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Economía

El SMI y el IRPF: quién tributó en 2025 y qué cambió después

La decisión fiscal de 2025 afectó sobre todo a trabajadores sin cargas, pero el marco cambió al año siguiente.

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hombre con smi pagando irpef

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En 2025, una parte de quienes cobraban el salario mínimo interprofesional (SMI) pasó a pagar IRPF porque Hacienda no elevó el umbral exento al mismo ritmo que el salario. El mínimo subió 50 euros mensuales, hasta los 1.184 euros brutos en 14 pagas, 16.576 euros al año, mientras los parámetros fiscales no se ajustaron para mantener fuera del impuesto a todos sus perceptores. El efecto, sin embargo, no fue igual para cada hogar: influyeron los ingresos y las circunstancias personales y familiares.

La previsión difundida para ese ejercicio calculaba que alrededor de medio millón de personas, cerca del 20% de quienes cobraban el SMI, tendrían una cuota de IRPF. En el caso de una persona soltera, sin hijos ni otros familiares deducibles, se estimó un pago de 300,05 euros al año, unos 21,40 euros por paga. La situación cambió en 2026, cuando se aprobó una deducción para rentas bajas que vuelve a reducir o neutralizar el impuesto en los salarios próximos al mínimo.

La subida salarial y el umbral fiscal no avanzaron juntos

El motivo inmediato fue un desfase entre dos decisiones que suelen confundirse: cuánto debe cobrar una persona por ley y a partir de qué nivel de renta se genera una cuota de IRPF. El Gobierno elevó el salario mínimo de 1.134 a 1.184 euros brutos al mes en 14 pagas, una subida del 4,4% que añadió 700 euros al salario bruto anual. Hacienda, en cambio, no amplió en 2025 el umbral fiscal para absorber ese incremento.

El SMI es una referencia laboral: fija el salario bruto mínimo que corresponde por una jornada completa, con las condiciones aplicables. El IRPF es un impuesto personal sobre la renta y calcula la cuota según los ingresos, las reducciones, los mínimos personales y familiares y otras circunstancias. Por eso, que el salario mínimo supere un determinado umbral no significa que todo el sueldo pase a tributar como si tuviera el mismo tipo. El impuesto se calcula sobre la renta sujeta a gravamen y de forma progresiva, no con una retención uniforme sobre cada euro cobrado.

En años anteriores, las subidas del SMI habían ido acompañadas de cambios en el mínimo exento, de modo que muchos perceptores quedaban al margen del pago efectivo. En 2025 no se repitió ese ajuste. El salto salarial colocó a algunas personas por encima del nivel que hasta entonces evitaba que tuvieran cuota, aunque el efecto dependía de la composición del hogar. La controversia nació, precisamente, de que el aumento bruto no se traducía de la misma manera en el ingreso neto de todos.

A quién afectó más el cambio de 2025

Los cálculos de la Agencia Tributaria recogidos en la información de ese año situaban en unos 500.000 a los trabajadores que podían empezar a pagar, sobre un total aproximado de 2,5 millones de perceptores del salario mínimo. La mayoría de ese grupo eran personas solteras y sin familiares a cargo a efectos fiscales; entre ellas había muchos jóvenes en sus primeros empleos. Para ese perfil, la cuota estimada rondaba los 300 euros anuales, con un tipo de retención cercano al 2%.

La cifra no se aplicaba automáticamente a todas las nóminas del SMI. Un contribuyente con pareja y un hijo mayor de 3 años podía tener una retención estimada de 99 euros al año, mientras que en el supuesto de un hijo menor de 3 años la previsión era que no soportara retención. Los mínimos personales y familiares reducen la parte de renta sometida al impuesto, y las circunstancias reconocidas en el cálculo pueden cambiar el resultado. Un salario bruto idéntico puede dar lugar a cuotas distintas cuando cambia la situación familiar.

La estimación general señalaba que el 80% restante de los perceptores no tendría que pagar por efecto de la subida, en buena medida por los mínimos y las deducciones vinculados a personas a cargo. Estas proporciones describen cálculos agregados, no garantizan el resultado individual de cada declaración. Otros ingresos, varios pagadores o cambios durante el año pueden alterar la liquidación. Lo importante es no convertir el dato de medio millón en una regla para toda persona que cobre el mínimo: la clave está en la renta total y en las circunstancias fiscales de cada caso.

Cuánto podía reducirse el ingreso neto

Para una persona soltera, sin descendientes ni ascendientes deducibles, la estimación de 300,05 euros anuales equivalía a unos 21,40 euros por paga si se cobraba en 14 mensualidades. Se trataba de una cantidad pequeña en comparación con el salario anual, pero visible para quienes reciben ingresos ajustados. La subida de 50 euros al mes no quedaba íntegra en el bolsillo de ese grupo: una parte del incremento se destinaba al pago del impuesto.

