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¿Tregua o espejismo? Pakistán pausa su ofensiva

Pakistán pausa cinco días su ofensiva en Afganistán tras el bombardeo de Kabul, con mediación árabe y una paz todavía muy frágil.
Pakistán ha anunciado una tregua temporal de cinco días en su ofensiva militar sobre Afganistán, pero el movimiento está demasiado condicionado como para venderlo como una paz seria. Islamabad ha dejado escrito, negro sobre blanco, que la pausa se romperá de inmediato si hay un ataque transfronterizo, un incidente terrorista o una acción con drones contra territorio paquistaní. No hay acuerdo político firmado entre las dos partes, no hay mecanismo independiente de verificación, no hay hoja de ruta pública para una negociación duradera y tampoco existe un compromiso conocido de fondo entre el Gobierno paquistaní y las autoridades talibanes afganas. Lo que hay es un alto el fuego corto, muy corto, impulsado por la mediación de Arabia Saudí, Catar y Turquía, y precipitado por el enorme coste internacional del último bombardeo en Kabul.
La consecuencia inmediata es obvia: la guerra baja de intensidad, pero no desaparece. La pregunta real no es si durante cinco días habrá menos fuego, sino qué pasará al sexto. Y ahí la respuesta es mucho menos amable. Pakistán quiere que Afganistán deje de ser, según su versión, un refugio para combatientes del Tehreek-e-Taliban Pakistan, el TTP, el grupo insurgente que golpea desde hace años suelo paquistaní. Los talibanes afganos, por su parte, niegan esa complicidad, denuncian una violación de su soberanía y sostienen que Islamabad está usando la lucha antiterrorista como paraguas para castigar a Kabul y forzar concesiones. En ese cruce de relatos no hay todavía espacio para una paz verdadera. Hay, más bien, una pausa armada.
Una tregua breve, religiosa y bajo amenaza
El anuncio lo hizo este miércoles 18 de marzo de 2026 el ministro de Información paquistaní, Attaullah Tarar, al explicar que la pausa se adopta “por iniciativa propia” y también a petición de países “hermanos” como Arabia Saudí, Catar y Turquía, en vísperas del Eid-ul-Fitr, la festividad que marca el final del Ramadán. La formulación importa, porque Pakistán ha querido envolver la decisión en un lenguaje de buena fe, de contención y hasta de respeto religioso. Pero, debajo de esa capa diplomática, el mensaje es mucho más duro: la llamada Operación Ghazab-lil-Haq no termina, sólo se suspende; y se reactivará con “renovada intensidad” si ocurre cualquier ataque durante estos días. Es decir, no hay renuncia al uso de la fuerza, sólo una pausa táctica.
Ese detalle cambia por completo la lectura del anuncio. Una paz exige cierta voluntad de permanencia. Una tregua como esta, en cambio, nace con fecha de caducidad y con la amenaza de la vuelta inmediata a los bombardeos. Pakistán intenta ganar algo de tiempo, aliviar la presión diplomática y proyectar una imagen de responsabilidad en un momento especialmente delicado. También trata de evitar que el choque con Afganistán se convierta en un problema aún mayor para sus relaciones con el mundo árabe y con otros socios que no quieren otro incendio regional abierto. Cinco días, en ese contexto, no son un cambio de era. Son apenas un margen para tomar aire sin reconocer públicamente que el último golpe ha sido demasiado costoso.
El ataque sobre Kabul que lo cambió todo
La tregua llega apenas dos días después del bombardeo más grave de esta escalada, el ataque contra un centro de rehabilitación de drogodependientes en Kabul que, según las autoridades talibanes, provocó al menos 408 muertos y 265 heridos. Kabul aseguró que el impacto alcanzó de lleno una zona médica donde dormían alrededor de 2.000 pacientes, una imagen devastadora incluso para una región acostumbrada a décadas de guerra. No era un cuartel, no era una trinchera, no era un almacén a cielo abierto. O, al menos, esa es la versión talibán. En paralelo, organismos internacionales rebajaron provisionalmente el balance y hablaron de al menos 143 fallecidos y 119 heridos, lo que no reduce la gravedad del hecho, pero sí muestra hasta qué punto el terreno informativo está en disputa.
