Síguenos

Actualidad

¿Quién era el ‘Spiderman del Yemen’ y cómo murió en el cráter de Damt?

Qaqaa Antar al Absi, el ‘Spiderman del Yemen’, murió al caer en el cráter de Damt: quién era, qué ocurrió y cómo fue el rescate de su cuerpo.

Publicado

el

Qaqaa Antar al Absi

Qaqaa Antar al Absi, conocido popularmente como el ‘Spiderman del Yemen’, murió a los 30 años tras precipitarse al interior de la fosa volcánica de Haradhat Damt, en la provincia yemení de Al Dalea. El joven escalador se movía por una de las paredes del cráter sin el material de seguridad habitual cuando perdió pie y cayó hacia una zona de aguas termales. Los equipos de rescate recuperaron su cuerpo el sábado 13 de junio, después de una operación iniciada el día anterior y condicionada por el calor, la pendiente y la complicada orografía.

Era una figura conocida en las redes sociales y, sobre todo, en la ciudad de Damt. Durante años se había grabado trepando por paredes rocosas, laderas abruptas y bordes volcánicos sin casco, cuerda o arnés visibles. Esa combinación de habilidad, sangre fría y exposición al vacío le dio el sobrenombre por el que acabaría siendo conocido fuera de Yemen. La misma cavidad que había convertido en escenario, medio de vida y escaparate terminó siendo el lugar de su muerte.

El accidente ocurrió el viernes 12 de junio mientras practicaba escalada y ejercicios físicos en las inmediaciones de Haradhat Damt, como había hecho muchas otras veces. Las informaciones locales sitúan el punto de la caída a unos 31 metros de profundidad, aunque el conjunto de la formación volcánica es mucho mayor y algunos medios cifran su hondura total en alrededor de 120 metros. Conviene separar ambos datos: una cosa es la profundidad completa del cráter y otra la distancia recorrida por el escalador antes de quedar en una zona de difícil acceso.

No se ha difundido un informe forense detallado que permita establecer públicamente si la muerte fue inmediata ni qué lesiones concretas la provocaron. Lo confirmado es que Qaqaa Antar al Absi fue localizado sin vida y que su cuerpo tuvo que ser extraído de las aguas calientes del interior. Cualquier versión más minuciosa sobre traumatismos, ahogamiento o tiempo de supervivencia pertenece, por ahora, al terreno de la especulación. Y en una tragedia real, bastante ruido hay ya como para añadirle anatomía inventada.

La caída que terminó dentro del cráter de Damt

Qaqaa se encontraba en una zona que conocía bien. No era un visitante despistado ni alguien que hubiera llegado al borde del cráter por casualidad. Había descendido muchas veces, recorría sus paredes y sabía encontrar apoyos donde para casi cualquier otra persona solo había roca, vacío y una invitación bastante clara a mantenerse lejos.

La familiaridad, sin embargo, no modifica la gravedad del peligro. Puede incluso disimularla. Cuando una maniobra arriesgada sale bien cincuenta veces, el cuerpo comienza a interpretarla como una rutina. La montaña no firma ese acuerdo. Tampoco la piedra mojada, el cansancio muscular o un apoyo que se deshace bajo la suela.

Los testimonios y comunicados difundidos tras el accidente indican que el joven perdió el equilibrio mientras se desplazaba por la zona volcánica. En el interior hay paredes de gran pendiente, superficies irregulares y sectores próximos a manantiales termales. Una caída en ese escenario no termina necesariamente sobre una plataforma accesible: puede dejar a la víctima aislada detrás de desniveles, dentro del agua o en un punto imposible de alcanzar desde arriba.

La alerta movilizó a los servicios locales, pero la llegada hasta el cuerpo exigía bastante más que lanzar una cuerda desde el borde. Defensa Civil realizó primero una inspección de la zona y reforzó después el operativo con especialistas en buceo y rescate acuático. También se desplazó desde Saná un equipo dotado con material y sistemas de iluminación.

Durante la noche se limitaron algunas actuaciones por el riesgo que suponía descender sin visibilidad suficiente. Una decisión comprensible, aunque desesperante para quienes aguardaban fuera. El rescate nocturno en una cavidad caliente, húmeda, estrecha y rodeada de roca inestable podía haber añadido más víctimas a la primera. Los equipos retomaron y ampliaron la intervención hasta recuperar el cuerpo el sábado.

