Ciencia
El regreso de la NASA a la Luna se aplaza hasta 2028
Cohete, nave y aterrizadores aún deben demostrar que pueden funcionar juntos antes de llevar astronautas a la superficie lunar.

La NASA ha desplazado hasta 2028 el primer alunizaje tripulado del programa Artemis porque sus piezas esenciales no estarán listas al mismo tiempo. El cohete SLS y la nave Orion deben completar pruebas con astronautas, mientras los módulos de SpaceX y Blue Origin todavía necesitan superar hitos técnicos decisivos. En lugar de arriesgar una misión de superficie con sistemas sin validar, la agencia ha cambiado el papel de Artemis III y ha trasladado el regreso a la Luna a la misión Artemis IV.
El retraso no responde a una avería aislada, sino a un problema de coordinación entre varios desarrollos complejos: el vehículo de lanzamiento, la cápsula, los aterrizadores lunares y las operaciones necesarias para que estos se encuentren en el espacio. El nuevo calendario sitúa el primer descenso humano en 2028, cuatro años después de la fecha inicial de 2024. La decisión revela un límite fundamental de Artemis: disponer de componentes prometedores no basta si todavía no pueden trabajar juntos con seguridad.
Un calendario que cambió de propósito
Artemis nació con una secuencia relativamente clara: una misión no tripulada para probar el sistema, un vuelo tripulado alrededor de la Luna y, después, un alunizaje. Artemis I completó el primer tramo en 2022. La siguiente misión, Artemis II, debía llevar a cuatro astronautas alrededor del satélite sin aterrizar, mientras Artemis III estaba llamada a devolver tripulantes a la superficie. Ese esquema dejó de ser viable cuando los retrasos acumulados hicieron evidente que el aterrizador no acompañaría a tiempo al resto del programa.
En febrero, la NASA anunció una modificación profunda. Artemis III, prevista para 2027, ya no intentará posarse en la Luna: se centrará en probar maniobras de encuentro y acoplamiento en órbita terrestre baja. El primer alunizaje de la nueva arquitectura pasa a Artemis IV, prevista para 2028, y Artemis V queda también en el horizonte de ese año. No es un simple cambio de fecha: la agencia ha reasignado las tareas de las misiones para ensayar antes, más cerca de la Tierra, operaciones que hasta ahora se esperaba comprobar en un entorno mucho más exigente.
El calendario original ya había sufrido cambios importantes. El regreso a la superficie se había planteado inicialmente para 2024, luego se desplazó a 2026 y, más tarde, se vinculó a Artemis III en 2027. La nueva previsión de 2028 supone, por tanto, cuatro años de diferencia respecto al objetivo de partida. En exploración espacial, las fechas anunciadas suelen depender de pruebas que todavía no han ocurrido; una fecha de planificación expresa una meta, no una garantía de lanzamiento.
Artemis II debe demostrar que el sistema puede volar con personas
La misión que precede a ese cambio de rumbo es Artemis II. Su objetivo no es aterrizar, sino enviar a Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen alrededor de la Luna en un viaje de unos diez días. Hansen, de la Agencia Espacial Canadiense, será el primer canadiense en realizar ese recorrido. La tripulación probará Orion con personas a bordo y permitirá evaluar en condiciones reales aspectos como el soporte vital, los procedimientos de vuelo y el funcionamiento conjunto de la nave y el cohete SLS.
El vuelo tiene un peso especial porque será la primera misión tripulada del conjunto SLS-Orion y la primera ocasión en más de medio siglo en que astronautas viajen alrededor de la Luna. No está concebido como un paseo ni como una repetición de las misiones Apolo: servirá para comprobar cómo responde la nave durante una misión de espacio profundo y para recoger experiencia que no puede obtenerse por completo desde simuladores. Hasta que esa prueba no se complete, la NASA no tendrá una demostración tripulada del sistema básico que necesita para las etapas posteriores.
