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¿Por qué Pérez-Reverte estalló con el baño inteligente de un hotel?

Pérez-Reverte convierte un inodoro inteligente en símbolo del absurdo tecnológico tras encontrar en un hotel una tapa llena de instrucciones.

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Arturo Pérez-Reverte

Arturo Pérez-Reverte encontró en el baño de un hotel un inodoro tecnológico cuya tapa estaba ocupada por una extensa etiqueta de instrucciones. El aparato, dotado aparentemente de descarga automática y funciones de limpieza, exigía leer una pequeña enciclopedia antes de realizar una tarea que la humanidad resolvía con cierta solvencia desde mucho antes de inventar las pantallas táctiles. El escritor fotografió el conjunto y publicó su queja en X durante la noche del 11 de junio.

La escena no fue una avería, una discusión con los empleados ni un problema de higiene. Fue algo más sencillo y, quizá por eso, reconocible: Pérez-Reverte se topó con un váter tan sofisticado que necesitaba un manual visible para explicar su funcionamiento. Comparó las instrucciones con la Piedra de Rosetta y remató el mensaje con una de esas frases que en sus redes sociales llegan sin anestesia: “No somos más gilipollas porque no podemos”.

El escritor adjuntó dos fotografías de la tapa del inodoro, cubierta por una etiqueta de texto apretado. No ha identificado públicamente el hotel, la ciudad ni la marca del aparato. Tampoco hay elementos que permitan afirmar que el sanitario estuviera averiado. El centro de la protesta era otro: la absurda complejidad adquirida por un objeto cotidiano que debería funcionar de manera intuitiva, sin obligar al huésped a convertirse en arqueólogo, ingeniero o concursante de una prueba de habilidad.

La publicación comenzó a circular con rapidez y superaba los 3.000 “me gusta” cuando fue recogida por distintos medios. Hubo bromas sobre botones capaces de activar chorros imprevistos, comentarios sobre el exceso de tecnología y recuerdos de aquellos baños donde la única dificultad consistía en localizar la cadena. No es una gran crisis nacional, desde luego. Tampoco pretende serlo. Pero la pequeña escena tocó un nervio conocido: la tecnología que llega para ahorrar trabajo y termina exigiendo un cursillo.

El hallazgo que desató la queja

Las imágenes muestran un sanitario de aspecto moderno, con una tapa voluminosa y una pegatina rectangular repleta de indicaciones. Por las características visibles y por la descripción difundida, se trataría de uno de los llamados inodoros inteligentes o inodoros con ducha, aparatos que combinan las funciones tradicionales del váter con sistemas automáticos de descarga y lavado con agua.

No puede precisarse qué modelo utilizó Pérez-Reverte. Sería aventurado atribuirle todas las funciones que ofrecen los equipos más completos del mercado. Algunos permiten regular la presión y la temperatura del chorro, calentar el asiento, absorber olores, levantar la tapa al detectar la proximidad del usuario o decidir automáticamente qué volumen de agua emplear en la descarga. Otros son bastante más modestos. En este caso, lo único seguro es que había suficientes instrucciones de uso como para provocar el enfado del huésped.

El escritor formuló su protesta en forma de pregunta: cómo podía considerarse normal que para utilizar el inodoro de un hotel hubiera que descifrar antes aquella especie de inscripción antigua. La comparación arqueológica funcionaba porque la etiqueta parecía convertir una necesidad elemental en un problema de interpretación.

La verdadera Piedra de Rosetta contiene un mismo decreto escrito en tres sistemas: jeroglífico, demótico y griego antiguo. Gracias a esa repetición, los investigadores pudieron avanzar en el desciframiento de los jeroglíficos egipcios. La tapa fotografiada por Pérez-Reverte no guardaba secretos del reinado de Ptolomeo V, pero presentaba una dificultad doméstica parecida: descubrir qué significaba cada símbolo antes de pulsar algo inconveniente.

Una tapa convertida en manual de usuario

Todo producto complejo necesita explicaciones. Eso no constituye por sí mismo un defecto. Un inodoro con distintas modalidades de lavado debe indicar cómo se activa cada una, cómo se detiene el agua y qué precauciones conviene seguir. El problema aparece cuando las instrucciones ocupan el lugar que debería corresponder a un diseño comprensible.

