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Naturaleza

¿Súper Niño en 2026? El calor que viene al mundo

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una ciudad arrasada por el calor del verano

El Niño puede volver entre mayo y julio con más calor global, dudas científicas y un impacto que España ya mira con inquietud climática real.

La Organización Meteorológica Mundial ha puesto fecha aproximada al regreso de El Niño: entre mayo y julio de 2026 podría formarse un nuevo episodio en el Pacífico ecuatorial, con efectos sobre las temperaturas y las lluvias de buena parte del planeta. No es una anécdota de meteorólogos encerrados mirando mapas de colores. Es una de esas señales que, cuando aparece en los boletines internacionales, obliga a mirar el verano, la agricultura, el agua, los incendios, la energía y hasta el precio de algunos alimentos con otros ojos. La previsión apunta a temperaturas superiores a lo normal en casi todo el mundo durante el trimestre mayo-junio-julio, con una señal especialmente clara para Europa y el norte de África. España, por tanto, no queda fuera del tablero.

La palabra que ya ha empezado a circular, “Súper Niño”, suena a película de catástrofes con tráiler en cámara lenta, pero conviene pisar el freno. Algunos expertos y medios la usan para referirse a un episodio potencialmente muy intenso; la OMM, no. La organización lo ha dejado negro sobre blanco: “superepisodio de El Niño” no pertenece a sus clasificaciones operativas normalizadas. Dicho de otro modo, el fenómeno puede ser fuerte, incluso muy fuerte, pero la etiqueta espectacular no es una categoría científica oficial. Y aun así, el aviso importa. Porque El Niño no inventa el calor de este siglo, pero puede echar leña a una hoguera que ya estaba encendida.

Qué está pasando en el Pacífico y por qué importa tanto

El Niño nace lejos de España, pero nunca se queda allí del todo. Su escenario principal es el Pacífico ecuatorial, en concreto las aguas centrales y orientales, frente al gran telón azul que va de Oceanía a América. Cuando esa superficie marina se calienta por encima de ciertos umbrales y la atmósfera responde, cambia la circulación de vientos, nubes y lluvias en zonas enormes del planeta. Es una coreografía rara, vieja y poderosa. A veces empieza con una anomalía de medio grado en una región oceánica concreta y termina alterando monzones, sequías, tormentas tropicales, cosechas o temporadas de huracanes.

A principios de abril de 2026, el sistema El Niño-Oscilación del Sur estaba todavía en fase neutra, después de que La Niña de 2025-26 se debilitara. Pero la neutralidad, en clima, no siempre significa calma. La OMM habla de un “claro cambio” en el Pacífico ecuatorial: las temperaturas de la superficie del mar están aumentando rápidamente y también se acumula calor bajo la superficie, una especie de reserva térmica escondida que suele preceder a la formación de El Niño. Esa es la parte que no se ve en el mapa del tiempo de las nueve: el océano cargándose como una batería lenta.

Los modelos no dicen todos exactamente lo mismo, y eso no es una debilidad sino la forma normal de trabajar con sistemas complejos. La predicción climática no es una bola de cristal, es una mesa llena de probabilidades. El Instituto Internacional de Investigación para el Clima y la Sociedad situaba a mediados de abril el Pacífico ecuatorial en estado neutral, pero en transición rápida hacia El Niño, con una probabilidad del 70 % de desarrollo ya en abril-junio y probabilidades muy altas, del 88 % al 94 %, de que El Niño domine el resto de 2026. La NOAA, más prudente en su lectura oficial, mantenía una alta probabilidad de neutralidad para abril-junio, pero ya proyectaba un aumento claro de las opciones de El Niño en los trimestres posteriores.

Aquí aparece un detalle importante, de esos que separan la información climática seria del ruido de redes: la llamada barrera de predictibilidad de la primavera. Los pronósticos sobre El Niño elaborados en esta época del año suelen tener más incertidumbre, porque el sistema océano-atmósfera puede cambiar con rapidez antes de consolidarse. La OMM lo admite sin rodeos técnicos innecesarios: los modelos apuntan en una dirección clara, pero la fiabilidad aumenta una vez pasado abril. Hay señal, sí. Hay riesgo, también. Lo que no hay todavía es una sentencia cerrada sobre la intensidad final del episodio.

