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Naturaleza

El Niño gana fuerza y pone 2026 ante otro récord de calor

El Pacífico se calienta y los pronósticos apuntan a un año excepcional, aunque el impacto en España sigue siendo indirecto.

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una ciudad arrasada por el calor del verano

El episodio de El Niño que comenzó a perfilarse en el Pacífico durante 2026 ha ganado fuerza y eleva la posibilidad de que este año o el próximo marque un nuevo récord de temperatura global. Las proyecciones divulgadas a mediados de julio situaban en un 35 % la probabilidad de que 2026 superase a 2024, hasta entonces el año más cálido registrado; para 2027, la estimación ascendía al 92 %. Son probabilidades, no resultados confirmados, y dependen de cómo evolucione el calentamiento del océano y de qué conjunto de datos se utilice.

La señal importa también para Europa y España, aunque no permite anticipar por sí sola cómo será el tiempo en una ciudad concreta. El Niño puede reorganizar las lluvias y empujar al alza la temperatura media del planeta, pero sus efectos regionales varían y se mezclan con otros patrones atmosféricos. Además, la etiqueta Súper Niño no es una categoría oficial: describe de manera informal un episodio muy intenso, no un pronóstico cerrado de catástrofes ni una explicación única para cada ola de calor.

Un episodio del Pacífico con efectos a escala mundial

El Niño es la fase cálida de un patrón natural llamado El Niño-Oscilación del Sur, o ENSO. Se desarrolla cuando las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial central y oriental se calientan por encima de lo habitual durante varios meses y la atmósfera responde a ese cambio. El intercambio de calor entre océano y aire modifica los vientos y la distribución de nubes y precipitaciones; por eso, un fenómeno que se origina a miles de kilómetros puede influir en estaciones lluviosas, sequías y temperaturas de distintas regiones.

La zona Niño 3.4, situada en el Pacífico ecuatorial, es una de las áreas que se observan para seguir el fenómeno. Una anomalía positiva de alrededor de medio grado puede señalar condiciones de El Niño, mientras que una desviación de 1,5 grados o más se considera fuerte en la clasificación descrita en los pronósticos de referencia. El término Súper Niño suele reservarse informalmente para anomalías superiores a dos grados, pero no existe un umbral universal que convierta esa expresión en una categoría científica oficial.

La diferencia entre el mar y la atmósfera es decisiva. Una superficie oceánica cálida, por sí sola, no explica toda la intensidad ni todos los impactos: el sistema atmosférico también debe acoplarse al calentamiento. En los datos citados para 2026, el índice Niño 3.4 alcanzó 1,6 grados en junio, un valor compatible con un episodio fuerte. A partir de ahí, algunos conjuntos de modelos proyectaban un máximo excepcional, pero la intensidad final no quedaba determinada por una sola lectura.

Qué dicen las proyecciones y por qué han cambiado

El panorama disponible a mediados de julio era más contundente que el de los primeros meses del año. Un análisis de Carbon Brief combinó temperaturas observadas entre enero y junio con las previsiones más recientes del ENSO y calculó que 2026 tendría una temperatura media cercana a 1,51 grados por encima del nivel preindustrial. El intervalo del 90 % iba de 1,45 a 1,57 grados. Esa estimación central situaba el año justo por debajo de 2024, con 1,52 grados, aunque por encima de 2023 y 2025 en la serie comparada.

La posibilidad de superar el récord de 2024 pasó del 7 % en los cálculos de marzo al 35 % en la actualización de mediados de julio. El cambio se debía sobre todo a las revisiones al alza de las previsiones de El Niño, no a que la primera mitad del año se hubiera calentado de repente: las temperaturas acumuladas hasta junio seguían por debajo de las de 2024. Este matiz explica por qué un pronóstico puede volverse más preocupante aunque las observaciones recientes no baten récords: también cuenta lo que los modelos esperan para los meses que faltan.

