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Vuelve El Último de la Fila: las fechas de la gira 2026

El Último de la Fila vuelve con 12 conciertos, clásicos vivos y una nostalgia que aún llena estadios casi 30 años después del largo silencio
El Último de la Fila vuelve a los escenarios casi treinta años después de su separación con una gira española de doce conciertos que arranca este 25 de abril en Marenostrum Fuengirola y que pasará por Barcelona, Roquetas de Mar, Madrid, Bilbao, Santiago de Compostela, Avilés, Sevilla y Valencia. No es una resurrección con humo de máquina ni un ejercicio de nostalgia plastificada para llenar estadios a golpe de camiseta vintage. Manolo García y Quimi Portet han planteado el regreso con una idea bastante más sencilla, casi doméstica, y por eso mismo más poderosa: tocar juntos, disfrutar, no convertir la vuelta en una penitencia industrial y comprobar que aquellas canciones aún respiran delante del público.
La gira llega con entradas canalizadas oficialmente a través de Ticketmaster y con un calendario que ya no es exactamente el primer anuncio de 2025, porque la demanda hizo crecer el número de fechas y la cita gallega ha cambiado de piel: el concierto previsto en Riazor, en A Coruña, se mantiene el 13 de junio, pero se traslada al Auditorio Monte do Gozo, en Santiago de Compostela, con venta general para las nuevas entradas desde el 29 de abril a las 11:00 y precio único de 80 euros más gastos de gestión. En Fuengirola, el estreno abre puertas a las 19:00 y tiene previsto el inicio del concierto a las 22:00, en el Escenario Unicaja de Marenostrum. El resto de la ruta combina estadios, pabellones y grandes recintos, con horarios que oscilan entre las 20:30 y las 22:30, según ciudad.
El regreso que empezó en una sobremesa
Hay regresos que nacen en un despacho, con gráficos, previsiones, marcas, patrocinios y una pantalla donde alguien proyecta el valor de la nostalgia como si fuera una urbanización en la costa. Este, al menos en el relato de sus protagonistas, nació en una sobremesa. Quimi Portet lo ha contado con la naturalidad de quien no necesita añadir confeti a la escena: se veían a menudo, surgió la posibilidad, alguien dijo algo parecido a “¿por qué no hacemos unos conciertos?” y el mecanismo empezó a moverse. Así, sin trompeta imperial. Casi como se deciden las cosas que de verdad importan, entre platos retirados, café, una frase lanzada al aire y esa confianza antigua que no necesita justificarse cada tres minutos.
La frase que resume el espíritu del regreso no es una consigna publicitaria, sino una declaración bastante adulta: “la prioridad es pasarlo bien y ser felices”. En un sector que a veces confunde la emoción con la explotación del recuerdo, tiene su gracia que dos músicos con el archivo sentimental que poseen Manolo García y Quimi Portet reivindiquen algo tan poco solemne. Pasarlo bien. Ser felices. No rebañar el plato, como dijo García al explicar aquella separación de 1998. No volver porque toca. No convertir el pasado en una máquina tragaperras con baquetas.
El Último de la Fila se separó oficialmente en 1998, cuando el grupo aún conservaba una posición de privilegio en la música española. Eso importa. No se fueron después de arrastrarse por el barro de las giras menguantes ni por la tristeza de los discos recibidos con cortesía fúnebre. Se fueron arriba, o al menos lo bastante arriba como para que el abandono pareciera un gesto de dignidad. Manolo García ha explicado ahora que las giras de entonces eran maratonianas, intensas, casi una centrifugadora emocional. Portet añade otra lectura: necesitaban usar la libertad conquistada para explorar caminos distintos. No hay que dramatizarlo más de la cuenta. A veces una banda se rompe porque se odia; otras, porque se quiere salvar.
Fechas, ciudades y horarios de la gira 2026
La gira de regreso empieza el 25 de abril en Marenostrum Fuengirola, en Málaga, con apertura de puertas a las 19:00 y concierto previsto a las 22:00. Después llegará Barcelona, con dos noches en el Estadi Olímpic Lluís Companys, el 3 y el 7 de mayo, ambas a las 20:30. Roquetas de Mar recibe al grupo el 16 de mayo en el Estadio Municipal Antonio Peroles, a las 22:00. Madrid tiene su parada el 23 de mayo en el Riyadh Air Metropolitano, a las 20:30. Bilbao aparece por partida doble, aunque el recinto sea técnicamente el Bizkaia Arena BEC!, en Barakaldo: 30 de mayo y 5 de junio, ambas noches a las 21:30. El 13 de junio, la cita gallega será finalmente en el Auditorio Monte do Gozo de Santiago de Compostela, a las 22:30. Avilés entra el 20 de junio en el exterior del Pabellón de la Magdalena, también a las 22:30. Sevilla queda marcada para el 27 de junio en el Estadio de la Cartuja, a las 22:30. Valencia cierra el recorrido con dos conciertos en el Estadio Ciutat de València, el 4 y el 9 de julio, ambos a las 22:30.