La preparación también sufrió contratiempos. El mal tiempo en Florida y las incidencias detectadas durante las pruebas de combustible afectaron a la planificación. En febrero se informó de una filtración durante una prueba y, posteriormente, de un problema relacionado con el suministro de helio en el cohete. El helio se emplea en los sistemas de presurización y en el funcionamiento de componentes asociados a los tanques de propelente; cualquier anomalía obliga a detener la secuencia y revisar el vehículo antes de continuar.
El calendario divulgado entonces fijaba el 1 de abril de 2026 como objetivo de lanzamiento y el 19 de marzo para trasladar el cohete desde el edificio de ensamblaje hasta la plataforma. Esas fechas ya han pasado y la información de referencia no confirma el resultado de aquel intento, por lo que no deben interpretarse como fechas futuras ni como una actualización del estado actual de la misión. Lo relevante para explicar el cambio de Artemis es que la preparación de Artemis II ya había consumido margen en un programa con dependencias entre misiones: una demora en la prueba tripulada puede repercutir en las fases que vienen después.
Por qué Artemis III se convierte en un ensayo orbital
El cambio más llamativo afecta a Artemis III, que debía protagonizar el regreso de astronautas a la superficie lunar por primera vez desde Apolo 17, en 1972. Con el plan revisado, la misión se desarrollará en órbita terrestre baja y ensayará operaciones de encuentro y acoplamiento entre Orion y los módulos de aterrizaje comerciales. La NASA podrá estudiar cómo se aproximan y conectan vehículos diseñados por equipos distintos antes de intentar repetir maniobras similares alrededor de la Luna.
Ese tipo de prueba puede parecer menos histórica que un alunizaje, pero aborda un riesgo central: Orion no descenderá a la superficie por sí sola. La tripulación tendrá que pasar a un aterrizador, que deberá llevarla hasta el suelo lunar y permitir después el regreso al vehículo que la traerá a la Tierra. Para que esa cadena funcione, deben coordinarse navegación, comunicaciones, acoplamiento y procedimientos de emergencia. Un fallo en cualquiera de esos pasos puede dejar inutilizable la misión completa, aunque el cohete haya despegado y la cápsula llegue correctamente a la órbita prevista.
Ensayar cerca de la Tierra no elimina todos los riesgos de una operación lunar, pero permite comprobar parte de la integración en condiciones más manejables. La misión de 2027 funcionará así como un puente entre el vuelo de prueba tripulado de Artemis II y el alunizaje previsto para Artemis IV. La agencia ha preferido dedicar una misión a reducir incertidumbres antes que exigir a Artemis III que complete, en una sola operación, una serie de maniobras todavía no demostradas con todos los vehículos implicados.
El módulo de aterrizaje es el cuello de botella
La dificultad no se limita al cohete o a Orion. Para llegar a la Luna y volver, los astronautas necesitan un sistema de aterrizaje humano, conocido por sus siglas en inglés como HLS. La NASA adjudicó contratos a SpaceX y Blue Origin para desarrollar vehículos capaces de transportar tripulación entre la órbita lunar y la superficie. Son diseños distintos, pero ambos deben superar pruebas de integración y demostrar que pueden cumplir una misión tripulada con seguridad.
La Oficina del Inspector General de la NASA ha señalado retrasos y dificultades técnicas en el desarrollo de esos sistemas. Según la información recogida en el artículo original, el aterrizador de SpaceX no estaría listo para un alunizaje en junio de 2027, una fecha que explica por qué mantener Artemis III como misión de superficie dejó de ser realista. Si no existe un módulo certificado para descender y regresar, la disponibilidad del SLS y de Orion no resuelve el problema: sin aterrizador operativo no hay forma de completar un alunizaje tripulado.
La complejidad aumenta porque esos vehículos no son cápsulas pequeñas que puedan llevarse directamente desde la Tierra hasta la Luna. Sus sistemas dependen de operaciones previas en el espacio, de maniobras de acoplamiento y de una coordinación precisa con Orion. Además, se desarrollan dentro de contratos públicos ejecutados por empresas privadas. La NASA fija los objetivos y supervisa el programa, pero no puede convertir de inmediato un diseño en un vehículo probado si las pruebas críticas aún no se han realizado.
