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Economía

¿Qué es la estanflación y por qué castiga tu bolsillo?

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Qué es la estanflación

La guerra con Irán reactiva el miedo a la estanflación y amenaza con encarecer gasolina, compra, crédito y empleo en Europa

La estanflación ha vuelto al centro del debate económico porque mezcla dos males que suelen caminar por separado y, cuando se dan la mano, dejan a gobiernos y bancos centrales con cara de esto ya lo habíamos visto en los setenta y salió regular. Es, dicho sin corbata, una economía que se enfría o se atasca mientras los precios siguen subiendo. No hay alivio por ningún lado: crecer cuesta más, invertir da vértigo, consumir se encarece y el salario, salvo milagro estadístico, corre detrás del ticket de la compra. El repunte del conflicto con Irán ha devuelto ese fantasma a la conversación europea porque ha disparado el temor a un shock energético: crudo más caro, transporte más caro, empresas con costes más altos y una inflación que se resiste a bajar justo cuando la actividad pierde pulso.

Eso, para el bolsillo, no es una abstracción de economistas con ojeras. Se traduce en carburantes que suben, alimentos que tardan poco en copiar el movimiento, electricidad bajo presión, billetes de avión más caros, márgenes empresariales apretados y un crédito que puede dejar de abaratarse o incluso volver a endurecerse si el Banco Central Europeo concluye que la inflación se le escapa otra vez de las manos.

La palabra que nadie quería rescatar del archivo

La estanflación es incómoda por una razón elemental: rompe el manual. Cuando la economía se frena y hay debilidad, lo normal sería que la inflación aflojara. Menos demanda, menos presión sobre los precios. Cuando ocurre lo contrario —precios al alza con crecimiento flojo— el mecanismo habitual deja de funcionar como un reloj suizo y empieza a comportarse como un despertador viejo, de esos que suenan cuando quieren.

El término se hizo famoso en los años setenta, en plena crisis del petróleo, cuando el encarecimiento brutal de la energía golpeó a las economías occidentales y provocó exactamente esa mezcla envenenada: inflación alta, crecimiento anémico, desempleo al alza y una política monetaria atrapada entre dos incendios. El paralelismo no es un capricho literario. Hoy vuelve a hablarse de aquello por la misma arteria sensible: la energía. El conflicto con Irán amenaza uno de los puntos más delicados del planeta para el comercio de petróleo y gas, y el mercado, que huele el riesgo antes incluso de que se materialice, ya ha empezado a ponerle precio al miedo.

No significa que Europa esté condenada a repetir al milímetro la pesadilla de hace medio siglo. La estructura energética ha cambiado, hay más renovables, más interconexiones, más memoria institucional y una banca central que ya no finge que los shocks externos son simples baches. Pero el susto es serio porque la zona euro llega cansada, con crecimiento moderado, industria renqueante en varios países, deuda elevada en muchos Estados y una inflación que todavía no estaba completamente domesticada. Bastaba una chispa. La guerra ha hecho de cerilla.

Por qué la guerra con Irán ha devuelto el problema

La cadena es bastante menos misteriosa de lo que parece. Si se tensiona Oriente Próximo y el mercado teme problemas en el suministro, el petróleo sube. Si sube el petróleo, se encarece transportar mercancías, producir fertilizantes, mover barcos, camiones y aviones, fabricar plásticos, alimentar fábricas y mantener una larga lista de costes invisibles que luego, sorpresa, aparecen en la etiqueta del supermercado. No todo se traslada a la vez ni con la misma intensidad, pero el golpe se filtra. Siempre se filtra.

En estas últimas jornadas, el foco ha estado en el estrecho de Ormuz, ese pasillo marítimo que no sale mucho en las sobremesas y, sin embargo, condiciona el precio al que termina saliendo llenar el depósito en Dénia o comprar pescado refrigerado en cualquier mercado europeo. Por allí transita una parte enorme del comercio mundial de petróleo y también un volumen muy relevante del gas natural licuado. El dato es seco, casi burocrático, pero detrás hay una idea muy simple: si ese cuello de botella se atasca, el mundo paga más por la energía.

