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¿Cómo rescató Nigeria a 360 secuestrados por Boko Haram en Borno?
El rescate de 360 secuestrados en Borno revela la guerra contra Boko Haram y el drama civil que Nigeria aún no logra cerrar del todo todavía

El Ejército de Nigeria ha anunciado el rescate de unas 360 personas secuestradas en el estado de Borno, en el noreste del país, la mayoría mujeres y niños, tras una operación militar en las montañas de Mandara, una frontera abrupta entre Nigeria y Camerún que los grupos yihadistas conocen como quien conoce los pasillos de su propia casa. Las víctimas habían sido capturadas en la zona de Ngoshe, en el área de Gwoza, durante un ataque perpetrado a comienzos de marzo contra una comunidad golpeada desde hace años por Boko Haram, su facción JAS y el Estado Islámico en la Provincia de África Occidental, el ISWAP.
La noticia tiene una parte luminosa, porque cientos de personas han salido vivas de un territorio donde la palabra rescate suele llegar tarde, cansada y con barro hasta las rodillas. Pero también deja una sombra feroz: dos bebés murieron durante la misión, según las autoridades militares, por las condiciones extremas del traslado y el terreno. No hay épica limpia en Borno. Hay supervivientes deshidratados, madres que cuentan hijos, soldados avanzando por laderas imposibles y un Estado que celebra una operación necesaria mientras la pregunta de fondo sigue clavada en la mesa: cómo es posible que comunidades enteras puedan seguir siendo vaciadas por grupos yihadistas en una guerra que empezó hace más de quince años y aún no encuentra su última página.
El rescate en Mandara: 360 vidas sacadas de la montaña
La operación fue ejecutada por tropas de la Operación Hadin Kai, la misión militar nigeriana desplegada contra el yihadismo en el noreste de Nigeria, junto con fuerzas de operaciones especiales. Según el mando militar, el dispositivo se desarrolló el 6 de junio en varios frentes de las montañas de Mandara, una zona escarpada, porosa, dura como una cicatriz, utilizada desde hace años por células insurgentes para esconderse, reorganizarse y mover cautivos.
El comandante Abdulsalam Abubakar, responsable de la operación en el teatro noreste, explicó que los civiles rescatados formaban parte de los residentes secuestrados durante el ataque contra Ngoshe el 3 de marzo de 2026. El grupo liberado estaba compuesto sobre todo por mujeres y niños. Primero, las fuerzas especiales realizaron misiones preliminares para desordenar los campamentos de los terroristas; después, unidades terrestres de la brigada correspondiente avanzaron para extraer a los cautivos. La versión militar habla de una operación coordinada. En lenguaje llano: entrar en una geografía hostil, romper el control de los captores y sacar a cientos de personas sin convertir la montaña en una trampa mayor.
Los rescatados recibieron evaluación médica inmediata, comida y agua antes de ser trasladados a instalaciones seguras. Los casos urgentes fueron estabilizados por personal sanitario militar y llevados al Hospital General de Gwoza. Después queda otra operación, menos vistosa y más larga: identificar a las víctimas, entregar la custodia a las autoridades competentes, reunir familias dispersas, escuchar testimonios, atender traumas. La guerra no termina cuando alguien cruza una línea segura. A menudo empieza ahí otra guerra, silenciosa, dentro del cuerpo.
El dato de los dos bebés fallecidos impide leer la noticia como una simple victoria militar. Las autoridades hablaron de terreno accidentado y condiciones difíciles durante el traslado. También se ha señalado el agotamiento y el impacto del entorno duro en el que permanecían los cautivos. La imagen es brutal en su sencillez: una operación que salva a cientos y, al mismo tiempo, no logra salvarlo todo. Así se escribe Borno demasiadas veces, con una mano dando alivio y la otra contando pérdidas.
Ngoshe, Gwoza y Borno: el mapa de una guerra enquistada
Ngoshe no es un nombre aislado en la violencia nigeriana. Está en Gwoza, una zona de Borno próxima a la frontera con Camerún, en el corazón de un corredor donde Boko Haram, JAS e ISWAP han atacado durante años bases militares, aldeas, mercados, escuelas y campamentos de desplazados. Decir frontera aquí no significa una raya limpia sobre un mapa, sino una sucesión de montes, senderos, aldeas y vacíos de autoridad donde la seguridad depende a menudo de quién llega antes: el Ejército, una milicia comunitaria, los yihadistas o el miedo.
El ataque de marzo contra Ngoshe fue especialmente grave. Fuentes locales y militares informaron entonces de al menos 15 muertos y de cientos de personas secuestradas, con una mayoría de mujeres y niños entre los cautivos. Los asaltantes atacaron una base militar y un campamento de desplazados, una combinación que resume bastante bien la mecánica de la insurgencia: golpear al Estado y, de paso, quebrar a la población civil que intenta sobrevivir bajo su sombra. Nada nuevo, por desgracia. Solo otra vuelta de tuerca.
