Síguenos

Actualidad

Órganos porcinos en hospitales: qué avances hay y qué falta

Un hígado de soporte y un riñón que funcionó 271 días muestran avances reales, pero aún experimentales.

Publicado

el

órganos de cerdo a los hospitales

Los órganos de cerdo todavía no son una opción habitual en los hospitales. La investigación explora dos caminos distintos: trasplantar directamente órganos porcinos modificados para reducir el rechazo, o usar su estructura como soporte para reconstruirlos con células humanas. En ambos casos hay resultados prometedores, pero la aplicación clínica sigue en fase experimental y no existe una fecha confirmada para que estos procedimientos se conviertan en tratamientos rutinarios.

La diferencia entre esos métodos es decisiva. Un xenotrasplante conserva el órgano del animal y trata de hacerlo más compatible con el receptor; la bioingeniería, en cambio, elimina las células porcinas y repuebla la estructura restante con células humanas. Esta segunda técnica se estudió primero como una forma de filtrar temporalmente la sangre de pacientes con insuficiencia hepática, no como un hígado listo para implantarse. Que una prueba funcione fuera del cuerpo sería solo un primer paso hacia un trasplante.

Dos caminos para superar la escasez de órganos

La búsqueda de órganos de otras especies responde a un problema persistente: hay más personas que necesitan un trasplante que órganos humanos disponibles y adecuados. En Estados Unidos, más de 100.000 personas esperan un órgano, según los datos recogidos en la información de referencia, y miles mueren antes de recibirlo. La lista tampoco refleja toda la necesidad: algunos pacientes no llegan a ser incluidos porque se considera demasiado remota la posibilidad de que se recuperen. La escasez no se resuelve solo con encontrar un órgano, sino con conseguir que sea seguro y funcione en el cuerpo humano.

Los cerdos interesan a los investigadores porque sus órganos tienen un tamaño relativamente compatible con el de las personas y porque su crianza está extendida. Sin embargo, un órgano porcino no es intercambiable sin más con uno humano. El sistema inmunitario puede reconocerlo como extraño y atacarlo con rapidez; también deben estudiarse el control de la inflamación, la coagulación y el posible riesgo de transmisión de agentes infecciosos. La semejanza de tamaño no elimina las diferencias biológicas.

En el xenotrasplante directo, la respuesta consiste en modificar genéticamente al cerdo para reducir algunas de esas incompatibilidades. La investigación descrita en los materiales de referencia incluye animales con cambios destinados a retirar genes porcinos que provocan rechazo, incorporar genes humanos que ayudan a regular ciertas respuestas y desactivar retrovirus endógenos presentes en el genoma del animal. No es una modificación única ni garantiza que el organismo vaya a aceptar el órgano. El objetivo es reducir barreras, no borrar de golpe todas las diferencias entre especies.

Cómo se reconstruye un órgano con una estructura porcina

El proyecto de bioingeniería asociado al laboratorio Miromatrix parte de un órgano de cerdo, pero no pretende trasplantarlo tal cual. Primero se eliminan las células del animal mediante un proceso de descelularización. Los fluidos circulan por los vasos sanguíneos del órgano y ayudan a retirar el material celular, mientras se intenta conservar la arquitectura que sostiene el tejido. Al perder las células y su color, el hígado adquiere un aspecto pálido y traslúcido. Lo que permanece es una especie de andamiaje biológico, con vasos y espacios internos.

Ese armazón no realiza por sí mismo las tareas de un hígado funcional: necesita células vivas. La segunda fase, llamada recelularización, consiste en introducir células humanas obtenidas de órganos donados que no pudieron trasplantarse. Las células se distribuyen por la estructura y, si encuentran las condiciones adecuadas, se adhieren a ella. No se incorporan todas de una vez: el proceso es gradual y complejo, porque el órgano necesita distintos tipos celulares para cumplir funciones diferentes. La estructura porcina aporta la forma; las células humanas deberían aportar buena parte del trabajo.