El petróleo no sube solo en las pantallas

El alza del crudo no se queda en los terminales de los traders ni en los informativos con gráficos nerviosos. Salta al diésel, al queroseno, a la logística, a los seguros marítimos, a los tiempos de entrega y a las expectativas. Y las expectativas, en economía, pesan mucho. Si una empresa cree que sus costes energéticos seguirán elevados, ajusta precios, reduce contrataciones o pospone inversiones. Si una familia sospecha que vienen curvas, contiene gasto. Ahí es donde la economía empieza a enfriarse. El problema no es solo la factura; es la conducta que provoca esa factura.

La eurozona ya ha dado una pista temprana. La inflación había empezado a relajarse, sí, pero la energía ha vuelto a meter ruido y ha reabierto el debate sobre si la desinflación estaba realmente consolidada o solo descansando. Y cuando reaparece la energía como factor desestabilizador, el golpe suele extenderse con retraso a más sectores, desde la alimentación hasta los servicios ligados al transporte.

Lo que ya significa para los hogares españoles

En España, la primera señal suele ser muy física. Sale del surtidor. Un coche familiar, una furgoneta de reparto, el tractor, el camión que abastece al supermercado, el avión que trae turistas, el barco que mueve contenedores. El combustible caro no es un dato; es una gotera que acaba manchando varios techos a la vez. Cuando el petróleo aguanta alto, llenar el depósito duele más y transportar cualquier cosa cuesta más. Lo que viaja mucho, sube antes. Lo que requiere frío, pesa más. Lo que depende de márgenes pequeños, termina trasladando parte del golpe.

Luego aparece la segunda capa: la cesta de la compra. No porque el pan dependa solo del barril ni porque una guerra explique por sí sola cada céntimo, sino porque la energía es un coste horizontal, como una humedad mala en un edificio entero. Está en el transporte, en la cadena de frío, en la producción agrícola, en los fertilizantes, en el envasado, en el riego, en la maquinaria. El consumidor no ve ese recorrido completo. Solo ve que muchas cosas no bajan cuando deberían y que algunas vuelven a subir cuando ya creía haber salido del túnel.

La hipoteca, el crédito y el miedo de fondo

La estanflación no castiga únicamente por la vía de los precios. También lo hace por la respuesta que obliga a plantearse a los bancos centrales. Si el BCE teme que la inflación energética termine contaminando de nuevo al resto de precios, puede retrasar las bajadas de tipos o incluso verse empujado a endurecer la política monetaria si la situación se complica. Y ahí entra la tercera sacudida doméstica: financiación más cara durante más tiempo.

No hace falta que el BCE pulse mañana mismo el botón de subir tipos para que la economía note la tensión. Basta con que el mercado asuma que el dinero no se abaratará pronto. Ese simple cambio de expectativa enfría hipotecas, préstamos al consumo, inversión empresarial y compra de vivienda. Es la parte menos espectacular del problema, la que no abre telediarios con mapas de misiles, pero pesa muchísimo.

El gran dilema del BCE: curar una fiebre sin romper la pierna

La política monetaria sabe enfrentarse, más o menos, a la inflación de demanda. Cuando una economía se recalienta, los tipos suben, se enfría el crédito, baja el consumo y se contiene la presión sobre los precios. Con una inflación provocada por un shock de oferta —energía cara, cadenas logísticas alteradas, materias primas encarecidas— el remedio clásico funciona peor y duele más. Subir tipos no hace aparecer más petróleo ni despeja Ormuz. Solo enfría la economía para evitar que el alza de precios se enquiste.

Ahí está la trampa. Si el BCE aprieta demasiado, puede acelerar la desaceleración y acercar la recesión. Si se queda corto, puede permitir que la inflación se extienda y eche raíces en salarios, contratos y expectativas. Por eso la estanflación asusta tanto: obliga a elegir entre males feos.

El recuerdo de los setenta planea por ahí no solo por nostalgia académica, sino porque entonces muchos países tardaron demasiado en asumir que el shock energético había cambiado el tablero. Hoy la reacción es más rápida y el diagnóstico, más nítido. Aun así, nadie tiene un botón mágico. Las ayudas públicas pueden amortiguar parte del golpe, pero abren otra discusión: cuánto margen fiscal queda, cuánto tiempo puede sostenerse y quién lo paga después.