El estado de Borno lleva desde 2009 convertido en el epicentro de la insurgencia yihadista en Nigeria. Boko Haram empezó como una organización radical local con discurso islamista, rechazo frontal al Estado nigeriano y violencia creciente. Después vinieron las escisiones, la competencia interna, la aparición de ISWAP y la multiplicación de siglas que a veces sirven más para confundir al lector que para explicar el dolor de quienes viven allí. La distinción importa para entender tácticas, mandos y alianzas, sí. Pero para una familia desplazada de Ngoshe, Pulka o Maiduguri, el resultado cotidiano suele parecerse demasiado: ataques nocturnos, secuestros, reclutamiento forzoso, miedo a cultivar, miedo a viajar, miedo a dormir.
Aquí conviene precisar el matiz. Algunas informaciones atribuyen la cautividad a JAS, el nombre árabe oficial de la facción principal de Boko Haram. Otras vinculan el ataque inicial de marzo con el ISWAP. No es una contradicción menor, pero tampoco un misterio extravagante: en Borno las fronteras entre grupos, células, colaboradores y facciones pueden ser móviles, sobre todo en áreas donde los combatientes compiten, pactan, se separan o se pisan el terreno. Lo que se sabe con firmeza es que las víctimas fueron secuestradas en el entorno de Ngoshe y rescatadas en la zona de Mandara dentro de una operación contra grupos yihadistas activos en el noreste nigeriano.
Boko Haram, JAS e ISWAP: nombres distintos, misma población atrapada
Boko Haram no es ya una sola cosa compacta. La insurgencia se fracturó con fuerza a partir de 2016, cuando el ISWAP se consolidó como escisión afiliada al Estado Islámico. Desde entonces, el noreste de Nigeria vive una guerra dentro de la guerra: por un lado, los grupos yihadistas contra el Estado; por otro, facciones rivales disputándose territorio, rutas, botín, legitimidad religiosa y capacidad de intimidación.
JAS, asociado a la rama histórica de Boko Haram, ha mantenido prácticas de violencia extrema contra civiles, secuestros masivos y ataques indiscriminados. ISWAP, aunque también brutal, ha intentado en ocasiones presentarse como una estructura más administrativa en zonas bajo influencia, cobrando impuestos, controlando pesca, comercio o movimientos. La palabra administrativa, claro, hay que cogerla con pinzas. No hablamos de oficinas con sellos y ventilador, sino de dominación armada. De una burocracia del miedo.
Para los civiles, la diferencia entre una facción y otra puede ser decisiva en términos de supervivencia, pero rara vez ofrece seguridad real. Una aldea puede ser castigada por colaborar con el Ejército, por no colaborar con una facción, por cruzar una carretera, por permanecer en un campamento de desplazados o por intentar volver a casa. Ese es el tablero: no el de las grandes proclamas ideológicas, sino el de las decisiones minúsculas que separan la vida de la desaparición.
Mujeres y niños como botín de guerra
Que la mayoría de los rescatados sean mujeres y niños no es un detalle sentimental para ablandar la noticia. Es el centro mismo de la estrategia de terror. En el noreste de Nigeria, los secuestros masivos han sido utilizados durante años para obtener rescates, forzar reclutamientos, castigar comunidades, convertir a mujeres en cautivas domésticas o sexuales, emplear a menores como porteadores, mensajeros o combatientes y alimentar una economía criminal que se mueve entre la selva, la frontera y los mercados clandestinos.
Nigeria aprendió el horror mundializado de los secuestros con las niñas de Chibok en 2014, pero sería un error pensar que aquello fue una excepción cinematográfica, una tragedia única para documentales con música grave. Desde entonces, el país ha sufrido una larga cadena de raptos escolares, comunitarios y rurales, no solo en Borno, también en otras zonas del norte y del centro. El secuestro se ha convertido en una industria de guerra. Una industria miserable, pero industria al fin: logística, intermediarios, escondites, amenazas, negociación, castigo.
En Borno, los campamentos de desplazados internos son a veces refugio y a veces objetivo. La gente huye de la violencia para concentrarse en lugares donde necesita comida, agua, medicinas y protección. Y esos lugares, precisamente por reunir población vulnerable, pueden convertirse en blanco. El ataque contra Ngoshe y Pulka mostró esa fragilidad: se golpeó una base militar, pero también un espacio de civiles desplazados. Es la doble herida de la guerra nigeriana: cuando falla la seguridad, el refugio deja de ser refugio y pasa a ser otra antesala del peligro.