Pakistán negó tajantemente haber atacado un objetivo civil. El Ejército sostuvo que sus operaciones fueron “altamente precisas” y dirigidas contra bases insurgentes vinculadas al TTP, y varias voces cercanas al aparato de seguridad paquistaní insistieron en que el lugar alcanzado tenía valor operativo, porque allí se almacenaban drones, munición y material logístico. Entre una versión y otra no hay un pequeño desacuerdo. Hay un abismo político, moral y militar. Si el lugar era efectivamente un centro médico lleno de pacientes, el ataque dispara la presión internacional y erosiona por completo la legitimidad de la campaña paquistaní. Si Pakistán golpeó un objetivo insurgente incrustado en una instalación civil, la discusión se desplaza hacia la proporcionalidad, la inteligencia previa y la protección de la población no combatiente. En ambos casos, el daño ya está hecho. Y el daño, en diplomacia, pesa.
La reacción internacional fue inmediata. La ONU, la Unión Europea, países vecinos y varios actores regionales multiplicaron las condenas y reclamaron contención. Ahí está una de las claves de esta tregua. No nace de una reconciliación repentina entre Islamabad y Kabul, ni de un pacto profundo negociado con paciencia. Nace del hecho de que el bombardeo de Kabul ha puesto a Pakistán en una posición mucho más incómoda de lo que quizá esperaba. Cuando una operación vendida como contraterrorista empieza a parecer, desde fuera, una posible matanza de civiles, el margen político se estrecha. Y entonces llegan las llamadas de Riad, Doha y Ankara. Y aparece la pausa.
Cómo empezó esta nueva crisis
La escalada no cayó del cielo. Viene cocinándose desde hace años, pero se aceleró de forma visible desde que los talibanes recuperaron el poder en Afganistán en agosto de 2021. Durante un tiempo, en Pakistán se instaló la idea de que el nuevo Afganistán talibán sería un vecino más manejable y, quizá, más sensible a las prioridades de seguridad paquistaníes. La realidad fue bastante menos dócil. En lugar de apagarse, la amenaza del TTP fue creciendo de nuevo, y en Islamabad empezó a imponerse la sensación de que Kabul no estaba cortando de verdad las redes logísticas, humanas y operativas de los insurgentes paquistaníes que se movían al otro lado de la frontera.
El Tehreek-e-Taliban Pakistan no es lo mismo que los talibanes afganos, aunque comparten referencias ideológicas, cuadros con viejos vínculos personales y una misma geografía de frontera. El TTP nació en 2007 como una alianza de grupos insurgentes y durante años ha cometido atentados, asaltos y ataques suicidas en Pakistán. Su historial incluye golpes contra mezquitas, mercados, colegios, puestos policiales y bases militares, además del atentado contra Malala Yousafzai en 2012. Islamabad sostiene desde hace tiempo que parte de su dirección y de sus combatientes encuentra cobijo en suelo afgano. Kabul rechaza la acusación y responde que Pakistán intenta cargar sobre Afganistán los efectos de su propia crisis de seguridad interna. Ese choque de interpretaciones es, en el fondo, el corazón del problema.
El detonante inmediato de la actual ofensiva fue una cadena reciente de ataques y atentados dentro de Pakistán, sobre todo en zonas del noroeste, que las autoridades paquistaníes atribuyeron al TTP con apoyo o protección desde Afganistán. A finales de febrero, el tono cambió de golpe. Islamabad aseguró disponer de pruebas concluyentes sobre esa conexión y lanzó ataques contra posiciones en territorio afgano. A partir de ahí, la espiral fue subiendo: bombardeos, choques fronterizos, acusaciones cruzadas y una narrativa de guerra que empezó a escapar de la vieja rutina de incidentes aislados en la frontera. Kabul, Jalalabad, Kandahar y otras áreas estratégicas entraron de lleno en la conversación. Ya no se trataba sólo de patrullas o escaramuzas. Se trataba de una ofensiva militar transfronteriza.
La línea que nunca dejó de dividirlo todo
Para entender por qué esta crisis es tan difícil de cerrar hay que volver a un nombre que en la región sigue pesando como una losa: la Línea Durand. Es la frontera de 2.611 kilómetros trazada en 1893 entre el entonces Afganistán y la India británica. Tras la partición y el nacimiento de Pakistán en 1947, Islamabad asumió esa línea como frontera internacional. Afganistán, en cambio, nunca la ha aceptado plenamente. El motivo no es menor. Esa frontera corta de forma artificial territorios habitados históricamente por comunidades pastunes, separa familias, redes económicas, rutas tribales y zonas donde la autoridad estatal siempre ha sido débil, discutida o directamente episódica. En esa franja, el mapa oficial muchas veces vale menos que la costumbre armada.
