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Por qué Susi Caramelo ya no sale en El Hormiguero: bronca y proyectos
La ausencia de Susi Caramelo en El Hormiguero deja una pista incómoda: bronca viral, agenda propia y un cambio televisivo sin ruptura clara.

La ausencia de Susi Caramelo en El Hormiguero no tiene, al menos por ahora, una explicación oficial con portazo, comunicado solemne y violines de despido. Lo que sí hay es una secuencia bastante clara: fue fichaje de la tertulia cómica, tuvo momentos visibles junto a Pablo Motos, protagonizó una escena incómoda en la llamada de la tarjeta y, después, su presencia pública dentro del ecosistema de Atresmedia empezó a desplazarse hacia otros proyectos propios. En televisión, a veces una desaparición no suena como una puerta cerrándose. A veces suena como una agenda que se llena por otro lado.
La pregunta se ha instalado porque Susi Caramelo encajaba en el programa como un calcetín de colores en un traje gris: ruido, descaro, improvisación, una comicidad menos planchada que la habitual. Su menor aparición no parece responder, con los datos disponibles, a una ruptura confirmada con Pablo Motos, aunque la bronca de octubre dejó carnaza suficiente para alimentar sospechas. El punto razonable está en otro sitio: no hay prueba pública de una mala relación, sí hay señales de reordenación profesional, proyecto propio, monólogos y una presencia en Atresmedia que no desaparece, sino que cambia de habitación.
La pista principal no está en la bronca, sino en la agenda
Para entender por qué ya no sale Susi Caramelo en El Hormiguero, conviene empezar por lo menos espectacular, que casi siempre es lo más sólido. Susi no llegó al programa como invitada ocasional perdida entre sofás y hormigas, sino como una de las incorporaciones de la temporada 19. Antena 3 presentó su fichaje para reforzar la tertulia cómica, junto a nombres como El Monaguillo, Luis Piedrahita y Marron. La operación tenía sentido: El Hormiguero necesitaba aire, competencia dura enfrente y perfiles capaces de generar clips, conversación y algo de desorden controlado.
Ese desorden era, precisamente, el producto. Susi Caramelo no es una colaboradora de línea recta. Su marca está en la salida lateral, en el comentario incómodo, en la anécdota que parece a punto de descarrilar y vuelve al carril en el último segundo. Ese tipo de humor funciona muy bien cuando el programa quiere parecer vivo, menos cuando la maquinaria necesita precisión de reloj suizo, sonrisa medida y cero interferencias con los patrocinadores. Y El Hormiguero, por mucho que vista de show familiar, es una máquina quirúrgica. Hace humor, sí, pero con cronómetro. Una cosa es hacer el cafre; otra, mover una pieza de un tablero millonario.
La última aparición claramente localizable en el entorno del programa sitúa a Susi dentro de la tertulia a finales de septiembre de 2025, cuando participó en una escena ligera junto a El Monaguillo, Marron, Luis Piedrahita y Pablo Motos. Pocos días después llegó el episodio de la llamada telefónica, ese momento de televisión que parece menor mientras ocurre y luego queda colgado como una lámpara torcida. Ahí empezó el runrún. No porque fuese un broncazo histórico —tampoco exageremos, que España ha sobrevivido a cosas peores—, sino porque condensaba una tensión: la espontaneidad de Susi frente al control absoluto del formato.
Qué ocurrió con Pablo Motos en la llamada de la tarjeta
La escena fue sencilla y, por eso mismo, tan fácil de convertir en titular. Susi Caramelo se encargó de una llamada del concurso de El Hormiguero, una de esas dinámicas en las que el espectador debe responder correctamente para llevarse el premio. La humorista, en su primera vez con esa tarea, metió humor donde el programa pedía claridad. Hizo una broma al teléfono, la persona al otro lado interpretó que podía tratarse de una tomadura de pelo y colgó. El plató rió, pero Pablo Motos no estaba exactamente en modo verbena.
El presentador le reprochó que no hiciera bromas porque podía parecer una broma la llamada entera. Después llegó el famoso “qué vergüenza”, amplificado por redes y por ese tribunal de guardia permanente que son las redes sociales. Susi pidió perdón, se justificó con naturalidad y acabó soltando una frase que, vista con perspectiva, resume bastante bien el choque: “No me dejéis hacer esto más”. La gracia estaba ahí, en su rendición teatral, en reconocer que quizá la habían puesto a pilotar un avión con manual de microondas.
