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Naturaleza

Perros asilvestrados cazan como lobos y sacuden Asturias

Perros que cazan como lobos sacuden Asturias y reabren el debate sobre ganado, censos, daños y gestión real del monte cantábrico

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uno de los Perros asilvestrados

Asturias acaba de abrir una grieta incómoda en uno de los debates rurales más enquistados de España: el del lobo, el ganado y los daños en la montaña. El Fondo para la Protección de los Animales Salvajes, FAPAS, sostiene que tras ocho años de fototrampeo ha documentado manadas de perros, algunos incluso con collar, patrullando corredores usados por el lobo ibérico y atacando ganado en la cordillera Cantábrica. No es una anécdota de pueblo ni una escena de sobremesa con exageración incorporada; es una denuncia basada en cámaras, seguimiento de campo y una constatación que, según la organización, no habían visto en más de cuatro décadas de trabajo sobre fauna cantábrica.

La parte más delicada no es solo que haya perros sueltos en el monte. Eso, por desgracia, no sorprende a nadie que haya pisado una majada con niebla, barro y más silencio del razonable. Lo nuevo es que FAPAS describe grupos organizados de perros ocupando espacios donde antes había lobos, moviéndose por los mismos pasos y reproduciendo una conducta de caza que complica una pregunta esencial: cuántos daños atribuidos al lobo son realmente del lobo y cuántos pertenecen a esa fauna doméstica descontrolada que entra y sale del paisaje como si el monte fuera un patio trasero.

Una señal incómoda en el monte asturiano

El hallazgo cae en un momento especialmente áspero. Asturias mantiene activo un programa de control del lobo para la campaña 2025-2026 que autoriza la extracción de hasta 53 ejemplares, sobre una población regional estimada por el Principado en unos 345 lobos. El Gobierno autonómico defiende que el objetivo es compatibilizar la ganadería extensiva con la conservación del lobo ibérico, apoyándose en censos, seguimiento de daños, conflictividad social y disponibilidad de presas silvestres. En el papel, todo suena ordenado. En el monte, ya se sabe, el papel se moja enseguida.

El conflicto se vuelve más resbaladizo porque FAPAS cuestiona precisamente la base demográfica sobre la que se toman decisiones de control. La organización estima que las manadas asturianas no tendrían ocho o nueve ejemplares de media, como entiende la administración en sus cálculos, sino cuatro o cinco. Con esa diferencia, la foto cambia bastante: de una población oficial cercana a los 360 o 405 lobos se pasaría, según sus cálculos, a una horquilla de 180 a 225. Es una diferencia enorme, casi un desfiladero estadístico. Y de esas diferencias nacen cupos, autorizaciones, indemnizaciones, titulares y broncas.

En paralelo, el último censo nacional coordinado del lobo ha situado en España más de 300 manadas, con una presencia concentrada en el noroeste peninsular y una recuperación desigual según territorios. Es decir: el mapa general puede mostrar señales de mejora y, al mismo tiempo, una zona concreta puede estar perdiendo estabilidad. La especie no se comporta como una cifra en una pantalla. El lobo mejora en unos lugares, retrocede en otros y se fragmenta donde la presión humana aprieta demasiado. Ambas cosas pueden ser verdad a la vez, aunque en España esa simultaneidad nos dé urticaria.

El agujero entre el censo oficial y el censo de campo

El punto central del caso asturiano no es una discusión romántica entre defensores del lobo y ganaderos cansados de perder animales. La cuestión es técnica, y por eso resulta más grave. Si una administración calcula que hay muchas más manadas o muchos más ejemplares de los que realmente sobreviven en una zona, puede autorizar controles que rompan grupos familiares estables. Y cuando una manada se rompe, no desaparece solo un número: desaparece una estructura social, una jerarquía, una manera de ocupar el territorio y de mantener a raya a otros competidores.

