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¿Toy Story 5 vuelve a hacer llorar? Las primeras críticas responden

Toy Story 5 enfrenta a Jessie y sus amigos con una tableta que amenaza la infancia, mientras las primeras críticas celebran emoción y humor.

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Cuándo llega Toy Story 5

Toy Story 5 llega con una pregunta incómoda: qué puede contar Pixar después de cuatro despedidas, varios finales aparentemente definitivos y tres décadas explorando la relación entre los niños y los objetos que dejan atrás. Las primeras reacciones tras el estreno mundial en Los Ángeles han sido notablemente entusiastas. Quienes ya la han visto hablan de una película emocionante, divertida y más profunda de lo esperado, con Jessie en el centro y un conflicto muy reconocible: los juguetes de siempre frente a una tableta capaz de ocupar toda la atención de Bonnie.

La respuesta inmediata es clara. La quinta entrega no parece limitarse a reunir otra vez a Woody, Buzz Lightyear y compañía para vender nostalgia con lazo azul. Según las impresiones difundidas antes de las críticas completas, Pixar ha encontrado una historia propia, conectada con la infancia contemporánea y con ese pequeño drama doméstico que cualquiera reconoce: una pantalla encendida puede convertir una habitación llena de juguetes en un almacén silencioso.

La película se estrena en España el 17 de junio de 2026, mientras que en Estados Unidos llegará a los cines el 19 de junio. El calendario importa porque buena parte de la conversación internacional repite la fecha estadounidense como si fuera universal. No lo es. El público español podrá verla antes y comprobar si el entusiasmo inicial resiste cuando se apaguen los focos de la premiere.

El núcleo de la historia también está despejado: Jessie asume el liderazgo y los juguetes se enfrentan a Lilypad, una tableta inteligente que ha capturado la atención de Bonnie. No se trata solo de una guerra entre plástico y píxeles. Pixar coloca en el centro el miedo de toda la saga —dejar de ser necesario— y lo actualiza para una infancia en la que el juguete más poderoso no duerme en una caja, sino que se carga junto a la cama.

Las primeras reacciones colocan a Pixar ante un regreso inesperado

La presentación mundial de Toy Story 5, celebrada el 9 de junio en Los Ángeles, dejó una oleada de comentarios muy favorables. Algunos periodistas situaron la película junto a las entregas más queridas de la saga; otros destacaron que el guion encuentra un equilibrio entre comedia, aventura y reflexión tecnológica. Hubo lágrimas, muchas, aunque conviene mantener los pies sobre la alfombra: una reacción publicada al salir de una premiere no equivale a una crítica reposada.

La industria conoce bien ese entusiasmo de primera noche, con focos, estrellas y una copa en la mano. Dicho eso, existe una coincidencia llamativa. Las alabanzas no se concentran únicamente en la animación o en el regreso de personajes conocidos, sino en la decisión de convertir a Jessie en el corazón del relato. También se repite la idea de que el choque entre juguetes y tecnología resulta menos simplista de lo que sugería la campaña.

Lilypad, la tableta con forma de rana y voz de Greta Lee, no sería una villana de manual, sino una presencia que intenta ayudar a Bonnie desde una lógica distinta: ordenar, medir, recomendar y anticipar. Justo lo que hace cualquier dispositivo moderno mientras asegura, con modales impecables, que todo es por nuestro bien. La película parece entender que una tecnología eficaz puede ser más inquietante que un enemigo abiertamente malvado.

La cautela sigue siendo necesaria. Estas reacciones proceden en buena parte de profesionales invitados a un gran estreno y se publican con pocos minutos para digerir la película. No son falsas por definición, pero tampoco ofrecen todavía un mapa completo. Lo relevante es que Toy Story 5 ha superado, al menos en ese primer contacto, el gran prejuicio que la acompañaba: el de ser una secuela innecesaria. Para una saga que ya había dicho adiós varias veces, no es poco.

