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Economía

Los 3.300 millones que explican la apuesta de Mercadona en Madrid

Compras, reformas, logística y empleo explican el peso económico de la cadena en la región.

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Mercadona condenada por exponer salario empleada

Mercadona compró en 2025 más de 3.300 millones de euros a proveedores de la Comunidad de Madrid, una cifra que ayuda a explicar por qué la región ocupa un lugar destacado en su estrategia. No representa una inversión directa de ese importe: reúne compras de productos, servicios y suministros no comerciales a más de 1.700 empresas. La diferencia importa, porque detrás del dato no hay solo alimentos en los lineales, sino una red que incluye transporte, mantenimiento, tecnología y otras actividades necesarias para que las tiendas funcionen.

A esa relación comercial se sumaron 36,8 millones de euros de inversión directa en la región. La mayor parte se destinó a mejorar supermercados y extender la sección Listo para Comer; el resto, a actuaciones en los bloques logísticos de Ciempozuelos y Getafe. Juntas, las cifras dibujan una expansión menos visible que una gran inauguración, pero más amplia: Mercadona busca ajustar sus tiendas, su abastecimiento y sus servicios a una comunidad donde concentra 199 establecimientos y más de 14.000 trabajadores.

Qué significan los 3.300 millones para Madrid

La cifra de compras mide el dinero que la cadena pagó a empresas proveedoras radicadas en la Comunidad de Madrid durante el ejercicio, no cuánto gastó en abrir locales ni cuánto se quedó la economía regional como beneficio. En esa bolsa hay proveedores de producto y también compañías de servicios y suministros no comerciales. Es una distinción importante: el supermercado depende tanto de quien elabora o suministra mercancía como de las empresas que mantienen instalaciones, organizan traslados o proporcionan recursos para la actividad diaria.

Ese conjunto convierte a la cadena en un cliente de peso para un tejido empresarial diverso. El recorrido de un producto no termina en la fábrica ni empieza cuando el comprador coge una cesta: hacen falta almacenamiento, transporte, frío, reposición y operaciones que suelen quedar fuera de la imagen del supermercado. A ello se añaden servicios que el consumidor apenas percibe, aunque resultan esenciales para que una tienda abra a tiempo y mantenga sus procesos en marcha. Por eso, el volumen de compras ofrece una medida más amplia de la huella económica de Mercadona que el número de cajas o de locales.

La comparación con el año anterior apunta a un crecimiento. En 2024, la compañía había comunicado compras por 3.049 millones de euros a proveedores madrileños, un 6% más que el ejercicio precedente. Al superar los 3.300 millones en 2025, el aumento frente a esa base se sitúa en torno al 8%, aunque es una aproximación porque la cifra del último año está expresada como un valor superior a 3.300 millones. El dato señala una relación comercial en expansión, no necesariamente un aumento equivalente de la inversión productiva ni de los ingresos de cada proveedor.

Una red de tiendas que se transforma

Al cierre de 2025, Mercadona tenía 199 supermercados en la Comunidad de Madrid. De ellos, 188 funcionaban ya con el modelo eficiente Tienda 8, y otros tantos incorporaban la sección Listo para Comer. Además, 148 ofrecían puntos de carga para vehículos eléctricos. La combinación refleja cómo una tienda de alimentación ha ido sumando funciones: sigue vendiendo productos para la despensa, pero también ofrece comida preparada y, en algunos establecimientos, servicios ligados a la movilidad.

El número de locales, por sí solo, no explica el rumbo de la empresa. Durante 2025 abrió dos supermercados en Madrid, cerró uno que no encajaba con sus estándares y reformó otro. La diferencia entre aperturas y cierres muestra una estrategia selectiva: mantener o ampliar la red no significa conservar todos los puntos de venta ni crecer mediante nuevas tiendas a cualquier precio. La reforma y el rendimiento de cada establecimiento tienen tanto peso como la expansión física, especialmente en una región donde la compañía ya cuenta con una presencia extensa.

La inversión directa madrileña ascendió a 36,8 millones de euros, pero se concentró en dos áreas concretas. Se destinaron 29,2 millones a mejorar tiendas e implantar Listo para Comer, mientras que 7,6 millones se dirigieron a actuaciones en los bloques logísticos de Ciempozuelos y Getafe. No es una cifra comparable con los 3.300 millones de compras: una corresponde al gasto de capital comunicado para instalaciones y mejoras; la otra, al valor de las adquisiciones a proveedores a lo largo del año.

La logística que sostiene la compra cotidiana

Los bloques logísticos son una parte menos visible del negocio, pero condicionan lo que sucede en cada tienda. Desde esos centros se articula una operación que debe coordinar mercancía, horarios y reposición para abastecer supermercados con necesidades distintas. En una comunidad con numerosos establecimientos y una actividad comercial intensa, la capacidad de mover productos a tiempo forma parte de la experiencia de compra, aunque el cliente solo repare en ella cuando encuentra el surtido esperado o, por el contrario, un hueco en la estantería.