Las víctimas rescatadas necesitarán algo más que una fotografía oficial y una botella de agua. Harán falta atención médica, apoyo psicológico, documentación, reunificación familiar, seguimiento contra el estigma y medidas de protección si regresan a comunidades todavía expuestas. Muchas mujeres liberadas de cautiverio en conflictos armados sufren después sospechas, rechazo o silencio impuesto. A la violencia del secuestro se suma a veces la violencia del regreso. Esa parte no suele caber en los comunicados militares. Pero existe.
La montaña como escondite y frontera
Las montañas de Mandara son una pieza clave en esta historia. Se extienden por la frontera entre Nigeria y Camerún y ofrecen a los grupos armados una geografía perfecta para esconderse: relieve accidentado, pasos difíciles, comunidades aisladas, vegetación, rutas transfronterizas y un Estado que no puede estar en todas partes a la vez, aunque en Abuja suene muy bien decir lo contrario.
La frontera entre Nigeria y Camerún no detiene a los grupos yihadistas como una pared. Funciona más bien como una costura floja. Los combatientes pueden cruzar, dispersarse, usar comunidades remotas, aprovechar vacíos de vigilancia y moverse entre jurisdicciones. Para los ejércitos, en cambio, cada movimiento requiere coordinación, inteligencia, combustible, comunicación y decisión política. La asimetría es evidente. Un grupo armado necesita una senda; un Estado necesita un operativo.
Por eso el rescate tiene valor operativo. Sacar a 360 personas de una zona así implica inteligencia previa, presión militar y capacidad de evacuación. También revela otra cosa, menos cómoda: si tantos cautivos podían permanecer en la montaña desde marzo, los grupos armados conservan aún margen de maniobra. La operación demuestra fuerza, sí. Pero también ilumina el tamaño del agujero.
La guerra de Nigeria ya no cabe en una sola región
El noreste de Nigeria sigue siendo el núcleo histórico del yihadismo nigeriano, pero la inseguridad del país se ha extendido como una mancha de aceite vieja: despacio, pegajosa, difícil de limpiar. Hay insurgencia islamista en Borno y zonas vecinas; hay bandas armadas dedicadas al secuestro y al robo de ganado en el noroeste; hay conflictos entre pastores y agricultores en el cinturón central; hay milicias comunitarias, venganzas locales, economía criminal y una presencia estatal irregular. Nigeria, el país más poblado de África, no se enfrenta a un único incendio. Se enfrenta a un sistema de incendios conectados.
El grupo Lakurawa, aparentemente vinculado al Estado Islámico-Provincia del Sahel, ha ganado presencia en estados como Kebbi y Sokoto, en el noroeste. La aparición o consolidación de redes yihadistas procedentes del Sahel añade una capa más a un mapa ya saturado. Mali, Níger, Burkina Faso, la cuenca del lago Chad, el norte de Benín, el noroeste de Nigeria: las fronteras estatales no siempre coinciden con las rutas reales de armas, combatientes y contrabando. La violencia viaja mejor que la burocracia. Otra pequeña derrota de la civilización administrativa.
A finales de diciembre de 2025, Estados Unidos llevó a cabo, en coordinación con Nigeria, ataques contra campamentos vinculados al Estado Islámico en el bosque de Bauni, en Sokoto. El Gobierno nigeriano aseguró entonces que los objetivos albergaban combatientes extranjeros procedentes del Sahel y que no hubo víctimas civiles. La operación fue presentada como un salto en la cooperación antiterrorista entre Abuja y Washington. Sirve para entender el clima actual: Nigeria no solo combate una insurgencia local envejecida; también intenta contener la entrada de redes transnacionales que aprovechan el desorden regional.
La cuestión es si los golpes militares bastan. Matan mandos, rompen campamentos, liberan cautivos. Todo eso importa. Pero una insurgencia se alimenta también de caminos sin escuelas, aldeas sin servicios, jóvenes sin horizonte, corrupción, abusos de fuerzas de seguridad, disputas de tierra, fronteras mal vigiladas y gobiernos que aparecen más en las ruedas de prensa que en la vida diaria. Combatir a Boko Haram exige Ejército. Derrotarlo exige Estado. Y ahí Nigeria sigue jugando una partida mucho más larga.
Más de 35.000 muertos y millones de desplazados
Desde 2009, la violencia de Boko Haram y sus escisiones ha dejado más de 35.000 muertos y unos 2,7 millones de desplazados, según datos manejados por organismos oficiales y Naciones Unidas. La cifra abruma, pero también corre el riesgo de volverse abstracta. Treinta y cinco mil muertos son demasiados nombres para un titular, demasiadas biografías convertidas en estadística. Millones de desplazados significan escuelas interrumpidas, cosechas abandonadas, mercados rotos, matrimonios aplazados, cementerios improvisados, niños que aprenden antes la palabra huida que la palabra futuro.
