 55 tenía un nivel básico de competencias digitales y solo el 16,3% un nivel avanzado. El diagnóstico es claro: si no se forma al sénior y luego se le acusa de no estar formado, el círculo tiene algo de trampa de tahúr.

La inteligencia artificial ha acelerado esa conversación. En las grandes tecnológicas se han visto movimientos simbólicos, como planes de bajas o prejubilaciones vinculados a reorganizaciones mientras crecen las inversiones en IA. Microsoft, por ejemplo, anunció en abril de 2026 un plan de jubilación anticipada voluntaria para unos 8.750 empleados en Estados Unidos, dirigido a trabajadores cuya edad y años de servicio sumaran 70 o más. España no es Silicon Valley, aunque a veces algunos departamentos de recursos humanos se lo crean después de ver tres charlas TED. Pero la señal viaja: si la tecnología promete hacer más con menos, el “menos” suele tener nombre, apellidos y edad.

Jóvenes más baratos, familias como colchón

La sustitución del trabajador sénior por perfiles más jóvenes no siempre se reconoce como tal. Sería demasiado feo. Se habla de energía, nuevas competencias, flexibilidad, hambre, encaje cultural. Algunas de esas virtudes son reales. La juventud aporta miradas frescas, menos miedo a probar herramientas, menos dependencia de rutinas antiguas. Pero también aporta otra cosa que el mercado usa con una naturalidad escalofriante: menor poder de negociación.

Un trabajador joven suele aceptar salarios más bajos no porque sea feliz cobrando menos, sino porque entra en un mercado estrecho, con alquileres desbocados y carreras laborales que empiezan tarde, fragmentadas, llenas de prácticas, contratos de entrada y promesas de crecimiento. La tasa de emancipación juvenil en España cayó al 15,2% en el segundo semestre de 2024, el peor dato para ese periodo desde que hay registros, y una persona joven asalariada necesitaba destinar el 92,3% de su sueldo para vivir sola de alquiler. Dicho sin celofán: muchos jóvenes pueden aceptar peores condiciones porque la familia funciona como subsidio invisible del mercado laboral.

Ese colchón familiar tiene consecuencias. Permite a ciertas empresas pagar menos de lo que costaría sostener una vida adulta autónoma. El salario no compra una casa, ni siquiera una habitación tranquila en demasiadas ciudades; compra experiencia, currículum, supervivencia parcial. Mientras tanto, el trabajador de 52 años suele tener hipoteca, hijos estudiando, cuidados de padres mayores, facturas que no entienden de “salario emocional”. El mercado compara ambos perfiles y descubre, oh sorpresa, que uno sale más barato y calla más. Sarcasmo aparte, ahí hay un problema de país.

La edad de emancipación en España rondó los 30 años en 2024, casi cuatro años por encima de la media europea. Ese retraso no solo habla de vivienda; habla también de empleo, salarios y estructura familiar. En una economía donde el hogar de los padres absorbe parte del coste de vivir, el empresario encuentra más fácil ofrecer sueldos de entrada bajos. No todos lo hacen por maldad. Algunos lo hacen porque el sector lo permite, porque la competencia aprieta o porque el modelo de negocio está montado sobre márgenes raquíticos. El resultado, aun así, es el mismo: el joven barato se usa como recambio y el sénior caro se presenta como problema.

El gran desperdicio: perder oficio justo cuando hace falta

Despedir trabajadores mayores puede mejorar una cuenta trimestral, pero también puede vaciar una empresa por dentro. Hay saberes que no aparecen en los manuales. La persona que conoce al proveedor que siempre falla en agosto. Quien recuerda por qué una cláusula se redactó así y no de otra manera. Quien detecta al cliente que sonríe mientras prepara una fuga. Quien ha visto tres crisis, dos fusiones y una implantación informática que prometía cambiar el mundo y acabó cambiando solo las contraseñas.