Las células humanas pueden proceder de hígados y riñones donados que no se consideran aptos para un trasplante convencional. En la investigación descrita, el equipo separaba las células que aún podían utilizarse y las multiplicaba en el laboratorio. La empresa sostenía que un órgano humano recuperado podía proporcionar células suficientes para repoblar varios andamiajes porcinos, incluidas células relacionadas con los vasos sanguíneos y con la filtración de desechos. Pero disponer de células no asegura que se distribuyan bien ni que todas sobrevivan y funcionen de forma coordinada. La dificultad no es solo rellenar el órgano, sino lograr que sus partes trabajen juntas.

La idea se apoya en trabajos anteriores de medicina regenerativa. En la década de 2000, investigadores de la Universidad de Minnesota desarrollaron un método para retirar las células de un corazón de rata y sembrar después células cardíacas inmaduras en la estructura restante. El pequeño órgano llegó a latir en el laboratorio, un resultado que ayudó a impulsar esta línea de investigación. Años después, Miromatrix se fundó a partir de avances en descelularización y recelularización por perfusión. El principio lleva años investigándose, aunque convertirlo en una terapia humana es un reto mucho mayor que demostrarlo en un modelo de laboratorio.

Un hígado de apoyo antes que un trasplante

La primera aplicación planteada para los hígados bioingenierizados no consistía en implantarlos dentro del paciente. El plan descrito era probar un órgano fuera del cuerpo, junto a una cama hospitalaria, conectado para filtrar temporalmente la sangre de una persona con insuficiencia hepática aguda. El dispositivo cumpliría una función parecida a la diálisis: ofrecer apoyo mientras se espera una recuperación o un trasplante. Se trataría de asistencia hepática externa, no de reemplazar el hígado del paciente.

La elección tiene una lógica clínica. La insuficiencia hepática aguda puede poner en peligro la vida y, en los casos graves, las opciones médicas son limitadas si no llega pronto un órgano humano. A diferencia de otros órganos, el hígado puede repararse y regenerarse, según explicó el especialista citado en la información de referencia. Si un sistema de apoyo ayuda a ganar tiempo, el paciente podría superar la fase crítica; si no funciona, la prueba no equivale a haber implantado un órgano permanente. El valor potencial estaría en servir de puente durante una emergencia.

Antes de iniciar un estudio en personas, el proyecto debía contar con autorización de la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos, conocida como FDA. La información de referencia señalaba que el organismo regulador había planteado preguntas sobre la solicitud y que no estaba claro cuándo podrían comenzar las pruebas. Por eso, las previsiones iniciales de que los ensayos arrancarían pronto no deben confundirse con una autorización ni con un procedimiento ya disponible. La fecha depende de la revisión regulatoria y de la evidencia de seguridad, no solo de la preparación del laboratorio.

En 2021, investigadores de Miromatrix y la Clínica Mayo informaron de que habían trasplantado con éxito a cerdos una versión de hígados creados mediante bioingeniería. Ese resultado ayudó a preparar el camino para estudiar la asistencia hepática, pero un ensayo animal no demuestra que el órgano pueda filtrar sangre humana con seguridad ni durante cuánto tiempo lo haría. Cada etapa responde a una pregunta distinta: si el tejido se reconstruye, si funciona en un animal y, más adelante, si resulta seguro y útil en pacientes. El avance preclínico es una base para investigar, no una prueba de eficacia en personas.

El xenotrasplante directo ya ha llegado a pacientes experimentales

La otra vía sí ha incluido intervenciones en seres humanos, aunque bajo condiciones extraordinarias y sin convertirse en práctica habitual. En 2022, un hombre con insuficiencia cardíaca terminal recibió un corazón de cerdo modificado genéticamente. El paciente vivió alrededor de dos meses después de la operación. El animal tenía un año y pesaba cerca de 109 kilos, de acuerdo con la información de referencia. El caso fue un hito porque mostró que un órgano porcino podía sostener temporalmente la vida de una persona, pero también dejó claro que el resultado no equivalía a una solución duradera. El éxito inicial de una operación no permite anticipar cuánto tiempo funcionará el órgano.