El problema es que en televisión las bromas no siempre se quedan en bromas. Una bronca en directo puede ser puro gag, una exageración pactada, un calentón real o una mezcla de las tres cosas. En este caso, no hay datos públicos que permitan afirmar que aquello provocara su salida. Decirlo sería inventar una novela con tres clips y medio. Pero sí es legítimo señalar que el episodio reforzó la percepción de fricción entre dos estilos opuestos. Motos trabaja desde el mando, la autoridad del presentador que ordena la fiesta; Susi funciona mejor cuando parece que nadie sabe exactamente qué va a decir. Dos energías que pueden convivir. O rozar.
Una bronca no prueba una ruptura
El error habitual en estos casos es confundir un momento viral con una sentencia laboral. Que Pablo Motos abroncara a Susi Caramelo no significa automáticamente que hubiera un castigo, un veto o una salida pactada en caliente. El Hormiguero es un programa muy editado incluso cuando parece espontáneo; vive de esos pequeños incendios domésticos que luego se apagan con una carcajada, un corte a publicidad o una hormiga metiendo cucharada. Lo extraño no fue que hubiera tensión, sino que la tensión quedara tan desnuda.
Ahí entra el matiz importante. No consta que Susi Caramelo haya anunciado una mala relación con Pablo Motos. Al contrario, después se difundió una valoración suya en la que hablaba del presentador en términos amables, describiéndolo como una persona cercana y sin queja por su parte. Ese detalle no elimina las incomodidades del directo, pero enfría bastante la teoría del drama oscuro. La televisión española adora la palabra guerra porque cabe en cualquier titular, pero no todo roce es una guerra. A veces es solo un plató con egos, ritmos y guiones chocando como vasos en una barra.
El otro movimiento: Susi empezó a tener vida propia en Atresmedia
La hipótesis más sólida no apunta a una expulsión teatral, sino a un cambio televisivo con bastante lógica interna. Susi Caramelo no desapareció del mapa de Atresmedia. Eso es lo más relevante. Después de su etapa como colaboradora de El Hormiguero, la cadena la situó al frente de Amor a lo bestia, un formato de citas de Flooxer y Atresplayer basado en máscaras, prótesis y una idea muy televisiva: quitar la apariencia física del primer plano para jugar con la conexión emocional. Vamos, amor con látex, colmillos y criaturas rarísimas. En España, el romanticismo siempre acaba encontrando una esquina absurda donde instalarse.
Ese programa fue presentado como su proyecto en solitario dentro de Atresmedia, un salto nada menor. Una cosa es entrar cada lunes en una tertulia donde compites por segundos de atención con otros cómicos y con el dueño del cortijo. Otra es sostener un formato propio con tu voz, tu ritmo y tu manera de comentar lo que ocurre. En Amor a lo bestia, Susi aparece como presentadora y narradora, con espacio para una comicidad más personal, menos encajada en el molde de mesa coral. Y eso, para una profesional de su perfil, puede pesar más que cuatro intervenciones rápidas en access prime time.
También está el teatro. Su actividad pública mantiene monólogos y actuaciones en ciudades como Valencia, Santiago de Compostela y Torrejón de la Calzada. No es un detalle menor, porque el directo escénico exige agenda, desplazamientos, ensayos, promoción y energía. El monólogo no se hace con piloto automático. Es carretera, hotel, camerino pequeño, público respirando encima y esa adrenalina de saber que nadie va a salvarte si el chiste cae como una persiana rota.
Menos plató no significa menos trabajo
Desde fuera, cuando alguien deja de aparecer en un programa grande parece que se ha evaporado. Es una ilusión muy televisiva. Si no estás en el escaparate de mayor audiencia, parece que estás en casa mirando gotelé. Pero en el caso de Susi Caramelo ocurre lo contrario: hay señales de actividad en otros frentes. Proyecto propio en plataforma, monólogos, presencia en eventos, entrevistas y una continuidad dentro del circuito de Atresmedia. No es una retirada; es una dispersión.