De qué trata Toy Story 5 y por qué la amenaza tiene una pantalla

La premisa oficial se resume en una frase sencilla: juguetes contra tecnología. Bonnie recibe a Lilypad, una tableta inteligente de aspecto amable, cubierta verde y rostro de rana. El dispositivo llega con sus propias ideas sobre qué necesita la niña, cómo debe entretenerse y de qué manera puede relacionarse con los demás. Woody, Buzz, Jessie y la pandilla descubren que su rival no es un juguete más brillante, sino algo capaz de absorber el tiempo de Bonnie sin pedir imaginación a cambio.

En las películas anteriores, los juguetes competían con otros juguetes, con el olvido, con el miedo al abandono o con la llegada de una nueva etapa vital. Aquí el adversario no necesita ocupar un rincón del suelo ni entrar en una caja. Está siempre activo, responde, propone, premia y corrige. Lilypad organiza la atención de Bonnie. La diferencia puede parecer filosófica, pero cualquiera que haya intentado retirar una tableta a un niño durante la cena conoce su traducción práctica.

Andrew Stanton, director y guionista, ha explicado que el conflicto no pretende reducirse a una moraleja de museo, como si toda tecnología fuese veneno y la solución consistiera en volver a los tacos de madera. Lilypad quiere ayudar a la niña, igual que los juguetes. El choque nace de dos formas opuestas de cuidado. Jessie confía en la experiencia, el vínculo y el juego compartido; la tableta trabaja con instrucciones, secuencias y resultados.

Una conoce a Bonnie porque ha estado a su lado. La otra cree conocerla porque procesa información sobre ella. La película introduce así un debate actual sin abandonar el universo de la saga. Las pantallas no aparecen como una invasión alienígena, sino como una herramienta creada por adultos, entregada a los niños y convertida después en motivo de alarma por esos mismos adultos. Hay cierta ironía: Disney, uno de los mayores imperios audiovisuales del planeta, lanza una película sobre el peligro de que las imágenes digitales devoren la atención infantil.

La contradicción no invalida el mensaje; lo vuelve más interesante. También más incómodo. Pixar no parece defender una infancia congelada en los años noventa, sin Internet, aplicaciones ni dispositivos. La cuestión es otra: cuánto espacio queda para inventar cuando una máquina ofrece de inmediato un universo terminado, con recompensas, instrucciones y el siguiente estímulo esperando a un solo toque.

Jessie toma el mando después de años a la sombra de Woody

El cambio más significativo no está en Lilypad, sino en quién se enfrenta a ella. Jessie asume el protagonismo que durante años perteneció a Woody. Al final de Toy Story 4, el vaquero dejó la placa en sus manos antes de marcharse con Bo Peep para ayudar a juguetes perdidos. Aquella escena no era solo un gesto de confianza. Abría la puerta a una nueva jefatura y a otra manera de reaccionar ante los problemas.

Jessie no es una versión femenina de Woody. Su carácter siempre fue más impulsivo, físico y desbordado. Donde el sheriff calcula, ella salta. Donde él intenta mantener el orden, ella embiste contra la puerta. Esa diferencia permite que la quinta película no repita el patrón del líder cansado que salva al grupo otra vez. La vaquera debe proteger el mundo de Bonnie mientras comprende que las viejas reglas ya no bastan.

Tiene experiencia, coraje y memoria; Lilypad posee velocidad, acceso y una paciencia programada que puede resultar más inquietante que cualquier grito. El pasado de Jessie añade otra capa. Su historia quedó marcada en Toy Story 2 por el abandono de Emily, la niña que creció y dejó de jugar con ella. En Toy Story 5, la amenaza no llega porque Bonnie se haga adulta, sino porque deja de mirar a los juguetes aun estando en la misma habitación.

La distancia ya no se mide en años. Se mide en centímetros: los que separan la cara de la pantalla. Para Jessie, perder la atención de Bonnie no es una hipótesis abstracta. Ya ocurrió. De ahí que su lucha contra Lilypad pueda sentirse más urgente que la de Woody. El liderazgo no le llega como una medalla limpia, sino con miedo, recuerdos y responsabilidad mientras ella misma tambalea.