SpaceX necesita resolver una cadena de repostajes
El plan de SpaceX se apoya en Starship, un vehículo de gran tamaño que debe servir como aterrizador lunar. Su arquitectura exige mucho más que un lanzamiento. Antes de que la nave destinada a la Luna pueda emprender el viaje, SpaceX debe desplegar un depósito de propelente en órbita baja y enviar otras naves cisterna para transferir combustible. Después, el aterrizador tendrá que repostar y dirigirse a la órbita lunar, donde se encontrará con Orion.
La secuencia implica numerosos vuelos y operaciones encadenadas. La planificación descrita en la información original contempla más de diez naves cisterna, transferencias de propelente en el espacio y un periodo de preparación que empezaría más de 200 días antes del lanzamiento de los astronautas. SpaceX aspiraba a mantener un ritmo de una nave cisterna cada seis días durante la fase de carga. El reto no es únicamente construir Starship, sino demostrar que toda esa infraestructura puede operar de forma fiable y repetible.
La empresa ha realizado vuelos integrados de Starship y Super Heavy desde 2023, con avances técnicos y también incidentes durante las pruebas. Su método de desarrollo, basado en probar vehículos, detectar fallos y modificar el diseño, puede acelerar el aprendizaje. Sin embargo, un programa de vuelos de ensayo no equivale a una certificación para transportar astronautas a la Luna. La exigencia cambia cuando un sistema debe proteger una tripulación y completar operaciones críticas lejos de la Tierra, donde una avería no se resuelve con una reparación rápida desde tierra.
En ese punto se cruzan dos ritmos distintos. SpaceX busca desarrollar y probar con rapidez una arquitectura nueva; la NASA tiene que verificar que las operaciones encajan con los estándares de una misión tripulada. La innovación puede abrir posibilidades que no existían en los programas anteriores, pero también añade dependencias: depósitos orbitales, múltiples lanzamientos, transferencia de combustible y acoplamientos. Cada elemento necesita funcionar en el orden previsto para que el resto de la misión tenga sentido.
Blue Origin tampoco ofrece un atajo inmediato
Blue Origin desarrolla Blue Moon, otro sistema de aterrizaje humano vinculado al programa Artemis. Su presencia ofrece una alternativa dentro de la estrategia de la NASA, pero no significa que exista un vehículo listo para reemplazar de inmediato al de SpaceX. La propia empresa afronta retrasos en algunos proyectos compartidos con la agencia y debe completar sus propias etapas de desarrollo y pruebas.
La arquitectura descrita para Blue Moon también incluye operaciones de transporte y repostaje, así como maniobras coordinadas con otros vehículos. En el plan asociado a Artemis V, el aterrizador tendrá que integrarse con la infraestructura lunar y con Gateway, la estación orbital que la NASA proyecta alrededor de la Luna. Son piezas con calendarios y requisitos propios; que una empresa participe no borra las tareas que todavía debe completar la otra ni garantiza que las dos soluciones estén disponibles a la vez.
Esta es una de las razones por las que el retraso no puede resumirse como un problema exclusivo de SpaceX. La NASA cuenta con dos proveedores, pero ambos deben alcanzar hitos técnicos y demostrar que sus sistemas son compatibles con el resto de la misión. La competencia entre empresas puede dar margen al programa, aunque no sustituye a la madurez tecnológica. Si un aterrizador se demora, el otro solo puede compensarlo cuando también está preparado para asumir la misión.
El coste de depender de sistemas todavía en desarrollo
Desde 2019, la NASA ha destinado 6.900 millones de dólares al desarrollo de sistemas de aterrizaje humano. La estimación citada para el gasto total alcanza los 18.300 millones de dólares hasta el ejercicio fiscal de 2030 e incluye los contratos con SpaceX y Blue Origin. Estas cantidades corresponden al esfuerzo de crear los aterrizadores, no al coste total de Artemis ni a una garantía de que el calendario se vaya a cumplir.