Antes de esos trasplantes, los investigadores habían estudiado órganos porcinos en animales, sobre todo en primates. Una investigación recogida entre los materiales de referencia prolongó la supervivencia de un trasplante en macacos hasta 758 días al combinar modificaciones genéticas con tratamiento inmunosupresor. Es un resultado preclínico relevante, pero no puede trasladarse directamente a una persona: cambian el receptor, la respuesta inmunitaria y las condiciones de seguimiento. Los años de supervivencia en primates no garantizan el mismo desempeño en humanos.

También hubo pruebas en personas con muerte cerebral antes de algunos de los trasplantes en pacientes vivos. En septiembre de 2021 se conectó un riñón porcino a la circulación de una mujer con muerte cerebral para observar su funcionamiento. Esos ensayos permiten estudiar respuestas inmediatas, pero no responden por sí solos a las preguntas de un trasplante clínico: cuánto puede durar el órgano, qué complicaciones aparecen con el tiempo y cómo se equilibran los medicamentos inmunosupresores con la prevención de infecciones. Una prueba experimental y un tratamiento disponible son etapas muy distintas.

Un riñón funcionó 271 días, pero no de forma indefinida

Un caso posterior aportó un dato especialmente significativo para el xenotrasplante renal. Tim Andrews recibió el 25 de enero de 2025 un riñón de cerdo modificado genéticamente, tras vivir con enfermedad renal terminal asociada a diabetes tipo 2 y someterse a diálisis. El órgano comenzó a funcionar y permaneció activo durante 271 días, el periodo más prolongado descrito en la información de referencia para un riñón porcino trasplantado a una persona. El récord demuestra que el funcionamiento puede prolongarse durante meses, no que el órgano sea permanente.

La intervención se realizó en el Hospital General de Massachusetts. El riñón procedía de cerdos desarrollados por eGenesis y había recibido modificaciones destinadas a reducir el rechazo y mejorar la compatibilidad; entre ellas se describieron 69 cambios genéticos. La cifra corresponde a ese órgano y a ese enfoque, no a una receta universal aplicable a todos los xenotrasplantes. El sistema inmunitario de Andrews terminó dañando el órgano, pese a los tratamientos para contener la respuesta defensiva. La edición genética reduce obstáculos, pero no impide necesariamente el rechazo tardío.

El deterioro apareció después de que los médicos redujeran la inmunosupresión para hacer frente a una infección bacteriana. Los vasos sanguíneos del riñón empezaron a dañarse, el órgano se inflamó y se formaron coágulos que limitaron su capacidad para filtrar la sangre. La información disponible no atribuye el daño a anticuerpos contra el órgano y plantea la posible participación de otras células inmunitarias, como macrófagos y células NK. A los 271 días, el riñón tuvo que ser retirado. El caso mostró que el equilibrio entre proteger el injerto y controlar infecciones sigue siendo delicado.

Tras la extracción, Andrews volvió temporalmente a diálisis durante 82 días y recibió un riñón humano en enero de 2026. Esa secuencia —un órgano porcino durante la espera, seguido por un trasplante humano— ha alimentado la hipótesis de usar xenotrasplantes como puente y no necesariamente como reemplazo definitivo. Sin embargo, se trata de la experiencia de un paciente y no prueba que ese modelo pueda repetirse con seguridad en otros. El valor de un órgano animal como solución temporal todavía debe comprobarse en más casos.

