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¿Por qué la guerra puede erosionar la democracia y cambiar Europa?

El aumento del gasto militar coincide con más conflictos y un deterioro democrático global, un cruce que reabre el debate sobre poder y libertades.

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la guerra puede erosionar la democracia

Resumen

  • Europa acelera el rearme mientras empeoran varios indicadores democráticos
  • Los conflictos y la presión sobre recursos elevan la tensión política
  • No hay pruebas de un plan para usar la guerra y blindar el orden económico

La guerra puede deteriorar una democracia incluso cuando no se libra dentro de sus fronteras. El miedo, la excepcionalidad, el aumento del gasto militar y la polarización modifican el clima político y pueden hacer aceptables decisiones que, en tiempos normales, provocarían mucha más resistencia. La cuestión se vuelve especialmente delicada cuando ese escenario coincide con pérdida de poder adquisitivo, inseguridad energética y una creciente desconfianza hacia las instituciones.

Eso no demuestra, sin embargo, que exista un plan europeo para utilizar los conflictos bélicos con el propósito de impedir que los ciudadanos cuestionen el sistema económico. Esa es una interpretación que aparece en el debate sobre el deterioro democrático, la escasez de recursos y el rearme europeo, pero convertirla en un hecho exigiría pruebas que no existen. Los datos sí permiten comprobar otra cosa: varios de esos fenómenos están ocurriendo al mismo tiempo y su combinación merece atención.

El deterioro democrático ya aparece en los grandes indicadores

La inquietud de fondo no nace de la nada. International IDEA sostiene en su informe de 2026 que durante once años consecutivos han sido más numerosos los países que retrocedieron que los que mejoraron en calidad democrática. También señala deterioros en ámbitos como las elecciones creíbles, la libertad de expresión, la libertad de prensa y el acceso a la justicia, mientras el número de conflictos violentos alcanzó en 2025 su nivel más alto desde que comienza la serie utilizada por el organismo, en 1946.

Freedom House llega a una fotografía parecida con una metodología distinta. Su balance de 2026 sostiene que la libertad mundial empeoró durante 2025 por vigésimo año consecutivo: 54 países registraron retrocesos en derechos políticos y libertades civiles, frente a 35 que mejoraron. Entre los ámbitos que más se han deteriorado durante las últimas dos décadas aparecen la libertad de los medios, la expresión personal y las garantías procesales.

Reducir todo esto a una supuesta deriva autoritaria de los jóvenes resultaría demasiado cómodo. También lo sería cargar toda la culpa sobre TikTok, X o cualquier pantalla que tengamos más a mano. Las redes pueden amplificar discursos extremos, desinformación y tribalismo político, pero el problema afecta igualmente a instituciones, controles al poder, sistemas judiciales, medios de comunicación y reglas electorales. Es bastante más viejo y bastante más profundo que un algoritmo.

La tesis más dura sostiene que las sociedades occidentales han ido cambiando la esperanza de progreso colectivo por la defensa de un determinado nivel de consumo y que, cuando aparece el miedo a perderlo, aumenta la tolerancia hacia medidas que antes habrían parecido inadmisibles. Es una lectura política y moral, no una certeza empírica. Pero toca una cuestión reconocible: la inseguridad económica altera la relación entre ciudadanos, poder y libertad.

Europa se rearma, y esta vez las cifras son enormes

En un punto hay poco margen para la discusión: Europa está aumentando con fuerza su gasto militar. SIPRI calcula que el gasto militar europeo creció un 14 % en términos reales durante 2025, hasta alcanzar los 864.000 millones de dólares. Es el nivel más alto registrado por el instituto para la región y duplica prácticamente el gasto de una década antes.

La Unión Europea ha convertido esa prioridad en política explícita. El programa ReArm Europe/Readiness 2030 busca movilizar alrededor de 800.000 millones de euros mediante mayor flexibilidad presupuestaria nacional, financiación comunitaria y el instrumento SAFE, dotado con hasta 150.000 millones en préstamos destinados a inversiones de defensa.

A ello se añade el compromiso acordado por los aliados de la OTAN en La Haya en junio de 2025: alcanzar en 2035 un volumen equivalente al 5 % del PIB en defensa y seguridad relacionada. El acuerdo divide esa cifra entre al menos un 3,5 % para necesidades militares esenciales y hasta otro 1,5 % para infraestructuras, redes, resiliencia, innovación e industria vinculada a la seguridad.

Aquí aparece el punto de fricción. Para los gobiernos europeos y la OTAN, el aumento del gasto responde a una lógica de disuasión y capacidad defensiva ante Rusia, el terrorismo, los ciberataques y otros riesgos estratégicos. La crítica sostiene que una militarización prolongada puede terminar justificando sacrificios económicos, desplazando otras prioridades presupuestarias y acostumbrando a la población a vivir bajo una sucesión permanente de emergencias.

Ambas afirmaciones no son equivalentes. La primera describe la justificación oficial y documentada de esas políticas. La segunda plantea sus posibles consecuencias sociales y políticas. Confundirlas llevaría a presentar una interpretación como si fuera una prueba.

