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Kiev sin electricidad ni agua, golpeada por el Oreshnik ruso

La secuencia fue la de tantas madrugadas en Ucrania, pero con un filo nuevo: alarma, zumbido, explosiones y, después, el vacío práctico de una capital que se queda sin servicios.

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Kiev golpeada por el Oreshnik ruso

Rusia lanza el misil Oreshnik sobre Kiev y Lviv, deja muertos, heridos y apagones, y eleva la tensión militar y energética en Ucrania y Europa

La secuencia fue la de tantas madrugadas en Ucrania, pero con un filo nuevo: alarma, zumbido, explosiones y, después, el vacío práctico de una capital que se queda sin servicios. Kiev sufrió un ataque ruso con misiles y drones que dejó al menos 4 muertos y entre 19 y 22 heridos según los balances difundidos durante las primeras horas, con recuentos que fueron actualizándose a medida que avanzaban los rescates. La ciudad registró impactos en zonas residenciales y daños en edificios, y parte de la capital quedó sin electricidad y sin agua durante el operativo de emergencia.

El golpe no se quedó en Kiev. En el oeste, Lviv —más cerca del perímetro de la Unión Europea y de la OTAN— también fue alcanzada. Allí, el foco informativo giró hacia un nombre concreto: Oreshnik, un misil balístico que Rusia presenta como de muy alta velocidad, difícil de interceptar, y que Moscú afirmó haber empleado de nuevo. El alcalde de Lviv llegó a hablar de impactos a una velocidad aproximada de 13.000 km/h, una cifra que, más que técnica, suena a aviso: la guerra se está jugando también en la retaguardia, en la infraestructura y en la capacidad de dejar ciudades a oscuras.

La madrugada del golpe: explosiones, humo y un recuento que se movía

Kiev tiene una forma particular de vivir la guerra: por capas. Primero, el sonido de la alarma. Luego, el rumor de los drones, ese motor agudo que se pega a la nuca. Después, el estruendo que llega con retraso, como si el aire dudara antes de entregar el impacto. Y, en medio, la incertidumbre típica de los ataques combinados: no es una sola oleada, es un patrón que vuelve, se interrumpe, reaparece.

Las autoridades locales informaron de daños en distintos distritos y de incendios asociados a los impactos. Se habló de una veintena de edificios afectados, con la precisión que permiten las primeras horas: algunos por impactos directos, otros por fragmentos o por la onda expansiva, que revienta ventanas, abre fachadas, desarma balcones y convierte un piso en un rompecabezas de cristales. En el balance humano, al menos cuatro personas murieron y la cifra de heridos osciló en los comunicados iniciales entre 19 y 22, un margen habitual cuando todavía hay traslados, revisiones médicas y rescates en marcha.

En este tipo de ataques, la información también llega por piezas sueltas: un bloque evacuado, un incendio controlado, un herido sacado de un portal, un tramo de calle acordonado. No hay una “foto única”; hay retales que, sumados, dibujan la misma escena de siempre: personal de emergencias trabajando con cascos, linternas y mascarillas; vecinos con abrigos encima de la ropa de dormir; camillas entrando y saliendo; policías apartando curiosos; y el cielo, que no deja de ser cielo, pero que en estas noches pesa.

Entre las víctimas mortales se identificó a un trabajador sanitario de emergencias, un dato que añade otra capa a la tragedia: no solo muere quien está en casa, también quien sale a salvar. En ataques de este tipo, además, la amenaza no se agota con el primer impacto. Los equipos de rescate operan con la posibilidad constante de una segunda oleada o de nuevos drones, y eso ralentiza todo. A veces se trabaja rápido; a veces se trabaja a saltos, con parones impuestos por la alarma.

Kiev sin luz y sin agua: cuando la ciudad se queda “a medias”

La guerra moderna tiene una obsesión: hacer que la vida cotidiana se rompa. No hace falta ocupar una ciudad para desgastarla; basta con tocar los puntos donde late: electricidad, agua, calefacción, comunicaciones. En Kiev, tras los impactos, se reportaron cortes de electricidad y problemas en el suministro de agua en parte de la capital. Es la diferencia entre un ataque “visible” y un ataque “persistente”. Lo visible es el humo. Lo persistente es el grifo que no responde, el ascensor detenido, la calefacción que pierde pulso, el barrio que se apaga.

Un apagón no es solo oscuridad. En invierno, es también frío que se cuela y se queda. Es un hospital que tira de generadores, una subestación que necesita reparación urgente, una estación de bombeo que se detiene y deja sin presión una red entera. Es el pequeño caos: gente que baja a pie diez plantas porque el ascensor está muerto; portales con linternas; semáforos apagados; tiendas que no pueden abrir; colas cuando vuelve algo de suministro.

En paralelo, el daño material en edificios residenciales suele provocar un problema secundario: viviendas que, aun sin estar derrumbadas, quedan inhabitables por ventanas reventadas, marcos doblados, techos dañados o humo. La vivienda, cuando recibe una onda expansiva, se convierte en un lugar hostil incluso si la estructura aguanta. El calor se escapa; la seguridad se diluye; la normalidad, esa palabra que ya casi suena ingenua, se aplaza.

En las comunicaciones iniciales se insistió en el número de edificios afectados, y también en la idea de que los ataques fueron parte de una ofensiva amplia. En ese marco, la capital no es un objetivo aislado, sino un símbolo: golpear Kiev es una forma de recordarle a Ucrania (y a quienes la apoyan) que Rusia conserva capacidad de saturación y de daño. El mensaje es tan militar como político.

Una ofensiva masiva: drones, misiles y una combinación pensada para saturar

En las horas siguientes se habló de un ataque compuesto por centenares de drones y decenas de misiles. Ucrania informó de un volumen muy alto de aparatos no tripulados y de misiles de distintos tipos, una mezcla típica para intentar saturar defensas: drones para obligar a gastar munición antiaérea y mantener a los sistemas encendidos durante horas; misiles de crucero para entrar por rutas más bajas y complicadas; y misiles balísticos para reducir el margen de reacción.

En esa mezcla entra el nombre que elevó la tensión informativa: Oreshnik. No porque sea el único misil usado, sino porque simboliza la “escalada tecnológica” en la narrativa rusa. En realidad, el efecto sobre el terreno depende menos del nombre y más del resultado: daños, víctimas, infraestructuras tocadas. Aun así, los nombres importan en guerra. Funcionan como etiquetas de miedo, como marcas de propaganda, como manera de decir “mirad lo que tengo”.

Lviv: el golpe en el oeste y el aviso hacia Europa

La importancia de Lviv no está solo en la ciudad, sino en el mapa. Es el oeste, el espacio donde mucha logística se mueve, donde llegan suministros, donde se coordinan reparaciones, donde la distancia con el frente ofrece una sensación relativa —solo relativa— de seguridad. Por eso, cuando Lviv sufre un impacto, el significado se amplía: no es un ataque “en la línea de combate”, es un golpe en la retaguardia, cerca del umbral europeo.

Rusia afirmó haber atacado infraestructura crítica en la región. Las autoridades locales ucranianas confirmaron impactos y daños, y el alcalde de Lviv aportó el dato que se convirtió en titular: 13.000 km/h. Esa cifra se asocia a un régimen de velocidades muy altas, del orden de varios miles de metros por segundo, y encaja con la presentación rusa de Oreshnik como arma “hipersónica” o de alta velocidad.

Más allá del adjetivo, el hecho central es que Lviv fue alcanzada y que el objetivo habría estado relacionado con infraestructura energética. Se apuntó, en concreto, a la zona de Stryi, donde existe un almacenamiento subterráneo de gas relevante. No hace falta imaginar una explosión cinematográfica para entender el impacto estratégico: golpear un punto así tensiona la red, complica la gestión del suministro, genera incertidumbre y obliga a desplazar recursos a reparaciones y protección.

Stryi y la guerra contra la infraestructura energética

Un almacenamiento subterráneo de gas es, en tiempos normales, un instrumento de estabilidad: permite gestionar el consumo en picos, amortiguar problemas, sostener la red cuando el frío aprieta. En tiempos de guerra, se convierte en un objetivo porque representa resiliencia. Si lo dañas, no siempre “apagas” una ciudad al instante, pero sí puedes crear un daño acumulativo: menos capacidad de respuesta, más presión sobre importaciones, más fragilidad.

En la narrativa ucraniana, la campaña rusa contra infraestructura energética viene de lejos, y se intensifica cuando el calendario entra en los meses donde la energía es vida. Lviv, por su ubicación, tiene además un componente de señal: si puedes golpear ahí, puedes golpear cerca de la frontera europea, y eso se lee como advertencia.