La economía española tiene un tejido empresarial muy dependiente de servicios, pymes, relaciones comerciales de largo recorrido y conocimiento práctico. En ese entorno, la experiencia pesa. No como postal nostálgica, sino como productividad real. El SEPE subraya que las personas mayores de 45 años representan una parte esencial del mercado laboral y que su experiencia es valiosa, aunque el colectivo afronta retos como menor movilidad laboral y dificultades de adaptación tecnológica. La fotografía, por tanto, no es la de un grupo acabado, sino la de un grupo útil al que se le exige cambiar mientras se le ofrece menos margen para hacerlo.

Cuando una empresa expulsa demasiado conocimiento acumulado, puede ganar ligereza y perder memoria. Y una organización sin memoria tropieza de forma muy moderna: con presentaciones preciosas, dashboards impecables y errores que ya se habían cometido en 2007. La veteranía no debe blindar a nadie frente a la evaluación, faltaría más. Hay profesionales mayores desactualizados, igual que hay jóvenes despistados, mandos mediocres y consultores que convierten obviedades en inglés premium. La edad no absuelve. Tampoco condena.

Lo inteligente sería distinguir. Hay puestos que desaparecen porque la tarea desaparece. Hay perfiles que necesitan reciclaje profundo. Hay trabajadores que pueden reubicarse con formación sensata, no con un curso genérico de dos tardes sobre “competencias digitales para el futuro”. Hay salidas inevitables en empresas con problemas reales. Y hay despidos que son pura sustitución salarial envuelta en papel de innovación. Meterlo todo en el mismo saco es una forma de no pensar.

El paro sénior baja, pero la herida sigue

El mercado laboral español ha mejorado, y eso también debe contarse. El empleo creció en 605.400 personas en 2025 y el paro bajó hasta 2.477.100 desempleados al cierre del cuarto trimestre. No estamos en 2012. No conviene escribir como si el país siguiera con la persiana bajada y el miedo pegado a los cristales. Pero las medias nacionales pueden esconder esquinas muy frías.

Para los mayores de 45 años, el desempleo se ha reducido en la última década, pero sigue aproximándose al 60% del paro registrado, en parte por el envejecimiento de la población activa. Según el SEPE, hay poco más de un millón de parados mayores de 45 años en términos EPA, cerca del 55% mujeres, y el paro registrado ronda el millón y medio, con alrededor de un 60% de mujeres. Es decir, el problema sénior tiene también rostro femenino: carreras interrumpidas, cuidados, sectores peor pagados, parcialidad, menos promoción histórica y más castigo cuando llega la edad difícil.

La parte más dura está en la larga duración. El mismo informe señala que los mayores de 45 presentan el porcentaje más alto de parados de larga duración y que las posibilidades de encontrar empleo se reducen cuanto más tiempo permanece una persona como demandante. Aquí la edad se convierte en una especie de pegamento. Primero pierdes el trabajo. Luego pasan los meses. Después tu currículum empieza a oler, para algunos reclutadores, a problema. No importa que hayas trabajado veinte años sin parar; importa que llevas uno fuera. El mercado laboral tiene memoria corta para los méritos y larguísima para las interrupciones.

La protección por desempleo suaviza el golpe, pero no lo resuelve. Entre las personas beneficiarias de prestaciones, el SEPE contabilizaba 1,86 millones, de las cuales 1,15 millones pertenecían al colectivo de mayores de 45 años; en su mayoría, la protección era asistencial. Eso significa que una parte considerable no está simplemente “entre trabajos”, sino en una fase de resistencia económica. Aguantar hasta encontrar algo. Aguantar hasta la jubilación. Aguantar, verbo españolísimo.

El edadismo no siempre grita; muchas veces sonríe

El edadismo laboral rara vez se presenta con un cartel luminoso. No suele decir “no te contrato porque tienes 56 años”. Dice “buscamos un perfil más dinámico”. Dice “necesitamos alguien nativo digital”. Dice “no encaja con la cultura”. Dice “estás sobrecualificado”, esa frase deliciosa que significa: sabes demasiado, has vivido demasiado, quizá pidas demasiado. También aparece en entrevistas donde se pregunta con falsa inocencia si la persona “se vería trabajando con un equipo muy joven”. Como si cumplir años fuera una incompatibilidad técnica, como no saber Excel.