El gasto permite dimensionar la escala del proyecto, pero el dinero no acorta automáticamente las pruebas ni elimina los problemas de ingeniería. En un programa que depende de varios vehículos desarrollados por separado, los costes pueden mantenerse bajo control en un contrato y, aun así, el calendario deslizarse porque faltan ensayos o porque una interfaz entre sistemas no está resuelta. El tiempo es aquí una variable técnica, no solo administrativa: cada demostración pendiente condiciona las siguientes.
La colaboración con compañías privadas pretendía aprovechar capacidades industriales y acelerar el desarrollo de nuevas soluciones. También modifica la relación entre la agencia y el programa: una parte decisiva de la tecnología depende de proveedores con diseños, procesos y calendarios propios. La NASA puede supervisar y ajustar sus planes, pero no controla cada decisión de ingeniería como si todos los vehículos se construyeran dentro de una única organización. El nuevo cronograma refleja esa realidad.
2028 concentra el regreso y la presión por llegar
Con el plan revisado, Artemis IV queda como la primera misión de alunizaje tripulado y Artemis V aparece también en 2028. La NASA plantea que ambas misiones exploren el polo sur lunar y contribuyan a establecer una presencia humana más sostenida. El propósito es distinto al de las expediciones Apolo: no se trata únicamente de llegar, caminar y regresar, sino de desarrollar experiencia y sistemas que permitan repetir las operaciones y preparar futuras misiones, incluidas las que podrían dirigirse a Marte.
Ese objetivo explica por qué la agencia necesita una arquitectura completa y no solo un cohete capaz de alcanzar la Luna. Una presencia continuada exige aterrizadores, naves, trajes, operaciones de superficie y enlaces entre la órbita y el suelo. También requiere que los sistemas puedan utilizarse con cierta regularidad. En ese sentido, la propuesta de avanzar hacia una misión lunar al año depende de que las pruebas iniciales permitan convertir una sucesión de vuelos excepcionales en una capacidad más estable.
El calendario estadounidense tiene además una dimensión geopolítica. China prevé llevar a sus primeros astronautas a la Luna antes de 2030, una meta que añade presión a Washington. Pero esa competencia no explica por sí sola el aplazamiento: la causa inmediata está en los problemas técnicos y en la falta de sincronía entre los componentes de Artemis. La rivalidad puede aumentar el coste político de llegar tarde; no hace que un aterrizador, un depósito orbital o una nave estén listos antes de completar sus pruebas.
La Luna exige una cadena, no una fecha simbólica
El regreso a la superficie lunar depende de que cada parte del programa alcance su nivel de preparación y, sobre todo, de que todas puedan operar en conjunto. Artemis II debe probar Orion con tripulación; Artemis III ensayará acoplamientos en órbita terrestre; los módulos lunares tienen que demostrar sus capacidades y la NASA debe integrar esos sistemas en una misión segura. El retraso hasta 2028 nace de esa cadena incompleta, no de una única avería ni de una decisión tomada para cambiar el relato del programa.
La fecha anunciada puede volver a moverse si alguno de los hitos esenciales se demora. Eso no vuelve irrelevante el objetivo de 2028, pero sí obliga a distinguir entre un calendario previsto y una capacidad ya demostrada. La agencia ha optado por aplazar el aterrizaje y utilizar Artemis III como ensayo, una decisión menos espectacular que plantar una bandera, aunque más coherente con la complejidad de llevar personas a otro mundo y traerlas de vuelta.
La distancia hasta la Luna no ha cambiado; sí lo ha hecho la evaluación de cuánto falta para recorrerla con seguridad. Artemis ya no se presenta como una secuencia de lanzamientos que conduce inevitablemente a un alunizaje, sino como una infraestructura que debe probarse misión a misión. Si 2028 acaba siendo el año del regreso, será porque antes han funcionado esas operaciones menos visibles que sostienen cualquier imagen histórica. En un programa de esta escala, la paciencia no es el objetivo: es el margen que la ingeniería necesita para que la ambición no se adelante a la realidad.

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