España no está blindada, pero llega algo mejor armada

Conviene evitar dos exageraciones que circulan con facilidad. Una: “España está a salvo”. No. Dos: “esto nos tumba seguro”. Tampoco. La posición española es más resistente que la de otras economías europeas por varias razones: mayor peso de las renovables, una infraestructura gasista más amplia que la de otros socios, un turismo que sigue tirando, consumo interno relativamente firme y una menor dependencia industrial del gas que Alemania o Italia en determinados segmentos. Eso no convierte al país en una isla dentro de la geopolítica. Solo reduce un poco la exposición.

El problema es que una economía puede crecer algo más que sus vecinos y, aun así, sufrir un deterioro muy visible en el coste de vida. Esa es la paradoja desagradable. No hace falta una gran recesión para que la gente note que vive peor. Basta con que la inflación repunte, el crédito siga caro, el ahorro se vuelva más difícil y los salarios no acompañen.

El empleo aguanta… hasta que los costes muerden de verdad

La gran pregunta, siempre, es cuánto tarda el shock en afectar al empleo. Al principio, muchas empresas intentan absorber parte del golpe. Reducen márgenes, aplazan decisiones, aguantan. No despiden el primer día porque cambiar una estructura laboral también tiene costes. Pero si la energía cara se convierte en paisaje y la demanda afloja, empiezan los ajustes. Menos inversión, menos contrataciones, más prudencia.

Eso es lo perverso del fenómeno. La gente puede seguir trabajando y, aun así, sentirse más pobre. De hecho, suele ser así. La estanflación no siempre entra como una gran tormenta con relámpagos. A veces llega como ese calor pegajoso que se mete en casa aunque no hayas abierto la ventana.

Qué tendría que pasar para que esto fuera solo un susto

La diferencia entre una alarma seria y una crisis duradera está en el tiempo. Si la tensión geopolítica se modera, el estrecho de Ormuz recupera normalidad y el petróleo corrige con rapidez, el golpe puede quedarse en un episodio fuerte pero transitorio. Hará daño, sí, porque los precios no bajan con la misma velocidad con la que suben, pero el sistema lo absorbería mejor.

El problema aparece si el conflicto se alarga, si el suministro sigue condicionado o si el mercado empieza a descontar meses de energía cara. Ahí la espiral se vuelve mucho más peligrosa. A partir de cierto nivel del petróleo y con suficiente persistencia, hablar de estanflación dejaría de ser prudencia y sería simple descripción.

También influirá la capacidad política de amortiguar el golpe sin desordenar todavía más las cuentas públicas. Ayudas focalizadas a hogares vulnerables y sectores especialmente expuestos pueden comprar tiempo. Subsidios indiscriminados, no. Europa aprendió algo con la crisis energética posterior a la invasión rusa de Ucrania: la dependencia sale cara y las respuestas improvisadas salen aún más caras.

Cuando la economía se enfría y la vida se encarece

Lo importante, al final, no es si la etiqueta “estanflación” acaba dominando los titulares una semana, un mes o medio año. Lo importante es si esa mezcla de precios altos y crecimiento débil termina instalándose en la vida cotidiana. Ahí se decide todo. Si repostar vuelve a ser una pequeña punzada, si la compra semanal recupera el hábito de incomodar, si las empresas enfrían contrataciones, si el BCE deja el dinero caro más tiempo del esperado y si los salarios siguen corriendo detrás del coste de vida, el término académico ya habrá hecho su trabajo en silencio.

La guerra con Irán ha reactivado ese riesgo porque toca el nervio de la energía, y la energía sigue siendo, pese a toda la retórica de la transición, la sangre que mueve la economía real. Europa no está hoy donde estaba en 1973, pero tampoco vive en un laboratorio esterilizado. Basta un shock suficientemente persistente para que vuelvan viejos males con traje nuevo. Y el bolsillo, que no lee editoriales ni informes del BCE, suele enterarse antes que nadie.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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