El matiz importa porque El Hormiguero no es cualquier programa. Es un escaparate enorme, sí, pero también una pieza de engranaje. Para algunos perfiles, especialmente los de humor muy personal, estar ahí puede dar visibilidad y al mismo tiempo limitar el margen. El plató te presta audiencia, pero te cobra forma. Te da foco, pero decide desde dónde ilumina. Susi Caramelo siempre ha sido más interesante cuando parece poco domesticada, cuando el chiste lleva barro en los zapatos. En un formato tan milimetrado, esa virtud puede convertirse en problema logístico.
Por qué su ausencia se nota tanto
La ausencia de Susi se nota porque su presencia rompía una textura. El Hormiguero tiene desde hace años una mezcla muy reconocible: entrevista promocional, ciencia espectacular, tertulia de actualidad, humor de colaboradores, juegos, llamadas y una permanente sensación de familia televisiva que ya conoce dónde está cada taza. En ese ecosistema, Susi aportaba un humor más callejero, más desobediente, menos inclinado a pedir permiso antes de entrar.
No era una rareza absoluta, porque el programa ha tenido perfiles muy distintos. Pero sí funcionaba como contraste. Frente al humor de precisión de Luis Piedrahita, la hiperactividad de El Monaguillo o el tono más técnico de Marron, Susi llevaba otra temperatura. Más carne, más anécdota, más “esto me pasó a mí y os lo cuento aunque quizá no debería”. Ese tipo de colaborador genera momentos compartibles. También genera incomodidad. Y la incomodidad, en televisión comercial, es una especia peligrosa: un poco levanta el plato; demasiado lo arruina.
La televisión actual vive obsesionada con el clip. Un colaborador no solo debe funcionar en directo, debe sobrevivir a redes sociales, titulares, cortes de veinte segundos y reinterpretaciones furiosas. Susi Caramelo está hecha para el clip, pero no siempre para el clip obediente. Esa diferencia pesa. Un momento suyo puede volverse viral por divertido, por excesivo o por incómodo. A veces por las tres cosas a la vez. El programa, mientras tanto, necesita que cada viralidad vuelva al redil, que no parezca un caballo corriendo por Gran Vía.
El factor Broncano y la televisión de trincheras
Hay otro contexto que no conviene olvidar: El Hormiguero lleva tiempo dentro de una batalla simbólica por el access prime time, con La Revuelta como rival incómodo y con cada gesto convertido en munición. En ese clima, cualquier cambio de colaboradores, cualquier ausencia, cualquier frase de Pablo Motos o de un cómico deja de ser solo entretenimiento. Se transforma en lectura política, cultural, ideológica o generacional. Un país capaz de discutir media mañana por una silla de plató merece estudio antropológico. O descanso.
Susi Caramelo, por edad televisiva, estilo y procedencia, parecía una pieza útil para tender puentes con públicos menos tradicionales del programa. Una cómica más desacomplejada, con lenguaje de redes, con aire de reportera canalla y sin ese barniz de tertulia de club privado que a veces arrastra el formato. Pero precisamente por eso su encaje era delicado. El Hormiguero podía usar su frescura, pero no podía permitir que esa frescura pareciera descontrol. La libertad, en prime time comercial, suele venir con correa extensible.
Qué ha dicho Susi Caramelo sobre su salida
La parte más importante, y la menos jugosa para el cotilleo de alto octanaje, es esta: Susi Caramelo no ha explicado públicamente una salida traumática de El Hormiguero. No hay comunicado suyo denunciando un veto, ni entrevista confirmando una pelea, ni frase rotunda que permita cerrar el caso con martillo de juez. Lo que hay son apariciones, proyectos y comentarios aislados. Y una percepción del público, alimentada por la ausencia, de que algo cambió.
Sí se ha difundido una valoración positiva de Susi sobre Pablo Motos, en la que venía a decir que le parecía un tipo majo y cercano, sin queja. Ese comentario, aunque no sustituye a una explicación formal, desactiva bastante el relato del enfrentamiento irreversible. Podría haber diferencias de estilo, claro. Podría haber decisiones de producción, agenda, conveniencia o simple rotación de colaboradores. Pero una mala relación personal no está acreditada. Y en periodismo, aunque a veces fastidie la espuma del titular, lo no acreditado no se vende como hecho.