La imagen de los rescatistas suspendidos sobre la boca oscura del cráter resume bien la dimensión física de la operación de rescate. Cuerdas que desaparecen hacia el fondo, hombres sujetos al borde y una pared casi vertical bajo sus botas. No había lava, como insinuaron algunos titulares especialmente aficionados al decorado cinematográfico, pero sí un espacio donde el calor geotérmico, las aguas sulfurosas y la pendiente convertían cada movimiento en una maniobra delicada.

Quién era Qaqaa Antar al Absi

Su nombre aparece escrito de distintas formas debido a la transliteración del árabe: Qaqaa Antar al Absi, Al Qa’qa bin Antar o Qaqaa bin Antar. Todas ellas se refieren al mismo joven de Damt que había construido su notoriedad alrededor de una capacidad física poco común y de un lugar todavía más singular.

No pertenecía al circuito profesional de la escalada internacional ni competía bajo el paraguas de una federación deportiva. Tampoco practicaba alpinismo técnico en el sentido convencional. Su actividad tenía algo de acrobacia, algo de espectáculo popular y mucho de conocimiento intuitivo del terreno. Se agarraba a salientes mínimos, descendía por laderas aparentemente inaccesibles y se desplazaba con una soltura que, vista desde una pantalla, parecía casi irreal.

Las publicaciones conservadas en sus perfiles muestran decenas de ascensos y descensos por montañas y cavidades de la zona. En algunas grabaciones aparece colgado de una sola mano o atravesando paredes en las que no se distingue material de seguridad alguno. La cámara estaba cerca; el suelo, no. Esas escenas circularon primero entre usuarios yemeníes y después fueron replicadas en páginas de aventuras y medios árabes.

Varias crónicas locales explican que sus incursiones en la fosa volcánica no respondían únicamente a la afición. Qaqaa escribía nombres y recuerdos de visitantes sobre algunas rocas del interior a cambio de pequeñas cantidades de dinero. La peligrosa habilidad le proporcionaba así una fuente diaria de ingresos en un país golpeado por años de guerra, precariedad y escasas oportunidades laborales.

Ese dato cambia el enfoque. No elimina su responsabilidad personal ni convierte cada descenso en una obligación inevitable, pero evita esa cómoda caricatura del temerario que arriesga la vida solo para coleccionar reproducciones. Había espectáculo, sí; también una economía diminuta alrededor de los visitantes y una necesidad material mucho menos fotogénica.

En las redes, un hombre suspendido en una pared puede parecer únicamente un creador de contenido. Fuera de la pantalla había una persona buscando dinero, reconocimiento y quizá una salida. Las tres cosas se mezclaron hasta ser casi indistinguibles. Cuanto más arriesgado era el vídeo, mayor era la atención; cuanto mayor era la atención, más difícil resultaba regresar a una escena corriente.

El apodo que convirtió una habilidad en personaje

El sobrenombre ‘Spiderman del Yemen’ nació de la comparación más obvia. Qaqaa trepaba por muros y pendientes con una agilidad que recordaba al superhéroe de Marvel. No llevaba traje rojo ni lanzaba telarañas, claro, pero la cultura digital no necesita demasiados matices para fabricar una identidad reconocible.

El apodo funcionaba porque comprimía toda su historia en tres palabras: juventud, riesgo y una capacidad aparentemente sobrehumana. También borraba parte de la realidad. Spider-Man cae y vuelve a levantarse porque está escrito en un guion; una persona sin arnés depende de la adherencia de sus manos, del estado de la roca y de que ningún músculo falle en el segundo equivocado.

Qaqaa aceptó y alimentó ese personaje. Sus vídeos insistían en la cercanía del abismo y en la ausencia de protección visible. El peligro no era un elemento accidental del contenido, sino su lenguaje. La audiencia no observaba únicamente cómo escalaba: esperaba que lo hiciera allí donde los demás no se atreverían.

No hay nada excepcionalmente yemení en esa dinámica. Se repite en tejados europeos, trenes asiáticos, acantilados americanos y rascacielos del golfo Pérsico. Las plataformas premian la imagen improbable y el algoritmo rara vez pregunta quién sujetó la cuerda. La diferencia es que Qaqaa trabajaba en un lugar sin la vigilancia, el equipo y los servicios de emergencia que podrían existir en una instalación deportiva regulada.

Tras su muerte, numerosos usuarios lo despidieron como un símbolo de valentía y perseverancia. Otros calificaron sus prácticas de imprudentes. Ambas miradas contienen una parte reconocible de la historia, pero ninguna basta por sí sola. Reducirlo a héroe romantiza una exposición extrema; despacharlo como irresponsable permite ignorar las condiciones que hicieron rentable esa exposición.