Recursos estratégicos: el nervio que atraviesa la geopolítica

La energía y las materias primas añaden otra capa al problema. Las economías modernas dependen de cadenas de suministro largas, concentradas y vulnerables. Petróleo, gas, cobre, tierras raras, grafito o cobalto no son simples mercancías: se han convertido en activos estratégicos capaces de condicionar desde el precio de la electricidad hasta la fabricación de armamento, vehículos o sistemas electrónicos.

La Agencia Internacional de la Energía advierte de que la concentración geográfica de numerosos minerales críticos constituye una vulnerabilidad creciente. En 2025, 11 de los 20 minerales considerados esenciales para el sector energético estuvieron sujetos en algún momento a controles de exportación, mientras nuevas restricciones comerciales intensificaron el riesgo para cadenas industriales que dependen de unos pocos productores.

El cobre figura entre las materias primas que generan mayor preocupación por la capacidad futura de suministro, mientras minerales como galio, germanio, tungsteno, grafito, cobalto o determinadas tierras raras tienen una importancia directa para la industria tecnológica, energética, aeroespacial y militar. En algunos casos, pequeñas cantidades de material sostienen cadenas productivas valoradas en cientos de miles de millones. La geopolítica cabe, a veces, dentro de una mina.

De ahí a afirmar que las guerras actuales son simplemente guerras por los últimos recursos existe, sin embargo, un salto considerable. Los conflictos contemporáneos mezclan territorio, seguridad, rivalidades regionales, alianzas, nacionalismo, control de rutas comerciales, energía y cálculos de poder. Los recursos importan mucho, pero rara vez explican por sí solos una guerra.

La guerra cambia lo que una sociedad considera aceptable

Donde la advertencia adquiere mayor consistencia es en los efectos políticos del conflicto. International IDEA recuerda que en 2025 se registraron 65 conflictos violentos basados en Estados, el mayor número desde el inicio de la serie en 1946, incluidos ocho conflictos interestatales. El organismo señala una relación preocupante entre deterioro democrático y violencia, aunque advierte expresamente de que una correlación no demuestra por sí sola una causalidad directa.

La guerra tiende a reforzar al Ejecutivo, ampliar el secreto de Estado, aumentar los presupuestos de seguridad y desplazar el debate político hacia cuestiones presentadas como existenciales. Algunas medidas pasan a aceptarse porque “no es el momento” de discutirlas. El problema aparece cuando ese momento excepcional dura años y deja de sentirse excepcional.

Una democracia no consiste únicamente en votar cada cierto tiempo. También exige que un Gobierno pueda explicar quién paga cada prioridad, qué derechos limita, cuánto dura una medida extraordinaria y qué alternativas fueron descartadas. La seguridad nacional no hace desaparecer esas preguntas. Más bien al contrario: las vuelve más incómodas y necesarias.

No hay pruebas de una conspiración, sí motivos para vigilar el poder

Los datos disponibles no demuestran que los dirigentes europeos hayan provocado o aprovechado deliberadamente las guerras para ocultar una futura escasez de recursos y mantener intacto el orden económico. Afirmarlo como un hecho convertiría una hipótesis política en una certeza que las pruebas disponibles no sostienen.

Lo verificable ya resulta suficientemente relevante: el gasto militar aumenta con rapidez, Europa está reforzando su industria de defensa, las cadenas energéticas y minerales presentan vulnerabilidades importantes y diferentes índices internacionales describen un deterioro prolongado de derechos e instituciones democráticas. Son procesos simultáneos, pero simultaneidad no significa causalidad.

También sería simplista recorrer el camino contrario y considerar que cualquier advertencia sobre militarización carece de fundamento. Los Estados europeos afrontan amenazas que sus gobiernos consideran graves y han adoptado compromisos colectivos para responder a ellas. Que una amenaza exista no convierte, sin embargo, cada decisión tomada en su nombre en inevitable ni la libra del escrutinio democrático. Esa es la vieja diferencia entre seguridad y cheque en blanco.

Cuando la excepción empieza a parecer normal

La parte más inquietante del momento europeo quizá no sea una conspiración perfectamente trazada —la historia suele funcionar de manera bastante más caótica—, sino algo más corriente: acostumbrarse. Acostumbrarse a presupuestos extraordinarios, conflictos permanentes, precios energéticos volátiles, derechos discutidos como lujos y un lenguaje político donde casi todo termina presentado como una emergencia.

La interpretación más crítica sostiene que una sociedad temerosa de perder prosperidad puede acabar sacrificando principios para conservarla. Es una afirmación discutible y más categórica de lo que permiten los datos, pero señala una tensión bastante humana: cuando aumenta el miedo a perder, puede reducirse la resistencia frente al poder.

Precisamente por eso la democracia se prueba mejor en los momentos desagradables. Cuando sobra dinero, la energía es barata y las fronteras parecen tranquilas, defender instituciones resulta relativamente sencillo. Cuando llegan facturas, amenazas y renuncias, comienza el examen de verdad.

Europa ha decidido que necesita más defensa. Los indicadores internacionales muestran, al mismo tiempo, que muchas democracias están perdiendo calidad y que determinadas libertades fundamentales sufren presión. Entre ambas realidades no está demostrada una maquinaria secreta que las conecte. Sí existe un territorio político delicado: aquel en el que la emergencia deja de ser excepción y se convierte en la forma normal de gobernar.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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