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Ciencia

¿Por qué berrean los ciervos en otoño y para qué sirve ese sonido?

Los ciervos berrean en otoño por el celo: el bramido atrae a las hembras, desafía a otros machos y puede evitar algunos combates innecesarios.

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berrean los ciervos

Resumen

  • Los ciervos berrean en otoño porque entran en su periodo reproductivo
  • El bramido sirve para atraer hembras y medir fuerzas con otros machos
  • Septiembre y octubre suelen concentrar la fase más intensa de la berrea

Los ciervos berrean en otoño porque entran en su periodo reproductivo. Ese bramido grave que atraviesa el monte no es un grito casual ni una consecuencia del frío: los machos lo utilizan para anunciar su presencia, medirse con otros competidores y aumentar sus posibilidades de aparearse con las hembras que están entrando en celo.

La berrea de los ciervos es, por tanto, una mezcla de cortejo y competición. El sonido permite que dos machos puedan evaluarse incluso antes de encontrarse cara a cara y, al mismo tiempo, ofrece información a las hembras. Si la exhibición sonora no basta para resolver quién domina una zona o un grupo reproductor, llegan las persecuciones, las posturas de amenaza y, en ocasiones, el choque de las cuernas. Ahí el otoño deja de sonar bucólico.

Por qué empieza la berrea precisamente en otoño

En España, la época de celo del ciervo rojo suele hacerse especialmente evidente desde septiembre y durante buena parte de octubre, aunque las fechas no funcionan como un calendario clavado en la pared. Cambian según la zona, la latitud, las condiciones ambientales, el estado físico de los animales y la disponibilidad de alimento.

La señal estacional de fondo está relacionada principalmente con el fotoperiodo, es decir, con la duración diaria de la luz. Cuando los días comienzan a acortarse después del verano se desencadenan cambios fisiológicos que preparan al ciervo para la reproducción. En los machos se produce una marcada actividad hormonal y la testosterona alcanza valores elevados durante la temporada reproductiva.

Por eso conviene matizar una imagen muy repetida: las primeras lluvias otoñales suelen coincidir con el comienzo de la berrea y pueden favorecer mejores condiciones de alimentación y actividad, pero no funcionan como un interruptor que haga berrear de repente a los animales. El ciclo biológico ya venía preparándose.

En los montes mediterráneos la coincidencia resulta espectacular. Baja la temperatura después del verano, vuelve algo de humedad al suelo y, al caer la tarde, aparece un sonido ronco que puede viajar a gran distancia entre dehesas, vaguadas y laderas. A veces se oye al animal mucho antes de verlo.

Para qué sirve realmente el bramido del ciervo

El berreo cumple varias funciones a la vez. Una de las principales es advertir a otros machos: aquí hay un competidor adulto, activo y dispuesto a mantener su posición. El sonido puede evitar enfrentamientos innecesarios porque permite obtener información sobre el rival sin tener que acercarse inmediatamente a sus astas.

No todos los bramidos cuentan exactamente la misma historia. Las investigaciones sobre comunicación acústica en el ciervo rojo han mostrado que determinadas resonancias de la voz, llamadas formantes, aportan pistas relacionadas con el tamaño corporal del individuo. Un macho puede, en cierto modo, escuchar al adversario antes de decidir hasta dónde le conviene tensar la cuerda.

Una voz que también escuchan las hembras

El destinatario no siempre es el rival. Las hembras también responden a las características acústicas de las vocalizaciones masculinas. Experimentos con ciervo rojo han encontrado una mayor atención hacia llamadas cuyos formantes simulaban individuos de mayor tamaño.

Eso convierte la berrea en un escaparate bastante sofisticado. No basta con hacer ruido. El animal está emitiendo señales que pueden intervenir tanto en la competencia entre machos como en la elección y el comportamiento de las hembras durante el celo.

Y hay anatomía detrás de semejante estruendo. Cuando berrea, el macho puede desplazar la laringe hacia abajo y alargar temporalmente su tracto vocal, modificando las resonancias del sonido. En el ciervo ibérico se ha estudiado además una llamativa protrusión de la lengua durante parte de estas vocalizaciones. Desde lejos parece una escena casi teatral; desde el punto de vista biológico es comunicación sexual llevada al límite.