Damt, una maravilla geológica con paredes traicioneras

La fosa de Haradhat Damt se encuentra en la ciudad de Damt, unos 170 kilómetros al sur de Saná y en el norte de la provincia de Al Dalea. Es uno de los paisajes naturales más conocidos de la región: una formación volcánica inactiva, de contorno circular, que se abre en medio del terreno como una gigantesca chimenea de piedra.

El lugar no estaba en erupción cuando ocurrió el accidente. La presencia de agua caliente y emanaciones sulfurosas se debe al sistema geotérmico de la zona, no a una actividad eruptiva inmediata. Dicho de otra manera: no había ríos de lava ni explosiones, pero eso no lo convertía en un parque apacible. Una formación volcánica dormida puede seguir conservando temperaturas elevadas, gases, barro caliente y superficies extremadamente resbaladizas.

La región de Damt es conocida desde hace tiempo por sus manantiales termales. Las aguas brotan en distintos puntos y han favorecido la aparición de baños y pequeños establecimientos frecuentados por visitantes. El paisaje mezcla tonos ocres, roca oscura, depósitos minerales y manchas verdes allí donde el agua permite crecer a la vegetación. Desde lejos, la cavidad parece una construcción antigua. De cerca, el borde cae con una brusquedad inquietante.

Estudios geológicos sobre la zona han advertido de la combinación de pendientes pronunciadas, fallas, erosión, posibles desprendimientos y otros riesgos naturales. Los materiales volcánicos no forman una pared de rocódromo, uniforme y revisada cada mañana. Hay rocas quebradizas, capas alteradas por el agua y apoyos cuya resistencia puede variar sin que el ojo lo detecte.

La cavidad se ensancha en su parte superior y se estrecha hacia el fondo. Allí se acumulan aguas termales, barro y depósitos minerales. El acceso a determinados puntos requiere equipo técnico incluso para profesionales. Sin una línea de vida, un casco y dispositivos de descenso, el margen de recuperación tras un resbalón es prácticamente inexistente.

Las fotografías aéreas muestran viviendas y caminos muy próximos al accidente geológico. Esa cercanía ha convertido Haradhat Damt en parte de la vida diaria de la ciudad, no en un enclave remoto al que solo entran expediciones científicas. Se contempla, se visita y se utiliza como reclamo local. La familiaridad vuelve a aparecer. El cráter siempre está ahí, de modo que puede parecer menos amenazante de lo que realmente es.

El accidente ha reabierto el debate sobre la ausencia de vallas eficaces, controles, señalización y protocolos de acceso. Cerrar por completo una formación de esas dimensiones quizá no sea sencillo, pero permitir actividades de riesgo sin regulación tampoco es neutral. Entre convertir cada roca en una zona prohibida y dejar que cualquiera descienda sin protección existe un espacio bastante amplio llamado prevención.

Un rescate contra el calor, la pendiente y el tiempo

El operativo necesitó especialistas capaces de trabajar con cuerda y dentro del agua. Las condiciones térmicas aumentaban el desgaste físico y obligaban a calcular con cuidado la duración de cada descenso. A ello se sumaban la inestabilidad de algunos puntos, la dificultad de iluminar el fondo y el peligro de que el material rozara contra bordes cortantes.

Defensa Civil informó de que la extracción se realizó en circunstancias especialmente difíciles. Los equipos tuvieron que asegurar el recorrido, descender hasta la zona donde se encontraba el cuerpo y elevarlo después hacia la superficie. Cada tramo exigía coordinación entre los rescatistas situados dentro de la cavidad y los operarios que trabajaban desde el borde.

La recuperación se prolongó hasta el día siguiente. Ese tiempo generó mensajes contradictorios en internet: algunos usuarios hablaban aún de una búsqueda con posibilidades de rescate, mientras otros daban por confirmada la muerte. La información oficial acabó despejando la incertidumbre cuando se anunció la localización y extracción del cuerpo.

No parece justo interpretar la duración como una prueba automática de negligencia. El retraso responde, según los comunicados disponibles, a la complejidad del terreno y a la necesidad de movilizar recursos especializados. Otra cuestión es por qué un espacio turístico conocido no contaba de antemano con medios más cercanos, barreras o procedimientos preparados para una emergencia semejante.

La tragedia reveló una contradicción bastante áspera: Qaqaa dominaba mejor que nadie la entrada a la cavidad, pero cuando cayó apenas había infraestructura de emergencia capaz de seguirlo. El hombre había convertido el riesgo en oficio; las instituciones, entretanto, parecían observarlo como parte del paisaje.