Ahí entra el concepto de nicho ecológico, una expresión que suena de manual universitario pero se entiende mejor con barro en las botas. Un nicho es el papel que una especie desempeña en un ecosistema: dónde caza, qué presas busca, por dónde se mueve, a quién desplaza, qué equilibrio impone. Si el lobo abandona un corredor o queda reducido hasta no poder sostenerlo, ese hueco no queda vacío mucho tiempo. La naturaleza detesta los apartamentos sin inquilino. FAPAS sostiene que en algunas zonas de la cordillera ese espacio lo están ocupando perros asilvestrados, abandonados o directamente domésticos que salen en grupo a cazar.

Aquí conviene afinar, porque no todos los perros que aparecen en el monte son iguales. Un perro asilvestrado es aquel que ha perdido el control humano efectivo y se comporta de forma autónoma; un perro abandonado puede transitar hacia esa situación; un perro doméstico suelto, con dueño y collar, puede participar en ataques sin ser técnicamente salvaje. Esa última posibilidad es la más incómoda, porque rompe la explicación sencilla. No sería solo un problema de animales abandonados, sino también de tenencia irresponsable, de perros que vuelven a casa después de una noche de caza y de daños que tal vez terminan en el expediente equivocado.

Fototrampeo, collares y una huella que no siempre dice la verdad

El fototrampeo no es una cámara bonita puesta para ganar concursos de naturaleza. Son equipos instalados durante meses, a veces años, que se activan con movimiento o calor y permiten saber quién pasa por un corredor cuando nadie mira: lobos, osos, jabalíes, corzos, perros. En este caso, FAPAS afirma que sus cámaras han captado grupos de cuatro a seis perros recorriendo pasos utilizados por lobos y actuando con actitud de caza activa. Algunas imágenes mostrarían perros con collar, lo que añade un matiz casi grotesco: el depredador con dueño, el salvaje de fin de semana.

El problema no termina cuando se encuentra un animal muerto. Distinguir un ataque de lobo de uno de perro puede ser más difícil de lo que parece, sobre todo cuando el cadáver llega tarde a la inspección, ha sido movido, hay carroñeros de por medio o la escena está alterada. Las marcas de mordida, las huellas y el tipo de persecución ofrecen pistas, pero no siempre una certeza absoluta. Traducido al lenguaje normal: la dentellada no siempre firma con DNI.

Ese detalle pesa mucho en las indemnizaciones y en la política. Si un ataque se atribuye al lobo, entra en un circuito administrativo, económico y emocional muy concreto. Si lo causó un perro, el responsable puede ser otro, la prevención cambia y el relato público también. FAPAS ha señalado incluso imágenes de un perro atacando un rebaño y escapando con un cordero, un daño que, según su lectura, podría acabar registrado como lobuno. No es poca cosa. En un debate tan cargado, un error de autoría no es una errata: es gasolina.

El problema para el ganadero: daños, indemnizaciones y culpables borrosos

La ganadería extensiva asturiana vive desde hace años en una tensión real. No hace falta caricaturizar al ganadero como enemigo de la biodiversidad ni al ecologista como urbanita con prismáticos nuevos. Hay terneros muertos, ovejas heridas, potros desaparecidos, explotaciones pequeñas con márgenes ridículos y una sensación de abandono que en los pueblos no se teoriza: se mastica. El Principado ha llegado a registrar miles de animales dañados en un solo ejercicio, con afecciones especialmente en vacuno, ovino y equino, y con indemnizaciones millonarias. Dinero público, sí. Pero también noches sin dormir, animales perdidos y una bronca moral que nadie indemniza.

La aparición de perros organizados no reduce ese sufrimiento; lo enreda. Para el ganadero, el resultado inmediato es el mismo: una baja, una cría perdida, una mañana de rabia, papeleo, espera y desconfianza. Pero para diseñar soluciones, no da igual el autor. Frente al lobo se habla de mastines, cercados, pastores eléctricos, vigilancia, retirada rápida de carroña, adaptación de manejos y, en algunos casos, controles. Frente a perros con dueño o perros abandonados, se abre otro melón: identificación, sanciones, control municipal, refugios saturados, microchips, abandono, vigilancia nocturna y responsabilidad civil.