Pakistán quiere control fronterizo efectivo, vallas, puestos de vigilancia, vigilancia aérea y capacidad para perseguir a quienes cruzan la línea con armas o explosivos. Afganistán, y especialmente los talibanes, mira esa pretensión con desconfianza porque teme que consolidar sin matices la Línea Durand equivalga a aceptar una frontera que nunca ha dejado de cuestionar del todo. De ahí que la disputa no sea sólo militar. También es histórica, identitaria y política. Cada vez que Islamabad reclama seguridad plena en esa frontera, Kabul escucha algo más: escucha una exigencia de reconocimiento político de un trazado colonial que considera problemático. Y cada vez que Kabul se resiste, Pakistán interpreta esa resistencia como permisividad con grupos armados. Así se atasca todo.
Lo que quiere Pakistán de verdad
Pakistán quiere ante todo seguridad interna. Quiere reducir la capacidad del TTP para golpear en su territorio, quiere impedir que haya santuarios operativos al otro lado de la frontera y quiere enviar un mensaje claro de disuasión tanto a los insurgentes como al régimen talibán. La lógica de Islamabad es sencilla, aunque no precisamente suave: si Afganistán no neutraliza a quienes atacan Pakistán, Pakistán se reserva el derecho de actuar por su cuenta. Esa doctrina explica el endurecimiento de las últimas semanas y también el uso de una operación bautizada con un nombre tan cargado como Ghazab-lil-Haq, que remite a un castigo ejecutado en nombre de una supuesta justicia.
Pero Islamabad quiere más cosas. Quiere también que Kabul pague un precio por cualquier tolerancia, ambigüedad o pasividad frente al TTP. No necesariamente busca una guerra larga ni una ocupación —eso sería inviable y suicida—, pero sí pretende alterar el cálculo de los talibanes afganos. En otras palabras, Pakistán intenta que el Gobierno de Kabul concluya que permitir, encubrir o simplemente no desmantelar esas redes sale demasiado caro. El problema es que ese tipo de pedagogía a base de bombardeos casi nunca produce obediencia limpia. Produce resentimiento, humillación y más margen para la radicalización. Y eso puede acabar empeorando justo aquello que Islamabad dice querer resolver.
Hay un elemento adicional, menos visible pero muy real. Pakistán atraviesa tensiones internas políticas, económicas y de seguridad, y la firmeza frente a Afganistán también cumple una función doméstica. Proyecta control, refuerza la imagen de un Estado que responde y evita transmitir debilidad después de varios golpes del terrorismo en suelo paquistaní. Esa dimensión interna importa mucho. Cuando un Gobierno enfrenta desgaste, crisis o presión social, la política de seguridad exterior suele adquirir un valor simbólico añadido. No lo explica todo, pero ayuda a entender por qué Islamabad ha optado por una operación de alto voltaje, aun a riesgo de quedar aislado tras el ataque de Kabul.
Lo que quieren los talibanes afganos
Los talibanes afganos buscan algo igual de básico y, a la vez, igual de difícil: que Pakistán deje de actuar militarmente dentro de Afganistán y acepte que el territorio afgano no puede ser tratado como un espacio disponible para ajustes de cuentas preventivos. Desde Kabul, la prioridad es defender la soberanía, preservar la imagen de autoridad interna y evitar cualquier gesto que los haga parecer subordinados a Islamabad. Esa dimensión es capital. El régimen talibán puede negociar, puede escuchar a mediadores y puede incluso hacer concesiones discretas. Lo que no quiere, porque le costaría prestigio dentro de su propia base, es aparecer como un poder obediente frente a un vecino históricamente incómodo.
Al mismo tiempo, el Gobierno talibán necesita evitar una guerra sostenida con Pakistán. Afganistán arrastra una economía hundida, una grave fragilidad institucional, aislamiento diplomático y una enorme dependencia de equilibrios internos nada simples. Un conflicto largo con Pakistán, potencia militar superior y vecino determinante en muchos flujos comerciales y humanos, sería una factura casi imposible de pagar. Por eso Kabul combina retórica dura con margen táctico. Denuncia los bombardeos, exhibe a las víctimas, acusa a Pakistán de masacrar civiles y exige respeto territorial, pero al mismo tiempo no cierra del todo la puerta a la mediación. No es contradicción. Es cálculo de supervivencia.
Hay además un punto delicado que los talibanes afganos no quieren admitir abiertamente, pero que atraviesa todo este choque: su relación con el TTP es incómoda. No porque Kabul mande sobre ese grupo de forma directa, sino porque existe una proximidad ideológica, tribal, histórica y logística que hace muy difícil una ruptura limpia y espectacular. Reprimir a fondo al TTP podría interpretarse, en ciertos sectores del universo yihadista regional, como una cesión a Pakistán. No hacerlo deja a Kabul expuesto a la acusación de encubrir terrorismo. Ahí está una de las razones por las que esta crisis se enreda tanto. Los talibanes afganos no quieren ser vasallos de Islamabad, pero tampoco les resulta sencillo romper de manera frontal con quienes se mueven en un ecosistema político y religioso tan cercano.
