Ciencia
¿Puede el nuevo coronavirus de murciélago llegar a infectar a humanos?
Un nuevo coronavirus de murciélago detectado en Brasil comparte un rasgo de la proteína Spike con el SARS-CoV-2, aunque no hay contagios humanos.

Resumen
- Un coronavirus de murciélago de Brasil comparte un rasgo con el SARS-CoV-2
- No hay pruebas de contagios humanos ni de transmisión entre personas
- El hallazgo sirve para vigilar mejor futuros saltos zoonóticos
Un nuevo coronavirus identificado en un murciélago de Brasil ha llamado la atención de los científicos por una característica de su proteína Spike extraordinariamente parecida a la del SARS-CoV-2, el virus que causó la pandemia de COVID-19. Pero conviene colocar el dato en su sitio desde el principio: no existe evidencia de que este nuevo virus haya infectado a seres humanos, ni de que pueda transmitirse entre personas, ni mucho menos de que exista una nueva pandemia en marcha.
Lo inquietante —y científicamente interesante— está en otro lugar. El coronavirus posee un sitio funcional de corte por furina en la proteína Spike, una pequeña pieza del engranaje molecular que puede facilitar determinados procesos necesarios para que algunos coronavirus entren en las células. Su secuencia es RDAR; la del SARS-CoV-2 es RRAR. Cambia un solo aminoácido. Es una semejanza llamativa, sí. Una sentencia epidemiológica, no.
Un coronavirus descubierto en un murciélago de Brasil
El hallazgo procede de una investigación publicada el 5 de septiembre de 2026 en Nature Communications. El equipo analizó un coronavirus detectado en un ejemplar de Pteronotus parnellii, conocido como murciélago bigotudo de Parnell, recogido en Brasil. Los investigadores lograron reconstruir su genoma completo y situarlo dentro del enorme árbol genealógico de los coronavirus.
Pertenece al género Betacoronavirus, la misma gran familia en la que se encuentran SARS-CoV-2 y MERS-CoV. Eso tampoco significa que sean equivalentes. Una familia viral es un árbol con muchas ramas: compartir tronco lejano no convierte dos virus en gemelos.
De hecho, el nuevo coronavirus brasileño es tan diferente de los cinco subgéneros reconocidos de betacoronavirus que los autores consideran que podría representar un nuevo subgénero. Ahí está una de las aportaciones importantes del trabajo: ampliar un mapa que, en América del Sur, todavía tiene bastantes zonas en blanco. La diversidad de coronavirus de murciélagos americanos está mucho menos estudiada que la registrada en Asia, África o Europa.
Y cuanto menos se mira, menos se encuentra. No porque no exista. La investigación pone el foco precisamente en esa diversidad viral todavía poco conocida, una pieza esencial para comprender qué virus circulan en animales antes de que alguno consiga, eventualmente, saltar de especie.
Por qué preocupa tanto ese sitio de corte por furina
La palabra que ha devuelto inevitablemente los recuerdos de 2020 es furina. La proteína Spike forma las conocidas espículas que sobresalen de la superficie de un coronavirus. Para que algunas de esas proteínas funcionen correctamente durante el proceso de infección, enzimas de las células del huésped pueden cortarlas en determinados puntos.
La furina es una de esas enzimas. Su intervención puede facilitar cambios en la proteína Spike que determinados coronavirus necesitan durante el proceso de entrada en las células, aunque la presencia de ese mecanismo, por sí sola, no determina si un virus podrá infectar a seres humanos.
En SARS-CoV-2 existe un sitio de corte en la unión entre las regiones S1 y S2 de Spike. Su motivo de aminoácidos incluye la secuencia RRAR. El nuevo coronavirus brasileño presenta en el mismo lugar una secuencia RDAR, diferente únicamente en una de esas cuatro posiciones. Los investigadores comprobaron experimentalmente que ese sitio puede ser realmente cortado por furina; no es simplemente una coincidencia encontrada al leer el genoma.
Es el detalle que explica buena parte de los titulares sobre un supuesto coronavirus parecido al de la COVID-19. Pero una proteína viral no funciona como una llave maestra en la que cuatro letras deciden todo. Para que un virus animal salte a humanos tiene que superar distintas barreras biológicas: reconocer receptores adecuados de nuestras células, entrar en ellas, replicarse con suficiente eficacia, esquivar parcialmente las defensas inmunológicas y, si pretende propagarse ampliamente, encontrar después una forma eficiente de pasar de una persona a otra.
El sitio de furina puede ser una pieza del puzle. No es el puzle entero.
Parecido al SARS-CoV-2 no significa igual de peligroso
El estudio brasileño no demuestra que este coronavirus pueda reconocer un receptor humano ni que pueda replicarse eficazmente en tejidos humanos. Tampoco ha documentado infecciones en personas. Ese matiz cambia por completo la lectura de la noticia: la secuencia RDAR señala una característica molecular que merece investigación, pero no permite calcular por sí sola el riesgo de pandemia.
Los datos apuntan, además, a que otros betacoronavirus de murciélagos poseen sitios de corte en esa misma zona de Spike. Esa región parece ser evolutivamente capaz de incorporar este tipo de secuencias. Encontrar un mecanismo parecido al utilizado por SARS-CoV-2 ayuda a comprender cómo evolucionan los coronavirus en la naturaleza.