Oreshnik: qué es y por qué Rusia lo convierte en símbolo

Oreshnik significa “avellano” en ruso. El contraste es casi irónico: un nombre doméstico para una herramienta de destrucción. Rusia lo describe como un misil balístico de alcance intermedio y lo enmarca en un discurso de superioridad tecnológica: muy alta velocidad, trayectoria difícil, capacidad para superar defensas. En términos estratégicos, un misil balístico no necesita volar “bajo” como un crucero; su perfil de vuelo y su energía lo convierten en un reto distinto para la defensa.

Moscú ha acompañado la presentación del Oreshnik con afirmaciones muy contundentes sobre su dificultad de interceptación. Conviene leer esas afirmaciones con cautela, porque en guerra la propaganda es un frente más. Pero también conviene no trivializarlo: un misil balístico de este tipo reduce los tiempos de reacción y, si se integra en ataques combinados, complica la respuesta.

Ucrania, en sus comunicaciones, vinculó el lanzamiento a la zona de Kapustin Yar, un área de pruebas y lanzamientos en Rusia. Se habló de un misil balístico de alcance medio lanzado desde allí, dentro de una ofensiva que incluyó drones y misiles de largo alcance. El detalle geográfico importa porque sitúa el ataque en el terreno de la capacidad rusa de lanzamiento a distancia, sin necesidad de acercarse al frente.

La velocidad como mensaje: por qué “13.000 km/h” se repite tanto

El dato de “13.000 km/h” cumple dos funciones. Una, técnica: sugiere un perfil de vuelo extremadamente rápido, en el rango que algunos denominan hipersónico. Otra, comunicativa: transmite sensación de inevitabilidad, de golpe fulminante. Es un número que se entiende sin ser ingeniero, porque no se entiende del todo. Y eso, en guerra, también es un efecto buscado: generar la idea de que no hay tiempo, no hay margen, no hay refugio perfecto.

El debate real, sin embargo, no está en el número exacto, sino en lo que implica: la guerra se acelera en lo material (más drones, más misiles, más oleadas), y también en lo simbólico (armas “nuevas” convertidas en titulares). Cuando un nombre se vuelve protagonista, es porque alguien quiere que lo sea.

La versión rusa de la represalia y la negación ucraniana

Rusia enmarcó el ataque en una lógica de represalia. Según su relato, sería una respuesta a un supuesto intento ucraniano de atacar con drones una residencia del presidente Vladimir Putin en la región de Nóvgorod a finales de diciembre. Ucrania negó ese intento, y el propio presidente de Estados Unidos, Donald Trump, expresó dudas sobre esa versión. Este cruce de declaraciones no es un detalle menor: muestra cómo cada bando busca justificar, legitimar y encuadrar la escalada.

En la práctica, esa discusión convive con una realidad que no necesita relato para doler: muertos en Kiev, heridos, edificios dañados, servicios cortados, impactos en Lviv. La motivación política puede discutirse; el efecto está ahí.

La guerra de la energía: también Bélgorod quedó a oscuras

Mientras Ucrania gestionaba daños y víctimas, del lado ruso apareció otro dato contundente: en la región de Bélgorod, fronteriza con Ucrania, las autoridades locales afirmaron que un ataque ucraniano dejó a más de 500.000 personas sin electricidad en seis municipios. Bélgorod es, desde hace tiempo, un territorio expuesto: por proximidad, por logística, por ser un punto sensible en un conflicto que se ha desbordado del frente clásico.

Este elemento introduce un espejo incómodo: la energía se ha convertido en objetivo a ambos lados. No es una simetría moral, ni pretende serlo; es una constatación de método. Golpear la luz del otro es golpear su capacidad de funcionar, de producir, de comunicar, de calentar. Es una forma de desgaste que no siempre se ve en imágenes espectaculares, pero se siente en cada casa que se queda sin calefacción, en cada fábrica que se detiene, en cada estación que opera con limitaciones.

En el caso de Bélgorod, la cifra de medio millón sin electricidad es, además, un dato político: sirve para reforzar el relato interno de vulnerabilidad y resistencia. Cuando un gobernador anuncia ese número, está diciendo “nos atacan”, pero también está pidiendo recursos, atención y cobertura. La guerra, en su dimensión moderna, también es eso: administración de daños y administración de la narrativa.

Seis municipios y un mismo patrón: cortar suministro, tensar la vida diaria

Que se mencione “seis municipios” indica una afectación territorial amplia. En este tipo de incidentes, puede tratarse de daños en líneas de alta tensión, subestaciones o infraestructuras críticas del sistema eléctrico. El impacto real se mide en horas sin suministro, en capacidad de reparación y en si el corte se repite. Porque lo peor no es un apagón puntual; lo peor es el apagón que vuelve, se normaliza y convierte la vida diaria en una serie de parches.

