Síguenos

Historia

Muere Jordi Amorós, Ja: vida, El Papus y legado del humor incómodo

Jordi Amorós, Ja, muere a los 82 años y deja una huella feroz en El Papus, la animación adulta española y la sátira incómoda de la Transición

Publicado

el

Muere Jordi Amorós

Jordi Amorós i Ballester, conocido como Ja, ha muerto en Vic el 24 de mayo de 2026, a los 82 años, dejando atrás una de esas carreras que parecen escritas con tinta china, mala leche y una paciencia democrática a prueba de juzgados. Fue dibujante, guionista, publicista, animador, productor y director, pero reducirlo a una etiqueta sería como meter una bomba de El Papus en una cajita de regalo: no encaja, hace ruido y probablemente acaba salpicando a alguien. Nacido en Barcelona el 7 de abril de 1944, Amorós pertenece a una generación que convirtió la viñeta en contrapoder, en desahogo y en una forma de libertad cuando la libertad todavía venía con letra pequeña.

La noticia golpea especialmente a quienes entienden el humor gráfico español no como un adorno de periódico, sino como una forma de higiene mental, de mala educación necesaria frente a los solemnes. Amorós fue uno de los nombres míticos de El Papus, la revista satírica que durante la Transición tensó los nervios del país con una mezcla de sexo, política, anticlericalismo, barrio, mugre y libertad recién estrenada. También dirigió Historias de amor y masacre, considerada la primera película española de animación adulta, una rareza feroz que nació demasiado pronto para gustar a casi nadie y lo bastante pronto para convertirse, décadas después, en pieza de culto. Sobre la causa concreta de la muerte, no se ha difundido públicamente una explicación oficial.

El dibujante que convirtió el trazo feo en libertad

Amorós no dibujaba bonito en el sentido domesticado de la palabra. Su estilo parecía hecho deprisa, con el pulso de quien sabe que la idea se evapora si uno se demora demasiado. Un trazo rápido, sucio, espontáneo, casi de cuchillo sobre mesa de bar. Quienes han estudiado su obra han señalado muchas veces esa velocidad como una marca de fábrica: no era descuido, era temperatura. El dibujo no funcionaba como decoración; era un artefacto para que la broma llegara viva, todavía caliente, con olor a imprenta, a cenicero y a país recién levantado de una noche demasiado larga.

Su dibujo se movía dentro de una corriente feísta, influida por cierta tradición europea de caricatura corrosiva, donde lo importante no era acariciar el ojo sino pincharlo un poco. Feísta no quería decir torpe. Quería decir incómodo. Un dibujo sin barniz, sin aspiración de postal, sin ese gusto burgués por la línea limpia que deja el mundo igual de ordenado que antes. Ja dibujaba cuerpos raros, curas obscenos, pobres humillados, ricos grotescos, instituciones con barriga moral. Todo con una energía algo salvaje. Como si el lápiz se negara a pedir permiso.

Ese feísmo fue también una posición política, aunque Amorós no necesitaba ponerse solemne para ejercerla. En sus viñetas había una desconfianza profunda hacia el poder, hacia la moral vigilante, hacia la autoridad que da lecciones y luego esconde la mano. La sátira, en su caso, no era un chiste simpático para cerrar página. Era una pedrada. Una pedrada con dibujo, sí, pero pedrada al fin. De las que no matan; de las que despiertan. Y en aquella España, despertar no siempre era bien recibido.

El Papus, los juzgados y la Transición menos pulcra

La trayectoria de Ja queda pegada a El Papus, esa revista que España suele recordar menos de lo que debería, quizá porque la memoria oficial prefiere la Transición con chaqueta, consenso y moqueta. El Papus fue otra cosa: papel barato, rabia, sexualidad, bronca, inteligencia callejera y una voluntad casi suicida de publicar lo que todavía olía a prohibido. Fue una de las revistas satíricas más populares de la época, con tiradas muy altas para un producto tan incómodo, tan poco dispuesto a sonreír en la foto de familia.