El vídeo viral que no muestra el accidente mortal

Pocas horas después de conocerse la caída comenzó a circular una grabación presentada como el momento exacto del accidente. En ella se observa a Qaqaa trepando por una pendiente y quedando suspendido de un brazo. El texto añadido por distintos usuarios aseguraba que aquellas eran sus últimas imágenes.

No era cierto. Una verificación posterior localizó la publicación original en su propia cuenta de Facebook, fechada el 26 de octubre de 2025, varios meses antes de la muerte. El vídeo sí mostraba una de sus maniobras reales y sí permitía comprender el tipo de riesgos que asumía, pero no registraba la caída del 12 de junio.

La diferencia importa. Reutilizar un vídeo antiguo como documento de una muerte transforma un hecho en mercancía emocional. El espectador cree estar asistiendo al último segundo de una vida cuando, en realidad, contempla una aventura anterior que terminó sin daños. La falsedad viaja bien porque parece coherente: el hombre está en el cráter, cuelga del vacío y el desenlace conocido completa mentalmente la secuencia.

También circularon expresiones como “cayó en la lava” o “murió abrasado dentro de un volcán activo”. Ninguna está respaldada por los datos publicados. Qaqaa cayó en una formación volcánica inactiva que contiene aguas calientes sulfurosas. La escena ya es suficientemente grave sin añadirle una erupción imaginaria.

La desinformación no siempre nace de una operación organizada. A veces basta una persona que rescata un vídeo antiguo, escribe una frase rotunda y pulsa publicar. Después llegan cuentas que copian el mensaje, medios que lo insertan sin comprobar y usuarios que lo comparten porque les parece verosímil. Una fábrica sin director; funciona sola y a toda velocidad.

Por respeto a Qaqaa Antar al Absi y a su familia, las imágenes deben describirse con precisión. Sus vídeos anteriores ayudan a entender quién era y cómo escalaba. No son la filmación confirmada de su muerte. La distinción puede parecer pequeña en medio de una tragedia, pero la verdad de los hechos empieza precisamente ahí, donde otros consideran que da lo mismo.

La fama no sustituye a una cuerda

La muerte del ‘Spiderman del Yemen’ es la historia de una caída, aunque no solo eso. Habla de un joven con una habilidad extraordinaria que encontró en el peligro una identidad pública y una forma modesta de ganarse la vida. Habla también de un entorno natural fascinante que llevaba años siendo utilizado sin suficientes garantías.

No conviene convertir a Qaqaa en un personaje plano. Era consciente del riesgo: sus propias grabaciones lo demuestran. Al mismo tiempo, el público celebraba cada maniobra, algunos visitantes pagaban por sus descensos y las autoridades permitían que la actividad continuara. La responsabilidad individual existe, pero rara vez viaja sola.

Las redes sociales no inventaron el deseo humano de contemplar a alguien caminando junto al abismo. Lo hicieron medible. Cada reproducción, comentario y contenido compartido convierte el peligro en una cifra, y esa cifra puede traducirse en reconocimiento o dinero. El creador aprende pronto que la siguiente imagen debe ser más alta y más arriesgada, más cercana al desastre. Lo ordinario pierde valor.

La escalada profesional utiliza casco, arnés, cuerdas dinámicas, anclajes, aseguradores y planes de emergencia no porque los deportistas carezcan de coraje, sino porque conocen el precio de un error. El equipo de protección no elimina el riesgo, pero evita que una piedra suelta o un instante de fatiga dicten por sí solos el desenlace. La valentía sin protección queda muy bien en un vídeo de veinte segundos; fuera de la pantalla tiene otra textura, seca y definitiva.

Haradhat Damt seguirá elevándose en medio de la ciudad. Continuarán brotando sus aguas calientes y llegarán personas atraídas por su aspecto extraño, casi lunar. Después de esta muerte, la cuestión práctica no debería ser quién se atreverá a imitar a Qaqaa, sino qué cambiará para que nadie necesite jugarse la vida por una fotografía, unas monedas o un puñado de visitas.

Qaqaa Antar al Absi tenía 30 años. Había convertido su cuerpo en herramienta, espectáculo y sustento. El viernes descendió una vez más hacia el interior del cráter que conocía desde hacía años. Esta vez no regresó por sus propios medios. Al día siguiente, los equipos de rescate lo sacaron mediante cuerdas, lentamente, desde unas aguas calientes que quedaban ocultas bajo la sombra de la roca.

El apodo sobrevivirá un tiempo en titulares y publicaciones. El hombre que había detrás merece algo más que la repetición de sus escenas más peligrosas. Merece ser recordado con su nombre y con la verdad completa: no era un superhéroe, sino un joven expuesto a un riesgo real en un lugar sin apenas margen para equivocarse.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído