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Trump y Zelenski ven avances, pero la paz sigue lejos

Hay señales de movimiento diplomático, aunque los desacuerdos centrales aún impiden hablar de un pacto.

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paz tras la cita Trump-Zelenski

Donald Trump y Volodímir Zelenski salieron de su reunión en Mar-a-Lago con un mensaje de avance, no con un acuerdo de paz. El presidente estadounidense sostuvo que Ucrania y Rusia están más cerca de un pacto que antes, pero admitió que las conversaciones todavía pueden fracasar y que la guerra podría prolongarse durante años. La diferencia entre ambas cosas es decisiva: hay un marco en negociación, pero no un compromiso firmado que detenga los combates.

El borrador de 20 puntos discutido por los equipos estaba, según Zelenski, listo en torno al 90%. Ese porcentaje refleja el progreso atribuido al documento, no que nueve de cada diez cuestiones políticas estén resueltas: siguen pendientes el futuro de los territorios ocupados, la seguridad de Ucrania y las condiciones para verificar una eventual tregua. La cita, celebrada el 28 de diciembre de 2025 en Florida, dejó una ventana diplomática abierta, pero la distancia entre avanzar sobre un texto y aceptar sus términos continúa siendo amplia.

Una señal de progreso que todavía no equivale a un pacto

La reunión cara a cara duró más de tres horas y llegó después de una conversación telefónica de Trump con Vladímir Putin. La secuencia importa: Washington intentó mantener abiertos a la vez los canales con Kiev y Moscú, mientras los negociadores estadounidenses, ucranianos y rusos siguen tratando de acercar posiciones. Tras el encuentro, Trump y Zelenski hablaron también con dirigentes europeos, entre ellos la presidenta de la Comisión Europea y los mandatarios de Finlandia, Francia, Alemania, Reino Unido y Polonia. El proceso tiene ya una dimensión internacional, aunque sus decisiones centrales sigan en manos de las partes enfrentadas.

La retórica de optimismo convive con cautelas explícitas. Trump dijo creer que Putin se toma en serio el final de la guerra y que Ucrania también ha llevado a cabo ataques fuertes, pero reconoció que el proceso puede descarrilar. Zelenski, por su parte, expresó que su país está preparado para la paz, al tiempo que admitió que quedaba trabajo en asuntos delicados. No se anunció una fecha de firma ni se presentó un texto definitivo; tampoco se comunicaron los términos completos del borrador. El avance, por ahora, se mide en conversaciones y documentos de trabajo, no en cambios verificables sobre el terreno.

Ese matiz permite interpretar con más precisión la afirmación de que las partes están más cerca. Puede haber más coincidencias en la estructura general de una propuesta, más contacto entre negociadores y una agenda compartida para continuar. Pero un acuerdo exige que Kiev y Moscú acepten obligaciones concretas y que exista una forma de comprobar su cumplimiento. Incluso un borrador muy avanzado puede atascarse en los pocos puntos que más pesan: quién controla cada zona, qué protección recibe Ucrania y qué ocurre si alguien rompe la tregua. El porcentaje de elaboración no mide la probabilidad de que el pacto se cumpla.

El Donbás concentra el desacuerdo territorial

La cuestión territorial es el obstáculo más visible porque las posiciones públicas de Kiev y Moscú chocan de frente. Putin ha reclamado que Rusia conserve las zonas que controla en cuatro regiones ucranianas y Crimea, además de exigir la retirada de las fuerzas ucranianas de partes del este que las tropas rusas no han conquistado. Ucrania ha rechazado esas condiciones. En el centro de la disputa está el Donbás, una región del este formada principalmente por Donetsk y Luhansk, cuya situación política y militar condiciona cualquier propuesta de alto el fuego. Detener los combates en una línea no resuelve quién tiene derecho a gobernar el territorio que queda a cada lado.

Zelenski había planteado que Ucrania podría retirar soldados de una parte del corazón industrial del este si Rusia también se retiraba y el área se convertía en una zona desmilitarizada bajo vigilancia internacional. Es una fórmula distinta de aceptar sin más la soberanía rusa sobre esos lugares: propone separar fuerzas y aplazar la disputa bajo un régimen especial. Sin embargo, las declaraciones del asesor ruso Yuri Ushakov apuntan a otro problema. Según explicó, la policía y la guardia nacional rusas permanecerían en partes de Donetsk incluso si se estableciera una zona desmilitarizada. La palabra desmilitarización no significa lo mismo para ambas partes si no se aclara quién puede permanecer allí y con qué funciones.

También queda por determinar qué ocurre con los residentes de las zonas en disputa, qué administración funcionaría durante una tregua y cómo se tratarían los desplazamientos y los derechos de la población. La información disponible no detalla un acuerdo sobre esos asuntos ni confirma que haya un mecanismo aceptado por ambos gobiernos. Por eso, hablar de líneas congeladas no basta para describir una solución: una pausa militar puede reducir la violencia sin decidir el estatus definitivo de los territorios. La disputa podría quedar aplazada, pero no desaparecería por el mero hecho de detener el fuego.

Las garantías de seguridad son el otro nudo

El debate sobre la seguridad ucraniana está ligado a una cuestión que lleva años condicionando la relación con Moscú: la aspiración de Kiev a ingresar en la OTAN. Rusia exige que Ucrania renuncie a esa candidatura, mientras que Zelenski ha señalado que podría abandonar esa vía si recibe una protección comparable a la que ofrece la alianza. En las conversaciones recientes, Estados Unidos aceptó discutir garantías de seguridad para Ucrania similares a las que ofrece a otros miembros de la OTAN. La propuesta busca responder a la necesidad de protección sin resolver la adhesión a la alianza.

La diferencia entre una garantía escrita y una protección efectiva depende de lo que el compromiso obligue a hacer. Para que Kiev la considere suficiente, tendrían que definirse las responsabilidades de cada país, el tipo de respaldo y las circunstancias que activarían una respuesta. La información difundida tras la reunión no concreta esos elementos ni establece qué países asumirían obligaciones específicas. Por tanto, no puede darse por hecho que las garantías estén cerradas ni que equivalgan a la defensa colectiva de la OTAN. Su credibilidad dependerá de los términos operativos, todavía no detallados públicamente.

Moscú, además, ha advertido que no aceptaría el despliegue de soldados de países miembros de la alianza en Ucrania y que los consideraría un objetivo legítimo. Esa posición complica cualquier fórmula que contemple una presencia internacional sobre el terreno, aunque no se haya anunciado un diseño definitivo para supervisar la tregua. También explica por qué la discusión sobre seguridad no es un apéndice técnico: determina quién podría intervenir, con qué mandato y qué consecuencias tendría una nueva ofensiva. Una garantía que no pueda ponerse en práctica difícilmente disuadiría una ruptura del alto el fuego.

Verificar una tregua sería tan importante como acordarla

Un cese de hostilidades no se vuelve estable solo porque ambas partes lo anuncien. Si hay acusaciones de ataques, movimientos de tropas o incumplimientos, el acuerdo necesita un modo aceptado de comprobar qué ocurrió y de responder sin reabrir automáticamente la guerra. El artículo de negociación conocido hasta ahora no permite afirmar qué organismo vigilaría una tregua, qué acceso tendría ni qué procedimiento se aplicaría ante una infracción. Esos detalles, por tanto, siguen abiertos en la información pública. Sin verificación acordada, cada incidente podría convertirse en una disputa sobre los hechos.

La complejidad aumenta porque el frente atraviesa zonas habitadas e infraestructuras esenciales, mientras la guerra incluye misiles, drones y ataques a distancia. Una supervisión eficaz tendría que distinguir entre una violación comprobada y una acusación, y comunicar los incidentes con rapidez a quienes puedan contenerlos. No hay datos suficientes para atribuir a la propuesta de 20 puntos un sistema concreto de sensores, observadores o zonas de separación. Lo prudente es separar lo que se ha comunicado —la negociación de un marco— de lo que aún requeriría desarrollo técnico. La verificación no es un detalle administrativo, sino la prueba práctica de que las partes aceptan las mismas reglas.

La urgencia de ese mecanismo se entiende al observar que los contactos diplomáticos han coincidido con ataques. La noche anterior a la reunión, tres bombas guiadas rusas impactaron en viviendas privadas de Sloviansk, según el jefe de la administración militar local: tres personas resultaron heridas y un hombre murió. Un día antes, un ataque ruso con misiles balísticos y drones contra Kiev causó al menos una muerte y dejó 27 heridos, de acuerdo con las autoridades ucranianas. La continuidad de los ataques muestra que las conversaciones no han producido todavía una pausa sobre el terreno.

Las señales de Moscú y Kiev no bastan por sí solas

Trump afirmó que considera que Putin quiere poner fin a la guerra, mientras que Ushakov describió la conversación entre ambos presidentes como amistosa y dijo que volverían a hablar pronto. El asesor ruso sostuvo, al mismo tiempo, que un cese completo de las hostilidades requiere una decisión política firme de Kiev sobre el Donbás y otros asuntos en disputa. Esas declaraciones dibujan una brecha importante: Moscú presenta la decisión ucraniana como condición, mientras que Kiev rechaza las exigencias territoriales rusas. La voluntad declarada de negociar no equivale a aceptar las condiciones del otro.

Las posiciones rusas van más allá de la administración de los territorios ocupados. Putin ha reclamado que Ucrania abandone su aspiración de entrar en la OTAN, limite el tamaño de sus fuerzas armadas y otorgue estatus oficial al idioma ruso. También ha exigido que Kiev retire tropas de zonas del este que Rusia no controla. Ushakov afirmó que las propuestas estadounidenses que tenían en cuenta demandas rusas empeoraron después de las modificaciones planteadas por Ucrania y sus aliados europeos. El desacuerdo no se limita a dónde termina el frente: también afecta a la orientación y las capacidades futuras del Estado ucraniano.

Desde Kiev, la continuidad de los ataques rusos hace difícil interpretar como suficiente cualquier declaración de intención pacífica. Zelenski ha insistido en que las palabras de Moscú deben coincidir con sus acciones. Esa discrepancia es relevante para la confianza entre las partes, pero también para el diseño de un acuerdo: una tregua necesita criterios observables, no solo promesas políticas. A la vez, los ataques y las operaciones militares de ambos bandos mantienen la presión sobre quienes negocian y reducen el margen para presentar concesiones como una salida segura. La conducta durante las conversaciones forma parte de la negociación, aunque no sustituya al contenido del acuerdo.

El papel de Trump y la coordinación europea

Trump ocupa una posición central porque mantiene contacto directo con Putin y Zelenski y porque los equipos estadounidenses han participado en la preparación del borrador. Sin embargo, esa centralidad no significa que pueda imponer por sí solo una solución aceptable para las partes. La administración estadounidense ha mostrado impaciencia con ambos dirigentes y ha reconocido públicamente la dificultad de terminar el conflicto. Su promesa electoral de resolver la guerra rápidamente quedó lejos de la realidad de una negociación en la que territorio, seguridad y confianza se entrelazan. La influencia de Washington abre canales, pero no elimina las incompatibilidades entre Kiev y Moscú.

La conversación de Trump con Putin antes de recibir a Zelenski subrayó ese papel de intermediario. El presidente estadounidense dijo que volvería a llamar al mandatario ruso después de la cita en Florida, y Ushakov confirmó que esperaba un nuevo contacto. A continuación, Trump y Zelenski telefonearon a varios líderes europeos. No se anunciaron resultados concretos de esas llamadas ni compromisos detallados de los gobiernos participantes, pero el intercambio muestra que cualquier marco de seguridad y reconstrucción necesitaría una coordinación más amplia que la de Washington y Kiev. Europa aparece en la conversación política, aunque el alcance de su participación todavía no está definido.

Los equipos negociadores habían mantenido contactos durante las semanas previas, incluidos encuentros con representantes estadounidenses en Berlín y conversaciones de Zelenski con el enviado especial Steve Witkoff y Jared Kushner. El presidente ucraniano describió esos intercambios como sustanciales, pero advirtió de que quedaban asuntos delicados. El anuncio de nuevos contactos y de grupos de trabajo apunta a que el proceso técnico continuará, aunque no se comunicaron fechas ni lugares para todas las reuniones. La siguiente fase dependerá de si los equipos pueden convertir las coincidencias generales en compromisos redactados y aceptados.

Un borrador avanzado todavía puede atascarse

La cifra del 90% divulgada por Zelenski ayuda a medir cuánto trabajo cree Kiev que se ha hecho en el documento, pero no revela qué parte corresponde a los capítulos más difíciles. En una negociación, los puntos que quedan al final pueden ser precisamente los que deciden si existe o no un pacto: el control territorial, la protección futura de Ucrania y las consecuencias de un incumplimiento. Tampoco se ha publicado el texto completo que permita comprobar qué significa cada apartado o qué reservas mantiene cada delegación. El tramo final puede pesar más que todo el progreso acumulado antes.

Trump dijo que las próximas semanas permitirían saber hacia dónde se inclina el proceso y reconoció que también podría salir mal. Zelenski anticipó un periodo intenso de trabajo, en línea con la continuidad de las conversaciones entre equipos. Ese calendario expresa una expectativa política, no un plazo garantizado para acabar la guerra. Si los negociadores no cierran los asuntos fundamentales, el proceso puede prolongarse aunque haya reuniones frecuentes y una propuesta avanzada. La actividad diplomática es una condición para el acuerdo, no una garantía de que llegue a firmarse.

La falta de una fecha de firma también importa porque impide confundir el impulso del momento con una hoja de ruta completa. No se anunció un calendario público para la aplicación de una tregua, ni se detalló quién comprobaría su cumplimiento, ni cómo se resolvería la disputa territorial durante ese periodo. Estas ausencias no demuestran que no existan conversaciones privadas sobre esos temas; indican que no hay información suficiente para presentarlas como compromisos acordados. La prudencia consiste en distinguir los avances comunicados de las decisiones que aún no se han hecho públicas.

La paz dependerá de lo que ocurra después de la foto

La reunión de Mar-a-Lago produjo una imagen de diálogo y una descripción optimista del estado de las conversaciones, pero no alteró por sí misma la realidad militar. Los ataques registrados en los días previos, las exigencias territoriales de Moscú y la resistencia de Kiev a aceptarlas muestran cuánto separa a las partes. Al mismo tiempo, un borrador de 20 puntos, el trabajo de los equipos y los contactos con líderes europeos son señales de que existe un proceso en marcha. La paz está más cerca en la mesa de negociación que en el terreno.

Para que esa distancia se reduzca, el marco tendría que resolver o contener la disputa territorial, ofrecer garantías que Ucrania considere suficientes y establecer cómo detectar y gestionar las violaciones de una tregua. También necesitaría una aceptación rusa que no se limite a mantener conversaciones y una respuesta ucraniana compatible con la seguridad del país. Ninguna de esas condiciones aparece cerrada en los anuncios posteriores a la cita. El avance será real cuando las palabras se traduzcan en obligaciones verificables para ambos lados.

Por ahora, la formulación más ajustada es que Washington y Kiev ven posibilidades de progreso, pero reconocen que quedan decisiones difíciles y que el desenlace no está asegurado. La reunión abrió espacio para seguir negociando; no resolvió las causas inmediatas del bloqueo ni detuvo los ataques. La diferencia entre una pausa temporal y una paz duradera dependerá de los términos que acepten Moscú y Kiev y de que puedan sostenerlos cuando aparezcan los primeros incidentes. La ventana diplomática existe, pero todavía debe demostrar que puede convertirse en un acuerdo viable.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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