En esa casa, Amorós encontró una temperatura adecuada para su talento. Allí nacieron o crecieron series como Encuesta Papus y Sor Angustias de la Cruz, una monja anticlerical que condensaba buena parte del mundo de Ja: religión, deseo, represión, absurdo y un gusto nada tímido por dinamitar las buenas costumbres. Fue uno de los grandes nombres de la revista y llegó a afrontar decenas de denuncias, además de problemas judiciales que hoy parecen casi inverosímiles, aunque entonces formaban parte del paisaje. El chiste, cuando iba en serio, podía acabar en despacho oficial.

La anécdota judicial que él mismo contó resume mejor que cualquier tesis el país de entonces. Después de la reprimenda, de los insultos y de las amenazas de sanción, el juez le pedía un dibujo para sus hijos. La escena parece inventada por un guionista con mala leche, pero no: era España haciendo de España. El poder te castigaba por subversivo y luego quería llevarse a casa una viñeta dedicada. Un sainete con toga. O una postal moral de la Transición, según se mire.

También está la parte oscura, la que no permite nostalgia fácil. El 20 de septiembre de 1977, una facción de extrema derecha envió un paquete bomba a la redacción de El Papus, en la calle Tallers de Barcelona. Murió el conserje Joan Peñalver y varias personas resultaron heridas. Amorós estaba llegando a la redacción cuando explotó la bomba. La democracia española también se contó así: con portadas secuestradas, amenazas, querellas y sangre en una escalera. No todo fue pacto, abrazo y fotografía en blanco y negro.

Ese dato importa porque coloca su humor donde corresponde. No era provocación de salón. No era un juego de niños ricos jugando a escandalizar. En aquel ecosistema, dibujar podía traer consecuencias reales. La censura había mordido antes y siguió mordiendo después. En 1975, su libro Humor sexual sano fue censurado y retirado del mercado. La España que salía de la dictadura toleraba mal el sexo cuando no venía bendecido, y toleraba aún peor la risa cuando señalaba a los de siempre.

Historias de amor y masacre, la película que llegó antes

La otra gran frontera de Amorós fue la animación. No la animación infantil de animalitos simpáticos y moraleja de domingo, sino una animación adulta, incómoda, negra, hecha para reventar expectativas. Historias de amor y masacre, producida por Equip y dirigida por Ja, reunió a figuras enormes del humor gráfico español como Chumy Chúmez, El Perich, Ivà, Fer, Gila, Óscar Nebreda y el propio Amorós. La película se estrenó en el contexto de una España que todavía estaba aprendiendo a mirar sin pedir permiso, aunque no siempre sabía qué hacer con lo que veía.

La cinta ha quedado registrada como el primer largometraje español de animación para adultos, una etiqueta que suena académica pero que, en realidad, esconde una aventura bastante suicida. No había mercado claro, no había costumbre, no había una industria preparada para vender dibujos animados que no fueran para niños. Y encima el contenido era ácido, sexual, primitivo, cruel, grotesco. Vamos, todo aquello que una sociedad recién salida del corsé decía querer ver… hasta que lo veía.

La première en A Coruña se convirtió en una escena casi de película dentro de la película. Amorós recordó años después que los organizadores lo sacaron por la puerta de atrás porque el público estaba furioso. Aquello no fue una alfombra roja; fue más bien una evacuación. En otro país, la anécdota habría servido para vender entradas. Aquí sirvió para confirmar que la obra había nacido con un pie en el futuro y otro en una taquilla vacía.

La producción fue artesanal hasta decir basta. Amorós y su pequeño estudio trabajaban con métodos de urgencia, dibujando directamente sobre acetato, con plumilla, tinta y hasta un secador de mano para ganar tiempo. Él lo llamaba animación jazz, una expresión preciosa porque dice justo lo que era aquello: improvisación, ritmo, riesgo, oficio y una cierta voluntad de tocar desafinado para que la pieza respirara. No era una maquinaria perfecta; era una banda tocando en un sótano mientras arriba todavía mandaban los vecinos de siempre.