En Madrid, Mercadona dispone además de plataformas específicas para la venta online en Getafe y Boadilla del Monte. Esa infraestructura se suma a la red física y permite atender una modalidad de compra que exige preparar pedidos y organizar entregas sin desatender el abastecimiento de las tiendas. El supermercado actual combina recorridos distintos: quien compra presencialmente elige directamente de los lineales; quien pide por internet delega esa selección en el sistema de preparación. Ambos canales dependen de una misma maquinaria logística, aunque no plantean exactamente las mismas tareas.

Las actuaciones en Ciempozuelos y Getafe deben entenderse dentro de ese engranaje, no como una inversión aislada. Una instalación logística puede influir en la regularidad del suministro, en la coordinación de rutas y en la capacidad de atender establecimientos y pedidos digitales. El propósito de la inversión comunicada es reforzar esa infraestructura, pero la información disponible no desglosa obras concretas ni permite atribuir a cada actuación un resultado cuantificable. Lo que sí deja claro es que la estrategia madrileña no se limita a renovar fachadas: también alcanza los espacios de trabajo que hacen posible la operación diaria.

Comida preparada y una ciudad con menos tiempo

La expansión de Listo para Comer en 188 tiendas madrileñas revela un cambio en la manera de plantear el supermercado. La sección responde a una necesidad sencilla: resolver una comida sin tener que comprar ingredientes y cocinar desde cero. Para una parte de los clientes, puede ser una alternativa entre el plato casero y la comida de un bar o un restaurante; para la compañía, supone ampliar el tipo de ocasión de compra que puede atender. El establecimiento deja de ser solo un lugar para llenar la despensa y se acerca también a una solución para el almuerzo o la cena.

Ese cambio tiene consecuencias sobre la organización de las tiendas. La comida preparada requiere espacios y procesos distintos de los de un producto envasado: hay que planificar su elaboración, presentación y reposición, además de gestionar las necesidades de conservación y el ritmo de venta. La inversión destinada a introducir o mejorar esta sección apunta a un esfuerzo de adaptación, aunque los datos disponibles no detallan cuánto se asignó a cada local ni cómo evolucionaron sus ventas. El valor estratégico se entiende, aun así, en el modo en que la oferta permite sumar conveniencia a una compra habitual.

También cambia la competencia. Un supermercado que incorpora comida lista puede coincidir en algunos momentos con cafeterías, bares, restaurantes informales y servicios de reparto, además de competir con otras cadenas de alimentación. No significa que todos esos negocios ofrezcan lo mismo ni que el supermercado sustituya a la hostelería, pero sí que algunas decisiones cotidianas —dónde comprar algo para comer o cómo resolver una cena— se toman entre más alternativas. La frontera entre hacer la compra y resolver una comida se vuelve menos nítida, sobre todo en una ciudad donde el tiempo pesa tanto como el precio.

Empleo y productividad detrás del crecimiento

Mercadona creó 342 puestos de trabajo en la Comunidad de Madrid durante 2025 y terminó el año con más de 14.000 personas en plantilla en la región. La cifra da una medida laboral de la actividad, aunque no describe por sí sola las condiciones cotidianas de todos los puestos ni los ritmos de trabajo. La empresa ha destacado entre sus medidas una semana más de vacaciones, la actualización salarial vinculada al IPC y un sistema de primas por objetivos: dos mensualidades para quienes tienen menos de cuatro años de antigüedad y tres para quienes superan ese periodo.

Conviene leer esos elementos como parte de una política empresarial, no como prueba automática de que todos los aspectos del empleo sean iguales para cada persona o establecimiento. Una plantilla amplia también es un recurso operativo: la formación, la experiencia acumulada y la estabilidad pueden contribuir a que una tienda mantenga sus rutinas y reduzca errores. A la vez, el trabajo en distribución exige coordinación y un ritmo ajustado a la demanda. El empleo es, por tanto, una dimensión económica y una pieza del modelo de productividad, no un dato aislado de responsabilidad social.

La escala madrileña forma parte de un grupo que cerró 2025 con ventas consolidadas de 41.858 millones de euros, un 8% más que el año anterior, y un beneficio neto de 1.729 millones, el mayor de su trayectoria, según las cifras comunicadas por la compañía. El grupo alcanzó 115.000 trabajadores entre España y Portugal y elevó su cuota de mercado en España hasta el 28,5%, de acuerdo con los datos recogidos en la información de referencia. Ese contexto ayuda a entender la capacidad para financiar mejoras, aunque no permite afirmar que el crecimiento regional proceda de una sola causa.

Proveedores: escala, estabilidad y exigencias

Trabajar con una cadena de gran tamaño puede ofrecer a un proveedor acceso a un volumen importante y una relación comercial sostenida. También implica responder a exigencias de calidad, planificación, precio y capacidad de suministro. La relación no es necesariamente igual para todas las empresas: una compañía industrial consolidada y una pequeña firma de servicios no afrontan las mismas condiciones ni disponen de los mismos recursos. El valor de una compra elevada se reparte de forma desigual entre actividades y empresas, por lo que el total no permite saber cuánto recibió cada proveedor ni cuál fue su margen.