Eso no significa que cada trabajador afectado perdiera 21,40 euros todos los meses de forma idéntica. La cifra era una estimación anual y la retención concreta dependía de las previsiones de nómina y de los datos personales comunicados a la empresa. Si el cálculo de las retenciones no coincidía con la cuota final, la declaración podía arrojar una cantidad distinta. La retención es un anticipo, mientras que el impuesto definitivo se determina al liquidar el ejercicio. Retener no equivale a fijar de manera irrevocable lo que se acabará pagando.

El debate político se centró también en cómo interpretar esos 300 euros: para unos, era una contribución razonable al sostenimiento de los servicios públicos; para otros, restaba eficacia a una mejora dirigida a las rentas más bajas. La discusión no se resuelve mirando solo la diferencia entre el salario anterior y el nuevo. También importa cuánto recibe finalmente cada hogar, qué otros impuestos soporta y qué servicios financia la recaudación. La controversia combina una cuestión técnica de cálculo con una decisión distributiva.

Retención en la nómina y obligación de declarar no son lo mismo

Una retención aparece descontada en la nómina como pago anticipado del IRPF. La empresa la calcula con la información disponible sobre el salario previsto y la situación personal y familiar comunicada por el trabajador. Si cambian los ingresos o las circunstancias durante el año, el tipo puede variar. La liquidación posterior suma los ingresos y los pagos a cuenta y aplica las reglas del impuesto. Así, una nómina con retención no demuestra por sí sola que la declaración vaya a salir a pagar.

También son cuestiones distintas estar obligado a presentar la declaración y tener una cuota positiva. La obligación depende de los ingresos y de cómo se hayan percibido, entre otros factores; el resultado final depende de la liquidación completa. Una persona puede tener que declarar y, después de aplicar los mínimos, reducciones y retenciones, no ingresar dinero. También puede no estar obligada a presentar declaración y aun así tener interés fiscal en revisar el resultado si le practicaron retenciones. Presentar la Renta no es sinónimo de pagar más.

Los cambios de empresa, las prestaciones del desempleo y otros pagos pueden hacer que intervenga más de un pagador. En esos casos, cada pagador calcula las retenciones atendiendo a lo que abona, sin que necesariamente conozca el total anual recibido por el trabajador. Al reunir todas las cantidades en la declaración, el cálculo puede diferir de lo anticipado en las nóminas. Por eso, incluso con ingresos cercanos al SMI, el número de pagadores puede influir en la obligación de declarar y en el ajuste final, aunque no determine por sí solo que exista una deuda.

El SMI ha dejado de ser una referencia marginal

La subida de 2025 se produjo tras un crecimiento acumulado del 61% del salario mínimo desde 2018, cuando se situaba en 735,90 euros mensuales en 14 pagas. En ese periodo, el SMI dejó de afectar solo a un grupo relativamente reducido de trabajadores y pasó a cubrir a alrededor de 2,5 millones de personas, según los cálculos citados por el Ministerio de Trabajo. En una economía con salarios bajos, el mínimo legal también ha ido alcanzando remuneraciones que antes quedaban fijadas por convenios colectivos. Cuanto mayor es el número de trabajadores en ese escalón, más visible se vuelve cualquier cambio fiscal.

Ese crecimiento ayuda a entender por qué la decisión de Hacienda adquirió tanta relevancia. Cuando el salario mínimo abarca a más personas, el ajuste entre las reglas laborales y las tributarias deja de ser un asunto de alcance limitado. Una modificación del umbral exento puede afectar a cientos de miles de hogares y cambiar cuánto de una subida llega al salario neto. La discusión de 2025 no trataba únicamente de una retención modesta, sino de cómo coordinar una política de mejora salarial con un impuesto progresivo.

También hay una diferencia entre elevar el mínimo legal y mejorar todos los salarios. Quienes ya cobraban por encima del SMI no recibían necesariamente un aumento automático equivalente: dependía de su convenio, contrato y estructura salarial. Por eso, una subida del suelo puede beneficiar directamente a quienes estaban por debajo, pero no resolver por sí sola la evolución de las remuneraciones del conjunto de trabajadores. En ese contexto, el IRPF se convirtió en una segunda parte del debate: la subida bruta y la ganancia real disponible no son siempre la misma cifra.