Una paz todavía sin arquitectura
Por eso resulta exagerado hablar de paz. Una paz mínimamente seria necesita una arquitectura: canales estables, interlocutores claros, compromisos verificables, límites aceptados y un lenguaje menos inflamable. De momento no se ve nada de eso. Lo anunciado es una pausa temporal, ligada al calendario religioso y a una mediación de emergencia, no un proceso de desescalada con piezas sólidas. Islamabad no ha retirado su doctrina de represalias. Kabul no ha aceptado públicamente ninguna exigencia de seguridad de Pakistán. Los mediadores árabes han logrado, sobre todo, que no siga cayendo fuego al mismo ritmo durante unos días. Y eso, siendo importante, sigue estando a años luz de una solución.
La propia formulación del alto el fuego lo deja claro. Pakistán ha insistido en que reanudará la operación ante cualquier nueva ofensiva transfronteriza. El problema es quién decide qué cuenta como ofensiva, con qué pruebas, en qué plazo y con qué respuesta proporcional. En zonas como Nangarhar, Khost, Paktika o el entorno de la frontera montañosa, basta un ataque de un grupo no controlado, un dron mal identificado o una acción de actores armados con agenda propia para hacer saltar todo por los aires. La tregua, en este sentido, está construida sobre un terreno resbaladizo: depende de incidentes que ninguno de los dos bandos controla por completo y de versiones que a menudo se contradicen en cuestión de horas.
Lo que puede pasar después del Eid
El escenario más probable a corto plazo no es la paz, sino una desescalada parcial y muy frágil. Durante estos días puede bajar el ritmo de los bombardeos y quizá también el de las declaraciones más altisonantes. Es posible que Arabia Saudí, Catar y Turquía intenten aprovechar la pausa para abrir contactos discretos sobre intercambio de información, límites operativos y control de la frontera. Sería un avance modesto, pero útil. El problema es que la tregua puede romperse no sólo por una decisión política deliberada, sino por un hecho puntual. En esta crisis, un solo atentado del TTP en Pakistán o una nueva acción militar mal calibrada en Afganistán bastaría para devolver la situación al punto de ebullición.
También hay que mirar el contexto regional. La pausa entre Pakistán y Afganistán llega en un momento de gran tensión en Oriente Medio, con varios focos abiertos y con actores árabes que no quieren ver nacer otro frente de inestabilidad en el sur de Asia. Esa presión regional explica la rapidez con la que han actuado Riad, Doha y Ankara. Nadie quiere que el conflicto se cruce con otras crisis ya encendidas. Pero esa misma premura revela la fragilidad del arreglo. Cuando una tregua depende tanto de mediadores externos y tan poco de la confianza entre las partes, basta con que el foco internacional se desplace unos días para que el conflicto recupere su inercia. Y esa inercia, aquí, es la violencia.
Cinco días y una frontera envenenada
La noticia importante es que Pakistán ha frenado temporalmente su ofensiva en Afganistán. La noticia decisiva, sin embargo, es otra: nada esencial ha cambiado todavía. Islamabad sigue convencido de que el TTP se beneficia de suelo afgano. Kabul sigue denunciando que Pakistán viola su soberanía y mata civiles bajo la etiqueta del antiterrorismo. El bombardeo sobre el centro de rehabilitación de Kabul ha deteriorado aún más la confianza, ha disparado la presión internacional y ha obligado a mover ficha con rapidez. Pero una ficha no es una estrategia, y una tregua religiosa de cinco días no arregla una frontera que lleva décadas funcionando como una herida.
Lo que viene ahora dependerá de si esta pausa sirve para algo más que para enfriar titulares. Si hay contactos reales, si se establecen límites, si se rebaja la tentación de usar cada atentado como justificación instantánea para la represalia y si Kabul da algún paso, aunque sea discreto, para contener a los grupos que Islamabad sitúa en su radar. Si nada de eso ocurre, la tregua quedará como una escena conocida en esa región: un silencio breve, solemne y muy inestable antes de que vuelva la pólvora. No es una paz verdadera. Es, por ahora, una suspensión precaria de la guerra entre dos vecinos que se necesitan, se desconfían y se acusan de alimentar el mismo incendio.

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