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Muere Lindsey Graham: ¿quién era el senador aliado de Donald Trump?
Muere Lindsey Graham a los 71 años tras una enfermedad repentina: su alianza con Trump, su carrera política y el pulso por su escaño vacante.

Resumen
- Lindsey Graham murió a los 71 años tras una enfermedad breve y repentina
- Fue rival de Trump antes de convertirse en uno de sus aliados más cercanos
- Su muerte abre la sucesión de su escaño y altera el equilibrio del Senado
El senador republicano Lindsey Graham, una de las figuras más influyentes de la derecha estadounidense y estrecho aliado del presidente Donald Trump, ha muerto a los 71 años después de una enfermedad «breve y repentina», según confirmó su oficina. El político de Carolina del Sur falleció durante la tarde del sábado 11 de julio, apenas dos días después de cumplir años.
Su equipo no ha facilitado un diagnóstico ni una causa médica concreta. La familia ha pedido privacidad y ha agradecido las oraciones recibidas, de modo que cualquier explicación más precisa sobre el fallecimiento entra, por el momento, en el terreno movedizo de la especulación. Lo firme es esto: Washington pierde a un senador que llevaba más de tres décadas en el Congreso y que había pasado, con una habilidad política difícil de ignorar, de combatir a Trump a convertirse en uno de sus consejeros más próximos.
Graham seguía plenamente activo. Había ganado en junio las primarias republicanas para aspirar a un quinto mandato y acababa de regresar de Ucrania, donde se reunió con el presidente Volodímir Zelenski para hablar de defensa aérea y nuevas sanciones contra Rusia. No era una despedida anunciada ni una retirada lenta. Hasta horas antes, la maquinaria política continuaba encendida.
Una muerte repentina y una causa aún no detallada
El comunicado difundido por la oficina del senador se limitó a informar de que Graham había muerto tras una enfermedad repentina. No precisó cuándo aparecieron los primeros síntomas, si había sido hospitalizado ni cuál fue la causa clínica del fallecimiento. Esa sobriedad puede resultar frustrante en una época que convierte cada silencio en una fábrica de rumores, pero marca también un límite bastante sencillo: todavía no existe información médica oficial más allá de la fórmula empleada por su equipo.
Donald Trump reaccionó durante la madrugada del domingo con un mensaje especialmente afectuoso. Lo describió como un trabajador incansable y un «verdadero patriota estadounidense», además de situarlo entre los mejores senadores que había conocido. El líder de la mayoría republicana, John Thune, recordó su prolongado servicio tanto en las Fuerzas Aéreas como en el Congreso y su defensa de una presencia estadounidense fuerte en el mundo.
También llegaron condolencias desde fuera de Estados Unidos. Zelenski destacó su apoyo a Ucrania durante la invasión rusa; el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, lo definió como uno de los grandes amigos de Israel. Graham no era precisamente un diplomático de porcelana. Prefería el lenguaje musculoso, los viajes a zonas de conflicto y la certeza —a veces discutible, siempre reconocible— de que el poder estadounidense debía mostrarse antes de que alguien dudara de su existencia.
De adversario de Trump a aliado imprescindible
La relación entre Lindsey Graham y Donald Trump fue una de las transformaciones más llamativas de la política republicana reciente. Durante las primarias presidenciales de 2016, ambos fueron rivales y el senador consideraba a Trump inadecuado para ocupar la Presidencia. El empresario respondió con su repertorio habitual: burlas, insultos y hasta la divulgación pública del número de teléfono personal de Graham durante un mitin. Política estadounidense en estado puro; el barro no se servía en cucharilla.
El giro que definió su última década
Después de la victoria electoral de Trump, Graham cambió de rumbo. Se convirtió progresivamente en confidente del presidente, compañero habitual de golf y defensor de su Administración dentro del Senado. Explicó aquel acercamiento como una obligación institucional: tras unas elecciones, decía, correspondía ayudar al mandatario a gobernar y ejercer la crítica desde una posición útil. El argumento tenía lógica. También una extraordinaria elasticidad.