La propia naturaleza de las compras madrileñas impide reducirlas a una imagen de producto agrícola de proximidad. La región reúne proveedores de producto, pero también empresas de logística, transformación, mantenimiento y servicios. Madrid no necesita ser una zona de producción agraria para desempeñar un papel relevante en la distribución: la concentración de empresas, consumidores e infraestructuras permite que muchas operaciones se coordinen desde allí. En esa red, la cercanía comercial no siempre equivale a que el alimento se haya cultivado cerca.

Mercadona indicó que más del 85% de su surtido tiene origen nacional cuando la estacionalidad, la calidad y las condiciones de cultivo lo permiten. Sus compras en España alcanzaron en 2025 los 30.200 millones de euros, un 4% más que el año anterior. Esas magnitudes se refieren al conjunto estatal, no solo a Madrid. Además, origen nacional no significa necesariamente origen local: un producto puede cultivarse, pescarse, elaborarse o transformarse en España sin proceder de la comunidad donde se vende. Separar ambas ideas evita confundir apoyo a proveedores nacionales con proximidad geográfica.

Donaciones y responsabilidad en la gestión de alimentos

Durante 2025, la empresa donó en torno a 1.380 toneladas de alimentos aptos para el consumo a 57 entidades sociales de la Comunidad de Madrid, una cantidad que se equiparó a unos 23.000 carros de la compra. La donación conecta dos realidades que conviven en la región: la gestión de excedentes de una red de supermercados y las necesidades de organizaciones que atienden a personas en situaciones vulnerables. También forma parte de un problema práctico para cualquier distribuidor, que debe gestionar productos perecederos y evitar que alimentos aprovechables acaben como desperdicio.

El dato tiene relevancia, pero no conviene convertirlo en una explicación total de la responsabilidad social de una compañía ni en sustituto de las políticas públicas. La donación puede facilitar el aprovechamiento de alimentos y apoyar a entidades sociales, mientras que la pobreza y la inseguridad alimentaria requieren respuestas más amplias. Una cifra de alimentos redistribuidos informa sobre una actividad concreta; no basta, por sí sola, para medir el alcance de un problema social ni el impacto completo de una empresa.

En la distribución, la reputación también se construye en detalles mucho más pequeños: la disponibilidad de un producto, la calidad percibida, el precio final y la facilidad para comprar. Esas experiencias conviven con las grandes cifras de inversión y empleo, y a menudo son las que el consumidor recuerda. Una empresa puede sostener una operación logística sofisticada, pero el juicio cotidiano se forma ante una compra concreta. La economía de la cadena se expresa a la vez en balances de miles de millones y en decisiones domésticas de pocos euros.

Madrid como escaparate y sala de máquinas

La región reúne varias de las líneas que Mercadona está desarrollando a la vez: tiendas reformadas, comida preparada, plataformas para pedidos online, instalaciones logísticas, puntos de carga y una amplia relación con proveedores. Su importancia no depende de que una única medida explique el conjunto, sino de que en Madrid coinciden esas actividades en una escala significativa. Para una cadena de supermercados, la zona permite atender perfiles de compra distintos y sostener una red que abarca barrios, municipios y áreas logísticas.

Por eso, acelerar en Madrid no equivale simplemente a abrir más locales. La empresa abrió dos supermercados y cerró uno en 2025, mientras que la inversión se concentró sobre todo en mejoras de tiendas y logística. La apuesta combina crecimiento selectivo con cambios en establecimientos ya existentes y una red de suministros de gran alcance. El dato de los 3.300 millones describe el volumen de actividad que pasa por proveedores madrileños; los 36,8 millones, en cambio, muestran la inversión directa que la compañía asignó a la región.

La pregunta de fondo es qué obtiene el consumidor de esa estructura: tiendas más cómodas, oferta preparada, disponibilidad y una compra que resulte sencilla sin que el coste se dispare. Las cifras empresariales no responden por sí solas a ese balance. Sí permiten observar la dirección del cambio: el supermercado contemporáneo combina venta, preparación de alimentos, logística y servicios, con una organización que opera tras una apariencia cotidiana. Madrid es relevante porque concentra buena parte de esas transformaciones en un mismo territorio, y porque allí se ve con claridad que el negocio ya no consiste únicamente en llenar estanterías.

Los más de 3.300 millones de euros no son, por tanto, una bolsa de dinero invertida en nuevas tiendas, sino el rastro económico de una relación extensa con empresas de la región. Sumados a la inversión directa, el empleo y las instalaciones, revelan una cadena que intenta hacer más eficiente cada tramo de su actividad. La dimensión real de esa apuesta se aprecia al mirar detrás de la caja: en la tienda reformada, el pedido preparado, el camión que abastece y el proveedor que sostiene una parte del recorrido. En esa infraestructura discreta se juega buena parte del futuro de Mercadona en Madrid.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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