La confianza tampoco es idéntica en todos los registros climáticos. En los cálculos citados, las opciones de que 2026 fuese el más cálido variaban desde alrededor de dos tercios en algunos conjuntos de datos hasta cerca de una de cada diez en otros. Las diferencias nacen, entre otros factores, de cómo se reconstruyen y procesan las temperaturas globales. No anulan la tendencia común, pero sí advierten de que una cifra probabilística no debe presentarse como una certeza ni desligarse del método con que se obtuvo.

Por qué 2027 concentra aún más atención

El posible máximo de temperatura del planeta no tiene por qué coincidir con el momento en que el Pacífico alcanza su mayor calentamiento. Las temperaturas globales suelen responder con un retraso de unos tres meses a la evolución del océano tropical. Si El Niño llega a su punto máximo hacia finales de 2026, parte importante de su influencia podría reflejarse en 2027. Episodios anteriores, como los de 1997-1998, 2015-2016 y 2023-2024, también mostraron que el año posterior al desarrollo del fenómeno puede destacar en los registros.

La proyección publicada para 2027 calculaba una media de unos 1,71 grados sobre el nivel preindustrial, con un intervalo del 90 % entre 1,49 y 1,93 grados. Según ese análisis, había un 92 % de probabilidad de que fuese el año más cálido registrado y un 94 % de que superase 1,5 grados en el promedio anual. El rango amplio es importante: la incertidumbre sobre el pico y la duración del episodio se amplifica al proyectar más lejos, de modo que la cifra central sirve para describir un escenario, no para anunciar el resultado de antemano.

Un año por encima de 1,5 grados tampoco equivale automáticamente a rebasar el objetivo climático del Acuerdo de París. Ese umbral se refiere al calentamiento sostenido a largo plazo, no a la temperatura de un único año natural. El IPCC lo expresa como el punto medio de un periodo de 20 años. Por eso, un valor anual elevado es una señal preocupante del ritmo del calentamiento, pero no debe confundirse con la medición del límite climático a largo plazo.

Un fenómeno natural sobre un planeta más caliente

El Niño no es sinónimo de cambio climático. Es una oscilación natural del sistema océano-atmósfera que aparece de forma recurrente y suele durar entre nueve y 12 meses; el calentamiento global, en cambio, responde a la acumulación de gases de efecto invernadero y eleva la temperatura de fondo durante décadas. Ambos procesos pueden coincidir. Cuando lo hacen, El Niño añade una variación temporal a un planeta que ya se ha calentado por la actividad humana, de modo que algunos récords resultan más probables.

La tendencia de fondo también se ha acelerado: el análisis citado estima que el calentamiento pasó de unos 0,18 grados por década a comienzos de los años 2000 a cerca de 0,27 grados por década en la actualidad. En ese contexto, un episodio intenso puede influir en la temperatura global anual y contribuir a que se rompan marcas anteriores. La imagen más clara es la de un empujón sobre una pendiente: El Niño puede alterar el ritmo de un año, pero las emisiones humanas explican la pendiente ascendente.

Esto no significa que cada día caluroso sea atribuible al ENSO, ni que todos los lugares se calienten de la misma manera durante un episodio. Una ola de calor concreta depende de la circulación atmosférica regional, de las masas de aire, de la humedad del suelo y de otros factores. La atribución requiere comparar observaciones y escenarios climáticos, no basta con señalar que El Niño está activo. Separar las causas permite entender mejor tanto la variabilidad de un año concreto como el cambio persistente del clima.

Los impactos globales no se reparten por igual

El efecto más conocido de El Niño es que desplaza los patrones de lluvia: algunas zonas pueden recibir precipitaciones por encima de lo habitual, mientras otras se enfrentan a condiciones más secas. Las repercusiones dependen de la región y de la época del año. En episodios anteriores se han observado alteraciones que afectan a la agricultura, la pesca, la disponibilidad de agua y la actividad de los ciclones tropicales. El fenómeno no funciona como un interruptor mundial, sino como una reorganización de la circulación atmosférica con consecuencias distintas según el lugar.