El noreste nigeriano vive además una crisis humanitaria persistente. La inseguridad dificulta el acceso de agencias de ayuda, encarece los alimentos, bloquea cultivos y rutas comerciales, y deja a comunidades enteras dependiendo de asistencia irregular. Cuando un ataque obliga a una aldea a moverse, no se desplazan solo personas: se rompe una economía local completa. Se pierden semillas, herramientas, redes de cuidado, memoria territorial. El desplazado no carga únicamente una bolsa; carga un mundo reducido a lo que cabe en las manos.
Borno, Adamawa y Yobe han sido los estados más asociados a esta emergencia. Maiduguri, capital de Borno, funciona desde hace años como centro militar, humanitario y simbólico de la resistencia frente a la insurgencia. Pero incluso las ciudades relativamente protegidas conviven con ataques, atentados suicidas, infiltraciones y miedo. La vida continúa, porque la vida es testaruda, pero continúa con controles, sospechas, precios altos y noticias de pueblos atacados a unas horas de distancia.
El rescate de los 360 secuestrados llega, por tanto, como un alivio dentro de una catástrofe prolongada. No es una escena final. Es una interrupción del horror. Para las familias, claro, puede serlo todo: una hija recuperada, una madre viva, un niño que vuelve con la mirada cambiada. Para el Estado nigeriano, debería ser una prueba de capacidad y una acusación al mismo tiempo. Capacidad para rescatar. Acusación por no haber evitado el secuestro.
Lo que revela este rescate sobre la seguridad en Borno
La operación muestra que el Ejército nigeriano conserva capacidad de inteligencia, movilidad y presión sobre enclaves yihadistas. También confirma que los grupos armados siguen teniendo infraestructura suficiente para retener a cientos de civiles durante meses en zonas montañosas. Esa doble lectura es incómoda, pero necesaria. Celebrar el rescate sin mirar el contexto sería como aplaudir al bombero y fingir que la ciudad no arde.
El Gobierno de Bola Tinubu ha prometido reforzar la seguridad nacional en un momento en que los secuestros, los ataques insurgentes y la expansión de grupos armados pesan cada vez más sobre la agenda política. Nigeria es una potencia regional, un gigante demográfico, económico y cultural, pero su Estado no siempre logra imponer presencia efectiva en sus periferias. Y los grupos violentos aman las periferias: allí donde el maestro no llega, llega el predicador armado; donde no hay comisaría, manda quien lleva fusil; donde no hay carretera segura, el secuestro se convierte en peaje.
La presión militar en Mandara puede reducir la libertad de movimiento de Boko Haram/JAS e ISWAP, pero el desafío es impedir que el ciclo se repita. Ngoshe fue atacada en marzo; cientos fueron secuestrados; parte de ellos han sido rescatados en junio. La pregunta institucional, aunque no se formule en voz alta, es qué pasará en julio, agosto o septiembre con las comunidades que siguen expuestas. Porque el terror entiende muy bien la paciencia. Se repliega, observa, vuelve.
En los próximos días será clave conocer el estado real de los liberados, cuántos menores hay entre ellos, cuántas familias han sido reunificadas y si quedan residentes de Ngoshe todavía en cautiverio. Las autoridades deberán aclarar también el alcance exacto de la operación y la identificación de los captores, especialmente por la diferencia entre las referencias a JAS/Boko Haram y las atribuciones previas a ISWAP. No es una cuestión académica. Saber quién controla qué territorio ayuda a prevenir el próximo ataque. O debería.
Una victoria con polvo en los zapatos
El rescate de unas 360 personas en Borno es una noticia enorme porque devuelve vida donde la guerra había impuesto desaparición. En un país demasiado acostumbrado a contar muertos, poder contar supervivientes importa. Importa mucho. Pero la alegría llega mezclada con cansancio, con duelo por los dos bebés fallecidos y con una evidencia testaruda: el noreste de Nigeria sigue atrapado en una violencia que no se desactiva solo con comunicados de victoria.
Las montañas de Mandara han devuelto esta vez a cientos de cautivos. También han recordado que Boko Haram, JAS, ISWAP y las redes yihadistas del entorno continúan usando el terreno, la frontera y el miedo como instrumentos de poder. Nigeria ha ganado una operación. La población civil necesita ganar algo más difícil: la posibilidad de vivir sin que una noche cualquiera convierta una aldea en botín. Ahí está el verdadero frente. No siempre sale en la foto, pero es el que decide si el rescate de Ngoshe será un punto de inflexión o solo otro destello humano en una guerra demasiado larga.

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