No equivale, en cambio, a encontrar un segundo SARS-CoV-2 agazapado en una cueva brasileña esperando turno. La diferencia entre una semejanza molecular y una amenaza sanitaria real es enorme, aunque algunos titulares prefieran recorrerla de un salto.
Lo que tendría que ocurrir para que existiera un riesgo real
El concepto importante es salto zoonótico, o spillover: el momento en que un patógeno adaptado a una especie animal consigue infectar a otra. Ese salto puede quedarse en un callejón sin salida biológico —una infección aislada que no continúa— o abrir una nueva cadena de transmisión.
Para una amenaza pandémica, el listón está mucho más alto. No basta con que un coronavirus pueda entrar ocasionalmente en una célula humana. Necesita transmitirse de manera suficientemente eficaz entre personas para mantener cadenas sostenidas de contagio.
Esa diferencia es fundamental. Numerosos virus animales poseen características compatibles con una posible infección humana y jamás han provocado una epidemia. Otros consiguen saltos esporádicos pero apenas continúan circulando. El riesgo cambia cuando el virus adquiere una transmisión humana sostenida, que es precisamente lo que no se ha observado con el coronavirus descubierto en Brasil.
Por eso la vigilancia científica trabaja mucho antes de que aparezcan enfermos. Secuenciar virus animales, estudiar sus proteínas y averiguar qué receptores pueden utilizar sirve para identificar amenazas potenciales antes de que el problema llegue a una sala de urgencias.
Otros coronavirus de murciélago sí pueden entrar en células humanas
Aquí aparece una distinción importante porque durante 2026 se han publicado varios trabajos sobre coronavirus de murciélagos y algunas informaciones han terminado mezclándose en el mismo caldero. Un estudio examinó coronavirus de murciélagos de África oriental y encontró algo más avanzado desde el punto de vista del riesgo zoonótico.
El coronavirus CcCoV-KY43, identificado en el murciélago Cardioderma cor, mostró capacidad para utilizar proteínas humanas de la familia CEACAM, especialmente CEACAM6, presente en el pulmón humano, para facilitar la entrada celular. Otros coronavirus relacionados encontrados en Kenia mostraron propiedades similares.
Eso supone evidencia experimental de que determinados coronavirus animales cuentan con una puerta molecular compatible con células humanas. Aun así, los investigadores estudiaron muestras de personas de la región keniana donde se había localizado el virus y no encontraron evidencia significativa de infecciones recientes. Otra vez aparece la distancia entre posibilidad biológica y transmisión real.
También se han desarrollado modelos computacionales como RAISE para clasificar sarbecovirus según su capacidad actual o potencial de unirse al receptor humano ACE2, utilizado por SARS-CoV y SARS-CoV-2. La intención no es anunciar cuál será el próximo virus pandémico —una predicción semejante sigue estando fuera del alcance científico— sino decidir cuáles merecen vigilancia y experimentación prioritaria.
Los murciélagos siguen siendo una pieza esencial
Que aparezcan repetidamente en estas investigaciones no convierte a los murciélagos en una especie maldita. Son uno de los grupos de mamíferos más diversos del planeta y albergan una enorme variedad de virus, muchos de los cuales llevan circulando entre ellos durante muchísimo tiempo sin provocar enfermedades humanas.
La cuestión sanitaria surge en las zonas de contacto entre fauna y personas. Cambios en el uso del suelo, fragmentación de bosques, explotación de animales silvestres, ganadería, mercados o determinadas actividades humanas pueden multiplicar las oportunidades para que un virus encuentre huéspedes nuevos.
Los coronavirus, además, poseen una notable capacidad de evolución y recombinación. La historia reciente ya dejó tres avisos importantes: SARS-CoV, MERS-CoV y SARS-CoV-2 pertenecen a este amplio grupo de virus zoonóticos relacionados evolutivamente con reservorios animales. Eso explica por qué encontrar nuevos coronavirus no es una curiosidad de laboratorio, sino parte de la vigilancia sanitaria moderna.
Pero vigilancia no significa alarma. Precisamente consiste en mirar debajo de las piedras —o dentro de una muestra recogida de un murciélago— antes de que exista una emergencia.
Una señal científica que aún está lejos de ser una pandemia
El nuevo coronavirus brasileño merece atención porque demuestra que una característica molecular muy conocida del SARS-CoV-2, el sitio funcional de corte por furina, también puede surgir de forma natural en linajes de coronavirus bastante alejados. Su secuencia casi idéntica en ese pequeño punto ayuda a entender mejor la evolución de Spike y amplía el catálogo de virus que circulan en la fauna sudamericana.
Hasta ahí llegan los hechos disponibles. No se han detectado personas infectadas por este virus, no se ha demostrado transmisión entre humanos y tampoco se ha establecido que pueda entrar eficazmente en nuestras células. Hablar de una nueva pandemia a partir de esos datos sería correr varias estaciones por delante del tren.
Lo relevante no es que otro coronavirus vaya inevitablemente a repetir la historia de 2020. Es algo bastante menos cinematográfico y mucho más útil: la naturaleza contiene una diversidad viral enorme que todavía conocemos mal, y algunas de sus soluciones evolutivas pueden parecerse sorprendentemente a las de virus que sí terminaron adaptándose al ser humano.
Mirarlas de cerca no es una señal de que la próxima pandemia haya comenzado. Es, justamente, una de las maneras de intentar que una futura amenaza sanitaria no nos encuentre mirando hacia otro lado.

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