El Estado y las autonomías llevan años gestionando el conflicto como si hubiese dos bandos fijos: el lobo y el ganadero. La denuncia de FAPAS introduce un tercer actor, menos épico y bastante más prosaico: el perro incontrolado. No tiene el aura del gran carnívoro ni la mala fama literaria del lobo, pero puede causar daños graves, moverse en grupo y aprovechar la cercanía humana con una tranquilidad que el lobo no suele permitirse. El perro conoce caminos, olores, cuadras, horarios. Puede volver al pueblo sin parecer una amenaza. Ahí está parte del peligro: en su normalidad.

El riesgo político es evidente. Si todo daño se convierte en argumento contra el lobo, aunque no siempre lo cause el lobo, se construyen políticas públicas sobre una foto borrosa. Y una foto borrosa, cuando hay escopetas administrativas de por medio, deja de ser borrosa para convertirse en peligrosa. Esto no exonera al lobo de los ataques que sí comete. Sería absurdo. El lobo depreda, también sobre ganado cuando encuentra oportunidad. Pero confundir depredadores puede llevar a matar lobos y seguir teniendo daños, porque el problema real sigue entrando por el mismo portillo.

Qué cambia si un perro ocupa el lugar del lobo

Un lobo no es un perro con mala prensa. Aunque compartan familia biológica, su comportamiento social, su relación con el ser humano y su papel ecológico no son equivalentes. El lobo tiende a evitar al hombre, mantiene territorios, selecciona presas y forma grupos con una estructura compleja. Un grupo de perros sueltos puede carecer de esa estabilidad y actuar con una mezcla extraña de aprendizaje doméstico y conducta depredadora. No teme igual, no caza igual siempre, no se gestiona igual y no encaja igual en el ecosistema.

La sustitución parcial de lobos por perros, si se confirma con continuidad y en más zonas, plantearía varios impactos. Primero, sobre la fauna silvestre joven: corzos, rebecos, crías de jabalí, aves que nidifican en suelo, pequeños mamíferos. Segundo, sobre el ganado menor, más vulnerable a ataques rápidos. Tercero, sobre la sanidad animal, porque los perros pueden circular entre pueblos, explotaciones y monte, transportando parásitos o enfermedades. Cuarto, sobre el propio lobo, por competencia, molestias e incluso riesgo de hibridación. El monte no es una postal, es una red de tensiones finas; si tiras de un hilo, vibra toda la tela.

Hay otro aspecto menos visible: el miedo. Un lobo en una zona de montaña suele imponer una disciplina ecológica. Su presencia modifica el comportamiento de presas y competidores, ordena movimientos, marca límites invisibles. Cuando ese depredador desaparece o se debilita, el territorio pierde una autoridad natural. Si lo ocupa una jauría de perros sin el mismo patrón ecológico, el resultado no es una versión amable del lobo, sino algo más caótico. Un depredador doméstico descontrolado es, en cierto modo, una contradicción con patas: vive cerca del hombre, pero actúa fuera de sus reglas.

De ahí que la discusión sobre el lobo no pueda reducirse a más o menos ejemplares abatidos. La pregunta útil es otra: qué combinación de medidas reduce de verdad los daños, conserva manadas funcionales y evita que el vacío lo llenen animales peor gestionados. Los mastines bien introducidos, los cierres nocturnos, los vallados adecuados y la presencia humana siguen siendo herramientas esenciales en muchas explotaciones, pero necesitan dinero, acompañamiento técnico y constancia. No basta con soltar una subvención y esperar que el paisaje se autoadministre como una hoja de cálculo.