La pantalla no es un monstruo, pero sabe demasiado de Bonnie

Uno de los riesgos evidentes de Toy Story 5 era construir un sermón antiinternet de dos horas, una especie de folleto para padres preocupado por el wifi. Las primeras reacciones apuntan a algo más matizado. Lilypad quiere que Bonnie avance, haga amigos, aprenda y se prepare para el futuro. El problema está en el método: convierte la vida en una sucesión de pasos recomendados, objetivos y estímulos.

Los juguetes tradicionales necesitan que el niño complete el mundo. Una figura de plástico no habla por sí sola, salvo en Pixar, claro. Requiere voces inventadas, reglas cambiantes, un fuerte hecho con cojines y la capacidad de aceptar que una cuchara pueda ser una nave espacial. La pantalla llega con el universo terminado. Muestra, responde y recompensa. Reduce el silencio, pero también puede reducir el margen de imaginación.

Tom Hanks y Tim Allen han defendido públicamente esa lectura. Ambos han hablado del modo en que los dispositivos pueden capturar la atención y afectar a la vida emocional de los niños. Hanks ha señalado que un juguete, mientras se juega con él, no envía mensajes capaces de herir; Allen ha resumido el problema con una expresión directa: la tableta no sería tanto un juguete como una máquina de dopamina, el sistema de recompensa que empuja a repetir una conducta.

No hace falta convertir la frase en diagnóstico médico para entender la imagen. Basta observar el dedo que desliza una pantalla una y otra vez. La película tampoco idealiza, al parecer, un pasado sin tecnología. Internet enseña, conecta y resuelve problemas reales. La discusión no consiste en elegir entre una infancia de madera y clavos oxidados o una infancia con conexión de fibra. Se trata de quién dirige la atención, durante cuánto tiempo y con qué propósito.

La tecnología puede ampliar la imaginación; también puede ocupar todo el espacio antes de que esta arranque. Ese es el matiz que puede salvar a Toy Story 5 del moralismo fácil. No se condena el dispositivo por existir. Se observa el tipo de relación que propone y lo sencillo que resulta entregar a una pantalla la tarea de entretener, enseñar, consolar y mantener quieto a un niño. Todo en uno. Muy práctico. Quizá demasiado.

Woody y Buzz vuelven, pero ya no mandan como antes

Woody regresa después de la separación de Toy Story 4. La nueva crisis comienza cuando Jessie pide ayuda, y el vaquero vuelve acompañado por Bo Peep. Su reencuentro con Buzz recupera la química de siempre, aunque el tiempo ha dejado marcas incluso en un personaje de tela. Las imágenes adelantadas muestran a un Woody algo descuidado, con poncho, barriga y una calvicie tratada con humor. Pixar envejece simbólicamente a un juguete que, en teoría, no debería hacerlo.

La broma funciona porque el público sí ha envejecido. Buzz Lightyear tampoco ocupa ya el centro absoluto. Junto con Jessie, quedó al frente de la habitación de Bonnie tras la marcha de Woody, pero la quinta entrega parece interesada en repartir la autoridad. El reencuentro no devuelve automáticamente el mando al sheriff. Hay afecto, rivalidad y cierta torpeza. Como en las amistades largas: uno vuelve, todo parece igual durante un minuto y luego aparecen las preguntas guardadas en un cajón.

La película incorpora una subtrama con 50 figuras de Buzz Lightyear conmemorativas atrapadas en modo juguete, empeñadas en encontrar el Mando Estelar. La idea recupera el viejo chiste del Buzz original, convencido de ser un auténtico guardián espacial, y lo multiplica hasta convertirlo en caos industrial. Es también una broma sobre la fabricación en serie y la identidad: ser especial resulta complicado cuando hay medio centenar de versiones idénticas marchando por el pasillo.

Ese ejército de Buzz permite recuperar la comedia física y el absurdo sin desviar el tema principal. Frente a Lilypad, que conoce patrones y calcula comportamientos, las copias del guardián espacial representan otra cara de la tecnología: la reproducción perfecta que produce individuos convencidos de ser únicos. Identidad, fabricación y memoria caben así dentro de un gag. Es una de las especialidades históricas de Pixar.