El calendario cuenta una historia por sí solo. No es una gira de salas, ni una visita de cortesía para nostálgicos bien peinados. Es una gira de grandes recintos, con estadios y pabellones donde las canciones tendrán que comportarse como lo que siempre fueron: piezas de combustión amplia, hechas para crecer en el aire. El Último de la Fila nunca fue un grupo pequeño, aunque conservara una cierta rareza de taller, de artesanía mediterránea, de rock con polvo en los zapatos. Sus canciones podían sonar populares sin volverse simples, y ese equilibrio explica buena parte de la supervivencia.
El caso gallego merece un párrafo aparte porque ha introducido la única sacudida logística relevante de los últimos días. El concierto del 13 de junio estaba previsto inicialmente en el Estadio de Riazor, en A Coruña, pero la posibilidad de coincidencia con una celebración o actividad ligada al Deportivo de A Coruña obligó a moverlo al Monte do Gozo, en Santiago. Las entradas de pista y movilidad reducida mantienen validez sin trámite adicional, mientras que las de grada se devuelven automáticamente y sus compradores tienen una ventana de preventa antes de la venta general. Es el tipo de lío que nadie quiere cuando compra una entrada con meses de antelación: hotel, tren, cena, amigos, ilusión en el bolsillo. La música empieza antes de que suene la primera nota, y a veces también se complica antes.
Entradas: venta oficial, precios y el fantasma de la reventa
La recomendación práctica, aunque suene a frase de madre prudente, es comprar solo por canales oficiales. La propia comunicación de la gira remite a Ticketmaster como punto de venta oficial y advierte contra la reventa. En una gira de estas características, con varias fechas de alta demanda y un público que mezcla generaciones, la reventa se convierte en ese callejón oscuro de internet donde todo parece posible hasta que deja de serlo. La entrada barata que aparece de pronto, la plataforma secundaria con promesas brillantes, el correo que llega raro. Vieja comedia, final conocido.
Los precios anunciados para el regreso se movieron inicialmente en la horquilla aproximada de 65 a 90 euros, dependiendo de ciudad, recinto y ubicación, aunque los gastos de gestión y las circunstancias concretas de cada evento pueden alterar la cifra final. Marenostrum Fuengirola anunciaba entradas desde 88 euros con gastos e IVA incluidos para el concierto inaugural. En el caso del nuevo evento de Santiago de Compostela, la organización ha fijado un precio único de 80 euros más gastos de gestión para las nuevas entradas puestas a la venta por el traslado desde Riazor.
Aquí aparece una de las contradicciones más jugosas del regreso: García y Portet han sido críticos con los precios dinámicos y con esa lógica ultracapitalista que convierte una entrada en un billete de avión en pleno puente. No deja de ser irónico que una banda que viene de los años en que el disco físico era un objeto, con portada, olor a plástico y ritual de escucha, regrese en una época donde una localidad puede cambiar de precio como una acción tecnológica. Pero también por eso su discurso sobre la música actual suena menos a nostalgia de barra de bar y más a diagnóstico de oficio.
Qué canciones tocarán: clásicos, fidelidad y pocas piruetas
El repertorio definitivo no se conocerá de forma completa hasta que empiece la gira y el primer concierto deje de ser promesa para convertirse en lista real. Pero Manolo García ha dado una pista clara: han preparado un repertorio “lo más coherente posible”, atendiendo a la popularidad de las canciones, a su calado y a su permanencia en el tiempo. También ha dejado una frase importante para los seguidores más puristas: las tocarán como el público espera, sin inventos innecesarios ni solos interminables, respetando la forma en que fueron compuestas y grabadas en los años 80 y 90.
Eso reduce bastante el misterio. En una gira así, lo razonable es esperar que suenen los grandes himnos del grupo: Insurrección, Aviones plateados, Querida Milagros, Sara, Como un burro amarrado en la puerta del baile, Mar antiguo, Cuando el mar te tenga, Dios de la lluvia, Canta por mí, A veces se enciende, Lejos de las leyes de los hombres, Lápiz y tinta, Llanto de pasión, El loco de la calle, El que canta su mal espanta o Pedir tu mano. No todas cabrán necesariamente cada noche, porque un concierto no es un baúl sin fondo, pero esas canciones forman el esqueleto sentimental de El Último de la Fila. Quitarlas sería como servir gazpacho caliente: poderse, se puede, pero alguien debería dar explicaciones.