Del bramido al combate: por qué chocan las cuernas

La imagen clásica de dos venados entrelazando sus cuernas pertenece a esta misma competición reproductiva, pero el combate físico no tiene por qué ser el primer recurso. Los animales se observan, vocalizan, se aproximan y valoran al contrario. Una diferencia clara de tamaño o capacidad puede terminar el conflicto sin necesidad de llegar más lejos.

Cuando ninguno cede, la situación cambia. Los machos pueden empujar con las cuernas y poner a prueba fuerza, equilibrio y resistencia. Son enfrentamientos potencialmente peligrosos y energéticamente caros, justo cuando los animales ya están dedicando grandes recursos al celo.

Durante esas semanas, un macho dominante intenta permanecer cerca de varias hembras y mantener alejados a sus competidores. La actividad puede ser frenética: vigilar, perseguir, bramar, cortejar y enfrentarse deja menos tiempo para alimentarse y descansar. La magnífica postal otoñal tiene, para el ciervo, una factura física considerable.

Las cuernas impresionan, pero no revelan la edad exacta

Las cuernas desempeñan un papel visual y físico evidente durante el celo. En el ciervo se renuevan cada año: caen y vuelven a crecer siguiendo un ciclo estacional hasta estar desarrolladas de nuevo antes de la época reproductiva.

Hay también un viejo mito que merece jubilación. Contar las puntas no permite conocer con exactitud la edad de un ciervo. El desarrollo de la cuerna depende de diversos factores, entre ellos la condición corporal y la alimentación, de modo que un ejemplar con muchas puntas no lleva un DNI grabado sobre la cabeza.

Cuándo se escucha la berrea y qué ocurre después

Aunque puede haber actividad durante el día, la berrea resulta especialmente perceptible alrededor del atardecer, la noche y las primeras horas de la mañana. Con menos actividad humana, temperaturas más suaves y un paisaje sonoro más tranquilo, los bramidos dominan el ambiente y pueden propagarse a considerable distancia.

Su intensidad tampoco permanece estable durante toda la temporada. Existe un periodo central en el que la actividad reproductiva y la frecuencia de los bramidos alcanzan niveles altos, y después el espectáculo va perdiendo fuerza. Las condiciones nutricionales también importan: estudios realizados durante años en poblaciones de ciervo ibérico han encontrado relaciones entre la calidad del alimento, el estado corporal, la reproducción y la propia fenología de la berrea.

No hay, pues, una fecha universal en la que todos los ciervos españoles comiencen a rugir a la vez. Septiembre y octubre constituyen la referencia general, pero el momento concreto puede desplazarse según la población y las condiciones locales.

El estruendo tiene una finalidad muy concreta: reproducirse. Una vez producidas las cópulas, termina gradualmente la fase más intensa del celo y los machos abandonan ese estado de competición casi permanente.

En el ciervo rojo, la gestación ronda los 235 días. Esa sincronización estacional hace que buena parte de los nacimientos se produzca después, cuando las condiciones de finales de primavera y comienzos del verano resultan más favorables para las crías y existe una mayor disponibilidad de alimento.

Ahí se entiende mejor todo el calendario. El otoño no fue elegido al azar. La evolución ha ajustado el momento de la reproducción para que el parto llegue muchos meses después, en una época generalmente más propicia para sacar adelante a los cervatillos.

Mientras tanto, terminado el celo, el monte recupera poco a poco otro ritmo. Los machos vuelven a dedicar más tiempo a alimentarse y recuperar condición corporal. La espectacularidad desaparece; la biología continúa.

Un rugido que cuenta mucho más de lo que parece

Escuchar la berrea desde lejos puede parecer sencillo: un ciervo brama y otro responde. Bajo esa conversación áspera hay, sin embargo, bastante información circulando. Tamaño, presencia, rivalidad y disposición reproductiva se mezclan en una señal capaz de viajar por el bosque cuando apenas queda luz.

Los machos berrean porque competir por reproducirse no consiste únicamente en pelear. Antes está la voz, una herramienta que ayuda a atraer, advertir y evaluar. Solo después, cuando el mensaje acústico y las exhibiciones no resuelven la disputa, pueden entrar en juego las cuernas.

Por eso cada otoño vuelve ese sonido profundo. No es una llamada melancólica al bosque ni un extraño saludo a la llegada del frío. Es algo mucho más terrenal: sexo, selección natural y competencia, amplificados por una garganta diseñada para hacerse escuchar.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.