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¿Qué cenarán las estrellas de Hollywood tras los Oscar?

El banquete de los Oscar 2026 mezcla caviar, sushi y mac and cheese en la gran fiesta de Hollywood que firma Wolfgang Puck desde hace 32 años
Wolfgang Puck volverá a poner la mesa de la gran noche de Hollywood en la 98ª edición de los Oscar, prevista para el 15 de marzo de 2026 en Los Ángeles. En el Governors Ball, la fiesta oficial que arranca cuando se apagan los focos del escenario, el cocinero austriaco-estadounidense servirá más de 70 platos para alrededor de 1.500 invitados. En ese menú conviven el brillo clásico de la alta gastronomía —caviar, wagyu, champán, oro comestible— con algo mucho más reconocible y, seguramente, más eficaz a esas horas: mac and cheese, pizza de salmón ahumado, pastel de pollo y una estación de inspiración japonesa donde el sushi vuelve a ocupar un lugar protagonista.
Lo relevante no es solo qué comen las estrellas después de la ceremonia, sino cómo se cocina ese contraste entre lujo y comida de consuelo. La cena posterior a los Oscar ya no se entiende como un simple cóctel elegante, sino como una maquinaria enorme, casi de estadio, afinada para que actores, directores, productores y equipos lleguen hambrientos tras horas de retransmisión y encuentren un banquete que suena sofisticado, pero también familiar. El dato lo resume todo: la organización prevé mover unas 25.000 raciones, con 75 chefs de cocina salada, 45 pasteleros, 325 personas de sala y gestión, además de 1.700 botellas de champán para llenar cerca de 7.000 copas.
El menú que espera a Hollywood al bajar del escenario
El menú de este año parece escrito con una idea muy clara: después del glamour, entra el hambre real. Por eso Puck insiste en mezclar ingredientes de etiqueta con platos que cualquiera reconocería al primer vistazo. La parte más mediática la ponen el Kaluga caviar, la carne de wagyu, el salmón ahumado y la puesta en escena dorada; la parte más inteligente, en cambio, la ponen esas elaboraciones que no exigen explicación y entran directas, sin solemnidad. El resultado es un banquete donde pueden convivir un bocado refinado con una cucharada cremosa de macarrones con queso, y donde la sofisticación no empuja fuera a la comodidad, sino que se disfraza de ella.
Del lujo al plato de consuelo
Ahí está la clave del éxito del Governors Ball desde hace años. Puck ha comprobado que, por muy exclusivo que sea el público, el cuerpo pide cosas conocidas cuando la noche se hace larga. En esa lógica encajan clásicos que vuelven una y otra vez, como el chicken pot pie, las mini hamburguesas de wagyu, el mac and cheese o la pizza de salmón ahumado, una prolongación natural de uno de los sellos históricos del chef. No es un menú pensado para impresionar a críticos con piruetas conceptuales; está diseñado para funcionar a gran escala, para llegar caliente, para no romperse en el trayecto de cocina a bandeja y para dejar una sensación inmediata de recompensa. Hollywood, incluso en su noche más ceremonial, sigue queriendo comer de verdad.
Lo japonés entra este año con más peso en la foto general del menú. A la ya anunciada estación de izakaya en vivo se suma una zona de sushi y salmón atendida por varios cocineros, con piezas preparadas al momento y formato de barra rápida, casi como si la alfombra roja desembocara de pronto en una barra pulida de Tokio. No es casual. La cocina japonesa tiene justo lo que este tipo de celebración necesita: precisión, bocados pequeños, buena presencia, ritmo alto y una sensación de lujo limpia, sin barroquismo. Junto a eso aparece otra novedad con vocación más lúdica, una máquina de gelato italiano preparada para servir helado fresco en plena fiesta.
Sushi, helado y chocolate bañado en oro
La parte dulce mantiene el tono de espectáculo que se espera de una noche así. El equipo de Puck prepara 2.000 pequeños Oscar de chocolate y, esta vez, el pulverizado de oro se hará en el propio baile, casi como una pequeña representación paralela del lujo hollywoodiense: mientras unos recogen estatuillas de metal, otros se llevan una versión comestible, brillante y perfectamente fotogénica. Reuters cifra en dos galones de oro líquido de 24 quilates, es decir, cerca de 7,5 litros, el material reservado para esa estación. En una gala construida también para ser mirada, el postre no solo remata la cena: remata la imagen.