Un huésped no llega a una habitación de hotel para estudiar el ecosistema tecnológico del baño. Entra con sueño, con prisa o a oscuras; tal vez no conoce el idioma del fabricante, ve mal la letra pequeña o nunca ha utilizado un aparato parecido. Si la función básica depende de interpretar varios símbolos y párrafos colocados en la tapa, algo falla. No necesariamente el mecanismo. Falla la relación entre el aparato y la persona.

Hay cierta comicidad física en el asunto. Para leer una etiqueta situada sobre el inodoro, el usuario debe inclinarse, acercar la cara o buscar las gafas. Después tendrá que recordar qué botón correspondía a cada función. La prometida comodidad empieza así con una pequeña ceremonia de iniciación, como si el cuarto de baño escondiera una cámara secreta y hubiera que recitar la contraseña correcta para abrirla.

Las empresas añaden estas indicaciones porque deben atender a públicos muy diferentes y evitar usos incorrectos. Los hoteles, por su parte, necesitan que el equipo resista el paso de miles de personas que no han recibido ninguna explicación previa. Hay razones prácticas detrás de esa pegatina. Aun así, el resultado puede rozar la parodia: un aparato concebido para ser más cómodo necesita justificarse con un bloque de texto que parece un contrato hipotecario.

El mensaje de Pérez-Reverte prosperó porque no requería conocer su obra literaria ni compartir sus opiniones políticas. Cualquiera que haya intentado apagar las luces de un hotel moderno, regular una ducha termostática o poner en marcha una cafetera de cápsulas sin activar la alarma de incendios entendía la escena.

Las respuestas siguieron el tono del escritor. Algunos usuarios bromearon con la posibilidad de pulsar el mando equivocado y recibir un chorro en la cara. Otros defendieron que, después de leer las instrucciones, el procedimiento no era tan complicado. También hubo quien señaló una verdad incómoda: cuando una advertencia aparece escrita con tanto detalle suele ser porque alguien, en algún momento, hizo exactamente aquello que parecía imposible que hiciera.

La publicación encajaba, además, en el personaje público de Arturo Pérez-Reverte, escritor, antiguo reportero de guerra y miembro de la Real Academia Española. Desde hace años utiliza las redes sociales como una prolongación de sus columnas: comentarios sobre libros, historia, lengua, política, navegación y pequeñas miserias de la vida cotidiana. A veces abre debates serios. Otras dispara contra un váter. En ambos terrenos conserva una voz reconocible, bronca y teatral, con gusto por el improperio bien colocado.

Conviene, sin embargo, ajustar la palabra “estalló”, tan apreciada por los titulares digitales. La reacción fue contundente, pero consistió en un breve mensaje sarcástico acompañado por fotografías. No hubo una ofensiva pública contra el hotel, una reclamación conocida ni una campaña para retirar el aparato. Fue una queja humorística que adquirió tamaño informativo al ser compartida por miles de personas.

La diferencia importa. Las redes sociales tienden a convertir cada disgusto en una batalla y cada ironía en una indignación histórica. Aquí había irritación, sí, pero también una puesta en escena cómica. Pérez-Reverte sabía que la imagen de un académico intentando descifrar el manual de un inodoro ofrecía material suficiente. La solemnidad de la Piedra de Rosetta frente a la modesta urgencia del baño hacía el resto.

No era su primera guerra con un hotel inteligente

El episodio resulta todavía más curioso porque Pérez-Reverte ya había dedicado una columna, en 2017, a los excesos tecnológicos de una habitación de hotel. Aquel texto describía un establecimiento nuevo y flamante donde casi todo parecía diseñado para desconcertar al huésped.

Los interruptores convencionales habían sido sustituidos por sensores poco intuitivos. Al tocar un mando se encendía una luz inesperada; al probar otro, se movían las cortinas. El televisor reclamaba datos y códigos antes de permitir el acceso a los canales, mientras una voz automática repetía periódicamente la bienvenida. Incluso la cama incorporaba mecanismos cuya activación accidental podía elevar una parte del colchón.

La ducha completaba la aventura. Según relató entonces, el agua pasó del frío extremo a una temperatura abrasadora mientras intentaba comprender los controles. El plato, colocado a ras de suelo, permitió que el agua se extendiera por la habitación. La modernidad, en aquella crónica, no era un horizonte luminoso, sino una sucesión de mandos ambiguos, sensores caprichosos y artefactos empeñados en actuar por su cuenta.