También existe la posibilidad de que aparezca alguna canción nueva o alguna revisión nacida del trabajo reciente entre ambos. En 2023 ya publicaron Desbarajuste piramidal, un álbum de nuevas versiones de canciones antiguas que funcionó casi como una puerta entreabierta. No era exactamente un regreso, pero sí una prueba de temperatura. Volver a entrar en esas canciones, moverles el aire, comprobar qué pasaba al cantarlas con otros años encima. La gira de 2026 parece construida sobre esa misma intuición, aunque con una diferencia decisiva: ahora hay público delante. Y el público no es un archivo. El público contesta, desafina, llora, pide otra, se acuerda de alguien.
Por qué El Último de la Fila sigue importando
El Último de la Fila nació en Barcelona en 1985, después de la aventura previa de Los Rápidos y Los Burros, y fue uno de esos grupos que entraron en el pop-rock español por una puerta lateral. No eran exactamente modernos al uso, ni castizos, ni flamencos, ni rockeros de manual, ni poetas de instituto, aunque podían parecer todas esas cosas en una misma canción. Tenían guitarras, sí, pero también una imaginería propia: trenes, cartas, paisajes secos, amores torcidos, mediterráneo sin postal, surrealismo de taberna, melancolía y una forma de cantar que parecía venir de una garganta con polvo y luna.
Su importancia no se entiende solo por ventas o por premios, aunque los tuvieron. Se entiende porque lograron algo más difícil: sonar reconocibles desde la primera frase. Eso, en música popular, vale más que una vitrina. Manolo García escribía y cantaba con una mezcla de lirismo y calle que podía resultar excesiva en manos menos dotadas, pero que en él adquiría carne. Quimi Portet aportaba una arquitectura musical que nunca se limitaba a acompañar. Entre los dos fabricaron canciones que parecían raras y terminaron siendo comunes, en el mejor sentido de la palabra: canciones compartidas, de coche, de bar, de habitación, de ruptura, de verano, de carretera secundaria.
El regreso funciona porque esas canciones no han envejecido como un decorado. Algunas sí llevan el perfume de su época, claro. Sería absurdo negarlo. Hay modos de producción, giros, timbres y estructuras que pertenecen a los años 80 y 90. Pero el corazón sigue caliente. La carta de Querida Milagros, la electricidad de Insurrección, la belleza ambulante de Aviones plateados, el desamparo luminoso de Sara. No son piezas de museo, sino objetos usados. Como una cazadora vieja que aún queda bien porque nunca fue del todo moda.
Plataformas, reguetón y el valor perdido de una canción
En la entrevista previa al arranque de la gira, García y Portet no se han limitado a hablar del regreso. También han dejado una reflexión dura sobre el presente musical. García ha criticado la remuneración que reciben muchos creadores en las plataformas digitales, una soldada que define como ínfima, irrisoria e indignante. Portet matiza el panorama con una idea menos nostálgica: ahora hay cosas mejores, la música se ha democratizado, la difusión es más fácil, pero el valor de la obra se ha desplomado. Es una paradoja de época. Nunca fue tan sencillo publicar una canción. Nunca fue tan difícil vivir de ella.
El comentario no suena a abuelo enfadado con el móvil, aunque podría parecerlo si uno lo lee deprisa. La música popular siempre ha cambiado por choque generacional. Portet lo dice con bastante deportividad al hablar del reguetón: cada generación intenta resultar desagradable a la anterior, y ellos ya pusieron histéricos a sus abuelos con el rock and roll. Esa frase limpia mucha hojarasca. La discusión no va de si el reguetón es el apocalipsis o si las guitarras son una reserva moral de Occidente, que ya sería pereza. La cuestión es otra: quién cobra, quién decide, quién reparte, cuánto vale una canción cuando se escucha millones de veces y aun así deja migajas al creador.
El Último de la Fila pertenece a una época en la que el éxito podía traducirse en una carrera larga, discos vendidos, giras rentables y una cierta autonomía artística. El músico popular, si le iba bien, podía construirse una casa profesional con cimientos. Hoy, muchos artistas viven dentro de una tienda de campaña algorítmica: visibles, expuestos, celebrados durante tres días, barridos al cuarto por otra ola. García y Portet lo miran desde fuera, pero no desde la ignorancia. Saben lo que cuesta escribir una canción que dure. Y saben que la duración no cabe bien en una pantalla hecha para deslizar.