La alianza resistió incluso momentos de aparente ruptura. Tras el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, Graham afirmó que había llegado el momento de apartarse de Trump. Duró poco. Regresó a su órbita y, durante el segundo mandato presidencial, mantuvo influencia directa sobre asuntos como Rusia, Irán, Ucrania e Israel. Su cercanía no eliminaba todas las discrepancias, pero lo situaba en un espacio privilegiado: era uno de los pocos republicanos capaces de hablar el idioma de Trump y, a la vez, entender los pasillos más antiguos del Senado.
Graham había presidido el Comité Judicial del Senado durante la primera etapa de Trump y desempeñó un papel central en la confirmación de Amy Coney Barrett para el Tribunal Supremo en 2020. Aquella operación consolidó la mayoría conservadora en la máxima instancia judicial del país, una herencia política bastante más duradera que cualquier discurso de campaña.
El halcón que nunca abandonó la política exterior
Antes que trumpista, Graham fue un halcón republicano. Defendía un gasto militar elevado, una política exterior intervencionista y el empleo de la fuerza como instrumento legítimo para proteger los intereses de Estados Unidos. En un Partido Republicano cada vez más seducido por el repliegue y el «Estados Unidos primero», representaba una tradición anterior: la de Ronald Reagan, George W. Bush y John McCain.
McCain fue su gran amigo y compañero político. Junto con el independiente Joe Lieberman formaron el grupo informal conocido como los «Tres Amigos», viajeros persistentes a bases militares, países en guerra y capitales donde la democracia solía llevar casco. Graham heredó de McCain una visión casi moral de la política internacional: Estados Unidos, sostenía, no podía limitarse a observar las crisis desde la grada.
Su actividad final retrata bien esa filosofía. El 10 de julio se encontraba en Kyiv, en su décima visita a Ucrania desde el inicio de la invasión rusa a gran escala. Allí analizó con Zelenski las necesidades urgentes de sistemas antiaéreos y el proyecto de sanciones destinado a golpear los ingresos que financian la guerra de Moscú. Graham sostenía que China podía presionar a Rusia y que la Administración Trump estaba dispuesta a impulsar el paquete sancionador.
También fue un defensor inflexible de la alianza entre Estados Unidos e Israel y una de las voces más duras contra Irán. Aplaudió las acciones militares estadounidenses contra instalaciones nucleares iraníes y reclamó medidas severas para frenar sus programas nuclear y de misiles. Sus adversarios lo acusaban de contemplar demasiados problemas a través del visor de una intervención militar; sus partidarios respondían que comprendía mejor que otros el coste de mostrar debilidad. No era un debate menor. Tampoco está resuelto.
Treinta años en Washington y un escaño en disputa
Lindsey Olin Graham nació el 9 de julio de 1955 en Central, una pequeña localidad de Carolina del Sur. Creció en una familia trabajadora que regentaba un restaurante y una sala de billar, y fue el primer miembro de su familia que llegó a la universidad. Estudió Psicología y Derecho en la Universidad de Carolina del Sur antes de incorporarse a las Fuerzas Aéreas como abogado militar.
Pasó seis años y medio en servicio activo y estuvo destinado en la base aérea de Rhein-Main, en Alemania. Más tarde se integró en la Guardia Nacional Aérea de Carolina del Sur y en la reserva. Participó en tareas relacionadas con la primera guerra del Golfo y realizó periodos de servicio en Irak y Afganistán durante los recesos del Congreso. Se retiró en 2015 con el grado de coronel, después de 33 años vinculado al uniforme.
Su carrera electoral comenzó en la Cámara de Representantes de Carolina del Sur. En 1994 ganó un escaño en la Cámara de Representantes federal y, ocho años después, fue elegido senador para suceder al histórico Strom Thurmond. Tomó posesión en enero de 2003 y fue reelegido en 2008, 2014 y 2020, consolidándose como una de las voces más reconocibles del Senado estadounidense.