Nueve años después, la tapa cubierta de instrucciones parece una secuela doméstica de aquella experiencia. Cambia el aparato, pero permanece el conflicto: un huésped que busca una función elemental frente a un diseño que exige aprendizaje, atención y paciencia. A la tecnología hotelera le ha vuelto a salir el mismo adversario, ahora armado con un teléfono móvil y una referencia al Egipto ptolemaico.

De las luces rebeldes al váter con instrucciones

Sería fácil reducir la historia a una queja generacional contra cualquier dispositivo nuevo. No encaja del todo. El problema señalado no es que el aparato tenga tecnología, sino que esa tecnología resulte más visible y laboriosa que la función que pretende mejorar.

Un ascensor moderno puede incorporar sistemas complejísimos sin pedir al pasajero que conozca su funcionamiento. Basta con pulsar un número. Un grifo puede ahorrar agua mediante sensores, siempre que estos detecten las manos sin obligar al usuario a ejecutar pases de prestidigitador sobre el lavabo. La innovación funciona cuando la complejidad queda escondida detrás de un gesto claro. Cuando ocurre lo contrario, la persona acaba trabajando para la máquina.

Eso es lo que alimenta la sátira de Pérez-Reverte. El inodoro no solo limpia, descarga o regula el agua; también se presenta ante el huésped como un objeto que reclama atención. Tiene instrucciones, símbolos, advertencias y quizá distintos programas. El usuario, mientras tanto, únicamente quería entrar, utilizar el baño y salir. La diferencia entre ambos objetivos abre un pequeño abismo.

La escena refleja una tendencia común en hoteles, automóviles, electrodomésticos y aplicaciones móviles. Cada nueva versión incorpora más posibilidades porque eliminar funciones parece comercialmente menos atractivo que añadirlas. El catálogo crece. Los botones desaparecen bajo menús. Lo que antes se resolvía con un movimiento pasa a requerir una secuencia. El progreso avanza, aunque a veces lo haga marcha atrás y con una pantalla de bienvenida.

Qué hacen realmente los inodoros automáticos

Los inodoros inteligentes no son, pese a la broma, simples caprichos de diseño. Sus funciones de lavado con agua pueden mejorar la higiene y ofrecer una alternativa al papel. Algunos modelos permiten ajustar la posición del chorro, su intensidad y temperatura. Los más avanzados incorporan asiento calefactado, secado con aire, desodorización, limpieza automática de la boquilla y sistemas destinados a reducir la suciedad en la cerámica.

También existen aparatos capaces de levantar y bajar la tapa cuando detectan que alguien se aproxima o se aleja. La descarga puede activarse sin contacto físico y seleccionar una cantidad distinta de agua según el uso. En determinadas instalaciones, estas funciones aportan comodidad y ayudan a personas con movilidad reducida, aunque su utilidad depende de que los controles sean accesibles y fáciles de interpretar.

El salto tecnológico tiene una explicación cultural. Los inodoros con ducha llevan años extendidos en Japón y han ganado presencia en hoteles y viviendas de otros países. El turismo internacional ha llevado estos aparatos a establecimientos que desean ofrecer una imagen de lujo, modernidad e higiene. El baño deja de ser un espacio puramente funcional y se convierte en otro escaparate del alojamiento.

Pero el huésped internacional plantea una dificultad: no todos conocen el sistema. De ahí la abundancia de símbolos, traducciones y advertencias. El fabricante quiere explicar cada posibilidad; el hotel intenta evitar llamadas a recepción; el usuario teme activar una función demasiado entusiasta. Todos tienen motivos razonables y, aun así, el resultado termina pareciendo una cabina de pilotaje colocada sobre la taza.

La solución no consiste necesariamente en retirar estos equipos. Bastaría con distinguir lo esencial de lo accesorio. La descarga, la parada inmediata y la función de lavado deberían identificarse en un instante. El resto puede quedar en un mando secundario o en unas instrucciones próximas, legibles y ordenadas. La seguridad y la claridad no están reñidas con la sofisticación. Más bien son la prueba de que el diseño está realmente terminado.