La política del lobo vuelve al barro

El marco legal tampoco ayuda a enfriar los ánimos. En los últimos años, la protección del lobo ha sido uno de los campos de batalla más ásperos entre administraciones, organizaciones ecologistas, partidos y ganaderos del norte peninsular. El debate sobre la caza del lobo al norte del Duero, los controles autonómicos y la inclusión o retirada de distintas figuras de protección ha convertido al animal en algo más que una especie: un símbolo político, un termómetro rural y, a veces, una excusa estupenda para no hablar de todo lo demás.

En Asturias, el programa autonómico insiste en la compatibilidad entre ganadería y conservación, y fija extracciones selectivas por zonas con presencia habitual de lobo. El plan divide el territorio en áreas con distinta conflictividad, presencia de manadas reproductoras y registro de daños. Sobre el papel, otra vez, aparece la palabra mágica: equilibrio. Pero el equilibrio mal medido no equilibra; desplaza el problema unos metros más allá, justo donde la cámara de fototrampeo empieza a grabar perros.

La reacción ganadera ante la tesis de FAPAS tampoco ha sido uniforme ni pacífica. Sectores del campo han rechazado que las jaurías de perros puedan estar sustituyendo al lobo de forma relevante, aunque admiten ataques puntuales de perros. Es comprensible que muchos ganaderos sospechen de cualquier argumento que parezca diluir el peso del lobo en los daños que sufren. Llevan años escuchando teorías desde despachos lejanos. Pero también sería un error despreciar las imágenes de campo solo porque llegan en medio de una guerra cultural. El dato incómodo no deja de ser dato porque estropee un lema.

La Administración tiene aquí una tarea menos vistosa que aprobar cupos o dar ruedas de prensa: comprobar con rigor. Más cámaras, más necropsias rápidas, más análisis genético cuando sea posible, mejor identificación de perros, sanciones reales por animales sueltos en zonas sensibles, transparencia en los controles de lobo y un sistema de atribución de daños que no funcione como una máquina tragaperras del conflicto. Sin eso, cada oveja muerta seguirá siendo munición dialéctica. Y el monte, mientras tanto, seguirá haciendo lo suyo: llenar huecos.

Un monte que ya no permite respuestas simples

La noticia de Asturias importa porque rompe la comodidad de los relatos de una sola pieza. No basta con decir que el lobo es culpable de todo. No basta con decir que el lobo no causa problemas. No basta con señalar al ganadero ni con santificar al depredador. La imagen de perros con collar cazando en corredores de lobo tiene algo de fábula amarga: hemos discutido tanto sobre la naturaleza salvaje que quizá se nos escapó por la puerta de casa una naturaleza doméstica, abandonada, mal vigilada y perfectamente capaz de hacer daño.

El lobo asturiano sigue siendo un animal político, ecológico y rural a la vez. Su gestión exige números fiables, no estimaciones infladas por conveniencia ni recuentos convertidos en trinchera. Los ganaderos necesitan protección real, rápida y creíble. La fauna silvestre necesita manadas funcionales, no territorios rotos. Los perros necesitan dueños responsables o instituciones capaces de intervenir cuando dejan de tenerlos. Ese es el verdadero nudo: no elegir entre lobo y ganadería como si el monte fuera un plató, sino impedir que una mala gestión fabrique un problema nuevo encima del viejo.

La cordillera Cantábrica siempre ha sido un territorio de sombras móviles: niebla baja, huellas cruzadas, animales que pasan cuando nadie mira. Ahora las cámaras han encendido una luz incómoda. Si donde antes cazaba el lobo empiezan a cazar perros, Asturias no está ante una rareza pintoresca, sino ante un aviso serio sobre cómo se desordena un ecosistema cuando la política, el abandono animal y la gestión de la fauna se pisan entre sí. El monte no perdona los huecos. Alguien, o algo, acaba ocupándolos.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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