Comercialmente, la película fue un fracaso. En Zaragoza la retiraron enseguida; en Barcelona apenas resistió un par de semanas. Tampoco la crítica la abrazó con entusiasmo. Pero algunas obras tienen esa mala costumbre: fracasan primero y después empiezan a crecer en la sombra. Historias de amor y masacre fue recuperada y reivindicada con el tiempo, sobre todo cuando se empezó a entender que no era una extravagancia menor, sino una pieza fundacional de la animación adulta española.

Mofli, Despertaferro y una vida dentro del dibujo animado

Aunque el gran público lo asociara sobre todo a la viñeta satírica, Amorós tenía una relación profunda con el dibujo animado. Había empezado en estudios de publicidad en los años 60 y en 1974 fundó, junto a Víctor Luna, la productora Equip. La publicidad le daba oficio, dinero y músculo técnico; el cómic le daba libertad, rabia y personajes. De la mezcla salió una obra difícil de clasificar, entre la industria posible y el deseo de hacer algo que no pidiera perdón.

Después de Historias de amor y masacre llegaron otros trabajos relevantes. Dirigió Mofli, el último koala, serie de 1986 que muchos espectadores recuerdan desde otro lugar emocional, más televisivo y menos salvaje, y también Despertaferro!, estrenada en 1990, una producción ambiciosa vinculada a la historia de la animación catalana. También aparecen en su trayectoria títulos como Gugu, premiado en Cataluña, y la creación de la productora Cine Nic, con la que continuó explorando las posibilidades del dibujo en movimiento.

Esa doble vida —viñeta y animación— explica bien su singularidad. España ha tratado demasiadas veces la animación como un género menor, una habitación infantil dentro de la casa del cine. Amorós la entendía como un lenguaje adulto, capaz de hablar de sexo, violencia, religión, miseria, política y deseo sin necesidad de convertirse en sermón. Sus dibujos podían moverse, pero no se domesticaban al moverse. Seguían teniendo dientes.

También hay una enseñanza industrial en su carrera. Hacer animación adulta en España, en los años 70 y 80, era caminar por una cuerda floja con los bolsillos llenos de piedras. Faltaban financiación, circuito, público entrenado, distribuidores valientes. Sobraban prejuicios. Por eso su figura no pertenece solo a la historia del humor gráfico, sino también a esa tradición de pioneros culturales que abren una puerta y luego ven cómo otros pasan años después, más cómodos, más presentables, con menos barro en los zapatos.

De El Jueves a Mongolia: irreverencia de largo recorrido

Amorós no se quedó congelado en El Papus, aunque El Papus lo explique tanto. También fue una firma destacada en El Jueves, donde publicó series como Amor & Masacre Storis y Obispo Morales. Esta última, protagonizada por un alto cargo eclesiástico entregado a situaciones grotescas y escatológicas, llevaba el anticlericalismo de Ja a una caricatura brutal, poco apta para estómagos delicados y perfectamente coherente con su alergia a las instituciones que se envuelven en virtud.

El Obispo Morales condensaba una de sus obsesiones más fértiles: la distancia entre la moral predicada y la conducta real. Nada nuevo, dirá alguien. Exacto. Nada nuevo desde hace siglos. Pero cada época necesita quien lo dibuje con la suciedad justa para que no parezca una reflexión universitaria con café tibio. Ja lo hacía bajando al barro, sin pedir disculpas por el mal gusto cuando el buen gusto servía para tapar hipocresías.

Más tarde colaboró también con Mongolia, otra cabecera incómoda, heredera de esa tradición de sátira que no se conforma con hacer cosquillas al poder. El recuerdo de su paso por El Jueves lo mantiene ligado a Amor & Masacre Storis y Obispo Morales, dos trabajos que explican muy bien su temperatura creativa. La cadena generacional es evidente: de El Papus a El Jueves, de El Jueves a Mongolia, una línea rota y a la vez persistente de humor español que ha preferido el riesgo al incienso.