Un reparto veterano, nuevas voces y treinta años de memoria

La dirección corre a cargo de Andrew Stanton, uno de los autores fundamentales de Pixar y responsable de Buscando a Nemo y WALL-E. Aunque nunca había dirigido una entrega de Toy Story, participó en la construcción narrativa de las cuatro anteriores. Kenna Harris codirige y firma el guion junto a Stanton; Lindsey Collins produce. Randy Newman regresa con la banda sonora original, un detalle nada menor en una franquicia cuya memoria emocional está unida a sus melodías tanto como al sombrero de Woody.

La edición en español añade un guiño específico. Penélope Cruz presta su voz a Flamenco, personaje de una pequeña comunidad de juguetes olvidados que vive en una casita abandonada del jardín. En ese grupo aparecen Pizza con Gafas de Sol, interpretado por Bad Bunny, y Gnomo de Jardín, con la voz de Bizarrap en las versiones para España y Latinoamérica. Son cameos breves, pero conectan con otra línea de la película: los objetos que quedan fuera de la casa, lejos de la atención y de las modas.

Taylor Swift participa en la banda sonora con la canción original I Knew It, I Knew You, inspirada en el viaje de Jessie. La pieza, escrita y producida junto a Jack Antonoff, refuerza el desplazamiento del foco hacia la vaquera y su experiencia del abandono. En una película tan consciente del paso del tiempo, incorporar a una artista cuya obra explota la memoria personal y la relectura de las heridas resulta bastante coherente. Nada queda al azar en Disney, ni siquiera las lágrimas.

La primera Toy Story cambió la animación comercial en 1995 y presentó una idea sencilla que luego se volvió enorme: los juguetes temen dejar de ser necesarios. Cada entrega desarrolló esa angustia desde un ángulo distinto. Buzz amenazaba el lugar de Woody; Jessie cargaba con el abandono; Andy crecía; los juguetes afrontaban la basura, el desván, la donación y la libertad. La quinta película actualiza el temor sin traicionarlo. Esta vez no llega un juguete nuevo. Llega una nueva definición de la infancia.

El estreno español del 17 de junio permite que el público llegue antes que Estados Unidos al desenlace. Pero la verdadera prueba no estará en el calendario ni en el ruido de las redes, sino en la capacidad de la película para justificar su existencia. Una quinta entrega carga con sospechas razonables y con una maquinaria comercial descomunal. Toy Story ha sobrevivido porque sus mejores capítulos no hablan realmente de muñecos. Hablan de perder un lugar, aceptar el tiempo y seguir queriendo.

Una habitación conocida, un miedo completamente nuevo

La pregunta de fondo no es si Lilypad ganará ni si Bonnie volverá a coger a Jessie. Es qué significa jugar cuando el entretenimiento puede anticipar los deseos, medir la respuesta y ofrecer el siguiente estímulo sin pausa. Pixar entra en ese terreno con una franquicia que siempre ha defendido la imaginación como una relación: entre un niño y un objeto, entre amigos, entre lo que existe y lo que se inventa. La tableta rompe ese equilibrio porque parece no necesitar a nadie más.

Las primeras reacciones sugieren que la película evita la nostalgia perezosa y encuentra una emoción legítima. Falta comprobar cómo responde la crítica completa y, sobre todo, el público cuando desaparezca el ruido del estreno. Toy Story 5 puede estar construida sobre personajes conocidos, pero el miedo que presenta pertenece por entero al presente: la posibilidad de estar juntos, en la misma habitación, y vivir sin mirarse.

En 1995, el gran temor de Woody era que Buzz ocupase su cama. En 2026, el rival cabe entre las manos, conoce los gustos de Bonnie y nunca se cansa. La habitación sigue siendo la misma; el silencio, no. La película vuelve a ese territorio con una tableta verde, una Jessie al mando y dos viejos amigos que regresan cuando los llaman.

Puede parecer una fórmula conocida, pero el mundo alrededor ha cambiado. Esa es la oportunidad de Toy Story 5 y también su riesgo. Si consigue que la tecnología sea algo más que una villana de moda, Pixar habrá encontrado una razón legítima para abrir otra vez la caja. Si no, quedará una secuela pulida, nostálgica y rentable. Las primeras señales, de momento, apuntan a una historia con corazón, humor y una incomodidad reconocible.

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