Las cifras de producto ayudan a entender la escala del asunto. Para una sola noche se prevén unos 14 kilos de caviar Kaluga, 136 kilos de salmón ahumado, 91 kilos de ribeye madurado, 227 kilos de setas silvestres, 91 kilos de arroz Nishiki y alrededor de 181 kilos de queso. Son magnitudes industriales, sí, pero el relato que se construye alrededor de ellas sigue siendo profundamente artesanal: masa estirada, pizza hecha a mano, pasta rellenada una a una, bocados ensamblados en directo. En el fondo, el menú de los Oscar siempre juega a eso, a convertir una operación gigantesca en una experiencia que parezca íntima, casi doméstica, aunque detrás rugan cámaras frigoríficas, hornos y una coreografía de precisión quirúrgica.
El ambiente, además, no se limita al plato. La celebración se acompaña este año con 1.700 botellas de champán, cerca de 7.000 copas previstas y una decoración floral de alrededor de 12.500 flores. En la práctica, la fiesta posterior a los Oscar funciona como una segunda ceremonia, menos rígida y más sensorial: la del descorche, la bandeja que pasa, el murmullo que sustituye al silencio del auditorio, el vestido imposible junto a un canapé que desaparece en dos bocados. La industria del cine, cuando acaba de premiarse a sí misma, necesita justo ese cambio de registro: dejar atrás el escenario y entrar en una escena más blanda, más sabrosa, menos vertical.
Wolfgang Puck, el cocinero que convirtió el pos-Oscar en tradición
Que esa transición la pilote Wolfgang Puck no es un detalle menor. Nacido en Austria, empezó a cocinar con su madre siendo muy joven, inició su formación formal con 14 años y pasó por algunas de las grandes cocinas de Francia antes de mudarse a Estados Unidos en 1973, con 24 años. Dos años después ya estaba en Los Ángeles, donde encontró el ecosistema perfecto para su mezcla de técnica clásica, informalidad californiana e intuición mediática. En 1982 abrió Spago, el restaurante que lo colocó en el mapa internacional y que, a la vez, lo convirtió en una figura plenamente reconocible para Hollywood.
La biografía explica bastante bien por qué Puck encaja como nadie en la cena de los Oscar. Su cocina nunca ha vivido cómoda dentro de una sola etiqueta. Tiene base europea, pulso estadounidense y una curiosidad constante por los cruces culturales. En Spago ya jugaba con pizzas coronadas con salmón ahumado y caviar, una imagen casi premonitoria del tipo de lujo accesible que años después consolidaría en el Governors Ball. No es el chef del plato solemne, cerrado y distante; es el cocinero que entendió muy pronto que el poder, el dinero y la fama también prefieren comer algo que reconocen, aunque venga afinado por una mano experta y servido sobre porcelana impecable.
Su relación con la noche de los Oscar refuerza esa idea de continuidad. 2026 será su 32º año al frente del banquete oficial posterior a la gala. No es una colaboración anecdótica, sino una institución dentro de otra institución. En un Hollywood obsesionado con la novedad, Puck se ha convertido en una pieza fija, casi un elemento del decorado emocional de la noche. Cambian los nominados, cambian las modas, cambian las plataformas y la conversación industrial; al final, sin embargo, ahí sigue él, ajustando una carta donde siempre queda sitio para el bocado confortable. Esa permanencia vale casi tanto como el menú: da a la fiesta una sensación de ritual repetido, de tradición que se actualiza sin romperse.
La logística de una cena imposible
La ceremonia de los Oscar es larga, exigente y muy poco gastronómica. Entre la alfombra roja, las entrevistas, la tensión de los premios y la duración del espectáculo, buena parte de los asistentes llega al final con hambre acumulada. Esa es una de las razones por las que el Governors Ball ha ido ganando peso simbólico con los años. No se celebra como un anexo menor, sino como la prolongación natural de la gala. En 2026, la 98ª ceremonia se celebrará el domingo 15 de marzo en el Dolby Theatre de Ovation Hollywood, y la fiesta posterior volverá a activarse a escasos pasos del auditorio, en el mismo entorno del complejo. La proximidad importa: después de una noche milimetrada, nadie quiere desplazamientos largos; lo que toca es bajar, brindar y comer.