El Niño no es el cambio climático, pero se sube encima

Uno de los errores más comunes consiste en mezclarlo todo en una misma cazuela: El Niño, cambio climático, olas de calor, sequía, incendios, lluvias torrenciales. Todo queda convertido en una palabra enorme, “clima”, como si bastara con señalar al cielo. No. El Niño es un fenómeno natural, recurrente, que aparece cada pocos años y suele durar entre nueve y doce meses. El cambio climático provocado por los gases de efecto invernadero es otra cosa: una alteración sostenida de la temperatura media del planeta, con décadas de acumulación física detrás. Pero ambos pueden coincidir. Y cuando coinciden, el resultado no es una suma inocente.

La OMM recuerda que El Niño suele ejercer un efecto de calentamiento sobre el clima mundial. No significa que todos los países tengan siempre más calor ni que cada ciudad viva el mismo patrón. La atmósfera no funciona como un radiador doméstico. Pero a escala global, El Niño tiende a elevar la temperatura media y a reorganizar las lluvias. En 2024, el año más cálido registrado hasta entonces, pesaron dos factores juntos: el intenso episodio de El Niño de 2023-24 y el calentamiento antropogénico causado por las emisiones de gases de efecto invernadero. Es decir, la variabilidad natural actuó sobre un planeta que ya tenía fiebre de base.

La imagen más sencilla quizá sea esta: El Niño es una mano que empuja; el cambio climático es la pendiente. Si el suelo ya está inclinado hacia temperaturas más altas, cada empujón llega más lejos. Por eso un episodio de El Niño en 2026 no puede leerse como un fenómeno aislado, limpio, separado de la década que lo rodea. En 2025, la OMM confirmó que el planeta volvió a situarse entre los años más cálidos jamás observados. En España, AEMET calificó 2025 como extremadamente cálido, con una temperatura media peninsular de 15,0 °C, 1,1 °C por encima del promedio 1991-2020, y el verano de ese año fue el más cálido desde el comienzo de la serie.

Esto no convierte cualquier día caluroso en una prueba absoluta de nada. Un día de 34 grados en abril puede depender de una masa de aire concreta, de una configuración atmosférica precisa, de una dorsal, de vientos del sur, de polvo sahariano o de una combinación muy terrenal de ingredientes. Pero la repetición, la persistencia y la ruptura de récords dibujan otra historia. Cuando los extremos dejan de parecer excepcionales y empiezan a visitar el calendario con la familiaridad de un vecino pesado, ya no estamos ante una rareza pintoresca. Estamos ante un clima que ha cambiado de música.

España ante El Niño: menos épica y más matiz

La tentación de titular que El Niño va a abrasar España es fuerte. Fácil, redonda, vendible. También es incompleta. La influencia de El Niño sobre Europa occidental es más indirecta que en otras regiones del mundo. En Australia, Indonesia, partes del sur de Asia, el Cuerno de África, América del Sur o el Pacífico, sus efectos suelen ser más claros y robustos. En España, el fenómeno puede influir, pero no funciona como un interruptor que alguien pulsa en el Pacífico para encender agosto en Sevilla.

Lo que sí encaja con la previsión internacional es una señal cálida general en Europa y el norte de África para mayo, junio y julio. La OMM considera especialmente concluyentes los datos de temperaturas superiores a lo normal para esas regiones. Y eso llega en un contexto español que ya venía caliente, nunca mejor dicho. AEMET preveía para la semana del 20 al 26 de abril temperaturas muy altas para la época en prácticamente toda España, con máximas por encima de 25 °C de forma generalizada y valores que podían alcanzar o superar los 34 °C en puntos del sur peninsular. Para las semanas siguientes, aunque con más incertidumbre, mantenía la posibilidad de un ambiente más cálido de lo normal en buena parte de la Península y Baleares.

En el caso español, por tanto, la noticia no debe leerse como “viene El Niño y ya está explicado todo”. Sería demasiado cómodo. España se calienta por una mezcla de factores: el calentamiento global de fondo, la situación mediterránea, la mayor frecuencia de noches tropicales, la urbanización, la sequedad del suelo en determinados momentos, las entradas de aire cálido desde el norte de África, la temperatura del mar y los patrones atmosféricos regionales. El Niño puede añadir un ingrediente más al guiso, pero no es el único cocinero.

