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¿Por qué falló el tirachinas de la Feria de Sevilla?

El fallo del tirachinas en la Feria de Sevilla deja cuatro heridos leves y abre una investigación sobre seguridad, control y responsabilidad.
La Feria de Abril de Sevilla vivió uno de esos sobresaltos que cortan el aire de golpe, incluso en un lugar acostumbrado al ruido, la música y la exageración. La atracción Steel Max, conocida popularmente como el tirachinas de la Calle del Infierno, sufrió un fallo durante su funcionamiento en la tarde del viernes 24 de abril: uno de los cables laterales se soltó, la cabina perdió la simetría del impulso, golpeó uno de los mástiles y quedó suspendida a unos cinco metros, con dos niños dentro. El balance oficial habla de cuatro heridos leves, dos de ellos trasladados a un centro sanitario por precaución tras ser atendidos inicialmente en el recinto.
La atracción fue precintada por los bomberos, la zona quedó acotada y la Policía Local revisó la documentación correspondiente. La Policía Nacional ha asumido la investigación para aclarar si hubo desgaste, fallo mecánico, defecto de montaje, problema de mantenimiento o cualquier otra causa que explique la rotura o el desprendimiento del cable. Nadie serio puede señalar todavía un culpable. Lo que hay, por ahora, es una escena muy precisa: una máquina diseñada para tensar, lanzar y devolver una esfera al suelo perdió una de sus sujeciones en pleno movimiento. Y cuando una feria se mueve sobre hierro, tensión y confianza, esa palabra —confianza— pesa más que una tonelada.
El fallo que dejó a dos menores suspendidos en el aire
El Steel Max funciona con una lógica sencilla de explicar y bastante menos tranquilizadora de ver de cerca: una esfera para dos ocupantes, dos cables laterales, tensión mecánica y lanzamiento vertical. El aparato imita el gesto de un tirachinas gigante, solo que en lugar de una piedra viajan personas. La cabina sube, cae, rebota, vuelve a subir. Todo depende de que los dos lados trabajen al mismo tiempo, como dos brazos que tiran con idéntica fuerza. Si uno falla, la coreografía se rompe. No hay poesía mecánica ahí; hay física elemental y un golpe seco.
Según las imágenes difundidas y las primeras informaciones, el problema se produjo durante el segundo lanzamiento. Uno de los cables laterales se soltó, la cabina quedó descompensada y golpeó contra uno de los dos mástiles de la atracción. Después quedó colgada a varios metros del suelo. Fueron minutos de tensión, con el público mirando hacia arriba y con esa mezcla de silencio raro y gritos que aparece cuando una escena festiva se convierte, sin avisar, en un incidente de emergencias. Los dos menores atrapados hicieron gestos indicando que se encontraban bien, un detalle aparentemente pequeño, pero decisivo para rebajar la angustia de quienes estaban abajo.
La palabra “leve” en un parte sanitario no borra el miedo. Sirve para ordenar los hechos, no para medir el susto. Cuatro personas resultaron heridas de carácter leve: dos viajaban en la cabina y otras dos estaban en las inmediaciones. Los ocupantes fueron trasladados a un centro sanitario para pruebas, una decisión de manual cuando ha habido impacto, tensión brusca y posible sacudida cervical o torácica. Mejor una placa de más que una confianza de menos. Así funciona la prudencia cuando hay niños de por medio.
La Calle del Infierno, entre la tradición y el riesgo medido
La Calle del Infierno es el reverso eléctrico de la Feria: luces blancas, tómbolas, música cruzada, olor a azúcar tostado, patatas fritas, gasoil lejano, algodón dulce pegado a los dedos. Mientras el Real tiene casetas, farolillos y sevillanas, allí manda otra liturgia: la del vértigo. Y el vértigo, conviene recordarlo, no es improvisación. Es una industria. Una atracción puede parecer una aventura montada en unos días, pero legalmente debe ser una instalación controlada, documentada, autorizada y revisada. El encanto popular no exime del tornillo.