La ley española prohíbe la discriminación por edad. El Estatuto de los Trabajadores declara nulas las decisiones empresariales que provoquen discriminación directa o indirecta desfavorable por razón de edad en el empleo, la retribución, la jornada y otras condiciones laborales. La Ley 15/2022 también reconoce el derecho a la igualdad de trato y prohíbe discriminar por edad, entre otros motivos. El marco jurídico está. Otra cosa es probar la discriminación cuando llega disfrazada de reorganización, de algoritmo de selección o de “perfil cultural”.

En los procesos de selección, la edad se filtra aunque no se pregunte. Se deduce por años de experiencia, fechas de estudios, cargos ocupados, incluso por la foto si el candidato la incluye. En los despidos, la edad aparece mezclada con antigüedad, salario, departamento, puesto amortizado. Es una niebla, no siempre una pared. Y precisamente por eso resulta tan difícil combatirla. La discriminación moderna no siempre prohíbe entrar; a veces simplemente mueve la puerta.

También hay una responsabilidad individual, sí, pero limitada. Un profesional de 50 o 55 años necesita actualizarse, entender herramientas nuevas, no quedarse atrapado en el “esto siempre se hizo así”. La experiencia puede ser brújula o puede ser ancla. Depende. Pero cargar todo el peso sobre el trabajador es una comodidad indecente. Si una empresa ha aprovechado durante años el conocimiento de una persona y luego no invierte en su actualización, no puede fingir sorpresa cuando esa persona necesita reciclarse. La formación continua no es una chocolatina de motivación; es infraestructura productiva.

Una economía que jubila talento antes de tiempo

España envejece, las carreras laborales se alargan y el sistema de pensiones necesita más años de cotización, no menos. Con esa realidad encima de la mesa, expulsar talento sénior a los 52, 55 o 58 años es una contradicción de manual. Se pide trabajar más tiempo, pero se dificulta ser contratado a partir de cierta edad. Se habla de productividad, pero se desperdicia conocimiento. Se invoca la innovación, pero se confunde innovación con juventud. Una economía adulta no debería permitirse ese lujo.

La salida razonable no pasa por convertir al trabajador mayor en intocable ni por romantizar la experiencia como si todo cabello gris escondiera sabiduría. Pasa por medir mejor. Por separar coste de valor. Por formar de verdad. Por diseñar equipos mixtos donde el joven que domina la herramienta trabaje con quien entiende el negocio, y viceversa. Por evitar que los despidos sénior sean la vía rápida para cuadrar márgenes. Por mirar la edad como un dato, no como una sentencia.

El trabajador mayor de 50 no es el pasado de la empresa. Muchas veces es su archivo vivo, su detector de incendios, su memoria muscular. También puede necesitar actualización, claro. Todos la necesitan ya. La diferencia es que a unos se les llama promesa cuando aprenden y a otros se les llama problema cuando preguntan. Ahí está el sesgo, fino como polvo en una mesa oscura.

El fenómeno de los despidos sénior en España habla menos de una guerra entre generaciones que de un mercado laboral que reparte mal los riesgos. Los jóvenes aceptan peores condiciones porque la vivienda y la precariedad les cortan las alas; los mayores pagan el precio de ser más caros justo cuando más saben; las empresas buscan flexibilidad sin admitir siempre el coste social de esa flexibilidad. Y en medio queda una pregunta incómoda, aunque conviene no convertirla en eslogan: qué clase de país construye una economía donde la experiencia empieza a estorbar antes de haber terminado de ser necesaria.

Gracias por leerme y por pasarte por Don Porqué. Si te apetece seguir curioseando, arriba tienes la lupa para buscar más temas. Y si esto te ha gustado, compártelo: así la historia llegará un poco más lejos.

Lo más leído