La lluvia es todavía más delicada. El Niño altera las precipitaciones en muchas zonas del planeta, pero sus efectos no se reparten con una regla escolar. Puede favorecer más lluvia en unas regiones y sequía en otras. La OMM menciona aumentos de precipitación asociados a El Niño en partes del sur de América del Sur, el sur de Estados Unidos, el Cuerno de África y Asia central, y sequías en Australia, Indonesia y zonas del sur de Asia. Para España, lo prudente es hablar de incertidumbre: puede haber anomalías, pero no hay una relación simple, directa y siempre repetida que permita decir “El Niño traerá sequía” o “El Niño traerá tormentas” sin matices.

Calor global, agricultura, agua y salud: lo que se juega fuera del titular

El Niño interesa porque toca cosas concretas, no porque tenga nombre de villano meteorológico. En agricultura, los cambios de lluvia y temperatura pueden alterar campañas enteras. Una sequía en una zona productora, lluvias excesivas en otra, calor anómalo en periodos de floración o maduración, estrés hídrico en cultivos ya castigados. El planeta come dentro del clima, aunque a veces lo olvidemos entre lineales de supermercado perfectamente iluminados. Un episodio intenso de El Niño puede afectar cereales, café, cacao, arroz, aceite de palma o pesca en regiones vulnerables. No todo llega igual a España, pero el mercado mundial tiene vasos comunicantes. Lo que se seca allí puede encarecerse aquí.

También está el agua, ese asunto español que nunca se va del todo. Embalses, regadíos, acuíferos, restricciones, turismo, incendios forestales. En un país donde una primavera lluviosa puede aliviar titulares durante unas semanas pero no resolver déficits estructurales, cualquier señal cálida obliga a vigilar el suelo y la vegetación. El calor evapora, adelanta ciclos, estresa plantas, seca combustibles finos en montes y cunetas. No hace falta que todos los veranos sean idénticos; basta con que el margen de seguridad se estreche.

La salud pública es otra pieza. El calor mata de una manera poco cinematográfica. No siempre hay una imagen espectacular, no siempre hay un golpe de viento que arranque tejados. A veces hay habitaciones mal ventiladas, noches que no bajan de 25 grados, personas mayores solas, trabajadores al aire libre, niños pequeños, barrios con poco arbolado, viviendas que acumulan calor como hornos modestos. Las olas de calor ya no son solo episodios de playa y ventilador; son un problema sanitario, laboral y urbano. Si El Niño contribuye a elevar la temperatura global, aunque sea durante unos meses, entra también en esa conversación.

Luego vienen los océanos. Más calor marino significa más energía disponible en ciertas cuencas, cambios en ecosistemas, estrés para arrecifes de coral y alteraciones pesqueras. La OMM recuerda que, durante el verano del hemisferio norte, las temperaturas oceánicas más cálidas vinculadas a El Niño pueden intensificar los huracanes en el Pacífico central y oriental, mientras tienden a dificultar su formación en la cuenca atlántica. No es una garantía de temporada tranquila ni agitada en un punto concreto, pero sí una pieza del mecanismo. La atmósfera, cuando se calienta, no reparte folletos explicativos: mueve humedad, presión y energía. Y luego llegan las consecuencias.

La trampa del “Súper Niño” y el valor de llamar a las cosas por su nombre

El término “Súper Niño” tiene algo de irresistible. Es breve, visual, perfecto para titulares con sudor en la frente. Pero también puede confundir. La ciencia climática necesita categorías, umbrales, índices, periodos de referencia y probabilidades. La conversación pública necesita claridad. Entre ambas cosas se abre a menudo un descampado donde crecen exageraciones, negacionismos de bar y alarmas con purpurina.

Que la OMM no use “Súper Niño” no significa que el episodio no pueda ser intenso. Significa que esa etiqueta no forma parte de su lenguaje operativo. La diferencia importa. Un episodio de El Niño se clasifica según anomalías de temperatura en regiones concretas del Pacífico, especialmente la zona Niño 3.4, y su impacto final depende también de cómo responda la atmósfera. No basta con que el mar se caliente: tiene que acoplarse el sistema completo. Es como ver humo en una ladera. Puede haber fuego, puede estar empezando, puede apagarse, puede cambiar el viento. Nadie serio grita incendio de sexta generación antes de comprobarlo, pero nadie sensato se va a dormir sin mirar.