No toda su trayectoria encajó limpiamente en las casillas partidistas. Participó en 2013 en el llamado Grupo de los Ocho, la coalición de senadores republicanos y demócratas que impulsó una reforma migratoria integral. El proyecto incluía una vía hacia la ciudadanía para inmigrantes sin autorización legal, superó el Senado con 68 votos y murió después en la Cámara de Representantes. Aquella postura le ganó acusaciones de traición entre sectores conservadores. A Graham, que podía ser implacable en política exterior y negociador en inmigración, las contradicciones le sentaban como una americana vieja: algo arrugada, pero hecha a medida.
En el momento de su muerte presidía el Comité de Presupuestos del Senado y formaba parte de los comités de Asignaciones, Judicial y Medio Ambiente y Obras Públicas. Desde Presupuestos había dirigido el procedimiento de reconciliación, la vía parlamentaria que permite aprobar determinadas medidas fiscales y presupuestarias sin superar el bloqueo de 60 votos exigido frente a una obstrucción demócrata.
Qué ocurre con su escaño y la candidatura republicana
El fallecimiento abre dos procesos distintos. El primero afecta al escaño que Graham ocupaba hasta enero de 2027. La legislación de Carolina del Sur permite al gobernador cubrir temporalmente una vacante en el Senado, por lo que el republicano Henry McMaster deberá designar a un sustituto que ejercerá hasta el relevo surgido de las urnas.
Hasta que se produzca el nombramiento, la mayoría republicana pasa provisionalmente de 53-47 a 52 senadores republicanos, 47 demócratas e independientes y una vacante. El control de la Cámara Alta no cambia de manos, pero cada ausencia cuenta en un Senado estrecho, donde las enfermedades, los viajes y las discrepancias internas pueden convertir una votación rutinaria en una partida de ajedrez con piezas prestadas.
El segundo proceso afecta a las elecciones del 3 de noviembre. Graham había ganado las primarias republicanas del 9 de junio y debía enfrentarse a la demócrata Annie Andrews. Como había sido elegido mediante primarias, la normativa estatal prevé una primaria especial para designar a su sustituto electoral y completar la candidatura del Partido Republicano.
El sustituto temporal nombrado por McMaster y el nuevo candidato republicano no tienen que ser necesariamente la misma persona. Uno ocupará durante unos meses el escaño vigente; el otro competirá por el mandato completo que comienza en enero de 2027. Pueden coincidir, claro, pero son decisiones jurídicas y políticas diferentes. Ahí empezarán las maniobras, discretas solo en teoría, dentro de un Partido Republicano estatal que domina Carolina del Sur pero pierde de golpe a su figura más veterana.
Una voz difícil de reemplazar dentro del trumpismo
Graham deja una biografía llena de curvas: militar y legislador, conservador y negociador ocasional, enemigo verbal de Trump y después aliado casi familiar. Su evolución resumió el desplazamiento del Partido Republicano durante la última década, desde el internacionalismo de McCain hasta el liderazgo personalista de Trump. Él consiguió habitar ambos mundos, no sin contradicciones ni facturas pendientes.
Su desaparición se notará especialmente en política exterior. Trump pierde a un interlocutor que defendía una línea dura contra Irán y Rusia sin renunciar al apoyo a Ucrania y la OTAN, posiciones que chocaban con la corriente aislacionista del movimiento MAGA. El Senado pierde experiencia y memoria institucional, además de una personalidad que rara vez pasaba inadvertida. Carolina del Sur, mientras tanto, deberá elegir deprisa quién ocupa una silla construida durante más de veinte años.
Lindsey Graham era de esos políticos a los que sus seguidores consideraban imprescindibles y sus críticos, exasperantes. A veces ambas cosas eran ciertas a la vez. Su muerte no borra las polémicas ni convierte cada decisión en virtud; tampoco reduce su peso histórico. Con él desaparece uno de los últimos puentes entre el viejo republicanismo intervencionista y el partido moldeado por Trump, un puente peculiar, ruidoso y, hasta este fin de semana, sorprendentemente resistente.

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