La historia muestra que las consecuencias de una sequía o una inundación no dependen solo de la meteorología. El episodio de 1877-1878 coincidió con sequías de gran escala en partes de Asia, África y América y con hambrunas devastadoras. Sin embargo, la vulnerabilidad social y las decisiones políticas y económicas de la época agravaron sus efectos; no se puede atribuir aquella catástrofe exclusivamente a El Niño ni trasladar sus resultados de forma directa al presente. Hoy existen sistemas de vigilancia y cooperación que no estaban disponibles entonces, aunque la exposición y la capacidad de respuesta siguen siendo desiguales.

El episodio de 1997-1998 también estuvo asociado a daños económicos muy elevados, con inundaciones, deslizamientos, perjuicios a infraestructuras y pérdidas en agricultura y pesca. Las estimaciones recogidas en la información de referencia hablan de varios billones de dólares a escala global, pero las consecuencias concretas variaron mucho entre países. En mercados interconectados, una mala cosecha puede afectar a los precios y al abastecimiento lejos de la zona de impacto. El alcance depende de la duración del episodio, de dónde se concentren sus efectos y de la capacidad de las comunidades y los sistemas económicos para absorberlos.

Qué puede significar para España y Europa

La señal de El Niño suele ser más directa en algunas zonas tropicales que en Europa occidental. En España, el efecto llega a través de cadenas atmosféricas más complejas y puede quedar modulado por patrones como la Oscilación del Atlántico Norte y la Oscilación del Mediterráneo Occidental. Por eso no es correcto traducir un episodio intenso en una predicción automática de más calor, sequía o lluvias para toda la Península. La influencia existe, pero no determina por sí sola el tiempo español.

Las proyecciones de temperatura para Europa y el norte de África durante mayo, junio y julio de 2026 mostraban una señal cálida. Esa previsión estacional describe una inclinación del conjunto del periodo, no el tiempo de cada jornada. Puede haber entradas de aire frío, tormentas o semanas menos cálidas dentro de una estación que, en promedio, resulte más calurosa. También hay que leer el dato en el contexto español: AEMET calificó 2025 de extremadamente cálido, con una media peninsular de 15 grados, 1,1 grados por encima del promedio de 1991-2020; aquel verano fue el más cálido de la serie mencionada en la información de referencia.

Las lluvias son aún más difíciles de anticipar a escala nacional. El Niño puede aumentar las precipitaciones en unas regiones y favorecer la sequía en otras, pero la relación con España no es estable ni sencilla. Una temporada puede alternar largos intervalos secos con episodios de lluvia intensa, sin que el fenómeno permita fijar de antemano el lugar o la fecha. En el Mediterráneo, el calor acumulado en el mar y la configuración de la atmósfera pueden influir en los episodios de precipitación, pero no existe una regla que permita concluir que El Niño traerá necesariamente sequía o inundaciones a España.

Agua, cultivos, salud y energía bajo presión

En agricultura, la combinación de calor y falta de agua puede perjudicar cultivos durante fases sensibles de su desarrollo. Olivos, viñedos, cítricos y frutales de hueso dependen tanto de la disponibilidad de agua como del momento en que llegan las altas temperaturas. A escala mundial, cambios en las cosechas de cereales, arroz, café, cacao o aceite de palma pueden repercutir en los mercados. No implica que un episodio encarezca automáticamente los alimentos en España, pero sí muestra cómo un impacto climático regional puede propagarse por las cadenas de suministro.

La gestión del agua es una vulnerabilidad estructural en España y otros países mediterráneos. Los periodos secos prolongados pueden tensionar embalses, acuíferos y regadíos, mientras que la lluvia concentrada en poco tiempo no siempre permite recuperar las reservas y puede aumentar el riesgo de inundación. La sequedad del suelo y de la vegetación, además, puede agravar el estrés de los ecosistemas y favorecer condiciones propicias para incendios. El resultado concreto depende de las lluvias previas y de la gestión de los recursos: una anomalía de temperatura no basta para describir la situación hídrica de una cuenca.