Cuando la tecnología olvida para qué sirve

La queja plantea, bajo la espuma de las bromas, una discusión bastante seria. Durante años se ha asociado la innovación con la acumulación de funciones. Un aparato parece superior cuando hace más cosas, incluso si la mayoría apenas se utilizan. El resultado son productos capaces de resolver problemas que nadie tenía y de crear otros que nadie esperaba.

En un hotel, esa lógica es especialmente delicada. La habitación no pertenece al huésped y sus mecanismos siempre son nuevos para él. No dispone de días para familiarizarse con la iluminación, la climatización o el baño. Todo debería entenderse casi al primer vistazo. La hospitalidad empieza por no hacer sentir torpe a quien acaba de llegar.

Un interruptor convencional tiene una ventaja brutal: se comprende sin instrucciones. Puede ser menos elegante que una superficie táctil iluminada, pero confirma mediante el tacto que ha sido pulsado. Un grifo con dos mandos permite corregir la temperatura poco a poco. Una cisterna con un botón visible no invita a imaginar qué desastre ocurrirá al presionarlo. Son soluciones antiguas, aunque no primitivas. Han sobrevivido porque funcionan.

La tecnología útil debería reducir decisiones, no multiplicarlas. Puede esconder mecanismos complejos, ahorrar recursos y mejorar la higiene sin convertir cada gesto en una negociación. Cuando exige que el usuario lea primero una pegatina kilométrica, la supuesta inteligencia del producto empieza a parecer una transferencia de responsabilidades: el aparato hace muchas cosas, pero es la persona quien debe averiguar cómo impedir que haga la equivocada.

También hay un componente de prestigio. Un hotel puede sentirse obligado a instalar el último sistema para demostrar categoría. Los controles minimalistas, las superficies sin botones y los automatismos transmiten una imagen futurista en las fotografías de promoción. Luego llega un huésped real, de carne y hueso, intenta apagar una lámpara y descubre que ha abierto las cortinas. La estética posa para el catálogo; la funcionalidad se queda buscando las gafas.

Pérez-Reverte ha encontrado en esa contradicción un blanco perfecto. Su comentario exagera, como exige el género, pero no inventa el desconcierto. La Piedra de Rosetta sanitaria representa una modernidad que se admira demasiado a sí misma y olvida la escena concreta en la que será utilizada. Una persona. Un baño. Una necesidad que no admite demasiada literatura.

Un pequeño retrato de la modernidad

No se conoce el nombre del hotel ni hay motivos para convertirlo en culpable de un escándalo. Tampoco se ha identificado el modelo del inodoro, por lo que no sería serio evaluar su funcionamiento completo a partir de dos fotografías. El aparato podría ser cómodo una vez aprendidos sus controles. Incluso es posible que las instrucciones fueran más sencillas de lo que parecían a primera vista.

La noticia está en la reacción y en la identificación colectiva que provocó. Miles de usuarios reconocieron una experiencia propia: enfrentarse a un dispositivo diseñado para facilitar la vida y sentir, durante unos segundos, que la vida era bastante más fácil antes de tocarlo.

El episodio también confirma la eficacia comunicativa de Pérez-Reverte. Una imagen cotidiana, una comparación histórica y una frase áspera bastaron para producir una escena completa. No necesitó explicar el hotel, el viaje ni las circunstancias. La tapa llena de letras contaba la historia. Él añadió el tono.

A sus 74 años, el académico no descubrió una conspiración hotelera ni derrotó a una inteligencia artificial escondida en el baño. Se encontró con algo mucho más frecuente: un objeto sencillo convertido en sistema. Y reaccionó como reaccionan muchos huéspedes cuando el cansancio les deja poca paciencia para manuales, sensores y botones cuyo significado parece escrito para iniciados.

La tecnología del inodoro puede ser útil, higiénica y eficiente. La advertencia que deja este episodio es otra. Cuando un producto necesita compararse con una inscripción de hace más de 2.000 años para explicar cómo se usa, quizá no sea el usuario quien deba esforzarse más. Quizá toque revisar el diseño.

Mientras eso sucede, los hoteles seguirán llenándose de luces que no se apagan, cortinas con voluntad propia y baños capaces de ofrecer una experiencia integral, envolvente y vagamente amenazadora. El huésped solo quería tirar de la cadena. El futuro, siempre atento, le entregó un manual.

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