Y en ese punto, el conflicto entra en una dinámica peligrosa: si ambos lados atacan infraestructura, ambos lados alimentan un círculo donde la población civil paga, las reparaciones consumen recursos y la escalada se justifica a sí misma.

Reacción internacional: ONU, OTAN y el riesgo de un golpe “cerca” de todos

Tras el ataque, el ministro de Exteriores ucraniano, Andrii Sybiha, anunció que Kiev impulsaría una respuesta diplomática en foros internacionales, incluyendo una reunión del Consejo de Seguridad de la ONU y contactos en el marco del Consejo OTAN-Ucrania. El subtexto es evidente: si Rusia golpea infraestructura crítica en el oeste, cerca de la frontera europea, Ucrania busca que se lea como un asunto de seguridad continental, no solo como un episodio más del frente.

En Moscú, el empleo del Oreshnik se presenta como demostración de capacidad y como respuesta a supuestas provocaciones. En Kiev, se presenta como escalada y como muestra de que Rusia sigue apostando por castigar ciudades y servicios. Entre ambas narrativas, la comunidad internacional se mueve con sus límites conocidos: condenas, reuniones, apoyo material, debates sobre sistemas antiaéreos, y una palabra que siempre aparece aunque nadie quiera pronunciarla demasiado alto: escalada.

El uso de un misil balístico “emblemático” añade tensión porque desplaza la conversación del “ataque del día” a la idea de que se introducen herramientas nuevas o se normaliza su empleo. No se trata solo de cuántos drones fueron derribados o cuántos misiles impactaron; se trata de qué tipo de guerra se está consolidando: una guerra donde la infraestructura energética es campo de batalla permanente.

La defensa antiaérea y el desgaste: no es solo interceptar, es aguantar

En ataques masivos, la defensa antiaérea tiene un problema estructural: la munición no es infinita y el personal tampoco. Interceptar requiere radares, sistemas, operadores, coordinación, y un suministro constante de misiles defensivos. Si el atacante lanza oleadas de drones y misiles, no busca solo el impacto físico: busca desgastar el sistema defensivo, obligarlo a estar activo durante horas, forzar errores, saturar.

Por eso, cuando se habla de cifras como “centenares de drones” o “decenas de misiles”, no es un adorno. Es el indicador de que la guerra aérea se ha convertido en una carrera de resistencia. Y en esa carrera, cada arma con alta velocidad o perfil balístico añade complejidad.

Lo que deja el golpe: daños, mensajes y una ciudad que vuelve a encenderse

Kiev, tras cada ataque, hace lo mismo: se recompone. A veces en horas, a veces en días, a veces nunca del todo. Se reparan líneas, se sustituyen transformadores, se tapa un hueco en una fachada, se coloca un plástico donde antes había una ventana. La ciudad vuelve a encenderse, pero no vuelve igual. Cada impacto deja una costura visible, una grieta, un edificio con cicatrices. Y deja también algo invisible: cansancio, tensión, un estado de alerta que no se apaga aunque vuelva la luz.

El empleo del Oreshnik, real o presentado como tal, introduce un elemento que Rusia explota con cuidado: la idea de que puede golpear rápido y lejos, incluso en el oeste. Lviv lo sintió. Y Bélgorod, al otro lado, muestra que el conflicto también se proyecta sobre territorio ruso con cortes de electricidad y una población que experimenta el mismo tipo de fragilidad cotidiana.

El resultado, por ahora, es un tablero donde la infraestructura se convierte en objetivo prioritario y donde cada ataque tiene dos capas: la inmediata (muertos, heridos, edificios, servicios) y la estratégica (resiliencia, logística, señal hacia Europa, narrativa interna). En Kiev, lo inmediato fue brutal: muertes, heridos, edificios alcanzados, y una capital que, por momentos, se quedó sin agua y sin luz. En Lviv, el golpe fue una advertencia. En Bélgorod, el apagón fue un recordatorio de que la guerra no respeta fronteras emocionales.

Y, aun así, la mañana llega. Con frío, con humo residual, con cristales que crujen bajo las suelas. Llegan los técnicos, llegan los equipos de emergencia, llegan las comunicaciones oficiales que corrigen cifras y dan nombres. La ciudad vuelve a funcionar, a trompicones. Pero la pregunta que queda flotando —sin necesidad de formularla— es otra: cuánto puede aguantar un país cuando el objetivo no es solo el territorio, sino la posibilidad misma de vivir con normalidad.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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