En Andalucía, las atracciones de feria en espacios abiertos requieren autorización municipal previa y comprobación de que reúnen condiciones técnicas de seguridad para las personas. La normativa autonómica coloca a los municipios en el centro de esa autorización e inspección de las instalaciones desmontables destinadas a espectáculos públicos o actividades recreativas. Es decir, no basta con llegar, montar, cobrar y encender las luces como si aquello fuera una verbena sin papeles. Debe existir una cadena de permisos, certificados, seguros y controles.
El marco andaluz que regula espectáculos públicos y actividades recreativas también exige que estas instalaciones reúnan condiciones técnicas de seguridad, higiene, accesibilidad, confortabilidad y cumplimiento de las normas aplicables. Suena burocrático, sí. Pero la burocracia, cuando funciona, es una barandilla: invisible hasta que alguien tropieza.
La responsabilidad no se decide en redes
Después de un accidente así, el juicio popular corre más que los bomberos. Un vídeo de pocos segundos se convierte en sentencia, peritaje y tertulia. Mala mezcla. La investigación tendrá que determinar primero qué falló exactamente. No es lo mismo que se rompa un cable por fatiga del material, que se suelte una unión por montaje deficiente, que falle una pieza de anclaje, que haya una revisión insuficiente, que exista una documentación correcta pero una avería imprevisible. Todas esas hipótesis viven ahora en la misma sala de espera.
La responsabilidad puede apuntar en varias direcciones, pero no de forma automática. El titular o explotador de la atracción debe responder por el mantenimiento, el funcionamiento ordinario, la documentación exigible y las condiciones reales del aparato. Si hubo una empresa técnica encargada de revisar, certificar o montar, también podría entrar en el análisis. El Ayuntamiento tiene competencias de autorización, inspección y control, pero eso no significa que cualquier fallo mecánico se traduzca de inmediato en responsabilidad municipal. La diferencia es importante. En España somos muy de saltar de la indignación al veredicto sin pasar por la llave inglesa.
La Policía Local ya ha inspeccionado documentación y la Policía Nacional investiga. Ese recorrido implica revisar papeles, sí, pero también piezas. El cable o goma afectada, los puntos de anclaje, la estructura, los mástiles, el historial de revisiones, el certificado técnico, el seguro de responsabilidad civil, las condiciones de montaje, las anotaciones de incidencias previas y el protocolo aplicado tras el accidente. Los documentos dicen una cosa; el metal, a veces, dice otra. Y cuando ambos no coinciden, empieza lo verdaderamente serio.
Qué pasa ahora con la atracción Steel Max
Lo inmediato es claro: el tirachinas queda fuera de servicio. Precintado. No hay reapertura razonable sin una revisión completa y sin que las autoridades permitan volver a operar, si es que finalmente lo permiten. En una feria, cerrar una atracción no es solo bajar una persiana: es congelar una pequeña empresa en plena semana de máxima recaudación. Pero la seguridad va antes que la caja, por mucho que la caja haga ruido de monedas y billetes al fondo.
La investigación deberá resolver tres preguntas prácticas. La primera, si la instalación tenía toda la documentación en regla antes de ponerse en marcha. La segunda, si esa documentación se correspondía con el estado real de la atracción. La tercera, si el fallo era detectable mediante una revisión ordinaria o si se produjo de forma súbita pese a los controles. Ahí se juega buena parte de la responsabilidad. Una avería imprevisible no pesa igual que una negligencia; una pieza fatigada no cuenta lo mismo que una omisión de mantenimiento; una autorización correcta no tapa una explotación descuidada.
También entra en juego el seguro. En este tipo de instalaciones, la responsabilidad civil no es un adorno administrativo, sino la vía que permite cubrir daños personales si se acreditan lesiones, gastos médicos, perjuicios o secuelas. En principio, al hablarse de heridos leves, el escenario parece limitado. Pero leve no significa inexistente. Una contusión, una crisis de ansiedad, una revisión hospitalaria o una lesión que aparece horas después forman parte del terreno habitual de estos procedimientos. La prudencia médica no termina cuando se apaga la sirena.
El debate incómodo sobre las atracciones temporales
Cada vez que falla una atracción, vuelve la misma conversación: si se revisan lo suficiente, si los montajes temporales soportan bien el trajín de feria en feria, si el público conoce realmente a qué se sube, si las administraciones tienen medios para inspeccionar con profundidad y si el sector vive demasiado pegado al calendario. No es una sospecha contra los feriantes. Sería injusto meter a todos en el mismo saco, como quien barre confeti al acabar la noche. Es más bien una pregunta sobre un modelo en el que máquinas complejas se montan, desmontan, transportan y vuelven a montar bajo presión de tiempo, permisos, costes y temporada.