Su carrera, vista entera, no fue la de un francotirador ocasional, sino la de un profesional sostenido durante décadas. Eso también conviene decirlo. La irreverencia envejece mal cuando es solo pose; en Amorós envejeció como oficio. Mejor o peor recibido según la época, discutible a ratos, excesivo muchas veces, pero siempre reconocible. Tenía mundo propio. Y eso, en una cultura tan dada a fabricar perfiles intercambiables, vale bastante.

Un legado incómodo para una época que se ofende deprisa

El legado de Jordi Amorós no cabe en una necrológica amable, de esas que dejan al muerto convertido en estatua pequeña y manejable. Su obra obliga a una conversación más espinosa: qué hacemos con el humor que nació para molestar, qué lugar ocupa la sátira cuando cambian los límites sociales, cómo leemos hoy obras que fueron liberadoras en su tiempo y que ahora pueden resultar ásperas, incluso indigeribles. La respuesta fácil sería barnizarlo todo con nostalgia. La respuesta honesta es más interesante.

Ja fue hijo de una época reprimida y autor de una libertad a veces brutal. Sus viñetas salían de un país donde el sexo había sido pecado administrativo, la Iglesia seguía ocupando demasiado espacio, el Ejército todavía proyectaba sombra y la derecha violenta podía mandar bombas a una redacción. En ese paisaje, reírse de lo sagrado no era un pasatiempo de tertulia: era una forma de romper ventanas para que entrara aire. Luego el aire podía venir frío, claro. Pero entraba.

Eso no significa convertir cada chiste suyo en reliquia intocable. Algunas piezas envejecen con heridas visibles. Otras conservan intacta su potencia. Lo importante es leerlo en su complejidad, no como santo laico de la provocación ni como culpable retrospectivo de todas las incomodidades modernas. Amorós trabajó en el filo de una frontera: entre libertad y mal gusto, entre crítica y exceso, entre inteligencia y gamberrada. A veces acertaba como un rayo. A veces disparaba con metralla. Así era el material.

El recuerdo de colegas y lectores apunta a esa mezcla de admiración y desorden. Se le evoca como un autor capaz de romper los límites del humor y, de paso, cierta imagen pulcra de la Transición. Esa idea importa porque sitúa a Ja donde debe estar: no en el margen anecdótico, sino en el reverso menos cómodo de la historia cultural española. Fue parte de una generación que se rió de lo que daba miedo. Y eso, aunque suene fácil escrito desde un teclado limpio, no lo era.

La risa que no pedía permiso

Jordi Amorós deja una obra hecha de tinta rápida, películas imposibles, curas deformados, monjas insumisas, jueces contradictorios, taquillas vacías y lectores que aprendieron que el humor podía entrar en una habitación como entra una corriente de aire: levantando papeles, molestando a los resfriados, despeinando al respetable. Ja fue incómodo porque entendió muy pronto que una democracia sin sátira se queda coja, demasiado limpia, demasiado satisfecha de sí misma.

Su muerte en Vic cierra una vida larga, pero no ordena del todo el personaje. Mejor así. Los autores verdaderamente subversivos no se dejan colocar del todo en una estantería. Amorós pertenece a esa familia de dibujantes que hicieron del papel un territorio de desobediencia y del mal gusto, cuando tocaba, una herramienta contra el gusto oficial. España ha cambiado mucho desde El Papus. Por suerte. También ha olvidado demasiado. Por desgracia.

Recordarlo no es repetir que ya no se puede decir nada, esa cantinela perezosa que suele esconder pocas ganas de pensar. Recordarlo es aceptar algo más incómodo: hubo gente que se jugó bastante para poder dibujar lo que otros no querían ver. Jordi Amorós fue uno de ellos. Y su legado, con sus manchas y sus fogonazos, sigue ahí: riéndose bajo la mesa mientras los solemnes ordenan la vajilla.

Gracias por leerme y por pasarte por Don Porqué. Si te apetece seguir curioseando, arriba tienes la lupa para buscar más temas. Y si esto te ha gustado, compártelo: así la historia llegará un poco más lejos.

Lo más leído