El calor también tiene consecuencias sanitarias, sobre todo cuando las noches no permiten que viviendas y cuerpos se enfríen. Las personas mayores, quienes padecen enfermedades previas, los trabajadores al aire libre y quienes viven en viviendas mal ventiladas son especialmente vulnerables a los episodios extremos. En las ciudades, el asfalto y la falta de sombra pueden retener calor durante la noche. Si un episodio de El Niño contribuye a elevar la temperatura media global, el riesgo se suma a los impactos ya asociados al calentamiento de fondo, aunque la exposición depende de las condiciones locales y de la capacidad de adaptación.

También puede aumentar la presión sobre el sistema energético. Durante periodos de calor, crece la demanda eléctrica para refrigeración, mientras que la disponibilidad de agua puede afectar a la generación hidroeléctrica o a la refrigeración de algunas centrales. En los océanos, las temperaturas cálidas pueden favorecer huracanes en el Pacífico central y oriental y dificultar su formación en el Atlántico, aunque esas tendencias no predicen por sí solas la actividad de una temporada. En todos estos ámbitos, el fenómeno es un factor más entre varios, no un pronóstico local directo ni una garantía de un resultado concreto.

El nombre llamativo y los límites de la predicción

La expresión Súper Niño resulta fácil de recordar, pero puede exagerar la certeza de lo que se sabe. La Organización Meteorológica Mundial no la utiliza como categoría operativa normalizada. Los organismos científicos suelen describir la fase del ENSO y su intensidad mediante indicadores, anomalías y periodos de observación; la etiqueta popular resume un episodio que se espera muy intenso, pero no añade por sí misma una medida oficial. Lo importante es el calentamiento observado y la respuesta conjunta del océano y la atmósfera, no el nombre elegido para el titular.

Las predicciones del ENSO elaboradas durante la primavera también tienen una limitación conocida como barrera de predictibilidad primaveral. En esa época, el sistema puede cambiar rápidamente y los modelos discrepan más sobre cuándo se consolidará un episodio y cuál será su intensidad. A medida que se acumulan observaciones del océano y de la atmósfera, las proyecciones pueden ajustarse. La diferencia entre los pronósticos iniciales y los divulgados después no significa necesariamente que uno de ellos fuera absurdo: refleja un sistema complejo cuyo comportamiento se conoce mejor conforme evoluciona.

Las cifras más llamativas de 2026 deben leerse con esa cautela. Los análisis publicados a mediados de julio elevaban la opción de un año récord y situaban 2027 como un candidato aún más probable, pero seguían dependiendo del desarrollo futuro del episodio y de los registros comparados. A la vez, las observaciones confirmaban que El Niño había alcanzado el umbral de evento fuerte en junio. Esa combinación respalda una vigilancia estrecha, no una certeza sobre impactos específicos ni una predicción meteorológica a meses vista.

El récord posible no es el único dato que importa

El interés por este episodio no se reduce a saber si 2026 superará a 2024 o si 2027 ocupará el primer puesto. Los récords anuales hacen visible una tendencia, pero los efectos más importantes para las personas suelen sentirse en la distribución de las lluvias, la duración de los periodos secos, las noches cálidas y la capacidad de los sistemas de agua, salud y energía para responder. El dato global marca el contexto; la vulnerabilidad local determina buena parte del impacto.

El Niño seguirá siendo una parte natural de la variabilidad climática, pero cada nuevo episodio actúa sobre una base térmica más elevada que la de décadas atrás. Esa es la razón de fondo por la que un evento intenso puede tener más peso ahora que en un planeta más frío. Las proyecciones no permiten afirmar que España vaya a sufrir un patrón único ni que un récord sea inevitable. Sí muestran que la combinación de variabilidad natural y calentamiento provocado por las emisiones vuelve más probable que los años extremos destaquen en los registros.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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