También hay que recordar que los colaboradores de programas de entretenimiento no siempre tienen continuidad lineal. Unas secciones entran, otras salen, algunas vuelven, otras se diluyen sin funeral. La televisión no siempre hace necrológicas de sus propios cambios. A veces simplemente deja de llamar tanto a alguien. A veces lo reserva para otro momento. A veces el calendario no cuadra. A veces el público inventa un misterio porque la alternativa —agenda y programación— suena menos sexy que una conspiración en pasillos.
La explicación más probable: menos hueco, más proyectos y ningún portazo probado
Con las piezas disponibles, la lectura más prudente es que Susi Caramelo redujo su presencia en El Hormiguero por una combinación de agenda, proyectos propios y reordenación del programa, no por una ruptura demostrada con Pablo Motos. La bronca de la llamada existe, fue real y dejó una imagen áspera. Pero convertirla en causa única de su desaparición sería demasiado cómodo. Demasiado televisivo incluso para la televisión.
La propia evolución de Atresmedia apunta en otra dirección. Si una cadena quisiera apartar a una colaboradora por conflicto grave, no parece lógico entregarle poco después un formato propio dentro de su ecosistema digital. Amor a lo bestia no fue una limosna televisiva: fue una apuesta, pequeña o mediana, pero apuesta. La situó como presentadora, le dio narración y la utilizó como rostro reconocible para un formato que dependía mucho del tono. Eso habla más de confianza que de castigo.
Otra cosa es que El Hormiguero haya decidido no apoyarse tanto en ella en la temporada siguiente o que su papel haya quedado menos visible ante nuevas incorporaciones y ajustes del programa. En 2025, la cadena presentó novedades como Esperansa Grasia y nuevas secciones de Juan Carlos Ortega. La maquinaria siguió, como siempre sigue. En ese movimiento, algunos nombres brillan menos. No porque hayan muerto televisivamente, sino porque el foco se mueve con una facilidad casi cruel.
Susi encaja mejor cuando manda sobre su propio caos
Hay una idea de fondo que explica bastante. Susi Caramelo necesita margen. No un océano, pero sí una piscina donde salpicar. En una tertulia de El Hormiguero, su humor dependía de encontrar huecos entre intervenciones, ritmos de mesa y el control de Pablo Motos. En un monólogo o en un formato donde presenta y narra, el caos es suyo. Lo administra mejor. Lo afila. Lo convierte en estilo y no en accidente.
Por eso su menor presencia en el programa puede ser, incluso, una noticia menos dramática de lo que parece. No todos los fichajes televisivos están pensados para durar años en el mismo asiento. Algunos sirven para abrir una etapa, probar química, generar ruido, lanzar un perfil dentro del grupo y después moverlo a otra zona. Atresmedia ha hecho eso muchas veces: convierte caras en piezas, piezas en formatos y formatos en catálogo. La poesía queda para otro día. Aquí manda la parrilla.
Una ausencia que dice más del formato que del ruido
La desaparición parcial de Susi Caramelo de El Hormiguero deja una respuesta bastante menos inflamable que el rumor: no hay constancia pública de un enfrentamiento definitivo con Pablo Motos, no hay anuncio oficial de despido y sí hay una trayectoria reciente con proyectos propios, monólogos y presencia dentro de Atresmedia. La bronca de octubre sirve para entender por qué el público sospecha, pero no basta para explicar toda la película. Es una escena, no el guion entero.
Quizá Susi vuelva en algún momento. Quizá no. Quizá el programa la use de forma puntual o quizá su camino televisivo vaya por formatos donde su humor respire con menos corbata. Lo que parece claro es que su ausencia dice mucho de la televisión actual: todo el mundo quiere naturalidad, pero solo hasta que la naturalidad descuelga mal una llamada de 12.000 euros. Entonces aparece el orden, entra el presentador serio y el plató recuerda quién manda. Susi Caramelo no ha desaparecido; simplemente, por ahora, ya no ocupa el mismo sitio en el hormiguero. Y eso, visto lo visto, puede ser menos castigo que mudanza.

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