Los modelos actuales muestran una señal potente hacia El Niño durante 2026. El IRI habla de una transición rápida, con el índice Niño 3.4 ya en torno al umbral de +0,5 °C en la semana centrada el 15 de abril, y con aguas subsuperficiales cálidas extendiéndose por el Pacífico. La NOAA, en su tabla oficial de probabilidades de intensidad, reparte para mayo-junio-julio una mayoría de opciones en El Niño débil y una parte menor en moderado, con una probabilidad todavía relevante de neutralidad. Esa mezcla de señales no es contradictoria; es exactamente lo que suele ocurrir cuando el sistema está cambiando de fase.

El periodismo climático tiene aquí un trabajo ingrato: sonar claro sin sonar histérico. Porque el riesgo existe. Porque las anomalías cálidas están ahí. Porque la década viene cargada. Pero también porque convertir cada previsión en apocalipsis exprés termina anestesiando al lector. Si todo es histórico, nada lo es. Si todo es “sin precedentes”, dejamos de distinguir entre una señal fuerte y una certeza absoluta. Y en clima, distinguir es una forma de respeto.

Mayo, junio y julio: un trimestre bajo vigilancia

El trimestre que ahora entra en el radar no será importante solo por lo que ocurra en el Pacífico. También lo será por cómo respondan las regiones más expuestas y por cómo encaje esa respuesta con un planeta ya muy cálido. Para mayo, junio y julio de 2026, la OMM prevé temperaturas de la superficie terrestre superiores a lo normal en casi todo el mundo, con variaciones regionales de precipitación. En Europa y el norte de África, la señal cálida aparece especialmente sólida. Eso no significa que cada día sea más caluroso que el anterior ni que no pueda haber tormentas, descensos puntuales o semanas raras. Significa que, al mirar el conjunto del trimestre, la balanza se inclina hacia el calor.

En España, ese tipo de previsión se traduce en una vigilancia más fina. El primer síntoma no siempre es una ola de calor oficial. Puede ser la continuidad de noches templadas, la falta de recuperación nocturna en ciudades, la maduración adelantada de cultivos, el aumento de demanda eléctrica, la sensación de verano antes de que el calendario lo permita. Abril ya había dejado avisos de temperaturas muy altas para la época en buena parte del país. No prueba por sí solo lo que hará El Niño, pero sí encaja con un patrón de calor adelantado que ya no sorprende tanto como debería.

Hay una frase incómoda que conviene repetir sin solemnidad: lo normal está cambiando. Durante décadas, “temperaturas superiores a la media” sonaba a desvío temporal. Ahora, cada vez más, suena a paisaje. Las medias climáticas se calculan sobre periodos de referencia, pero la experiencia ciudadana va por otro camino: la gente recuerda veranos más largos, noches más pegajosas, primaveras que a ratos huelen a julio, otoños que no terminan de enfriar. La memoria humana no es un instrumento científico, claro. Pero cuando los registros la acompañan, la conversación cambia.

El termómetro ya no espera al verano

El posible regreso de El Niño en 2026 no debe leerse como una profecía cerrada ni como una excusa para explicar cualquier anomalía meteorológica de los próximos meses. Es una señal relevante dentro de un sistema más amplio: océanos cálidos, atmósfera cargada de energía, gases de efecto invernadero acumulados, récords recientes y una Europa cada vez más acostumbrada a vivir por encima de sus propias medias. El Pacífico se calienta; el mundo mira. España, también.

La noticia real no es solo que pueda llegar El Niño entre mayo y julio. La noticia es que llega, si se confirma, a un planeta que ya ha perdido parte de su margen de sorpresa. Antes un episodio intenso de El Niño empujaba el termómetro global desde una base más baja. Ahora lo hace sobre una escalera ya subida. Por eso el matiz importa tanto: no hay que vender un monstruo climático con nombre de tebeo, pero tampoco conviene despacharlo como una oscilación más del océano. Entre el susto fácil y el encogimiento de hombros está la realidad, que suele ser menos teatral y bastante más seria.

Durante las próximas semanas, los datos del Pacífico dirán si la transición se consolida, con qué intensidad y hasta dónde puede llegar el episodio. El calor, mientras tanto, no va a esperar a que los debates terminológicos se ordenen. Mayo, junio y julio llegan con una señal cálida global, Europa aparece en el mapa de anomalías probables y España entra en la temporada sensible con la memoria reciente de años extremos. El Niño quizá no sea “súper” en el lenguaje oficial. El contexto, desde luego, ya lo es.

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