El despliegue humano es casi tan impresionante como el culinario. Reuters habla de 75 chefs de salado, 45 de pastelería y 325 trabajadores de sala y gestión; ABC añade una cifra redonda, divulgativa, que ayuda a visualizar la escena: alrededor de 150 cocineros empujando el servicio para sacar 25.000 platos en una sola noche. Es ahí donde se entiende la insistencia de Puck en la simplicidad bien ejecutada. Un banquete para 1.500 invitados no admite caprichos demasiado frágiles. La cocina debe ser sabrosa, inmediata, reconocible y resistente. En otras palabras: menos laboratorio y más precisión. Menos efecto sorpresa, más memoria gustativa.
Esa tensión entre espectáculo y eficacia atraviesa todo el menú. El Governors Ball necesita ser fotografiable, claro, pero también necesita salir vivo del choque con la realidad: platos que se sirven tarde, invitados que comen de pie, conversaciones cruzadas, mesas que se forman y se deshacen, ganadores que aparecen con la estatuilla en la mano y apenas unos minutos para probar algo antes de volver a las cámaras. En ese contexto, un handroll, una hamburguesa mini, una porción de pizza de salmón o un cuenco de mac and cheese resuelven mucho mejor la noche que un plato excesivamente narrativo. La cocina, aquí, no compite con la gala; la sostiene desde la trastienda.
También hay una lectura industrial en la selección. El menú funciona como una vitrina de lo que la gran restauración de eventos puede hacer cuando dispone de recursos casi ilimitados, pero aun así decide no encerrarse en la extravagancia. La presencia de izakaya, gelato, wagyu, caviar y champán proyecta cosmopolitismo; la permanencia de los platos reconfortantes proyecta inteligencia de servicio. Puck lo sabe porque lleva décadas cocinando para celebraciones de alto perfil: la exclusividad sin placer tangible se olvida rápido. Un bocado caro puede llamar la atención; un plato que reconforta en el momento exacto se recuerda más. Y en la noche de los Oscar también se trabaja con memoria.
Lo que este menú dice de Hollywood en 2026
El banquete de este año deja una idea bastante nítida sobre el estado de ánimo de la industria. Hollywood sigue queriendo lujo, desde luego, pero un lujo cada vez menos rígido y más mestizo. Ya no basta con el gesto clásico del gran comedor de gala. Ahora la sofisticación pasa por mezclar registros: un ingrediente premium con una receta popular, una estación japonesa junto a una elaboración muy americana, una copa de champán al lado de un plato que podría despertar nostalgia infantil. El menú de Puck traduce bien esa mezcla de exhibición y cercanía que domina hoy buena parte de la cultura de celebridades. Todo debe parecer extraordinario, pero nada puede resultar hostil o demasiado distante.
También cuenta otra cosa: la ceremonia no termina cuando se entrega el último premio. El verdadero cierre social de la noche sucede abajo, entre mesas, bandejas, selfies y conversaciones que empiezan a destensarse. Allí se comenta quién ganó, quién perdió, qué discurso funcionó, qué película sale reforzada y quién tiene el rostro de quien aún no se cree lo que acaba de pasar. En ese momento, la cocina deja de ser decoración y pasa a ser una forma de aterrizaje. Por eso el menú importa tanto. No es un apéndice frívolo de la gala, sino el primer gesto material después del vértigo. El primer acto cotidiano tras una ceremonia diseñada para parecer extraordinaria.
Y ahí aparece otra vez Wolfgang Puck, casi como una constante física de la noche. Su papel no consiste solo en alimentar a los invitados, sino en darle continuidad al relato. Hace de puente entre la solemnidad del Oscar y la parte más humana, más terrestre, de la celebración. Entre el metal de una estatuilla y el vapor que sale de una bandeja. Entre el discurso ensayado y el primer bocado devorado con hambre real. Tal vez por eso, año tras año, el menú vuelve a apoyarse en lo reconocible. Porque incluso en la cima del glamour, con flores hasta el techo y oro sobre el chocolate, Hollywood sigue necesitando algo tan simple como una cena que le sepa a premio.

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