Una atracción de feria no es menos seria por estar rodeada de luces de colores. Al contrario. La temporalidad añade exigencia. Un parque fijo tiene rutinas estables, equipos permanentes, trazabilidad diaria. Una instalación ambulante depende de una cadena que debe funcionar cada vez: transporte, montaje, nivelación, conexiones eléctricas, pruebas, certificados, operación, vigilancia, desmontaje. Todo eso debe encajar como una cremallera. Si un diente falla, el tirón se nota.
El accidente de Sevilla no autoriza a sembrar pánico sobre toda la Feria. Tampoco permite despacharlo como “un susto” y a otra cosa. Entre la alarma y la complacencia hay un espacio adulto, que suele ser el más incómodo: revisar bien, informar con claridad, depurar responsabilidades si las hay y evitar que la rutina absorba el incidente como si nada hubiera pasado. Porque la Feria es alegría, sí, pero la alegría no firma certificados técnicos.
Una Feria que sigue, pero con una advertencia encima
La Feria de Abril de 2026 había llegado con un dispositivo municipal amplio y varias novedades urbanas en el recinto, incluidas actuaciones de movilidad y mejoras en la zona vinculada a la Calle del Infierno. El Ayuntamiento había presentado obras y cambios en el entorno, desde nuevas conexiones peatonales hasta intervenciones relacionadas con infraestructuras eléctricas en el recinto ferial. La maquinaria de la ciudad estaba preparada para una semana de enorme afluencia, que es lo que Sevilla conoce bien: multitudes, tráfico, calor incipiente, trajes impecables a las tres de la tarde y cansancio glorioso al volver de madrugada.
Pero un accidente en una atracción cambia el tono. No paraliza la Feria, pero la atraviesa. La conversación ya no va solo de casetas, precios, rebujito o famosos de paso. Va de si los padres miran dos veces antes de comprar una ficha. Va de si los trabajadores de otras atracciones revisan con más cuidado esa mañana. Va de si un niño que vio el vídeo en el móvil se sube luego con la misma despreocupación. Las fiestas populares viven de una confianza casi invisible: creemos que el suelo aguanta, que la portada no cae, que la instalación eléctrica está revisada, que la atracción va a dar miedo solo en la dosis pactada. Cuando esa confianza se agrieta, aunque sea poco, se oye.
El papel de las autoridades ahora no debería limitarse a una fórmula tranquilizadora. Hace falta claridad. Qué documentación tenía la atracción, qué revisión había pasado, cuándo fue la última inspección, qué pieza falló, qué informe técnico se emite y en qué condiciones podría volver a funcionar, si llega a hacerlo. La transparencia aquí no es enemiga de la Feria; es su mejor defensa. Sevilla no necesita fingir que nada pasa para proteger su fiesta. Necesita demostrar que cuando pasa algo, se actúa.
La noche en que el vértigo dejó de ser un juego
El tirachinas de la Feria de Sevilla falló en el peor lugar posible: delante de familias, en horario de plena actividad y con dos menores dentro de la cabina. El resultado, por fortuna, quedó en cuatro heridos leves y una intervención rápida de emergencias. Podría haber sido mucho peor. Esa frase, tan usada, a veces suena a alivio barato. Aquí no. Aquí describe exactamente la frontera sobre la que caminó la tarde.
Ahora queda la parte menos vistosa, la que no cabe en un vídeo viral: peritos, diligencias, informes, seguros, expedientes, revisión de piezas, lectura de certificados. Papel y metal. Ahí se sabrá si el accidente fue una avería imprevisible o la consecuencia de algo que alguien debió detectar antes. Hasta entonces, conviene mantener dos ideas al mismo tiempo, aunque molesten por igual a los alarmistas y a los despreocupados: la Feria puede seguir sin convertirse en una ruleta rusa, y una atracción que lanza personas al aire no puede permitirse ni una sombra de duda. En la Calle del Infierno, el miedo se vende como diversión. Pero solo funciona cuando está domesticado.

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