La discusión sobre quién debe contribuir

Hacienda defendió la importancia de que las rentas bajas también participen en el sostenimiento de los servicios públicos y señaló que la presión del IRPF sobre las rentas bajas y medias en España era inferior a la media europea, según los informes de la OCDE citados durante el debate. También se recordó que el salario mínimo tributa en países como Alemania, Francia, Países Bajos y Polonia. Esa comparación no decide por sí sola qué sistema es más justo: los umbrales, las prestaciones y el resto de impuestos varían entre países. Tributar o no depende del diseño fiscal completo, no de una cifra aislada.

Desde la posición contraria, la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, defendió que quienes perciben el mínimo debían quedar exentos y sostuvo que la justicia fiscal debía empezar por quienes tienen mayor capacidad económica. Sumar anunció que buscaría vías parlamentarias para modificar la decisión si Hacienda no rectificaba. La discrepancia expuso una tensión habitual: ampliar la contribución de más personas puede reforzar la base del impuesto, pero hacerlo en el tramo salarial más bajo puede reducir la mejora neta que se pretendía conseguir. El desacuerdo es tanto sobre el reparto de la carga como sobre el volumen de recaudación.

Entre los especialistas también se defendió que estar dentro del sistema tributario puede facilitar el control de las rentas y el diseño de prestaciones, como el Ingreso Mínimo Vital. Al mismo tiempo, se planteó que la fiscalidad debería revisar el trato entre los ingresos del trabajo y los del capital, además de los beneficios empresariales. La discusión del SMI quedó así conectada con una reforma fiscal más amplia, cuya viabilidad política depende de los apoyos parlamentarios. El foco sobre los sueldos mínimos abrió una conversación mayor sobre quién aporta y cuánto.

Qué cambió en 2026 y por qué importa el año fiscal

La situación posterior no debe confundirse con la de 2025. En 2026, el SMI quedó fijado en 1.221 euros brutos mensuales en 14 pagas, 17.094 euros al año. La información disponible sobre esa actualización recoge una deducción de hasta 590,89 euros para rentas bajas: cubre los ingresos hasta el nuevo salario mínimo y se reduce gradualmente para salarios superiores, hasta desaparecer en torno a 20.048,45 euros. Con ese mecanismo, un trabajador que ingrese el mínimo puede quedar exento de cuota efectiva aunque el cálculo inicial del impuesto arroje una cantidad.

La diferencia entre ambos años ilustra por qué los titulares sobre el SMI y el IRPF pueden parecer contradictorios. En 2025 se decidió no elevar el umbral exento al ritmo de la subida y parte de los perceptores quedó expuesta a una cuota. En 2026 se incorporó una deducción específica que compensa el impuesto en las rentas más bajas. La respuesta depende del ejercicio fiscal al que corresponda el salario; no basta con conocer el SMI vigente cuando se consulta la información.

La deducción no convierte en idénticos todos los casos. El nivel total de ingresos, la existencia de rentas distintas del trabajo y las circunstancias personales siguen siendo relevantes para calcular la declaración. Además, el salario bruto anual importa más que el número de pagas: cobrar en 12 mensualidades con las extras prorrateadas modifica el importe de cada nómina, pero no el total anual correspondiente. El calendario de cobro no altera por sí mismo la renta anual que se somete a cálculo.

El efecto real se mide en el resultado anual

La razón por la que el salario mínimo pudo quedar sujeto al IRPF en 2025 fue concreta: el aumento salarial superó el umbral fiscal que se había mantenido sin cambios, y para una parte de los perceptores eso generó una cuota. El impacto se concentró especialmente en personas sin descendientes ni ascendientes deducibles, con una estimación de 300,05 euros al año para el perfil individual citado. En otros hogares, los mínimos familiares reducían la retención o la llevaban a cero. No hubo una factura idéntica para todos los trabajadores con el mismo salario.

Después, el mecanismo aplicado en 2026 volvió a proteger a los salarios bajos mediante una deducción que puede neutralizar la cuota hasta el entorno del SMI y reducirla de forma progresiva por encima de ese nivel. La comparación entre ejercicios revela la pieza central del debate: subir el salario mínimo eleva el ingreso bruto, pero el resultado neto también depende de cómo se actualizan los impuestos. La nómina muestra el anticipo; la declaración permite conocer el balance final.

Ese balance no es solo una operación contable. En él se cruzan la mejora de los salarios más bajos, la financiación de los servicios públicos y la distribución de la carga tributaria entre rentas del trabajo, capital y beneficios empresariales. Por eso el episodio de 2025 tuvo un alcance mayor que los euros descontados en una nómina: puso de manifiesto qué ocurre cuando las reglas salariales cambian y las fiscales no lo hacen al mismo tiempo. La coordinación entre ambas políticas determina cuánto de cada subida llega realmente a los hogares.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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