Un regreso sin promesa de eternidad
Una de las mejores noticias de esta vuelta es que no viene cargada de solemnidad futura. No hay gran plan anunciado, ni trilogía, ni promesa de disco, gira mundial, documental, musical y línea de perfumes. García lo resume con sensatez: si están juntos, algo puede salir, porque hay ganas de tocar y componer, pero los puentes se cruzarán cuando estén delante. Portet habla de libertad absoluta. Esa palabra, libertad, aparece varias veces y no como adorno. La libertad de no tener que demostrar nada, de no arrastrar una maquinaria que dicte el próximo movimiento, de no quedar preso de los propios éxitos. Hay carreras que se convierten en jaulas con focos.
Ese es quizá el matiz más interesante del regreso. El Último de la Fila no vuelve para corregir una derrota, porque no la hubo. Tampoco para reparar una pelea pública, porque la separación fue amistosa. Vuelve desde una posición extraña y privilegiada: la de quien dejó una historia abierta sin dejarla rota. El público llenará los recintos con una expectativa evidente, pero también con una memoria muy concreta. Habrá quien vaya a reencontrarse con su juventud, claro. Habrá hijos que acompañen a padres. Habrá padres que finjan acompañar a hijos. Habrá parejas que ya no lo son y canciones que aún sí.
La gira tendrá, inevitablemente, una dimensión generacional. No porque sea un museo de los 80 y 90, sino porque ciertas canciones funcionan como calendarios privados. Uno escucha Insurrección y no solo escucha una canción: escucha el coche de alguien, una habitación, una ciudad, una edad en la que todo parecía urgente y torpe. La música popular hace eso cuando acierta. Guarda tiempo. Lo guarda mal, con arañazos, pero lo guarda.
La vieja banda ante una España distinta
Cuando El Último de la Fila se separó en 1998, España era otro país. Internet aún no había colonizado la vida cotidiana, los discos se compraban, los videoclips importaban de otra manera, las radios tenían un poder enorme y la industria musical todavía conservaba una liturgia reconocible. Volver en 2026 significa tocar ante un público que vive pegado al móvil, que graba los conciertos, que comenta en tiempo real, que compara repertorios en redes y que probablemente sabrá a los diez minutos qué canción abrió la noche de Fuengirola.
La banda, sin embargo, parece querer situarse justo en el lugar contrario: tocar como se tocaba, no hacer inventos de laboratorio, no convertir cada canción en una actualización de software. Eso no quiere decir inmovilismo. Quiere decir respeto por el material. Hay canciones que admiten cirugía y canciones que piden una mano limpia. El Último de la Fila tiene muchas de las segundas. La emoción no siempre necesita una relectura radical. A veces basta con afinar, respirar y entrar a tiempo.
Fuengirola será la primera prueba. Marenostrum, con el castillo cerca y el mar como decorado involuntario, ofrece una postal poderosa para arrancar: noche malagueña, público con la entrada guardada desde hace meses, dos músicos que vuelven a ponerse uno al lado del otro después de casi tres décadas de ausencia escénica como grupo. No hace falta inflar mucho la escena. Ya viene inflada de fábrica.
Canciones que vuelven con polvo y electricidad
El regreso de El Último de la Fila tiene algo de ajuste de cuentas amable con el tiempo. No el ajuste rencoroso de quien quiere demostrar que aún puede, sino el de quien mira unas canciones antiguas y descubre que todavía caminan. La gira de 2026 será, sobre todo, una prueba de verdad para ese repertorio: si Insurrección conserva el filo, si Aviones plateados levanta el vuelo en un estadio, si Querida Milagros sigue atravesando al público como una carta encontrada en un cajón, si Sara mantiene esa tristeza clara, tan de tarde que se acaba.
Manolo García y Quimi Portet han elegido volver sin vender eternidad. Eso les favorece. En una época acostumbrada a exprimir cada emoción hasta dejarla seca, hay algo casi elegante en decir: hacemos estos conciertos, vemos qué pasa, cruzamos los puentes cuando aparezcan. La prioridad, dicen, es pasarlo bien y ser felices. Parece poca cosa. No lo es. A veces, después de treinta años, una banda no necesita una gran explicación. Necesita canciones, una guitarra que entre donde debe, una voz reconocible y un público dispuesto a completar lo que falta. El resto —la industria, los algoritmos, la reventa, los recuerdos— ya hará su ruido alrededor. En el centro, si todo sale bien, quedará lo de siempre: dos tipos tocando y miles de personas cantando como si el tiempo, por una noche, hubiese perdido la llave.

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