Por qué aún no son una alternativa rutinaria

El primer límite es la respuesta inmunitaria. Aunque se modifique el animal o se repueble una estructura con células humanas, el organismo receptor puede reconocer elementos del órgano como extraños. En el xenotrasplante directo, los cambios genéticos buscan disminuir ese riesgo; en la bioingeniería, retirar las células porcinas pretende evitar parte de las incompatibilidades. Ninguna estrategia elimina todas las incertidumbres. El rechazo puede aparecer de formas distintas y en momentos diferentes.

También deben vigilarse la coagulación, la inflamación y las infecciones. En el trasplante renal de Andrews, la reducción de medicamentos inmunosupresores para afrontar una infección coincidió con el deterioro vascular del órgano. Es un ejemplo de un dilema que no se resuelve con una sola modificación genética: debilitar las defensas puede ayudar a evitar el rechazo, pero deja al paciente más expuesto a infecciones. El criterio sobre riesgos y tratamientos corresponde a los equipos médicos y a los estudios clínicos; un caso individual no permite establecer una pauta general. Seguridad y funcionamiento tienen que evaluarse conjuntamente.

La bioingeniería afronta además un problema de fabricación biológica: hacer que millones de células se distribuyan por un andamiaje complejo, sobrevivan y cumplan tareas especializadas. Las células de los vasos sanguíneos no hacen lo mismo que las encargadas de filtrar desechos o realizar otras funciones hepáticas. Si algunas zonas quedan sin repoblar, o las células no se integran como se espera, la forma externa del órgano no bastará para que funcione. Un órgano con aspecto humano no es necesariamente un órgano funcional.

Hay, por último, una diferencia entre reutilizar una estructura animal y fabricar un órgano completamente nuevo. La técnica descrita aprovecha un órgano porcino como molde y depende de células humanas procedentes de donaciones que no pudieron destinarse a un trasplante convencional. No elimina la necesidad de donantes humanos para obtener esas células, aunque podría permitir multiplicarlas y utilizarlas para reconstruir varios andamiajes, según la empresa. Esa posibilidad sigue siendo una afirmación de desarrollo, no una capacidad clínica demostrada a gran escala. La bioingeniería podría aprovechar mejor material biológico, pero no ha suprimido la dependencia de células donadas.

La llegada a los hospitales depende de pruebas que aún faltan

Los órganos porcinos ya han entrado en quirófanos dentro de experimentos autorizados y cuidadosamente seleccionados, pero eso no significa que estén disponibles como opción ordinaria para cualquier paciente. Los casos de corazones y riñones trasplantados directamente prueban que la intervención es técnicamente posible; la experiencia de 271 días muestra una duración notable y también un fallo tardío. En paralelo, el hígado bioingenierizado se concibió primero como un sistema externo de apoyo y aún debía superar las barreras regulatorias y experimentales descritas en las fuentes. Son avances concretos, pero cada uno responde a una fase distinta de la investigación.

Para que estas técnicas lleguen a los hospitales como tratamientos, será necesario demostrar en estudios con más pacientes que sus beneficios superan los riesgos y que los resultados pueden reproducirse. También habrá que establecer cuánto dura cada órgano, qué complicaciones aparecen y qué seguimiento exige. Los ensayos en animales, las intervenciones compasivas en personas y los experimentos con órganos fuera del cuerpo ofrecen piezas del rompecabezas, pero no sustituyen esa evaluación. La medicina clínica exige más que un caso extraordinario o un resultado prometedor.

La posibilidad de que un órgano animal ayude a salvar vidas ya no pertenece únicamente a la ciencia ficción: hay experiencias humanas y métodos de bioingeniería en desarrollo. Pero la distancia entre un hito y una terapia fiable sigue siendo considerable. Por ahora, la respuesta más precisa es que los hospitales pueden participar en ensayos experimentales, mientras que el uso habitual de órganos porcinos continúa pendiente de pruebas de seguridad y eficacia. El avance decisivo no será solo conseguir que un órgano funcione, sino demostrar que puede hacerlo de manera previsible y segura.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído